miércoles, 2 de septiembre de 2020

La Sombra

                                                           LA SOMBRA


Todas las noches antes de acostarse prendía una vela. Eran muchos años soñando siempre a la misma sombra que le auguraba ser testigo de terribles sucesos en su andar. Se acostumbró a despertar con sobresaltos a media noche, con sudores por todo el cuerpo y el corazón a punto de estallar.

Fue en su infancia cuando la sombra se presentó. El primer sueño reveló el descarrilamiento del tren que cruzaba a las afueras del pueblo, a tan tierna edad vio cuerpos sangrando, escuchó estallidos de dolor y sufrimiento; fue perturbador entonces, como lo siguió siendo siempre. 

Aquella vez no daba crédito a lo que veían sus ojos, el mismo terror del sueño era real y palpable; se podía oler la muerte y la sangre. Fue como rebobinar una película que de tan espectacular era imposible borrar sus imágenes de la memoria. Ahí estaba todo de nuevo: los cuerpos, la sangre, el desconsuelo y la terrible realidad a la que su existencia estaría atada. 

No había sueño tranquilo desde entonces, apenas si podía pegar los ojos, pero siempre llegó el cansancio. La exhaustiva espera de ver llegar el día terminaba en una nueva pesadilla.

La sombra era eso: una silueta negra que se desvanecía y se evaporaba, que se presentaba cada noche para mostrarle los más terribles retratos de la muerte. Era imposible saber qué día ocurrirían las tragedias, ¿de qué servía entonces sufrir tal tortura si no era capaz de avisar a nadie? En muchos casos soñó con desconocidos. Era un sufrimiento inútil, una desgracia sin sentido, una forma terrible de existir.

Fue su abuela quién le aconsejó que encendiera una vela antes de dormir, le explicó que las velas crean sombras enormes y que era la forma más fácil de mantenerse a salvo porque una sombra al unirse con otra se va convirtiendo en una obscuridad absoluta y así se vuelve nada, deja de ser, se extingue.

La vela se convirtió en lo único que le daba un poco de alivio, pues si bien no podía deshacerse de la sombra en sus sueños, al menos se reconfortaba pensando que ese ser oscuro no le daría alcance. La vela permanecía ardiendo desde que desvanecía su cuerpo flaco sobre el colchón de la cama hasta que llegara el momento de levantarse; no eran largas horas, dormía poco y dormía mal.

Encontró en sus andanzas todos los sucesos que la sombra le reveló, ninguno quedó pendiente, incluso aquel en donde se soñó a ella misma. La impresión de los sueños se quedaba en su cabeza y sólo esperaba el día en que inesperadamente saltaran las desgracias ante sus ojos. La última vez que presenció cómo se extinguió la vida de un pobre desgraciado no le causó asombro, parecía que ver en vivo y a todo color los terrores de la muerte ya eran parte del día a día, se volvió un hábito, una aterradora rutina.

La noche de su último sueño encendió la vela y entró a la cama con cuidado, permaneció con los ojos muy abiertos, no por temor, más bien por costumbre. Las sábanas se sentían heladas, así como sus pies; por primera vez notó la incomodidad de la almohada y unos resortes que saltaban del colchón. Tantas malas noches no le dieron la oportunidad de notar aquello que parecía una pequeñez. Fue imposible no sucumbir ante el agotamiento y cerró los ojos, en ese instante entró un viento arrebatado y fuerte, casi como un huracán, nada lo impidió, la ventana se abrió y dio paso a ese gélido soplo interminable que apagó la vela.

En sus sueños supo lo que sucedía: ella se había convertido en la nueva sombra. Sus dudas se disiparon, la sombra la alcanzó y llegarían nuevos testigos, ella estaba preparada para elegirlos.




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