miércoles, 10 de marzo de 2021

Como dos extraños

 


COMO DOS EXTRAÑOS

 

 “Me acobardó la soledad

y el miedo enorme

de morir lejos de ti...”

COMO DOS EXTRAÑOS (TANGO)

1940

Letra de José M. Contursi

Música de Pedro Laurenz

 

Oscuro, cálido, a veces temerario y extremadamente sensual. Iluminado con lámparas de tenue luz y embriagadoras velas en las mesas. Era mi lugar favorito para trasnochar y dejar el insomnio sobre la madera para esperar la madrugada y dormir cuando ya todos estaban despiertos

Las miradas confundidas entre la merluza del alcohol y los deseos más hondos. Allí se perdía el tiempo entre nubes de cigarrillos y puros, entre el olor a sexo que impregnaba las paredes y las risas radiantes de las mujeres más hermosas.

Llegué por casualidad, era final del verano y la recolección de la uva en la región del Cuyo requería de hombres. Así, estuve recorriendo las provincias de San Luis, San Juan, La Rioja y finalmente me gustó Mendoza para quedarme a vivir. Era un extranjero buscando identidad y concordancia fuera de mi país. Argentina me pareció interesante, nueva, excitante y emigré hacia Tierra de Fuego.

La primera vez que entré a aquel lugar de utopías, mis músculos aún rígidos, sintieron el leve descanso de quien espera despertar sin que la luz le ciegue los ojos. La luminosidad era apenas perceptible, el ambiente caliente y todos los ojos permanecían fijos sobre la silueta de una pareja que bailaba al centro. Fue la primera vez que escuché un tango y me enamoré de aquel ritmo alucinante.

Desde aquel día las visitas se hicieron más y más frecuentes a la taberna de Luciano, el dueño. Ir a beber un trago se convirtió en un ritual que comenzaba con la extenuación y el fastidio de los días y terminaba con la ensoñación de tango todas las noches.

Llegaba sin más compañía que mi desaliento, encendía un cigarro para nublar las ideas y dejarme llevar por las risas locas de los otros. Nadie más en mi mesa, solo. Mujeres de ojos claros, también trigueñas se acercaban y de vez en cuando se tomaban un trago conmigo, me ofrecían placer y terminábamos conversando de la vida y filosofando sobre los hombres. No insistían más y con algunas lágrimas, que dejaban sus caras corridas de maquillaje, partían dándome un beso en la mejilla. Fue así que conocí a Rosa, Alicia, Victoria, María Eva, Malena, y otras que con diferentes nombres… siempre eran las mismas.

Existía algo más que el tango, más que las pláticas con las mujeres de la taberna, más que estar beodo alucinando felicidad, estaba alguien de ojos profundos, de mirada aguda, de movimientos sagaces y temía volverme loco.

Sentado sobre mis propios pensamientos comenzó el baile, suave y sin prisa, sensual, insondable, agresivo. El escándalo se convirtió en serenidad, la burla y carcajadas en admiración sin límites. Bailaban mirándose fijamente, reclamando una caricia y sentí celos, los más sombríos. El baile inició despacio, terminó veloz y apasionado.

Todas las noches veía a la pareja bailar, embelesado en sus movimientos. Nunca miraban a nadie más durante su actuación, solo entre ellos. Las piernas se confundían entre sí mismas, enredadas de pie. Tacones altos volando en la tierra. Una mujer y un hombre.

Sucedió una noche como tantas otras. La melodía nueva, exquisita, la voz perfecta, los bailarines perturbados por la música:

“Me acobardó la soledad

y el miedo enorme

de morir lejos de ti.

Que ganas tuve de llorar,

sintiendo junto a ti

la burla de la realidad.

Y el corazón me suplicó

que te buscara

y que le diera su querer.

Me lo pedía el corazón

y entonces te busqué,

creyéndote mi salvación.

Y ahora que estoy

frente a ti, parecemos, ya ves,

dos extraños.

Lección que por fin aprendí,

como cambian las cosas los años.

¡Angustia de saber, muertas ya,

la ilusión y la fe!

¡Perdón si me ves lagrimear

los recuerdos me han hecho mal!


 Nunca antes imaginé una mirada suya sobre mi cuerpo, bailaba y me descubría con el repaso de sus ojos, me dejó completamente fuera de mí. Pensaba si era mi borrachera la causa de esa maravillosa alucinación, de aquel sueño de ver sus ojos fijos en mi figura. La consternación me hizo bajar la mirada y la embriaguez desapareció. Mis piernas olvidaron la tensión y el desfallecimiento, me levanté tan rápido como pude y me acerqué a Luciano para pagar la deuda de la noche. Salí corriendo y llegué a tumbarme boca abajo en la cama defectuosa e imperfecta. Esa noche, como muchas otras, no concilié el sueño, tampoco pude lograrlo en la madrugada ni ya entrada la mañana, así pasaron los días, sin dormir.


El ritual permaneció intacto y continué  visitando la taberna a la misma hora. Un diálogo nuevo comenzaba con la música de tango. Mi mirada, su mirada, ambas confundidas entre el resto de los asistentes. Finalizó la danza y yo partí apresurado. Pasaron muchos meses con la misma rutina hasta que una noche antes de empezar el baile se acercó y dijo: “esta noche no te vayas tan pronto, espérame” y se marchó al fondo del tugurio.


Las manos me sudaban y mis dedos temblaban como cuando hay malos sueños. No pude beber de mi vaso y esperé mientras trataba de controlar los espasmos de aquella emoción similar a la angustia y al júbilo.


Terminó de bailar, el público aplaudía desaforado, excesivo, y los más osados borrachines se levantaron al centro con algunas mujeres para intentar bailar entre tropezones y risas.


Esperaba en mi mesa su arribo, sus palabras. Quizá solo le causaba curiosidad la forma religiosa en que asistía a la taberna. No quería pensar más de lo debido, ilusionarme o morir en el intento al vislumbrar una sospecha sobre mí.


