ELLA
Ella
camina con la gracia que sólo le pueden dar mis ojos, con la elegancia de las
profundidades de mis deseos y con la gentileza de los sueños eternos que se
anudan en mi cabeza todas las noches.
Camina
y no mira a nadie, pasa de largo como si los ojos siguieran un camino sin
escalas. Su mirada parece perdida, ciega de todo lo que se vislumbra alrededor.
Dicen
que la soledad la dejó muda. Jamás he escuchado su voz. Se rumora que fue un
hombre el que abusó de su alegría y con mala saña atiborró aquellas carcajadas
y aquel cariño en un costal, nadie sabe en donde guardó aquel tesoro para
regresarlo a la mujer que deambula por la tierra esperando sonreír.
Esa
belleza tan sublime la vuelve inalcanzable. Nadie se atreve a dirigirle una
palabra y mucho menos una mirada. Es tan arrogante, sin saberlo, que a su paso
todos agachan la cabeza. Yo la miro desde lejos, trepado en lo más alto de la
iglesia, y sigo su recorrido por las calles, el mismo desde que se llevaron el
costal con sus sueños más profundos. Me imagino por las noches, postrado en la
cama de mi cuartucho, que me encuentro aquel costal de ensueño. Ya me veo
corriendo por las calles para devolverle a la criatura sus recuerdos, así me
quedo pensando y sueño.
Nadie
sabe a ciencia cierta quién fue el hombre vil que la convirtió en témpano, que
cambió su cara infantil a una llena de tristeza disfrazada de insolencia y
desconsuelo. Y así nadie se atreve a verla, pero hay quienes nos enamoramos de
la tristeza. La melancolía y la nostalgia también conquistan al corazón y
queremos correr tras de ella.
Sigo
de pie en lo más alto de la iglesia, y la muchedumbre del domingo no permite
ver nada. Espero unas horas, fijando la vista en el camino de rutina, ella no
aparece. Llega la noche y la visión se dificulta, hago un esfuerzo, parece que
hoy no caminará. Los fuegos artificiales de la feria de febrero me dejan ciego
de colores y después ciego de humo que cubre la plaza. Quiero divertirme y
ahora soy yo el que camina entre la gente, chocando con los algodoneros, los
que venden elotes y tropiezo paso a paso con los niños que corren como pájaros
buscando libertad. Nada me incomoda entonces, no me molestan los pisotones ni
la mancha de salsa roja que una niña dejó sobre mi camisa cuando las papas con
limón se le voltearon. Ahora siento lo que la criatura siente cuando camina, no
existe nadie, aunque los sientas. Mis ojos van fijos en un camino sin escalas,
un camino incierto que me llevará a algún lugar, quizá al que ella va todos los
días. No sé por dónde camino y la busco a ella, fijo, sin paradas para saludar
a los amigos.
De
pronto un sonido alejado llega y pierdo la concentración de mi destino. Alguien
dice que ella no salió porque está enferma. ¿Qué podrá tener?, es la pregunta.
Entonces detengo mi paso para escuchar más de su arraigo domiciliario. La
conversación se pierde entre los cuetes y cuando callan es demasiado tarde
porque he perdido el oído.
Cansado
y aturdido llego a dormir bajo la luz de la noche infinita, el sueño es
tranquilo y la duda sigue ahí. ¿Qué le aqueja? Me disipo nuevamente, abro los
ojos y es de día. El alcohol de la noche anterior tiene a mis músculos
atrapados, mi cabeza estalla, me mareo y caigo sobre la cama. La resaca es
terrible y no saldré a buscarla esta vez.
Mis
motivos para vivir son pocos, no me gustan las complicaciones, soy feliz
durante las ferias, cuando como nieve de limón y cuando la miro. Ahora un
motivo más me aturde la cabeza, ¡iré a buscar ese costal!
Salgo
y no sé por dónde empezar, quizá aquel hombre malvado se llevó el costal con él
para enterrarlo, tendré que convertirme en pirata y trazar mapas imaginarios
para encontrarlo. Mi mente está aturdida y decido fumar un cigarro, los intestinos
se retuercen desesperados porque no tengo nada en la panza, no me importa y
sigo fumando.
Entre
los nervios alterados miro al cielo y ahí hay mapas, seguiré al destino que me
llama entre las nubes. Ahí están el lago, el bosque, las casas escondidas.
Buscaré en esos tres lugares.
Voy
entre las calles repletas de casitas animadas, con viejos tomando el sol en sus
sillas, viendo pasar el tiempo a prisa de los jóvenes desesperados como yo.
