LA MUERTE DE LA AMANTE DEL ZAMARRIPA
Él no se acostaba con cualquier mujer, había elegido a la más
guapa del pueblo para hacerla su amante porque era un hombre que no se
conformaba con poco y porque las muchachitas tímidas y mojigatas le venían muy
guangas cuando de amoríos se trataba. Esa mujer de ojos enormes, poseedora de
una trenza gruesa y negra que le llegaba hasta las nalgas, con un cuerpo
armonioso y una mirada profunda, se llamaba Rosario Maqueda y no era nada más que una mujer guapa que levantaba miradas por donde caminaba, pero para él era una
diosa. También era la madre de dos niños, uno de ocho años, otro de seis años y una niña de tres años. Ella era una abandonada como muchas otras mujeres de
Tlaltenango de Sánchez Román.
En Zacatecas, sin importar el municipio, comunidad o pueblo, las
mujeres se iban quedando solas con un montón de hijos, sus esposos se cruzaban
al otro lado para buscar mejores oportunidades que se traducían en años de
olvido y en visitas de unas cuantas semanas en donde dejaban preñadas a sus
mujeres y se volvían a ir para regresar unos años después a conocer a las
nuevas crías. La historia era igual para todas y además la pobreza se sentía
cada vez y peor, entre tanto hijo los pesos no alcanzaban.
Antonio Zamarripa era un hombre muy hombre, al menos eso decía él
y las mujeres que había tenido. Alguna vez sintió la cosquilla de irse al otro
lado como el resto de los hombres del pueblo, pero perdió las ganas cuando uno
de sus primos le contó la chinga que se metía y lo mal que lo trataban, ¿para
qué irse a sufrir a otra tierra si se puede sufrir más a gusto en la propia? Además,
no sabía inglés ni me gustaban las güeras.
El Zamarripa, como todos lo llamaban, conocía a Rosario
desde que eran unos chamacos y siempre le gustó, no más que la mamá de ella le
hizo el feo a ese “mal viviente sin oficio ni beneficio” y es que al Zamarripa
lo que menos le importaba era ser una persona de bien, disfrutaba comer, beber
y nalguearse a las prostitutas de la casa de Doña Licha. En realidad, su vida
era demasiado simple y con tener un lugar para dormir se conformaba. Trabajó en
un montón de oficios, desde peón, ayudante de carpintería, cantinero, que le
duró muy poco porque entre traguito y traguito dejó desfalcada a la cantina. Su
último trabajo consistió en cuidar a los caballos de una de las haciendas a las
afueras de Tlaltenango.
Rosario siempre lo miró a lo lejos, como que no queriendo la cosa,
pero con curiosidad y hasta con antojo, nada más que una señorita bien no
andaba amigándose con gentuza como el Zamarripa. Pasados los años terminó por
casarse con Juan Rendón, un muchachillo flaco y tímido que la mamá de
Rosario vio con buenos ojos para su hija. A Juan se le llenó el rostro de
felicidad cuando empezó a pretender a aquel mujerón, ¿qué más le podía pedir a
la vida? Una vez casados el padre de él les daría la tienda de telas que dejaba
baste buen dinero, pero la vida es un juego de muchas suertes y la familia del
muchachito terminó por perderlo todo, hasta la tienda de semillas que tenían en
el centro. Ya con dos hijos, Juan decidió irse a los Estados Unidos, al fin que
por allá ya había un montón de conocidos y seguramente alguien le tendería la
mano.
A Rosario no le agradaba mucho la idea de quedarse sola en
Tlaltenango, su madre ya había muerto y su suegra estaba muy enferma, se sentía
completamente desamparada con la
responsabilidad de sus hijos y con la incertidumbre de qué hacer para comer
mientras su flaco Rendón le mandaba los primeros pesos. Terminó por
arreglárselas ofreciendo sus servicios como costurera y durante un buen tiempo
se dedicó a hacer trapos para medio mundo y se acostumbró al trabajo ¿quién
necesitaba entonces a un hombre?