Observé como se acercaba mientras se detenía de vez en vez para saludar a los conocidos. Su figura me trastornó desde hacía mucho tiempo atrás y ahora había algo en sus movimientos que declaraba a la criatura más inusitada sobre aquella tierra de embrujo y erotismo.


Acercó una silla de la mesa contigua y tomó asiento al lado mío, me preguntó si me gustaba el tango, respondí que sí. Me invitó un trago y se levantó de la silla para gritar hacia la barra de madera, pidió un cigarro y lo encendió rápidamente para continuar una conversación en la que no encontraba un rumbo.


Su voz  tranquilizó mis ansias, los nervios pasaron poco a poco por mis fibras, por todos los poros de mi cuerpo y finalmente desaparecieron para dejar a su paso una excitación llena de apetitos de su boca. Miraba sus ojos negros profundos. Preguntó si ya sabía bailar tango y agaché la cara para responder que no. Tomó mi mano y se erizaron las terminaciones capilares de todo mi ser, me dijo que me enseñaría a bailar y comenzó a recitar una historia sobre los orígenes del tango. Me sorprendió al decir que en sus inicios el tango solo lo bailaban los hombres, entre ellos crearon pasos nuevos, mostraban sus habilidades para el corte y la quebrada por hombría. Sin embargo, el hecho de que se bailara entre hombres no significaba nada especial. También me comentó de la mala fama que adquirió el tango en alguna época porque se bailaba principalmente en los prostíbulos y en el arrabal. Nosotros no estábamos precisamente en un salón de baile, pero el  tango entonces era reconocido ya por las clases sociales altas como un baile singular y único de la Argentina, y en París se le había dado ya un sello de calidad al baile argentino.


Yo escuchaba atento aquella historia, pero temía que nuevamente hiciera el ofrecimiento de enseñarme a bailar. Disfrutamos la música, el baile, las risas, las miradas y poco a poco empecé a confiar en sus gestos, en la propuesta de bailar tango con su cuerpo.


Pensaba que las lecciones de baile serían en la taberna al comenzar la madrugada, cuando ya todos se hubieran ido… no fue así y estaba asustado por ello. Transcurrieron las horas. Ya embriagado, mis risotadas aturdían mis propios oídos, mi euforia era tal que me olvidé de dónde estaba y me acerqué para darle un beso, no se negó y cuando los labios se separaron la música retomó su elegante simpatía. Él se levantó del asiento que ocupaba cerca de mí, mucho más cerca que al principio y me tomó de la mano para invitarme a al centro de la pista.


Me levanté, todas las voces se callaron, el silencio bañó la taberna, las miradas atónitas nos siguieron hasta la pista, su compañera de baile me miró y lanzó una sonrisa, sentí confianza y perdí el miedo.


En la pista, como dos extraños estábamos mirándonos, sin importarnos los cuchicheos que ya empezaban. Sonó una nota y seguida de ella otra más y así se hilaba un tango, el más hermoso que jamás haya escuchado, sus manos me tocaron lentamente, la música me ayudaba, me guiaba. Un paso, dos, tres. A fuerza de ver aprendí uno que otro cruce. Él me miró fijamente y me llevó por todo el espacio disponible, era apasionante aquello que sucedía. Mis pensamientos, mi cuerpo, todo estaba dentro de la misma burbuja que nos envolvía.

Subieron y bajaron los tonos, dóciles, mansos, violentos, rápidos. El baile acaparó nuestros sentidos: olfato, vista, tacto, audición y gusto... mucho gusto.


Los murmullos desaparecieron, todo el mundo éramos él y yo bailando tango.


Se escuchó la última nota, su cara perfectamente varonil y firme quedó frente a la mía y rematamos con un beso profundo. Todo en silencio, miradas, solo miradas, sin música, sin murmullos, sin cuchicheo.


Nos despegamos lentamente y Marcela, una prostituta muy bonita, comenzó con los aplausos, apenas caía en cuenta de lo que ocurría. Mi cuerpo sudaba, se estremecía, se emocionaba y escuchaba los aplausos, más aplausos y más locura, bendita locura desde entonces.



miércoles, 24 de febrero de 2021

Cuando los gatos la vigilan

 

CUANDO LOS GATOS LA VIGILAN


 Cuando los gatos la vigilan es imposible conciliar el sueño, la observan fijamente mientras se quita la ropa para entrar a la cama, no pierden de vista el detalle de los hombros delgados en donde caen suavemente los tirantes del camisón azul transparente que usa en los días de intenso calor.

Ella siente las miradas penetrantes de los felinos, y no es motivo para entrar apresurada bajo de las sábanas, al contrario, comienza pausadamente y termina de la misma forma tranquila. La hora de dormir es un ritual que espera durante todo el día, en ese momento los gatos llegan al balcón y ella los domina sin saberlo. Los pícaros la miran con sus ojos verdes y amarillos, de vez en cuando se escucha un maullido, aunque generalmente todo transcurre en silencio.

Tiene los ojos almendrados y su cuerpo es tan delicado que nadie puede saber exactamente la diferencia entre la seda y su piel. El camisón azul es apenas un trozo fino de tela que la protege del viento que entra junto con los gatos por la ventana y que al igual que ellos desea acariciarla.

No existe un pedazo de noche que no envuelva a Ana en un espectacular halo de ensueño, que desaparece al amanecer cuando el sol toca su cara para anunciar que de nuevo hay que esperar el anochecer para sentirse mágica. Mientras tanto los gatos se arremolinan en su ventana y aunque esté abierta de par en par nunca entran. Ana nunca ve a los gatos directamente, a veces mira de reojo los pelajes pardos en la noche sin detenerse a contar los ojos que la observan. Luego entra a la cama con una sensualidad que ella misma desconoce. A sus catorce años entiende muy poco de los placeres del amor y el erotismo, sin embargo, siente algo especial cuando la miran. Poco a poco los escasos maullidos desaparecen y uno a uno los visitantes observadores parten a través de los tejados con la agilidad que los caracteriza. 

