miércoles, 30 de septiembre de 2020

Bajo el árbol de capulín.

 

BAJO EL ÁRBOL DE CAPULÍN


           El calor era tremendo, el aire caliente entraba por la nariz para llegar a los pulmones llenándolos de fastidio. Aunque Engracia estaba acostumbrada a caminar y vivir bajo el rayo del sol, solía salir corriendo hacia el enorme árbol de capulín que se encontraba justo en el centro del patio de su casa, buscaba en él, más que sombra, tranquilidad.

           El pueblo de Capulalpam, donde vivió Engracia y en donde nacieron sus cinco hijos y sus diecinueve nietos, era famoso por la abundancia de árboles de capulín y por el dulce del mismo fruto. En las casas del pueblo el dulce de capulín era tan común como las tortillas o los frijoles. Cuando llegaban visitas se les ofrecía una tacita de dulce antes que agua sin importar el calor.

           Engracia era una muchacha despreocupada, sin más inquietud que memorizar palabras en náhuatl. Su nana era una mujer indígena y desde que Engracia era pequeña le enseñaba palabras y frases en náhuatl, de esta forma la “niña” aprendió que el nombre de Capulalpam significaba “Tierra del árbol de capulín”.

           Las caminatas por el pueblo era lo único interesante que una muchacha de la edad de Engracia podía hacer, no había muchos lugares en donde divertirse salvo el centro del pueblo en donde se podía encontrar a los conocidos para charlar un rato.

           Doña Matilde, la madre de la niña Engracia, se preocupaba por su hija, ya tenía casi veinte años y no se vislumbraba ni a lo lejos ni a lo cerca un pretendiente para ella, ¿qué sería de su niña si se quedaba para vestir santos?, y es que Engracia no era la belleza descomunal que los hombres buscaban entonces, más bien era rechoncha, de piernas gordas y caderas anchas, chaparra, de piel trigueña y boca grande, pero sus ojos salvaban a la niña porque eran tan grandes y vivaces que iluminaban todo alrededor, aun así no tenía pretendiente. A la niña no le importaba mucho pensar en los hombres, creía que ya llegaría su turno de casarse y que no había razón para presionar al destino.

           Todos los domingos la madre de Engracia la obligaba a ir a misa de siete, a la niña tal costumbre le causaba mucha pereza pero su madre le decía que una señorita decente tenía que dejarse ver en misa o nunca iba a encontrar marido por ser atea, a lo que Engracia siempre contestaba que ella no sentía la menor preocupación por casarse y además se declaraba atea porque ella todo lo dejaba en manos del destino y no de Dios que seguramente estaba muy ocupado en otros asuntos. Su madre por su puesto le soltaba un sermón peor de aburrido que el del sacerdote en misa, razón por la que la niña prefería levantarse antes de volver a escuchar la letanía de su madre.

           Así pasaban los días, sin novedad, tranquilos, entre dulce de capulín y campos llenos de flores.

- ¿Tú crees nana que algún día llegue a casarme?

- No sé niña, tú qué preguntas si siempre andas diciendo que eso no te importa.

- Pregunto porque pienso que si no me caso la vida puede seguir igual, así sin novedad, ya si me caso tendré que cuidar hijos, atender casa y supongo que el tiempo pasará volando con tanta actividad.

- Eso no lo dudes mi’ja, tan pasará volando que cuando menos te des cuenta ya serás abuela y llena de nietos.

- Y… ¿crees que alguien se quiera casar conmigo?

- Sí, ¿por qué lo preguntas?

- Porque no soy tan bonita como otras muchachas del pueblo.

- ¿Y eso que tiene que ver?

- Pues que los muchachos primero se van a fijar en ellas para esposas y ya cuando no haya una bonita entonces se fijarán en mí y que tal si para ese entonces ya estoy muy vieja y nadie me quiere.

- Hay hija en qué cosas te pones a pensar, ya va a llegar alguien, acuérdate que siempre hay un roto para un descosido.

