COMO DOS EXTRAÑOS
“Me acobardó la soledad
y el miedo enorme
de morir lejos de ti...”
COMO DOS EXTRAÑOS (TANGO)
1940
Letra de José M. Contursi
Música de Pedro Laurenz
Oscuro, cálido, a veces temerario y extremadamente sensual. Iluminado con lámparas de tenue luz y embriagadoras velas en las mesas. Era mi lugar favorito para trasnochar y dejar el insomnio sobre la madera para esperar la madrugada y dormir cuando ya todos estaban despiertos
Las miradas confundidas entre la merluza del alcohol y los deseos más hondos. Allí se perdía el tiempo entre nubes de cigarrillos y puros, entre el olor a sexo que impregnaba las paredes y las risas radiantes de las mujeres más hermosas.
Llegué por casualidad, era final del verano y la recolección de la uva en la región del Cuyo requería de hombres. Así, estuve recorriendo las provincias de San Luis, San Juan, La Rioja y finalmente me gustó Mendoza para quedarme a vivir. Era un extranjero buscando identidad y concordancia fuera de mi país. Argentina me pareció interesante, nueva, excitante y emigré hacia Tierra de Fuego.
La primera vez que entré a aquel lugar de utopías, mis músculos aún rígidos, sintieron el leve descanso de quien espera despertar sin que la luz le ciegue los ojos. La luminosidad era apenas perceptible, el ambiente caliente y todos los ojos permanecían fijos sobre la silueta de una pareja que bailaba al centro. Fue la primera vez que escuché un tango y me enamoré de aquel ritmo alucinante.
Desde aquel día las visitas se hicieron más y más frecuentes a la taberna de Luciano, el dueño. Ir a beber un trago se convirtió en un ritual que comenzaba con la extenuación y el fastidio de los días y terminaba con la ensoñación de tango todas las noches.
Llegaba sin más compañía que mi desaliento, encendía un cigarro para nublar las ideas y dejarme llevar por las risas locas de los otros. Nadie más en mi mesa, solo. Mujeres de ojos claros, también trigueñas se acercaban y de vez en cuando se tomaban un trago conmigo, me ofrecían placer y terminábamos conversando de la vida y filosofando sobre los hombres. No insistían más y con algunas lágrimas, que dejaban sus caras corridas de maquillaje, partían dándome un beso en la mejilla. Fue así que conocí a Rosa, Alicia, Victoria, María Eva, Malena, y otras que con diferentes nombres… siempre eran las mismas.
Existía algo más que el tango, más que las pláticas con las mujeres de la taberna, más que estar beodo alucinando felicidad, estaba alguien de ojos profundos, de mirada aguda, de movimientos sagaces y temía volverme loco.
Sentado sobre mis propios pensamientos comenzó el baile, suave y sin prisa, sensual, insondable, agresivo. El escándalo se convirtió en serenidad, la burla y carcajadas en admiración sin límites. Bailaban mirándose fijamente, reclamando una caricia y sentí celos, los más sombríos. El baile inició despacio, terminó veloz y apasionado.
Todas las noches veía a la pareja bailar, embelesado en sus movimientos. Nunca miraban a nadie más durante su actuación, solo entre ellos. Las piernas se confundían entre sí mismas, enredadas de pie. Tacones altos volando en la tierra. Una mujer y un hombre.
Sucedió una noche como tantas otras. La melodía nueva, exquisita, la voz perfecta, los bailarines perturbados por la música:
“Me acobardó la soledad
y el miedo enorme
de morir lejos de ti.
Que ganas tuve de llorar,
sintiendo junto a ti
la burla de la realidad.
Y el corazón me suplicó
que te buscara
y que le diera su querer.
Me lo pedía el corazón
y entonces te busqué,
creyéndote mi salvación.
Y ahora que estoy
frente a ti, parecemos, ya ves,
dos extraños.
Lección que por fin aprendí,
como cambian las cosas los años.
¡Angustia de saber, muertas ya,
la ilusión y la fe!
¡Perdón si me ves lagrimear
los recuerdos me han hecho mal!
Nunca antes imaginé una mirada suya sobre mi cuerpo, bailaba y me descubría con el repaso de sus ojos, me dejó completamente fuera de mí. Pensaba si era mi borrachera la causa de esa maravillosa alucinación, de aquel sueño de ver sus ojos fijos en mi figura. La consternación me hizo bajar la mirada y la embriaguez desapareció. Mis piernas olvidaron la tensión y el desfallecimiento, me levanté tan rápido como pude y me acerqué a Luciano para pagar la deuda de la noche. Salí corriendo y llegué a tumbarme boca abajo en la cama defectuosa e imperfecta. Esa noche, como muchas otras, no concilié el sueño, tampoco pude lograrlo en la madrugada ni ya entrada la mañana, así pasaron los días, sin dormir.