Ana no duerme mientras los gatos la vigilan, está despierta, pero mantiene los ojos bien cerrados. Seguramente piensa durante esos momentos y no lo dice, nadie sabe cuáles son los pensamientos que inundan su cabeza. 

Hasta su ventana llega el sonido de las olas de la playa que se encuentra a veinticinco kilómetros de su casa y Ana deja que el sonido penetre en su recámara y sus oídos, se deleita con el eco que la arrulla después que los gatos han partido.

Ana no suele salir de su casa y cuando lo hace va a acompañada de su madre, quien sabe muy bien que su hija irradia sensualidad por cada poro de su piel y la obliga a usar una especie de velo negro a pesar del calor del medio día. Con todo, el velo no es suficiente para cubrir el bello rostro de Ana, por lo que la señora hace lo que puede para que los hombres no se fijen tanto en la niña que además tiene un cuerpo sublime.

Yo vivo para ver la imagen de Ana, en el día, en la noche o cuando pueda hacerlo. Si sale a la calle con su madre camino disimuladamente cerca de ellas, guardando mi distancia y permanezco indiferente en apariencia. Ellas nunca reparan en mi caminar pausado, sencillo, aguardando un roce entre la muchedumbre que consume los espacios cuando es día de mercado en la plaza principal.

Miro las manos de Ana y veo que son pequeñas, blancas y muy delgadas, parecen pájaros heridos de la playa que de vez en cuando persiguen los gatos, buscando jugar o destruirlos por completo. Quisiera sentir las manos de Ana, quiero sentir su piel sencilla y suave sobre mí, nervioso y lleno de ansiedad, eso que se expresa cada vez que la veo. 

Un día, estaba en el parque perdiendo el tiempo junto al Kiosco cuando vi pasar a Ana, andaba sola caminando por la calle. ¡Qué oportunidad se me presentaba! La seguí, como siempre, guardando distancia y una lucha comenzó a surgir dentro de mí, deseaba que me viera y al mismo tiempo temía a su mirada tenue e ingenua que ve en todos a un indefenso animal.

La muchedumbre me apartó y perdí rápidamente el paso, cuando menos me di cuenta Ana ya había desaparecido entre otros cuerpos más afortunados.

Ese día decidí que entraría por la ventana, atravesaría ese pedazo de aire que dividía nuestro contacto. Así, llegó la noche y como era de esperarse, comenzaron a llegar los gatos al borde de la cornisa, yo estaba detrás de todos, esperando la segunda oportunidad del día para inmiscuirme en los terrenos de ese dormitorio sagrado. 

Ana entró por la puerta vestida de amarillo, su falda era larga, le llegaba por debajo de las rodillas y era muy amplia, como los vestidos de novia. Usaba una blusa aseñorada que no dejaba ver su largo cuello de centellas. Se sentó sobre la cama y así permaneció unos minutos, sin hacer nada en particular, parecía ausente de sí misma. Finalmente, se acercó a la cómoda al lado de la cama y abrió un cajón para extraer el camisón azul de mis deseos y lo colocó sobre la cama de sábanas blancas.

Yo miraba atónito cada movimiento de su hermosa figura, su cara era un imán que atraía todas las miradas de los gatos y que delineaba una sonrisa ligera como sus pasos. 

Llegó el momento más extraño, el que desveló mis anhelos por Ana, mis deseos de ella. Se despojó de su ropa de forma tan elegante y certera que mi corazón explotaba a cada latido. Estaba así, sin nada encima, esperando el trozo azul transparente, era una visión indescriptible, un grito que se ahogaba y terminaba en todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo, me exaltaba y me rendí ante el encanto de su mirada, más desnuda todavía que el resto de su cuerpo.

El camisón entró por su cabeza y se deslizó lentamente por todo su cuerpo, cada línea era perfectamente cubierta, perfectamente dibujada por la tela que le llegaba hasta los tobillos.

La vi clavarse en la cama, dócil y bella como siempre, ese día me parecía aún más hermosa que nunca jamás, con el cabello sobre los hombros y con ese aire de señora pequeña que la hacía lucir graciosa. Cerró los ojos y simulaba dormir, yo sabía que no era así por la respiración sin ritmo que llevaba. Respiración extraña y singular de Ana, que comparada con la mía era más suave, yo explotaba.

Transcurría el tiempo y los pelajes comenzaron a perderse poco a poco, los ojos amarillos y verdes partía para regresar la siguiente noche. Vi partir a todos hasta que me quedé solo con Ana en la cama y la ventana de por medio. Dudé, pero el corazón ya retumbaba a tal grado que creí despertaría a la hermosa criatura por el sonido que surgía del bombeo de la sangre.

Ana tenía esa sonrisa, esa hermosa línea de color manzana. La duda entonces se disipó y con la adrenalina y el deseo, penetré como la noche en su cuarto y así como la noche mi cuerpo se perdía entre las penumbras. Cada paso era sigiloso, silencioso hasta el extremo, temía ser descubierto, temía morir antes de estar cerca de su cuerpo ausente.

Asalté la cama y por el hueco del costado derecho entré bajo las sábanas. Ana no se movió y ya estaba yo junto a su pierna. Era blanca, torneada, sencilla, no una gran pierna de concurso, era simplemente la pierna de Ana. Con mucho cuidado me acerqué y rocé esa piel que me veía. Mi corazón estaba tan frágil que un susto en ese momento me fulminaría. Ana se rotó lentamente y quedé quieto, en espera de lo peor, siguió dormida. Era demasiado tarde para detenerme en el infinito de su belleza que se presentaba ante mis verdes ojos, llenos de azul transparente a la altura de sus senos. Mi cara ya estaba frente a su pecho, escuchando su corazón y, ahora sí, su respiración con ritmo. Sentía que moría cada vez que la escuchaba, cada vez que hacía un leve movimiento.