Un buen día Rosario se encontró con el Zamarripa doblando la
esquina de la farmacia, cargaba en las manos unas flores que llevaba a la
iglesia y él caminaba en sentido contrario hacia la cantina. Cuando se miraron
ella no pudo evitar sonreír y él no pudo evitar decirle lo chula que veía
sonriendo y entre risa, sonrisa y chuleada terminaron por encontrarse a cada
rato al doblar las esquinas, en la plaza, en el mercado y hasta en la misa de
los domingos.
El Zamarripa sabía que no le era indiferente a la mujer de todos
sus sueños, la única que le alborotó el estómago de adolescente, la única que
le hizo sentir mariposas y que cuando se casó las tuvo que matar ahogándolas
con tragos de tequila.
La soledad le llegó rápido a Rosario, en el pueblo no había mucho
que hacer ni con quién platicar y menos para una mujer inquieta como ella. Se
aferró a la Virgen y a todos los santos el día que el Zamarripa la agarró por
la cintura y le plantó un beso en plena calle, se quería morir de la vergüenza
y también de las ganas que le despertaron por besar y besar a ese hombre bajo
una noche llena de estrellas.
No pasó mucho tiempo para que se dieran un agarrón en una
caballeriza de la hacienda. Resultó que Rosario encontró trabajo, muy bien
pagado, ayudando en la cocina, porque además de esa cabellera espesa y negra,
también había nacido con el don de preparar los más deliciosos mangares.
Rosario vivía un sueño junto a su hombre, jamás se había sentido
así de amada, nunca antes la habían tocado como lo hacía su Zamarripa, ni le
decían cosas tan hermosas y ocurrentes como lo hacía él. No sólo era lo que
sentía su cuerpo, su corazón le gritaba que no debía dejarlo jamás y para
acabar pronto no le importaba lo que sucediera porque se dejaría llevar y no
había retorno. Si es que un día llegaba Juan, le diría la verdad y sin importar
lo que la gente dijera de ella viviría al lado del Zamarripa.
Entre los hijos de Rosario y el trabajo de ambos, los candentes y
arrebatados encuentros se daban en los lugares más inesperados, donde les
agarraran las ganas y donde se pudiera, a veces en la oscuridad de alguna calle
o sembradío, ninguno de los dos era delicado para el amor, total la tierra se
sacudía y listo. El paraíso de Rosario fue el cuartucho del Zamarripa, modesto
y simple, pero eran tan pocas veces que podían vivir esa profunda intimidad que
atesoraba cada segundo tendida en esa cama polvorienta.
El nombre de Rosario estaba en la boca de todos. Las pocas
personas que la frecuentaban dejaron de hacerlo porque su amor y sus pasiones
brotaron por todo lo alto como volcán en erupción, era muy difícil ser discreta
y claramente de casquivana no la bajaban. Las miradas de desaprobación se sentían
a cada paso y prácticamente para el pueblo perdió su
nombre de pila y simplemente la llamaron “la amante del Zamarripa”.
Antonio a veces la veía dormir junto a él y sabía que era la
primera vez en su vida que era feliz. A pesar de su ateísmo, llegó a fantasear
con la idea de casarse por la iglesia con Rosario vestida de blanco, pero sabía
que eso no pasaría nunca a menos que Juan dejara de existir, ¿sería capaz de
matar al flaco y dejar a esos niños sin padre para reemplazarlo y tener a la
familia que nunca tuvo?, se lo planteó varias noches y supo que lo haría, al
fin lo chamacos lo conocían más a él que a su padre.
Rosario Maqueda y Antonio Zamarripa vivían en un idilio de amor,
en una
ilusión de la familia perfecta. Para ellos el resto
de mundo no existía, si se tenían uno junto al otro lo tenían todo, pero sabían
que en cualquier momento se iba a terminar o pasaría una desgracia porque nada
se resuelve así de fácil, porque algo tenían que perder y el día que Juan
llegara a Tlaltenango una tormenta caería sobre sus cabezas, no sabían cuando,
pero algo sucedería. Mientras tanto no quedaba más que arrancarse los labios en
cada beso.
Eran las 5:30 a.m. y Rosario se levantó de la cama, cierta
intranquilidad le oprimía el pecho. Fue al cuarto de sus hijos y los llenó de
besos. Levantó a su niña en los brazos y se fue a la cocina con ella, tenía
ganas de preparar un desayuno bien sabroso para ese viernes caluroso de junio.
