miércoles, 10 de febrero de 2021

ELLA

ELLA

Ella camina con la gracia que sólo le pueden dar mis ojos, con la elegancia de las profundidades de mis deseos y con la gentileza de los sueños eternos que se anudan en mi cabeza todas las noches.

Camina y no mira a nadie, pasa de largo como si los ojos siguieran un camino sin escalas. Su mirada parece perdida, ciega de todo lo que se vislumbra alrededor.

Dicen que la soledad la dejó muda. Jamás he escuchado su voz. Se rumora que fue un hombre el que abusó de su alegría y con mala saña atiborró aquellas carcajadas y aquel cariño en un costal, nadie sabe en donde guardó aquel tesoro para regresarlo a la mujer que deambula por la tierra esperando sonreír.

Esa belleza tan sublime la vuelve inalcanzable. Nadie se atreve a dirigirle una palabra y mucho menos una mirada. Es tan arrogante, sin saberlo, que a su paso todos agachan la cabeza. Yo la miro desde lejos, trepado en lo más alto de la iglesia, y sigo su recorrido por las calles, el mismo desde que se llevaron el costal con sus sueños más profundos. Me imagino por las noches, postrado en la cama de mi cuartucho, que me encuentro aquel costal de ensueño. Ya me veo corriendo por las calles para devolverle a la criatura sus recuerdos, así me quedo pensando y sueño.

Nadie sabe a ciencia cierta quién fue el hombre vil que la convirtió en témpano, que cambió su cara infantil a una llena de tristeza disfrazada de insolencia y desconsuelo. Y así nadie se atreve a verla, pero hay quienes nos enamoramos de la tristeza. La melancolía y la nostalgia también conquistan al corazón y queremos correr tras de ella.

Sigo de pie en lo más alto de la iglesia, y la muchedumbre del domingo no permite ver nada. Espero unas horas, fijando la vista en el camino de rutina, ella no aparece. Llega la noche y la visión se dificulta, hago un esfuerzo, parece que hoy no caminará. Los fuegos artificiales de la feria de febrero me dejan ciego de colores y después ciego de humo que cubre la plaza. Quiero divertirme y ahora soy yo el que camina entre la gente, chocando con los algodoneros, los que venden elotes y tropiezo paso a paso con los niños que corren como pájaros buscando libertad. Nada me incomoda entonces, no me molestan los pisotones ni la mancha de salsa roja que una niña dejó sobre mi camisa cuando las papas con limón se le voltearon. Ahora siento lo que la criatura siente cuando camina, no existe nadie, aunque los sientas. Mis ojos van fijos en un camino sin escalas, un camino incierto que me llevará a algún lugar, quizá al que ella va todos los días. No sé por dónde camino y la busco a ella, fijo, sin paradas para saludar a los amigos.

De pronto un sonido alejado llega y pierdo la concentración de mi destino. Alguien dice que ella no salió porque está enferma. ¿Qué podrá tener?, es la pregunta. Entonces detengo mi paso para escuchar más de su arraigo domiciliario. La conversación se pierde entre los cuetes y cuando callan es demasiado tarde porque he perdido el oído.

Cansado y aturdido llego a dormir bajo la luz de la noche infinita, el sueño es tranquilo y la duda sigue ahí. ¿Qué le aqueja? Me disipo nuevamente, abro los ojos y es de día. El alcohol de la noche anterior tiene a mis músculos atrapados, mi cabeza estalla, me mareo y caigo sobre la cama. La resaca es terrible y no saldré a buscarla esta vez.

Mis motivos para vivir son pocos, no me gustan las complicaciones, soy feliz durante las ferias, cuando como nieve de limón y cuando la miro. Ahora un motivo más me aturde la cabeza, ¡iré a buscar ese costal!

Salgo y no sé por dónde empezar, quizá aquel hombre malvado se llevó el costal con él para enterrarlo, tendré que convertirme en pirata y trazar mapas imaginarios para encontrarlo. Mi mente está aturdida y decido fumar un cigarro, los intestinos se retuercen desesperados porque no tengo nada en la panza, no me importa y sigo fumando.

Entre los nervios alterados miro al cielo y ahí hay mapas, seguiré al destino que me llama entre las nubes. Ahí están el lago, el bosque, las casas escondidas. Buscaré en esos tres lugares.