Recorrí todo lo posible bajo las sábanas, miré por encima del camisón y me deleité, reduje lo más que pude el espacio entre los cuerpos, recorrí cautelosamente el aroma de la cama, el aroma de Ana en las sábanas. Rocé sus brazos, sus piernas, su torso y mis anhelos de mirarla largamente.

Después de un rato recostado en el paraíso de su cama llegaba la decisión de partir o despertar a su lado, también la decisión de ver sus ojos o irme sin nunca más atreverme a mirarme en ellos que era lo que más deseaba en la vida.

Finalmente salí de las sábanas y quedé frente a su rostro, miré por la ventana para descubrir que ya estaba amaneciendo y de cualquier forma tenía que partir de aquel lugar de fantasía. Ana abrió los ojos y entre sorprendida y adormilada me miró los ojos verdes y yo encerrado en la excitación que me causaban sus ojos, quedé petrificado logrando al fin mirarme en el color oscuro de mis más grandes esperanzas, vi mis ojos en los de Ana y sentí que ahora sí moría. Ana, más consciente, se sentó repentinamente en la cama y yo sólo atiné a dar un brinco enorme y salí del paraíso, mi pelaje negro era ahora el delator que antes me había ocultado en la noche y el sol me hacía evidente ante ella. Fui al borde de la ventana y salté sin importar lo que pasara.

Afortunadamente tengo siete vidas y seguiré arriesgándolas todas las noches al borde de la ventana en el paraíso de la alcoba de Ana.

miércoles, 10 de febrero de 2021

ELLA

ELLA

Ella camina con la gracia que sólo le pueden dar mis ojos, con la elegancia de las profundidades de mis deseos y con la gentileza de los sueños eternos que se anudan en mi cabeza todas las noches.

Camina y no mira a nadie, pasa de largo como si los ojos siguieran un camino sin escalas. Su mirada parece perdida, ciega de todo lo que se vislumbra alrededor.

Dicen que la soledad la dejó muda. Jamás he escuchado su voz. Se rumora que fue un hombre el que abusó de su alegría y con mala saña atiborró aquellas carcajadas y aquel cariño en un costal, nadie sabe en donde guardó aquel tesoro para regresarlo a la mujer que deambula por la tierra esperando sonreír.

Esa belleza tan sublime la vuelve inalcanzable. Nadie se atreve a dirigirle una palabra y mucho menos una mirada. Es tan arrogante, sin saberlo, que a su paso todos agachan la cabeza. Yo la miro desde lejos, trepado en lo más alto de la iglesia, y sigo su recorrido por las calles, el mismo desde que se llevaron el costal con sus sueños más profundos. Me imagino por las noches, postrado en la cama de mi cuartucho, que me encuentro aquel costal de ensueño. Ya me veo corriendo por las calles para devolverle a la criatura sus recuerdos, así me quedo pensando y sueño.

Nadie sabe a ciencia cierta quién fue el hombre vil que la convirtió en témpano, que cambió su cara infantil a una llena de tristeza disfrazada de insolencia y desconsuelo. Y así nadie se atreve a verla, pero hay quienes nos enamoramos de la tristeza. La melancolía y la nostalgia también conquistan al corazón y queremos correr tras de ella.

Sigo de pie en lo más alto de la iglesia, y la muchedumbre del domingo no permite ver nada. Espero unas horas, fijando la vista en el camino de rutina, ella no aparece. Llega la noche y la visión se dificulta, hago un esfuerzo, parece que hoy no caminará. Los fuegos artificiales de la feria de febrero me dejan ciego de colores y después ciego de humo que cubre la plaza. Quiero divertirme y ahora soy yo el que camina entre la gente, chocando con los algodoneros, los que venden elotes y tropiezo paso a paso con los niños que corren como pájaros buscando libertad. Nada me incomoda entonces, no me molestan los pisotones ni la mancha de salsa roja que una niña dejó sobre mi camisa cuando las papas con limón se le voltearon. Ahora siento lo que la criatura siente cuando camina, no existe nadie, aunque los sientas. Mis ojos van fijos en un camino sin escalas, un camino incierto que me llevará a algún lugar, quizá al que ella va todos los días. No sé por dónde camino y la busco a ella, fijo, sin paradas para saludar a los amigos.

De pronto un sonido alejado llega y pierdo la concentración de mi destino. Alguien dice que ella no salió porque está enferma. ¿Qué podrá tener?, es la pregunta. Entonces detengo mi paso para escuchar más de su arraigo domiciliario. La conversación se pierde entre los cuetes y cuando callan es demasiado tarde porque he perdido el oído.

Cansado y aturdido llego a dormir bajo la luz de la noche infinita, el sueño es tranquilo y la duda sigue ahí. ¿Qué le aqueja? Me disipo nuevamente, abro los ojos y es de día. El alcohol de la noche anterior tiene a mis músculos atrapados, mi cabeza estalla, me mareo y caigo sobre la cama. La resaca es terrible y no saldré a buscarla esta vez.

Mis motivos para vivir son pocos, no me gustan las complicaciones, soy feliz durante las ferias, cuando como nieve de limón y cuando la miro. Ahora un motivo más me aturde la cabeza, ¡iré a buscar ese costal!

Salgo y no sé por dónde empezar, quizá aquel hombre malvado se llevó el costal con él para enterrarlo, tendré que convertirme en pirata y trazar mapas imaginarios para encontrarlo. Mi mente está aturdida y decido fumar un cigarro, los intestinos se retuercen desesperados porque no tengo nada en la panza, no me importa y sigo fumando.

Entre los nervios alterados miro al cielo y ahí hay mapas, seguiré al destino que me llama entre las nubes. Ahí están el lago, el bosque, las casas escondidas. Buscaré en esos tres lugares.