           En realidad, a Engracia no le importaba mucho eso de matrimoniarse, como ella decía, pero si le preocupaba estar toda la vida sin hacer nada más que sentarse bajo el árbol de capulín a componer canciones simples para poder recordar las palabras en náhuatl.

           Un buen día la madre de Engracia servía el desayuno para su única hija, la nana y ella, cuando se escuchó que tocaban la puerta. La nana se encaminó para abrir y era un chamaco con la correspondencia. Se armó un alboroto en la casa para ver de quién era la carta. Desde que había muerto el padre de Engracia, cuando la niña tenía apenas siete años, era un evento muy inusual recibir cartas. La madre de Engracia soltó una sonrisa de oreja a oreja y dijo:

- ¡Dios!, ¡no lo puedo creer! ¿adivinen quién viene al pueblo?

- ¿Quién mamá?

- Adivina, ándale haz un esfuerzo.

- ¿Será la tía Chabela que por fin se acordó que tiene una ahijada que la extraña?

- ¡No niña, otra persona!

- Pues, ¿será mi primo Jesús con la bola de mocosos que no paran de correr por el patio?

- ¡No! - dijo su madre muy animada -, más emocionante.

- ¡Qué venga el primo Jesús no es emocionante mamá!

- ¡Qué poco humor traes mi’ja!

- Bueno, ¿pues quién viene?, ¿ya me vas a decir?

- ¡Ni más ni menos que el hijo del Señor Mc Arthur!

- Mmm… ¿y ese quién es?

- ¡¿Qué no te acuerdas de él chamaca?!

- ¡No! - contestó Engracia muy segura.

- Engracia, pero si cuando eras niña te la pasabas llorando por las travesuras que te hacía.

- Mamá, todos hacían travesuras, no sé cuál de los niños puede ser.

- El güero, de ojos bien azules, ¿no te acuerdas?, es el hijo de un amigo de tu papá que vivió aquí nomás como dos años, él es de Canadá y su esposa de Zacatecas.

- ¡Creo que ya sé quién!, ¿un chiquillo todo flacucho y descolorido no?, si, ese debe ser.

- Pues llega en tres semanas, así que apenas nos da tiempo de arreglar un poco la casa.

- ¿U qué le vas a arreglar?

- Pues…- se quedó pensando su madre - ¡arreglaré las plantas de las macetas!

           Pasaron tres semanas y la madre de Engracia parecía loca, limpiaba todo lo que se le ocurría, podaba las plantas, arreglaba el jardín, se sentaba a escribir la mejor combinación de platillos para hacer comidas inolvidables. Consiguió con anticipación todos los ingredientes para preparar mole amarillo, coloradito y pan con yema.

- ¡Engracia! - gritó Doña Matilde - ven niña que me tienes que ayudar.

-Ya vine, ¿en qué quieres que te ayude?

- Mira, tu nana está viendo si ya quedó el tepache y yo ando con lo del mole, así que vas a tener que hacer el dulce de capulín.

- ¡Ah chirrión!, ¡¿y ahora porque tantas cosas?!

- Qué no ves que hoy llega Peter.

- ¿Cuál Peter?

- ¡¿Cómo que cuál Peter?!, pues el hijo de Mc Arthur.

- ¡Ya sé! - dijo burlándose Engracia – digo que cuál Peter si se llama Pedro ¡¿qué no?!

- No niña, se llama Peter y así le vas a decir- le advirtió Doña Matilde.

- Si mamá - le respondía Engracia a su madre mientras veía a su nana y las dos se reían.

           Engracia salió al patio y llenó una canasta de capulines gordos y hermosos como se daban en su árbol más querido. Ya instalada en la cocina los lavó fervorosamente y sin prisa, separó los que usaría para el dulce y apartó los que se comería durante la preparación. Engracia disfrutaba infinitamente hacer dulce de capulín, decía que no existía en el mundo un sabor tan exquisito como ese y que no había un placer más grande que comerlo. Después vertió agua en un recipiente y colocó al fuego, posteriormente introdujo los capulines y esperó a que se cocieran. Una vez cocidos los pequeños frutos los machacó y agregó azúcar, canela y el jugo de un limón. Nuevamente los puso al fuego durante diez minutos.