Sentó a la niña y la miró un rato, era tan bonita como ella y muy curiosa.
Llegaron sus otros niños. Preparó chocolate caliente a pesar del calor porque a
sus hijos les encantaba el pan con chocolate y les quiso dar el gusto. Fue un
desayuno diferente, los niños hablaban sin parar, ella sonreía y los veía,
sabía que a pesar de su amor por Antonio Zamarripa esos pequeño era su mayor
tesoro, y mientras lo pensaba unas punzadas en el estómago no dejan de
advertirle que la desgracia se asomaría muy pronto.
Se fue a cambiar, un vestido blanco con flores rojas le venía bien
para el calor. Trenzó su cabello y se colgó unos aretes largos en las orejas,
nunca lo hacía, pero, así como con sus hijos, se dio el gusto. Ese día planeaba
con Antonio una gran noche, era algo así como su aniversario. Los niños serían
cuidados por Panchita, una chamaquita que se había convertido en una amiga,
quizá la única que tenía y que no la juzgaba, nada más no decía nada y nunca
hablaba de Antonio con ella.
Mientras se veía ante el espejo escuchó como Panchita le gritaba
como loca que abriera mientras golpeaba la puerta tan fuerte que parecía la iba
a tirar. Rosario corrió, abrió y preguntó cuál era el apuro ya que ella le
llevaría a los niños hasta a las cinco de la tarde, Panchita negaba la cabeza y
le dio la noticia que no quería escuchar: Juan había llegado al pueblo y no le
había mandado aviso porque bien enterado estaba de sus amoríos con el
Zamarripa, iba directo a matarlo y uno de sus amigos le ayudaría, el mismo
amigo que lo mantuvo al tanto de lo que pasaba en Tlaltenango.
Rosario corrió, sabía que Antonio estaba en su casa polvorienta,
ella tenía que detener a Juan o prevenir a Antonio. El sol ya resplandecía.
Ella iba tan a prisa como sus piernas le permitían y sentía las piedras de la
calle clavándose en la planta de sus pies mientras sudaba y el corazón le latía
tan fuerte que sentía se le saldría por la boca. De su mente no salía su Antonio,
tenía que estar vivo, tenían que seguir juntos, le pedía a Dios que no
permitiera una desgracia, que la dejara llegar antes que Juan, pero Dios no
cumple antojos ni endereza jorobados.
Desde un extremo de la calle, Rosario gritó tan fuerte como pudo
que no lo matara, Juan estaba parado frente a la puerta de Antonio, aún cerrada.
Rosario dio zancadas para llegar, Juan la miraba y apuntaba a la puerta, listo
para disparar en el momento que Antonio abriera. Rosario estaba cada vez más
cerca, ¿qué haría?, no lo sabían, no podía pensar, igual saltar sobre Juan y
arañarle la cara, hincarse a suplicar o agarrar la pistola del amigo para
dispararle primero.
Rosario estaba tan cerca, tan cerca que casi podía oler a Antonio
y ver de frente los ojos de Juan. Todo pasó muy rápido, ya la gente comenzaba juntarse
en la calle por los gritos.
Se escuchó el cerrojo de la puerta, Juan apuntó sin miedo y
Antonio apareció en el marco, Juan no lo pensó y disparó, pero Rosario había comenzado
el salto y quedó frente a los ojos de su esposo mientras la bala penetraba su cuerpo
y caía a los pies de Antonio Zamarripa. La sangre lucía como una flor más del
vestido blanco, simplemente chorreo dibujando un pétalo, y luego otro, hasta desparramarse
esa tinta natural y brillante sobre las piedras de la calle.
A Rosario le explotó el corazón, en todos los sentidos, y por eso
se murió. La amante del Zamarripa dejó de existir abandonando a dos hombres vacíos
y a tres crías, ahora sin madre.
Yo la vi morir, era una niña de ocho años que miró aquella escena
como si fuera una película, vi como el Zamarripa se agachó y le gritó que no se
muriera mientras Rosario quedaba con los ojos en blanco y él la abrazaba como
queriendo pasar todo lo que él era a la única mujer que le ayudó a conocer la
felicidad.

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