Voy entre las calles repletas de casitas animadas, con viejos tomando el sol en sus sillas, viendo pasar el tiempo a prisa de los jóvenes desesperados como yo. Unas señoras cotorras están comprando aguacates y queso en un puesto ubicado en la esquina de la calle que da al bosque, hablan de ella y ahora mis oídos se enteran que padece de una tristeza inmensa, depresión dicen. No puede olvidar al rufián del costal, el corazón se le está carcomiendo y no permite que nadie la visite. Apenas un doctor amigo de la familia ha podido entrar a verla, dice que es necesario que la lleven a la capital para que vea a un especialista.

Sé que tengo que darme prisa y apresuro el paso. Cuando me doy cuenta voy corriendo y el corazón retumba en mi garganta y me falta el aire, y el bosque ya está ahí. Se ve enorme y mi desesperación crece paso a paso. Busco entre los árboles, agudizo mis sentidos a ver si encuentro una pequeña pista que me lleve al costal.

Me alcanzó la noche y estoy completamente pulverizado, no siento las piernas, mi decepción es más grande que mi cansancio, no encontré el costal y tal vez mañana ella parta a la capital.

Me quedo dormido sobre las plantas, no siento frío ni calor, estoy completamente fuera de la realidad. En cuanto amanezca, con las pocas fuerzas que tenga, iré al lago.

El sol me despierta con premura, me levanto y mis piernas apenas responden, el lago no está lejos. Camino, ya no puedo correr. No sé cuánto tiempo he tardado en llegar al espejo de agua que encuentro cristalina muy cerca de mis pies. Deseo descansar y me siento bajo un árbol, el aire refresca mi cara sudorosa, me relaja y por un instante muy breve duermo, sueño con unas risas alegres, enamoradas. Entre la modorra, abro los ojos y descubro que no estoy soñando, las risas se escuchan muy cerca del árbol y giro la cabeza hacia todos lados tratando de encontrar a la mujer enamorada, no hay nadie. Me turbo y creo que estoy completamente loco, el cansancio me tiene tan agotado que ahora escucho voces.

Una esperanza me dice que siga el sonido de las risas, quizá provienen del costal que ando buscando. Me levanto apresurado y escucho, sigo, camino tras las risas, tras las emociones perdidas bajo la tierra. Cada vez el sonido está más cerca hasta que son simplemente insoportables aquellos ruidos que provienen debajo de mis pies. Busco algo con que escarbar y me ayudo de una rama sobre el suelo. Mis manos están negras de tierra, las lombrices salen de todos los lugares reclamando su guarida, y ante mis ojos el costal.

No me atrevo a abrir el tesoro, está lleno de recuerdos que no me pertenecen, además tengo que correr de nuevo para llevárselo a ella. Saco el costal de la tierra y comienzo a correr. Voy de nuevo con el corazón en la boca, con el aliento extinto, con los deseos a flor de piel.

Estoy casi arrastrándome y veo a lo lejos su casa, la de los faroles grandes que alumbran esa calle por las noches, ahora están apagados. Ya sin aliento, sin respiración llego a la puerta, no puedo tirar de la cuerda para sonar la campana, estoy tirado en el suelo. Pasa un hombre y lo hace por mí. Una mujer con ojos hinchados abre y por poco me pisa una mano, no puedo hablar, mas mi mirada es una súplica. La mujer llama a dos hombres y me cargan para llevarme dentro de la casa, me sientan en una banca de madera y la mujer corre por un vaso de agua. Uno de los hombres trata de agarrar el costal y con las pocas fuerzas que todavía me quedan se lo arrebato de sus manos.

Han pasado ya varios minutos, pero sé que aún no se ha ido porque entre las pláticas se dice que todavía están esperando al carro que vendrá por ella. Todos los habitantes de la casa tienen tristeza en sus caras, ojos acuosos, desvelo. Me imagino que sufren por la enfermedad que ella padece, afortunada es pues ya estoy ahí para salvarla.

Cuando por fin recupero mi corazón y mi aire, hago una interrupción y les digo que ya no tienen razón para estar tristes, que después de tanta fatiga encontré la cura para ella, para sus tristezas. Las mujeres se miran entre sí y bajan la mirada, una de ellas me dice: “Hijo están esperando el carro para llevársela al velatorio, ella acaba de morir”.

Un nudo me ata todo el cuerpo y no es cansancio, ¡se acaba de morir!, no puedo imaginar su piel como el costal entre gusanos. Qué hacer ahora, qué hacer con el costal, a quién le sirve entonces y sigo sin atreverme a husmear entre sus recuerdos, entre las risas enamoradas.

Ahora yo caminó por las calles pensando en ella, sin mirar a nadie, sin expresar emoción, siempre cargando el costal, quisiera morirme como ella y ya sólo sus risas que siempre escucho, me pueden hacer vivir.

  

jueves, 28 de enero de 2021

Deseos en Remate

 DESEOS EN REMATE


Durante los días soleados siempre era una buena idea tomar la bicicleta y salir a dar la vuelta por los alrededores. No faltaban las sorpresas, desde conocer a un nuevo vecino hasta visitar un negocio que ofreciera un aperitivo refrescante, por ejemplo, un helado de limón. 

La primavera estaba en su punto, justo cuando todo florece y el verde de los jardines inunda la vista de quienes los disfrutan. Niños, mascotas y jóvenes enamorados se acomodan en las bancas para pasar el rato, para matar el tiempo, para disfrutar.

Es una de sus salidas primaverales, Leonora bajó de su bicicleta para entrar a un local pequeño y acogedor que llamó su atención. Un letrero de madera con caligrafía exquisita dejaba leer: “DESEOS EN REMATE”. ¿Cuánto cuesta un deseo?, ¿se pueden rematar?, ¿se pueden vender?, ¿hay que llevar bolsa reciclable o de tela para poder cargarlos por la calle? o ¿en donde se guardan los deseos?. Eran muchas las preguntas que se hizo mientras cruzaba el umbral.