El ritual permaneció intacto y continué visitando la taberna a la misma hora. Un diálogo nuevo comenzaba con la música de tango. Mi mirada, su mirada, ambas confundidas entre el resto de los asistentes. Finalizó la danza y yo partí apresurado. Pasaron muchos meses con la misma rutina hasta que una noche antes de empezar el baile se acercó y dijo: “esta noche no te vayas tan pronto, espérame” y se marchó al fondo del tugurio.
Las manos me sudaban y mis dedos temblaban como cuando hay malos sueños. No pude beber de mi vaso y esperé mientras trataba de controlar los espasmos de aquella emoción similar a la angustia y al júbilo.
Terminó de bailar, el público aplaudía desaforado, excesivo, y los más osados borrachines se levantaron al centro con algunas mujeres para intentar bailar entre tropezones y risas.
Esperaba en mi mesa su arribo, sus palabras. Quizá solo le causaba curiosidad la forma religiosa en que asistía a la taberna. No quería pensar más de lo debido, ilusionarme o morir en el intento al vislumbrar una sospecha sobre mí.
Observé como se acercaba mientras se detenía de vez en vez para saludar a los conocidos. Su figura me trastornó desde hacía mucho tiempo atrás y ahora había algo en sus movimientos que declaraba a la criatura más inusitada sobre aquella tierra de embrujo y erotismo.
Acercó una silla de la mesa contigua y tomó asiento al lado mío, me preguntó si me gustaba el tango, respondí que sí. Me invitó un trago y se levantó de la silla para gritar hacia la barra de madera, pidió un cigarro y lo encendió rápidamente para continuar una conversación en la que no encontraba un rumbo.
Su voz tranquilizó mis ansias, los nervios pasaron poco a poco por mis fibras, por todos los poros de mi cuerpo y finalmente desaparecieron para dejar a su paso una excitación llena de apetitos de su boca. Miraba sus ojos negros profundos. Preguntó si ya sabía bailar tango y agaché la cara para responder que no. Tomó mi mano y se erizaron las terminaciones capilares de todo mi ser, me dijo que me enseñaría a bailar y comenzó a recitar una historia sobre los orígenes del tango. Me sorprendió al decir que en sus inicios el tango solo lo bailaban los hombres, entre ellos crearon pasos nuevos, mostraban sus habilidades para el corte y la quebrada por hombría. Sin embargo, el hecho de que se bailara entre hombres no significaba nada especial. También me comentó de la mala fama que adquirió el tango en alguna época porque se bailaba principalmente en los prostíbulos y en el arrabal. Nosotros no estábamos precisamente en un salón de baile, pero el tango entonces era reconocido ya por las clases sociales altas como un baile singular y único de la Argentina, y en París se le había dado ya un sello de calidad al baile argentino.
Yo escuchaba atento aquella historia, pero temía que nuevamente hiciera el ofrecimiento de enseñarme a bailar. Disfrutamos la música, el baile, las risas, las miradas y poco a poco empecé a confiar en sus gestos, en la propuesta de bailar tango con su cuerpo.
Pensaba que las lecciones de baile serían en la taberna al comenzar la madrugada, cuando ya todos se hubieran ido… no fue así y estaba asustado por ello. Transcurrieron las horas. Ya embriagado, mis risotadas aturdían mis propios oídos, mi euforia era tal que me olvidé de dónde estaba y me acerqué para darle un beso, no se negó y cuando los labios se separaron la música retomó su elegante simpatía. Él se levantó del asiento que ocupaba cerca de mí, mucho más cerca que al principio y me tomó de la mano para invitarme a al centro de la pista.
Me levanté, todas las voces se callaron, el silencio bañó la taberna, las miradas atónitas nos siguieron hasta la pista, su compañera de baile me miró y lanzó una sonrisa, sentí confianza y perdí el miedo.
En la pista, como dos extraños estábamos mirándonos, sin importarnos los cuchicheos que ya empezaban. Sonó una nota y seguida de ella otra más y así se hilaba un tango, el más hermoso que jamás haya escuchado, sus manos me tocaron lentamente, la música me ayudaba, me guiaba. Un paso, dos, tres. A fuerza de ver aprendí uno que otro cruce. Él me miró fijamente y me llevó por todo el espacio disponible, era apasionante aquello que sucedía. Mis pensamientos, mi cuerpo, todo estaba dentro de la misma burbuja que nos envolvía.
Subieron y bajaron los tonos, dóciles, mansos, violentos, rápidos. El baile acaparó nuestros sentidos: olfato, vista, tacto, audición y gusto... mucho gusto.
Los murmullos desaparecieron, todo el mundo éramos él y yo bailando tango.
Se escuchó la última nota, su cara perfectamente varonil y firme quedó frente a la mía y rematamos con un beso profundo. Todo en silencio, miradas, solo miradas, sin música, sin murmullos, sin cuchicheo.
Nos despegamos lentamente y Marcela, una prostituta muy bonita, comenzó con los aplausos, apenas caía en cuenta de lo que ocurría. Mi cuerpo sudaba, se estremecía, se emocionaba y escuchaba los aplausos, más aplausos y más locura, bendita locura desde entonces.