           Estaba Engracia pasando el dulce recién hecho a un frasco cuando se escuchó que tocaban a la puerta, la nana, como era costumbre, caminó lentamente para abrir. Un muchacho alto, blanco y con cabellos como rayos de sol miró a la nana con sus ojos de azul infinito.

- Buenas tardes, ¿se encuentra en casa la señora Matilde? - preguntó en un español pausado, pero con un acento bastante extraño para la nana.

- Si, pásele que desde no sé qué horas lo están esperando.

           Peter entró observando muy detenidamente la casa, desde las paredes, las puertas y las macetas arregladas.

- La casa está muy bonita, me gusta.

- La señora siempre anda limpie y limpie, por eso parece espejito, pero pásele, ande- le indicó la nana señalando la puerta que llevaba a la sala.

- Gracias, huele muy sabroso, parece que llegué a tiempo para la comida, ¿no es así?

- Si joven, llegó usted como reloj, ya estamos por servir. Deje le aviso a la señora que ya está usted aquí.

           Engracia, seguía en la cocina esperando el grito desaforado de su madre para decirle que saliera a saludar al recién llegado, pero ella prefería comer un poco de dulce de capulín antes de salir a dar la bienvenida a la visita. No entendía porque tanto alboroto por el flacucho, después de todo eran sólo dos meses los que estaría por esos rumbos.

           La madre de Engracia apareció en el salón hablando y diciendo tantas palabras a la vez que no se lograba entender una sola frase de lo que parloteaba.

- ¡Qué grande estás Peter y mira nada más que elegante y guapo te has puesto!, ¡hijo ya quería verte!, ¿cómo está tu padre?, ¿tu madre, sigue igual de bonita? - le decía mientras lo abrazaba con mucho cariño- hace tanto que no recibo visitas que me emociono mucho hijo, perdóname.

- No se preocupe Matilde, me ha dado gusto un recibimiento tan afectuoso como éste, me hace sentir como en casa. Mis padres le mandan muchos saludos y unos obsequios con mucho cariño, así como los mejores deseos.

- Gracias hijo, me imagino que mueres de hambre, la comida ya está lista, nada más te esperábamos. Ven vamos al comedor- le decía Doña Matilde mientras el muchacho de ojos claros le cedía el paso.

           Ya en la mesa Doña Matilde preguntó a la nana:

- ¿En dónde anda Engracia?, qué no piensa venir a comer y a saludar.

- Está en la cocina Señora, pero ahorita le hablo.

           Engracia soltó el traste en donde comía dulce y se fue para el comedor mientras se limpiaba la boca.

           Doña Matilde platicaba con Peter, o más bien monologaba porque el pobre muchacho no podía ni pronunciar palabra, la madre de Engracia mareaba al invitado con preguntas que no dejaba responder entre sus halagos de lo grande y guapo que estaba, pero para fortuna del incauto apareció Engracia que con su pícara voz atinó a decir:

- ¡Hola!, bienvenido

           Peter miró hacia ella y vio sus ojos mientras se levantaba de su silla para que Engracia se sentara:

- ¡Hola!, veo que ya creciste Engracia

- Sí, tú también te ves más grande- y ambos sonrieron -y menos flacucho- dijo Engracia mientras su sonrisa picarona se dibujaba en el rostro.

- ¿Flacucho? - preguntó Peter.

           Fue entonces cuando la mamá de Engracia miró a su hija con reproche y luego dirigiéndose a Peter le dijo:

- No le hagas caso a esta igualada, se comporta como una niña, mejor dime ¿cómo han estado tus padres?