Todo lucía interesante. Libreros atiborrados de pequeños cactus, enredaderas y por supuesto libros que creaban el ambiente de lectura en medio de la selva. El calor la hacía sudar, su cuello se llenó de finas perlas de agua y se refrescó con la corriente de aire que se generaba entre las puertas abiertas de ese lugar tan peculiar. 

En el centro del establecimiento encontró una fuente con peces de colores, de esos naranjas y dorados que brillan. Una vitrina exhibía bocadillos dulces y caramelos, además se podía oler un delicioso aroma a café.

Leonora se acercó al mostrador y un chico de anteojos y sonrisa kilométrica le dio la bienvenida:

- ¡Hola chica!, ¿en qué te puedo ayudar?, ¿buscas algo especial?

- No, en realidad entré porque me llamó la atención el local, creo que es diferente. Bueno, también porque tengo curiosidad sobre el letrero que tienes afuera, ¿cómo está eso de que se rematan deseos?

- ¡Ya veo!, es muy sencillo en realidad. Como ves aquí hay de todo, incluso podemos venderte alguna antigüedad o un pez de la fuente. La idea es que cada vez que entres te lleves por lo menos una sonrisa, al menos esas son gratis -y sonrío con los dientes blanquísimos y con los ojillos brillantes-. Pues bien, te explico. En la compra de cualquier bocadillo dulce -señaló la vitrina como modelo de televisión -puedes escribir un deseo, lo que tú quieras, puede ser algo que siempre has deseado hacer o ver. Después lo metes en ese baúl -y con el dedo apuntó a un enorme baúl de madera tallada, hermoso, muy hermoso- 

- Ok, y… ¿luego qué pasa?

- Los bocadillos tienen un costo de recuperación, puedes pagar con dinero, con algún objeto lindo que desees donar o puedes pagarlo con una sonrisa.

- Es un poco extraño ¿no?

- Mmmm… no en realidad. ¿Hasta aquí todo va bien?

- Creo que sí -Leonora le sonrió-

- Bien, cada vez que entres al local puedes tomar del baúl un deseo que te parezca interesante. ¡Tenemos muchos!, afortunadamente hay varias personas interesadas en escribir sus deseos y en probar estos deliciosos bocadillos. En ese librero -señala nuevamente con el dedo- sólo hay libros y plantas que nuestros amigos nos han dado a manera de pago. También si quieres puedes leer algo aquí mismo si te apetece.

- Ya entiendo, saco el deseo y ¿qué hago con él?

- ¡Pues lo cumples mujer!, es decir. Muchas personas no pueden cumplir sus deseos por múltiples razones: no tienen el dinero, por su edad, algún impedimento físico, su género…. o  una combinación de todo. Una vez que alguien cumple el deseo de otro lo puede hacer inmensamente feliz. Si cumples el deseo que has tomado debes dejarlo en aquel pizarrón de corcho, de esa forma la persona que lo dejó podrá  saber que su deseo fue cumplido. Es algo así como un servicio a la comunidad, tú ayudas a cumplir un deseo y ellos te ayudan a ti a cumplir los tuyos. ¿Te gusta la idea?

- No me gusta la idea, ¡me encanta!

- Siendo así ¿deseas un bocadillo?

- ¡Claro que sí! -Leonora lucía entusiasmada-

El joven le extendió unos “besos de nuez”, un papel de colores y un bolígrafo. Leonora no supo muy bien qué escribir, estuvo meditando su deseo mientras mordisqueaba sus deliciosas galletas. Empezaría por algo sencillo: “Deseo adoptar un gatito, mi casera no permite mascotas y por el momento no puedo tener uno en casa. Me haría feliz hacer feliz a un animalito”. Se acercó al baúl y colocó su deseo.

            - ¿Listo chica? Ahora debes buscar el deseo que tú vas a cumplir para alguien.

            - Estoy nerviosa, ¿qué pasa si no puedo cumplirlo?

            - Regresas y lo colocas de nuevo en el baúl, tampoco es para que te vuelvas loca. ¡Disfruta la experiencia!

            - Ok, creo que tienes razón. Esto suena divertido.

Leonora regresó al baúl y sacó un papel al azar: “Deseo hacer una carrera de 5 kilómetros. Hace un año perdí ambas piernas, no ha sido fácil”. Leonora se sintió un poco tonta por el deseo que ella había escrito, pero al final de cuentas estaba empezando. Leyó de nuevo el papel, claro que podría cumplir ese deseo, en su universidad los estudiantes tenían una pista de carreras, un coach y ella era deportista y entusiasta. 

            - ¡Listo! -miró al chico y se guardó el deseo en la bolsa-

Con una sonrisa, la delgada Leonora subió a su bicicleta y no dejaba de pensar en sus deseos. Recordó todo lo que que los Reyes Magos no le llevaron cuando era niña, en aquellas comidas que siempre había deseado probar pero que su alergia al cacahuate no le permitía ¿sería tan delicioso comer un mazapán?, deseó volver a ser niña para visitar el parque que frecuentaba junto con su papá y su hermana cuando vivía en el norte del país; también quiso ser modelo, bailarina, y alguna vez ingeniera petroquímica. Descubrió que había tantas y tantas cosas que desear y por lo mismo tantas y tantas cosas que cumplir.

Esa misma semana ejecutó el deseo del papel y se lanzó al local.

   - ¡Hola chica!, ¿cómo te fue? Hoy tenemos tartas pequeñas de zarzamora -el chico la miraba entusiasmado, saltaba sobre sus tobillos.

- Me fue bien, aunque me duelen un poco las piernas y estos días me he sentido muy feliz. Tenías razón, cumplir deseos es lo más maravilloso del mundo.