Unas señoras cotorras están comprando aguacates y queso en un puesto ubicado en
la esquina de la calle que da al bosque, hablan de ella y ahora mis oídos se
enteran que padece de una tristeza inmensa, depresión dicen. No puede olvidar
al rufián del costal, el corazón se le está carcomiendo y no permite que nadie
la visite. Apenas un doctor amigo de la familia ha podido entrar a verla, dice
que es necesario que la lleven a la capital para que vea a un especialista.
Sé
que tengo que darme prisa y apresuro el paso. Cuando me doy cuenta voy
corriendo y el corazón retumba en mi garganta y me falta el aire, y el bosque
ya está ahí. Se ve enorme y mi desesperación crece paso a paso. Busco entre los
árboles, agudizo mis sentidos a ver si encuentro una pequeña pista que me lleve
al costal.
Me
alcanzó la noche y estoy completamente pulverizado, no siento las piernas, mi
decepción es más grande que mi cansancio, no encontré el costal y tal vez
mañana ella parta a la capital.
Me
quedo dormido sobre las plantas, no siento frío ni calor, estoy completamente fuera
de la realidad. En cuanto amanezca, con las pocas fuerzas que tenga, iré
al lago.
El
sol me despierta con premura, me levanto y mis piernas apenas responden, el
lago no está lejos. Camino, ya no puedo correr. No sé cuánto tiempo he tardado
en llegar al espejo de agua que encuentro cristalina muy cerca de mis pies.
Deseo descansar y me siento bajo un árbol, el aire refresca mi cara sudorosa,
me relaja y por un instante muy breve duermo, sueño con unas risas alegres,
enamoradas. Entre la modorra, abro los ojos y descubro que no estoy soñando,
las risas se escuchan muy cerca del árbol y giro la cabeza hacia todos lados
tratando de encontrar a la mujer enamorada, no hay nadie. Me turbo y creo que
estoy completamente loco, el cansancio me tiene tan agotado que ahora escucho
voces.
Una
esperanza me dice que siga el sonido de las risas, quizá provienen del costal
que ando buscando. Me levanto apresurado y escucho, sigo, camino tras las
risas, tras las emociones perdidas bajo la tierra. Cada vez el sonido está más
cerca hasta que son simplemente insoportables aquellos ruidos que provienen
debajo de mis pies. Busco algo con que escarbar y me ayudo de una rama sobre el
suelo. Mis manos están negras de tierra, las lombrices salen de todos los
lugares reclamando su guarida, y ante mis ojos el costal.
No
me atrevo a abrir el tesoro, está lleno de recuerdos que no me pertenecen,
además tengo que correr de nuevo para llevárselo a ella. Saco el costal de la
tierra y comienzo a correr. Voy de nuevo con el corazón en la boca, con el
aliento extinto, con los deseos a flor de piel.
Estoy
casi arrastrándome y veo a lo lejos su casa, la de los faroles grandes que
alumbran esa calle por las noches, ahora están apagados. Ya sin aliento, sin
respiración llego a la puerta, no puedo tirar de la cuerda para sonar la
campana, estoy tirado en el suelo. Pasa un hombre y lo hace por mí. Una mujer
con ojos hinchados abre y por poco me pisa una mano, no puedo hablar, mas mi
mirada es una súplica. La mujer llama a dos hombres y me cargan para llevarme
dentro de la casa, me sientan en una banca de madera y la mujer corre por un
vaso de agua. Uno de los hombres trata de agarrar el costal y con las pocas fuerzas que todavía me quedan se lo arrebato de sus manos.
Han
pasado ya varios minutos, pero sé que aún no se ha ido porque entre las
pláticas se dice que todavía están esperando al carro que vendrá por ella.
Todos los habitantes de la casa tienen tristeza en sus caras, ojos acuosos,
desvelo. Me imagino que sufren por la enfermedad que ella padece, afortunada es
pues ya estoy ahí para salvarla.
Cuando
por fin recupero mi corazón y mi aire, hago una interrupción y les digo que ya
no tienen razón para estar tristes, que después de tanta fatiga encontré la
cura para ella, para sus tristezas. Las mujeres se miran entre sí y bajan la
mirada, una de ellas me dice: “Hijo están esperando el carro para llevársela al
velatorio, ella acaba de morir”.
Un
nudo me ata todo el cuerpo y no es cansancio, ¡se acaba de morir!, no puedo
imaginar su piel como el costal entre gusanos. Qué hacer ahora, qué hacer con
el costal, a quién le sirve entonces y sigo sin atreverme a husmear entre sus
recuerdos, entre las risas enamoradas.
Ahora
yo caminó por las calles pensando en ella, sin mirar a nadie, sin expresar
emoción, siempre cargando el costal, quisiera morirme como ella y ya sólo sus
risas que siempre escucho, me pueden hacer vivir.

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