           La comida transcurrió entre recuerdos de Doña Matilde y las risitas burlonas de Engracia por el extraño acento de Peter. Finalmente, el muchacho comentó que la razón de su viaje era visitar un cultivo de orquídeas muy cerca de ahí. Estaba tratando de cerrar un negocio con el dueño del cultivo para poder exportar las flores a Canadá. Engracia se aburría tanto que estaba por quedarse dormida, no entendía lo que era exportar, no sabía de negocios y de todos modos no le importaba en lo más mínimo, pensaba hacía sus adentros “¡por favor que traigan el postre para que no me quede dormida en el plato!”, para su fortuna apareció la nana con los trastecitos llenos al tope de dulce de capulín y los puso sobre la mesa.

           Peter tomó uno y metió el dedo para después llevárselo a la boca.

- ¡Esto sabe muy bien! - dijo el muchacho emocionado.

- Lo preparó Engracia, el dulce de capulín es uno de sus mayores dones y creo que el único- rumió la madre.

- Pues felicidades Engracia, está realmente delicioso, creo que me comería otros cinco trastes de dulce- y Engracia le sonrió.

           Se levantaron de la mesa y Doña Matilde acompañó al muchacho a lo que sería su habitación durante los meses de su estancia en el pueblo. Mientras, Engracia y su nana levantaron los trastes sucios de la mesa y fueron directo a la cocina para limpiar todo el tiradero.

- ¿Cómo ves al muchacho mi’ja?

- ¿Cómo lo veo de qué?

- ¿No se te hace apuesto?

- Pues se ve igual que todos nomás que más descolorido- dijo Engracia riendo.

- Pero se ve que ha estudiado, que es diferente a todos los muchachos que se ven por acá.

- Eso si no te lo puedo negar nana, aunque habla bien chistoso dice palabras muy propias.

           Terminaron de limpiar la cocina y Engracia seguía aburrida, así que le pidió a la nana nuevas palabras en náhuatl para ir debajo del árbol de capulín a cantarlas. En eso cantar estaba cuando Peter llegó a sentarse junto a ella.

- El árbol es ahora mucho más grande del que tenía en mis recuerdos.

- También creció- dijo Engracia recargándose en el tronco.

- ¿Qué cantabas?

- Unas palabras en náhuatl, me las enseña mi nana y me divierto memorizándolas.

- Parece divertido, dime algunas a ver si después las puedo repetir

           Engracia comenzó a reír mucho y sus ojos se veían más grandes que antes y entre carcajadas sin mala intención le dijo a Peter:

- No creo que puedas, si el español lo hablas bien chistoso, cómo se te ocurre que vas a poder con el náhuatl.

- Anda Engracia dime una palabra, a ver si puedo.

- Una que ya debes de saber, a ver dime como se llama este pueblo.

- Se llama Canulalpam- Peter lo decía muy lento

- ¡No!, ¡ya ves cómo te equivocaste!, se llama Calulalpam y es una palabra náhuatl que significa “Tierra del árbol de capulín”

- Hablando de capulines – y esta última palabra la decía muy despacio y con cierta dificultad, por lo que Engracia se reía- ¿me puedes regalar un poco más de dulce?

           Engracia se levantó de su apaciguamiento y fue hacia la cocina. Regresó con dos trastes al tope de dulce, tendió la mano y le dio su correspondiente a Peter. Ambos comían el dulce sin hablar y la sombra del árbol favorito de Engracia nunca le había parecido tan reconfortante como en ese instante.

           Durante los siguientes días a Peter sólo se le veía a la hora de la cena, pasaba gran parte del día en el cultivo de orquídeas. Chocolate y pan era lo que generalmente se preparaba para cenar, nadie comía demasiado a esa hora porque - le cae muy pesado a la panza - repetía la nana todas las noches.

           El sábado por la noche Doña Matilde le preguntó a Peter si las acompañaría a la misa del día siguiente y el muchacho respondió que sería un gusto. Así llegó la mañana del domingo, las mujeres y el muchacho salieron temprano rumbo a la iglesia.

           Ya sentados y a medio sermón, Peter miró de reojo a Engracia y le dijo en voz muy baja y riéndose un poco.