- ¡Te lo dije!, ¿vas a querer tarta?

- ¡Obvio!

Leonora caminó a la pizarra de corcho con un orgullo nunca antes sentido, tomó una tachuela y colocó el deseo justo en medio de todos los papelitos. Echó un vistazo sin detener la vista en ningún papel, hasta que de repente saltó ante sus ojos el deseo que ella había escrito… alguien lo cumplió. Comenzó a saltar de gusto como una niña, con las manos juntas y sobre sus pies, llevaba sus manos a la boca, no lo podía creer, su felicidad era inmensa, no podía explicar lo que sentía.

¿En verdad era tan sencillo sentirse así de bien y de forma tan fácil?... Sí.

Desde entonces Leonora es asidua a cumplir deseos y a los postres. Ha pagado con dinero, con plantas, con libros y con sonrisas. Muchas veces, cuando asiste a colgar deseos cumplidos en el pizarrón, se queda largas horas platicando con Carlos, o Charlie, como le gusta que le digan al chico simpático que se encarga del local. Ha cumplido tantos deseos que ya perdió la cuenta. Cuando se siente triste acude a ese lugar tan especial para mirar y leer los deseos cumplidos en la pizarra, para hurgar en el baúl, para comer postres y engordar algunos gramos mientras su corazón se llena de algo que siempre había deseado: FELICIDAD.


jueves, 14 de enero de 2021

La clase de Japonés

 

 LA CLASE DE JAPONÉS

María Eugenia soñaba con ser un cerezo japonés y cobijar con su sombra a un par de enamorados en un picnic de primavera, aunque no estaba ni cerca de serlo porque vivía en la colonia Juárez de la Ciudad de México y ella quería ser un árbol plantado en Japón y no en México.

Así como las jacarandas de Bellas Artes, pero en su versión cerezo japonés, deseaba decorar el paisaje visto desde un balcón, ser una fotografía conmovedora de un viajero enamorado de sus flores en abril, pero era un sueño, una fantasía que la acompañaba desde que era una pequeña niña que vio las ilustraciones de un cuento japonés en la casa de su prima Augusta.

Viviendo en plena adolescencia, pidió a su padre que le pagara unas clases de japonés los sábados. Estaba segura que algún día iría a Japón durante el Hanami y se tumbaría sobre su espalda a mirar los cerezos, quizá hasta moriría ahí mismo viendo caer la última flor.

María Eugenia, aprendía ávida de conocimiento para el viaje que tenía planeado, no sabía cuándo, no sabía con quién, pero había resuelto visitar Japón y con eso bastaba. Su sorpresa fue enorme cuando su profesor hizo la invitación para viajar a Japón durante el festival de Hanami en un intercambio que la escuela realizaba con estudiantes de japonés alrededor del mudo.

Los padres de María Eugenia dudaron, sentían que su hija no era lo suficiente grande para ir a un viaje “hasta el otro lado del mundo”, como decía su mamá, además en una cultura completamente diferente y ajena a lo que ella había vivido hasta el momento. Sin embargo, el entusiasmo y las súplicas de la joven surtieron efecto y a regañadientes la madre dio la autorización para que su hija realizara el viaje de sus sueños.

 La aventura fue hermosa, no hubo ocasión, actividad, charla, templo o monumento que María Eugenia no disfrutara. Vio a sus amados cerezos. Prefirió no tomar fotografías para sólo mirarlos: las cosas hermosas no pueden más que permanecer en la memoria. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando contempló las flores tal como lo había imaginado antes. Ella podría morir ahí mismo viendo caer la última flor. Cerró los ojos y se pensó, como muchas otras ocasiones, a ella misma como un cerezo.

El viaje terminó y en la Ciudad de México la invadía la nostalgia. A pesar de su sonrisa se percibía la tristeza en su semblante y en los largos silencios que llegaban de imprevisto y la dejaban completamente muda… pensando.

Fue un sábado cuando Augusta la invitó a pasear por el centro de la ciudad. Sin mucho entusiasmo María Eugenia accedió. Anduvieron de un lado a otro caminando, pasaron por el barrio chino y compraron unas galletas. También se tomaron fotografías y por un momento parecía como si la sombra de los cerezos se disipara por todo el ambiente y respiraron sólo alegría.

Pronto cayó la noche, el invierno tiene ese efecto de apresurar las penumbras. Augusta y María Eugenia tomaron caminos separados despidiéndose en un largo abrazo. En el metro Bellas Artes fue vista María Eugenia por última vez.

Nadie supo más de la chica linda que hablaba de los cerezos. Los padres de María Eugenia hicieron todo lo posible por obtener alguna información que los llevara al paradero de su hija, pero no tuvieron éxito. Su madre siempre sostuvo que su hija estaba en algún lugar y que estaba viva. Las grabaciones del metro no mostraron rastro de la chica, era como si la niña nunca hubiera existido y jamás hubiera subido al tren. No obstante, la ilusión de hojas de cerezo cayendo lentamente sobre el andén fueron sorprendentes en las grabaciones que la madre de María Eugenia no pudo dejar de mirar mientras lloraba.

Sin nada que perder, sus padres llegaron al metro Bellas Artes con la intención de preguntar entre los vendedores y pasajeros recurrentes si tenían algún dato que los ayudara a rastrear a la chica. El esfuerzo parecía inútil, salvo que una ráfaga de aire golpeó los rostros de todas las personas que esperaban subir a un vagón. Unas flores de cerezo quedaron justo frente a los pies de la madre angustiada. Ella tomó las flores entre sus manos y una suavidad exagerada fue la que sintió entre sus dedos. Dirigiéndose a su esposo mencionó: “ella está aquí”, y le entregó una flor.

En casa, la madre de María Eugenia miró el hermoso jardín en donde su hija se sentaba a repasar las lecciones de japonés y en un impulso inexplicable llevó las flores de cerezo y las dejó caer justo en el centro de todo el terreno. Ahí lloró y sus lágrimas mojaron las flores. Su esposo observó a través del cristal y también lloró.

