LA CLASE DE JAPONÉS
María Eugenia soñaba con ser un cerezo
japonés y cobijar con su sombra a un par de enamorados en un picnic de
primavera, aunque no estaba ni cerca de serlo porque vivía en la colonia Juárez
de la Ciudad de México y ella quería ser un árbol plantado en Japón y no en
México.
Así como las jacarandas de Bellas Artes, pero en su versión cerezo japonés, deseaba decorar el paisaje visto desde un balcón, ser una fotografía conmovedora de un viajero enamorado de sus flores en abril, pero era un sueño, una fantasía que la acompañaba desde que era una pequeña niña que vio las ilustraciones de un cuento japonés en la casa de su prima Augusta.
Viviendo en plena adolescencia, pidió a su padre que le pagara unas clases de japonés los sábados. Estaba segura que algún día iría a Japón durante el Hanami y se tumbaría sobre su espalda a mirar los cerezos, quizá hasta moriría ahí mismo viendo caer la última flor.
María Eugenia, aprendía ávida de conocimiento para el viaje que tenía planeado, no sabía cuándo, no sabía con quién, pero había resuelto visitar Japón y con eso bastaba. Su sorpresa fue enorme cuando su profesor hizo la invitación para viajar a Japón durante el festival de Hanami en un intercambio que la escuela realizaba con estudiantes de japonés alrededor del mudo.
Los padres de María Eugenia dudaron, sentían que su hija no era lo suficiente grande para ir a un viaje “hasta el otro lado del mundo”, como decía su mamá, además en una cultura completamente diferente y ajena a lo que ella había vivido hasta el momento. Sin embargo, el entusiasmo y las súplicas de la joven surtieron efecto y a regañadientes la madre dio la autorización para que su hija realizara el viaje de sus sueños.
La aventura fue hermosa, no hubo ocasión, actividad, charla, templo o monumento que María Eugenia no disfrutara. Vio a sus amados cerezos. Prefirió no tomar fotografías para sólo mirarlos: las cosas hermosas no pueden más que permanecer en la memoria. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando contempló las flores tal como lo había imaginado antes. Ella podría morir ahí mismo viendo caer la última flor. Cerró los ojos y se pensó, como muchas otras ocasiones, a ella misma como un cerezo.
El viaje terminó y en la Ciudad de México la invadía la nostalgia. A pesar de su sonrisa se percibía la tristeza en su semblante y en los largos silencios que llegaban de imprevisto y la dejaban completamente muda… pensando.
Fue un sábado cuando Augusta la invitó a pasear por el centro de la ciudad. Sin mucho entusiasmo María Eugenia accedió. Anduvieron de un lado a otro caminando, pasaron por el barrio chino y compraron unas galletas. También se tomaron fotografías y por un momento parecía como si la sombra de los cerezos se disipara por todo el ambiente y respiraron sólo alegría.
Pronto cayó la noche, el invierno tiene ese efecto de apresurar las penumbras. Augusta y María Eugenia tomaron caminos separados despidiéndose en un largo abrazo. En el metro Bellas Artes fue vista María Eugenia por última vez.
Nadie supo más de la chica linda que hablaba de los cerezos. Los padres de María Eugenia hicieron todo lo posible por obtener alguna información que los llevara al paradero de su hija, pero no tuvieron éxito. Su madre siempre sostuvo que su hija estaba en algún lugar y que estaba viva. Las grabaciones del metro no mostraron rastro de la chica, era como si la niña nunca hubiera existido y jamás hubiera subido al tren. No obstante, la ilusión de hojas de cerezo cayendo lentamente sobre el andén fueron sorprendentes en las grabaciones que la madre de María Eugenia no pudo dejar de mirar mientras lloraba.
Sin nada que perder, sus padres llegaron al metro Bellas Artes con la intención de preguntar entre los vendedores y pasajeros recurrentes si tenían algún dato que los ayudara a rastrear a la chica. El esfuerzo parecía inútil, salvo que una ráfaga de aire golpeó los rostros de todas las personas que esperaban subir a un vagón. Unas flores de cerezo quedaron justo frente a los pies de la madre angustiada. Ella tomó las flores entre sus manos y una suavidad exagerada fue la que sintió entre sus dedos. Dirigiéndose a su esposo mencionó: “ella está aquí”, y le entregó una flor.
En casa, la madre de María Eugenia miró el hermoso jardín en donde su hija se sentaba a repasar las lecciones de japonés y en un impulso inexplicable llevó las flores de cerezo y las dejó caer justo en el centro de todo el terreno. Ahí lloró y sus lágrimas mojaron las flores. Su esposo observó a través del cristal y también lloró.
A la mañana siguiente, desde los balcones de la casa, se pudo apreciar, como si fuera un sueño, a un árbol de cerezo lleno de flores que apareció en el centro del jardín; sin explicación, sin tiempo y en pleno invierno. María Eugenia no desapareció, seguía ahí con su familia, y moriría hasta que cayera la última flor para renacer nuevamente, quizá en abril durante la primavera o quizá en el siguiente invierno. Y es que a veces, en casos muy excepcionales... los deseos se cumplen.

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