- No te duermas que El Señor te está viendo.

- ¡Pues que me vea!, la verdad es que este padre es muy aburrido, ¿no crees?

- Sí creo- y se rieron.

           El domingo era día de mercado y Peter se ofreció a acompañar a la niña y a la nana para ayudarlas con las canastas llenas de verduras y compras en general.

-Y qué tal es Canadá, ¿se parece a México? - preguntó Engracia llena de curiosidad.

- Es como todos los lugares, y no se parece a México.

- Entonces no es como todos los lugares.

- Si es, depende de cómo lo mires, pero en estricto sentido no es igual a México porque se habla otro idioma, el clima es más frío, y la gente luce diferente, pero igual puede ser apacible o tremendamente abominable dependiendo del estado de ánimo.

- ¿Eso quiere decir que igual estás feliz en México qué triste en Canadá o al revés?

- Así es, ¿te gustaría visitar Canadá?

- ¿Qué podría hacer allá? - preguntó la niña mientras encogía los hombros.

- Conocer, mirar caras nuevas.

- Quizá algún día. ¿Allá hay capulines?

- Si, pero en la gente los llama cerezos negros.

- ¡Que nombre tan sin chiste!, ¡yo prefiero llamarlos capulines! - decía la muchachita de forma muy contundente.

           Pasaron los días y de vez en cuando Peter acompañaba a Engracia a pasar la tarde bajo el árbol de capulín. Ambos aprendieron a verse como cuando eran niños, a contarse confidencias que siempre resultaban pequeñas travesuras. Engracia le confesó que había tomado de un puesto del mercado un durazno, pero no lo había pagado y Peter le confesó que todas las noches desde el primer día que llegó a Capulalpam se levantaba a la cocina a comer dulce de capulín, Engracia se carcajeaba:

- Con razón mi madre está tan intrigada con eso de que aparece una cuchara sucia todos los días.

- ¿Me vas a delatar? - preguntó Peter.

- Lo voy a pensar, dijo Engracia con su inolvidable sonrisa y buen humor.

           Algo muy malo estaba sucediendo, a Engracia le parecía que no era nada bueno estar pensando en Peter todo el tiempo, sentirse mal si no llegaba para acompañarla a cantar en náhuatl debajo del árbol y temía estar enamorada del flacucho descolorido.

- Nana, ¿qué pasa cuando te enamoras?

- ¿Qué estás enamorada?

- No, pero quiero saber.

- Supongo que sientes que el cuerpo se te parte en dos cuando ves al hombre que te llena los pensamientos, piensas en él todo el día, no tiene defectos, miras sus ojos y ves el cielo, algo así debe de ser.

- ¿Qué tú nunca te enamoraste?

- Sí, cuando estaba chamaca.

- ¿Y no te acuerdas cómo era estar enamorada?

- Más o menos, esos sentimientos forman arrugas en la cara, se vuelven parte del corazón y para cada mujer es diferente, no todas sentimos igual niña.

           Engracia llegó a la conclusión que estaba enamorada, que sentía que el cuerpo de le partía en dos y que veía el cielo en los ojos de Peter y no precisamente por lo azul del color. Nunca pensó que llegaría ese momento. Se sentía tan bien de estar con él, de platicar y aprender sobre temas que nunca pensó que existieran. Llegaba a su mente el momento de la partida de Peter, él no estaría para siempre en el pueblo y pronto partiría, eso la ponía muy triste.

           Prefirió guardar distancia y se encerraba en su recámara largas horas, hasta que un buen día se hartó y salió al patio, estaba bajo el capulín sin más compañía que su tristeza. Ensimismada en sus pensamientos se encontraba cuando escuchó la voz de Peter.

- ¿Estás triste?, hace mucho que ya no bajabas al árbol de cerezos negros.

- No, es sólo que estaba haciendo otras cosas en mi habitación.

- Cosas cómo qué.

- Como pensar.

- Y qué pensabas.

- ¡Cosas, tonterías!