Voy entre las calles repletas de casitas animadas, con viejos tomando el sol en sus sillas, viendo pasar el tiempo a prisa de los jóvenes desesperados como yo. Unas señoras cotorras están comprando aguacates y queso en un puesto ubicado en la esquina de la calle que da al bosque, hablan de ella y ahora mis oídos se enteran que padece de una tristeza inmensa, depresión dicen. No puede olvidar al rufián del costal, el corazón se le está carcomiendo y no permite que nadie la visite. Apenas un doctor amigo de la familia ha podido entrar a verla, dice que es necesario que la lleven a la capital para que vea a un especialista.

Sé que tengo que darme prisa y apresuro el paso. Cuando me doy cuenta voy corriendo y el corazón retumba en mi garganta y me falta el aire, y el bosque ya está ahí. Se ve enorme y mi desesperación crece paso a paso. Busco entre los árboles, agudizo mis sentidos a ver si encuentro una pequeña pista que me lleve al costal.

Me alcanzó la noche y estoy completamente pulverizado, no siento las piernas, mi decepción es más grande que mi cansancio, no encontré el costal y tal vez mañana ella parta a la capital.

Me quedo dormido sobre las plantas, no siento frío ni calor, estoy completamente fuera de la realidad. En cuanto amanezca, con las pocas fuerzas que tenga, iré al lago.

El sol me despierta con premura, me levanto y mis piernas apenas responden, el lago no está lejos. Camino, ya no puedo correr. No sé cuánto tiempo he tardado en llegar al espejo de agua que encuentro cristalina muy cerca de mis pies. Deseo descansar y me siento bajo un árbol, el aire refresca mi cara sudorosa, me relaja y por un instante muy breve duermo, sueño con unas risas alegres, enamoradas. Entre la modorra, abro los ojos y descubro que no estoy soñando, las risas se escuchan muy cerca del árbol y giro la cabeza hacia todos lados tratando de encontrar a la mujer enamorada, no hay nadie. Me turbo y creo que estoy completamente loco, el cansancio me tiene tan agotado que ahora escucho voces.

Una esperanza me dice que siga el sonido de las risas, quizá provienen del costal que ando buscando. Me levanto apresurado y escucho, sigo, camino tras las risas, tras las emociones perdidas bajo la tierra. Cada vez el sonido está más cerca hasta que son simplemente insoportables aquellos ruidos que provienen debajo de mis pies. Busco algo con que escarbar y me ayudo de una rama sobre el suelo. Mis manos están negras de tierra, las lombrices salen de todos los lugares reclamando su guarida, y ante mis ojos el costal.

No me atrevo a abrir el tesoro, está lleno de recuerdos que no me pertenecen, además tengo que correr de nuevo para llevárselo a ella. Saco el costal de la tierra y comienzo a correr. Voy de nuevo con el corazón en la boca, con el aliento extinto, con los deseos a flor de piel.

Estoy casi arrastrándome y veo a lo lejos su casa, la de los faroles grandes que alumbran esa calle por las noches, ahora están apagados. Ya sin aliento, sin respiración llego a la puerta, no puedo tirar de la cuerda para sonar la campana, estoy tirado en el suelo. Pasa un hombre y lo hace por mí. Una mujer con ojos hinchados abre y por poco me pisa una mano, no puedo hablar, mas mi mirada es una súplica. La mujer llama a dos hombres y me cargan para llevarme dentro de la casa, me sientan en una banca de madera y la mujer corre por un vaso de agua. Uno de los hombres trata de agarrar el costal y con las pocas fuerzas que todavía me quedan se lo arrebato de sus manos.

Han pasado ya varios minutos, pero sé que aún no se ha ido porque entre las pláticas se dice que todavía están esperando al carro que vendrá por ella. Todos los habitantes de la casa tienen tristeza en sus caras, ojos acuosos, desvelo. Me imagino que sufren por la enfermedad que ella padece, afortunada es pues ya estoy ahí para salvarla.

Cuando por fin recupero mi corazón y mi aire, hago una interrupción y les digo que ya no tienen razón para estar tristes, que después de tanta fatiga encontré la cura para ella, para sus tristezas. Las mujeres se miran entre sí y bajan la mirada, una de ellas me dice: “Hijo están esperando el carro para llevársela al velatorio, ella acaba de morir”.

Un nudo me ata todo el cuerpo y no es cansancio, ¡se acaba de morir!, no puedo imaginar su piel como el costal entre gusanos. Qué hacer ahora, qué hacer con el costal, a quién le sirve entonces y sigo sin atreverme a husmear entre sus recuerdos, entre las risas enamoradas.

Ahora yo caminó por las calles pensando en ella, sin mirar a nadie, sin expresar emoción, siempre cargando el costal, quisiera morirme como ella y ya sólo sus risas que siempre escucho, me pueden hacer vivir.

  

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