A la mañana siguiente, desde los balcones de la casa, se pudo apreciar, como si fuera un sueño, a un árbol de cerezo lleno de flores que apareció en el centro del jardín; sin explicación, sin tiempo y en pleno invierno. María Eugenia no desapareció, seguía ahí con su familia, y moriría hasta que cayera la última flor para renacer nuevamente, quizá en abril durante la primavera o quizá en el siguiente invierno. Y es que a veces, en casos muy excepcionales... los deseos se cumplen.

miércoles, 6 de enero de 2021

La niña de la no sonrisa

 LA NIÑA DE LA NO SONRISA

No había nada de malo en ella, o quizá sí. Lo cierto es que guardamos nuestros monstruos muy adentro para que no salgan a la luz a espantar personas, incluso para no asustarse uno mismo. Hay quien teme a sus demonios y hay quien los alimenta con gusto.

Sin ningún remordimiento, Raymunda Villalpando pateó un caracol que se encontraba en el paso rumbo al jardín de su casa. El rastro baboso del caracol le causó asco y rabia, ¿por qué dejaban ese brillante camino los repugnantes bichos?

No era fácil tener 9 años y llamarse Raymunda, suficiente razón para odiar al mundo entero. Su nombre fue elección de la estúpida de su abuela que tuvo a bien sugerir que se llamara como su padre: el flamante médico Raymundo Villalpando, reconocido psiquiatra de la Ciudad de México.

La aislada niña acudía con desgano a la escuela, ahí no se podía estar tranquila. Las compañeras de su salón hablaban siempre de tonterías: niños, juguetes, las peleas con sus hermanos, y trivialidades del tipo. Sólo una vez se acercaron a Raymunda para conocerla, ella les preguntó: ¿qué harían si supieran que hoy se van a morir?, las niñas se miraron entre sí un tanto confundidas y se largaron sin dar la menor explicación.

Un día, afuera de la escuela, se encontraba la mamá de Raymunda charlando con la mamá de uno de sus compañeros de clase: Mariano, un niño flaco, alto y casi transparente como un fantasma. Era igual de callado que ella, pero sin ninguna gracia. Lo único destacable, además de su piel diáfana, eran unos granos que le salían en las manos que les llamaban mezquinos y que para Raymunda no eran más que unas verrugas repulsivas dignas de ser cortadas y escupidas. 

La mamá de Mariano vio a Raymunda caminar hacia a la salida de la escuela y la saludó frenéticamente meneando su mano de un lado a otro. Cuando por fin llegó la niña, la recibió con la voz chillona que la caracterizaba y dijo: “Hola nena, ¡qué gusto verte!, estoy aquí platicando con tu mami a ver si un día de estos te visitamos en tu casa y que juegues un ratito con Mariano”. La pequeña no mostró ningún cambio en su expresión, sólo miró a su madre y siguió de filo caminando al auto, pero la voz chillona la detuvo al gritar: “¡Raymundita, nena, sonríe un poco, no pasa nada si muestras los dientes de vez en cuando, desde ahora eres LA NIÑA DE LA NO SONRISA!”. Al ser la hora de salida, muchos de sus compañeros de clase y de otros grados escucharon a la mamá de Mariano y desde ese día comenzaron a llamarla así “LA NIÑA DE LA NO SONRISA”, lo que produjo en Raymunda sentimientos encontrados entre el odio y la gratitud. ¡Qué le importaba a esa vieja cotorra si ella no sonreía!, simplemente lo que hablaba con su chillona voz no era ni remotamente interesante o gracioso. Por otro lado prefería ser llamada así a que se dirigieran a ella como Ray, Raymunda, Raymundita, etc.

La niña de la no sonrisa se imaginó tantas veces cortando la lengua de la ridícula mamá de Mariano, incluso anotó en un cuaderno un sin fin de formas de hacerla callar para siempre: ahogándola mientras la hacía tragar las verrugas de las manos de su hijo, cortando de una sola vez la lengua mientras la veía caer, colocando una bolsa de plástico en su cabeza hasta ver colgar su cuello, arrancando la lengua de la vieja con sus propias manos… vaya, había tantas y tantas opciones.

Esa idea de la muerte la rondó, la sedujo, la invitó a fantasear con ser ella quien decidiera sobre la vida de otros. Su juego favorito consistió en escribir cómo eliminar de su mundo a esos que no toleraba: el profesor gordo de educación física; su tía abuela que siempre la llenaba de baba cuando le daba besos; Ana Paula, la niña que se sentaba junto a ella en el salón y que no dejaba de hablar de su vida insulsa; a su madre, por ser amiga de la mamá de Mariano; a los perros de sus vecinos que no dejaban de ladrar y no le permitían seguir pensando otras mil maneras de matar. Raymunda se preguntó: ¿por qué sólo hablan de asesinos seriales si también podrían existir y hablar de asesinas seriales?, quizá era tiempo de hacer historia.

Se encontraba sola en el recreo cuando se topó de nuevo a un caracol que estaba inmóvil bajo el sol abrasador del mediodía. Ella se agachó y lo miró con desprecio mientras un grupo de niñas, entre ellas Ana Paula, se acercó y en tono burlón preguntaron “¿qué haces NIÑA DE LA NO SONRISA?, pareces tonta mirando a ese caracol”, y  comenzaron a reír. Raymunda se puso de pie, miró al caracol, levantó la vista y sin despegarla del grupo de niñas... lo aplastó y el crujido sonó lo suficiente para que algunas chiquillas pusieran cara de asco y otras caras de asombro, mientras que a Raymunda se le escapó una gran sonrisa de satisfacción que dirigió directo a su compañera Ana Paula y le aseguró: “quizá es hora de empezar a sonreír querida... Tú serás el motivo”.