- Las personas nunca piensan tonterías, siempre que uno se hace consciente de que piensa es porque algo importante sucede.

- Puede ser, pero eso no importa.

- Sabes Engracia, me gusta como eres, esa forma tuya de hacer del mundo un pedazo de felicidad, nunca te precipitas por el futuro, dejas que todo fluya con tranquilidad.

- ¿Qué puedo hacer?, ni modo de comerme las uñas todo el tiempo, además el pueblo es tan pequeño e insignificante que no hay mucho de qué preocuparse.

- Mañana me voy, ¿ya sabías?

- No, ¿por qué te vas antes de lo previsto? - y la voz de la niña adquiría el particular tono de tristeza y angustia cuando se vislumbra la pérdida del ser amado.

- Recibí una carta en donde me dicen que mi madre está muy enferma, tengo que ir a verla.

- Ya veo, ¿y piensas volver a lo del negocio de las orquídeas?

- Aún no sé, ahora estoy preocupado por la salud de mi madre, probablemente vuelva algún día para llevarte de viaje a Canadá y para que me prepares un poco de dulce de capulín. Además, no podría vivir tranquilo si no vuelvo a ver tus ojos lindos.

- ¡Ya no estés de payaso!, ¿cuáles ojos lindos? - y su cara estaba roja como tomate, mientras el corazón le daba brinquitos de felicidad y desesperación.

- Los dos cerezos negros que tienes en la cara- y ambos sonrieron.

           Engracia no sabía si lanzarse a la boca de Peter, si levantarse e ir a su recámara a llorar o si quedarse ahí a contemplar la cara del descolorido. No hizo falta seguir deliberando su decisión, Peter la tomó por sorpresa y le dio un beso tan largo y hermoso que todavía cuando Engracia lo recuerda un escalofrío la recorre de pies a cabeza.

           Ya era muy noche y ninguno de los dos pronunciaba palabra alguna, Engracia estaba recostada sobre su regazo y las lágrimas no paraban de rodar sobre su cara, sus ojos estaban tan acuosos que no distinguía ni una simple silueta:

- Engracia, ¿me quieres?

- Creo que sí.

- ¿Crees?

- Bueno, sí.

- Y… ¿Me esperarías?

- Toda la vida.

           Él la volvió a besar y el árbol de cerezos negros ardió en la noche más inolvidable de la vida de la niña Engracia.

           Peter partió muy temprano en la mañana, Engracia no quiso bajar a despedirse y fingió estar dormida.

- Hijo, Engracia es una desconsiderada, perdónala, se le han pegado las sábanas, pero estoy segura que te desea un buen viaje- decía Doña Matilde a Peter.

- Todo está bien, dígale que ya nos volveremos a ver y que espero un día viajen a Canadá para visitarme.

           Se escuchó el golpe al cerrar la puerta y Engracia soltó la última lágrima que le quedaba en los ojos enormes.

           Pasaron los meses y Doña Matilde se preguntaba qué le sucedía a su niña:

- ¿Qué tendrá Engracia?

- No sé señora- respondía la nana, aunque muy bien enterada estaba del mal que le aquejaba a su niña, como igual sabía que sólo el tiempo curaría su frágil corazón o terminaría por destruirlo.

- Ya no te pregunta palabras para repetirlas como loro, nada más anda tristeando debajo del capulín, sola como alma en pena, ya no hallo como decirle que lo único que no tiene remedio es la muerte, pero no me escucha.

           El recuerdo del momento con Peter bajo el árbol de capulín atiborraba la mente de Engracia, ya no existía nada más que el recuerdo de esos maravillosos instantes que ahora parecían sumamente lejanos. Los pensamientos la consumían y apagaban poco a poco esa única gracia en sus ojos:

- Ahora sí - pensaba la pobre niña - ya me quedé para vestir santos, no quiero a ningún otro hombre que no sea él y siento que nunca va a regresar, ya se tardó mucho.

           La niña guardaba una esperanza todavía de verlo o por lo menos de recibir una carta desde Canadá, ya no diciéndole que regresaría, pero si dando señales de que aún estaba vivo.

           Pasó un año completito con sus noches y sus días, era el plazo que Engracia le había dado a Peter, sin decírselo a él ni a nadie, para que volviera o de plano se arrancaría la vida de cualquier forma, dejando de comer, dejando de dormir pensando en él, cortándose las venas o como se le ocurriera en el momento de tomar la decisión.

           Un día por la mañana la nana la invitó a caminar por el pueblo, le decía que de vez en cuando hay que olvidarse de las penas para que el cuerpo no se petrifique en una cama o en una silla sólo pensando. Convenció a Engracia y ambas caminaron sin hablar, pasaron frente a la iglesia y un sentimiento llamó a la atea de Engracia a entrar por propia voluntad al lugar. Cruzaron la calle y entraron sigilosamente, fe era lo único que pensaba Engracia. La nana se sentó en una banca y cerró los ojos como para ver a Dios. Engracia caminó alrededor de todo el recinto y justo cuando llegó al final, a la esquina opuesta, vio la imagen de San Judas Tadeo y una inscripción que decía “San Judas Tadeo, santo de los desesperados”, la niña se quedó mirándolo. Lo veía como pidiendo ayuda, consuelo, un abrazo al menos y se hincó.

- San Judas, así dice que te llamas y que además eres el santo de los desesperados y yo estoy desesperada. No suelo venir a la iglesia por convicción propia e incluso me he declarado atea, me da flojera escuchar la misa del domingo y levantarme temprano, me robo los duraznos en el mercado sólo porque sí y no los pago, en pocas palabras creo que no soy el tipo de mujer a quién ayudarías. No estaría aquí de no ser por la desesperación que siento, por la incertidumbre de no saber de él. Seguramente hay personas con mayores penas que la mía y en consecuencia tú has de estar muy ocupado, pero con pedir no pierdo nada y te pido desde lo más profundo de mi alma que vuelva porque lo necesito - y veía al santo con una mirada suplicante.

           Engracia realmente pidió con fe, como si el santo fuera la única persona en todo el mundo que de verdad entendía la súplica, que podía ver dentro de sus fibras más hondas lo vacía que estaba desde que Peter se había marchado y mirando al santo se quedó un rato como esperando un milagro y las lágrimas volvieron a sus ojos apagando lo poco que quedaba de ellos desde hacía más de un año.

           Parecía que la niña no tenía intenciones de moverse del suelo, seguía hincada y ya habían pasado cuatro horas, no rezaba, no pensaba, y sólo lloraba mirando la imagen del santo. Su nana no tenía corazón para decirle que se hacía tarde y que su madre seguramente estaba preocupada, además le parecía un milagro que la niña estuviera rezando sin que la obligaran y comprendía esa actitud llena de desesperación.

           Engracia alzó muy lentamente las rodillas y mientras se limpiaba los mocos y secaba las lágrimas escuchó detrás de su espalda a la nana que se acercaba a ella para que se marcharan.

           Esa tarde el árbol de capulín estaba repleto de frutos, estaban por todos lados, en las ramas, tirados en el suelo, en las canastas de la casa, en el dulce que tanto le gustaba a la niña. Bajo la sombra recordaba y el recuerdo la hacía llorar, pensó que era por demás acordarse y pedir que él volviera, cortó una flor del suelo y levantó su falda para irse de ese bendito árbol que ya sólo la podía hacer llorar, pero alguien le preguntó con una pronunciación fantástica:

- ¿Tlea ti-choca?

           La niña se quedó callada y recordó el significado en náhuatl: “¿por qué lloras?”

- Porque pensé que no volverías- respondió la niña con una sonrisa y sin voltear.

           Ahora Engracia cuenta esta historia a su querida nieta que sufre porque el novio se fue a estudiar a otra ciudad y mientras habla come dulce de capulín y mira los ojos de azul infinito de Peter que la escucha atentamente bajo el árbol de cerezos negros.

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