CUANDO LOS GATOS LA VIGILAN
Ella siente las miradas penetrantes de los felinos, y no es motivo para
entrar apresurada bajo de las sábanas, al contrario, comienza pausadamente
y termina de la misma forma tranquila. La hora de dormir es un ritual que
espera durante todo el día, en ese momento los gatos llegan al balcón y ella
los domina sin saberlo. Los pícaros la miran con sus ojos verdes y amarillos,
de vez en cuando se escucha un maullido, aunque generalmente todo transcurre en
silencio.
Tiene los ojos almendrados y su cuerpo es tan delicado que nadie puede
saber exactamente la diferencia entre la seda y su piel. El camisón azul es
apenas un trozo fino de tela que la protege del viento que entra junto con los
gatos por la ventana y que al igual que ellos desea acariciarla.
No existe un pedazo de noche que no envuelva a Ana en un espectacular
halo de ensueño, que desaparece al amanecer cuando el sol toca su cara
para anunciar que de nuevo hay que esperar el anochecer para sentirse mágica.
Mientras tanto los gatos se arremolinan en su ventana y aunque esté abierta de
par en par nunca entran. Ana nunca ve a los gatos directamente, a veces mira de
reojo los pelajes pardos en la noche sin detenerse a contar los ojos que la observan. Luego entra a la cama con una sensualidad que ella misma
desconoce. A sus catorce años entiende muy poco de los placeres del amor y el
erotismo, sin embargo, siente algo especial cuando la miran. Poco a poco los escasos maullidos desaparecen y uno a uno
los visitantes observadores parten a través de los tejados con la agilidad que
los caracteriza.
Ana no duerme mientras los gatos la vigilan, está despierta, pero
mantiene los ojos bien cerrados. Seguramente piensa durante esos momentos y no
lo dice, nadie sabe cuáles son los pensamientos que inundan su cabeza.
Hasta su ventana llega el sonido de las olas de la playa que se
encuentra a veinticinco kilómetros de su casa y Ana deja que el sonido penetre
en su recámara y sus oídos, se deleita con el eco que la arrulla después que
los gatos han partido.
Ana no suele salir de su casa y cuando lo hace va a acompañada de su
madre, quien sabe muy bien que su hija irradia sensualidad por cada poro de su
piel y la obliga a usar una especie de velo negro a pesar del calor del medio
día. Con todo, el velo no es suficiente para cubrir el bello rostro de
Ana, por lo que la señora hace lo que puede para que los hombres no se fijen
tanto en la niña que además tiene un cuerpo sublime.
Yo vivo para ver la imagen de Ana, en el día, en la noche o cuando pueda
hacerlo. Si sale a la calle con su madre camino disimuladamente cerca de ellas,
guardando mi distancia y permanezco indiferente en apariencia. Ellas nunca
reparan en mi caminar pausado, sencillo, aguardando un roce entre la muchedumbre
que consume los espacios cuando es día de mercado en la plaza principal.
Miro las manos de Ana y veo que son pequeñas, blancas y muy delgadas,
parecen pájaros heridos de la playa que de vez en cuando persiguen los gatos,
buscando jugar o destruirlos por completo. Quisiera sentir las manos de Ana,
quiero sentir su piel sencilla y suave sobre mí, nervioso y lleno de ansiedad,
eso que se expresa cada vez que la veo.
Un día, estaba en el parque perdiendo el tiempo junto al Kiosco cuando vi
pasar a Ana, andaba sola caminando por la calle. ¡Qué oportunidad se me
presentaba! La seguí, como siempre, guardando distancia y una lucha comenzó a
surgir dentro de mí, deseaba que me viera y al mismo tiempo temía a su mirada
tenue e ingenua que ve en todos a un indefenso animal.
La muchedumbre me apartó y perdí rápidamente el paso, cuando menos me di
cuenta Ana ya había desaparecido entre otros cuerpos más afortunados.
Ese día decidí que entraría por la ventana, atravesaría ese pedazo de
aire que dividía nuestro contacto. Así, llegó la noche y como era de esperarse,
comenzaron a llegar los gatos al borde de la cornisa, yo estaba detrás de todos,
esperando la segunda oportunidad del día para inmiscuirme en los terrenos de
ese dormitorio sagrado.
Ana entró por la puerta vestida de amarillo, su falda era larga, le
llegaba por debajo de las rodillas y era muy amplia, como los vestidos de
novia. Usaba una blusa aseñorada que no dejaba ver su largo cuello de
centellas. Se sentó sobre la cama y así permaneció unos minutos, sin hacer nada
en particular, parecía ausente de sí misma. Finalmente, se acercó a la cómoda
al lado de la cama y abrió un cajón para extraer el camisón azul de mis deseos
y lo colocó sobre la cama de sábanas blancas.
Yo miraba atónito cada movimiento de su hermosa figura, su cara era un
imán que atraía todas las miradas de los gatos y que delineaba una sonrisa
ligera como sus pasos.
Llegó el momento más extraño, el que desveló mis anhelos por Ana, mis
deseos de ella. Se despojó de su ropa de forma tan elegante y certera que mi
corazón explotaba a cada latido. Estaba así, sin nada encima, esperando el
trozo azul transparente, era una visión indescriptible, un grito que se ahogaba
y terminaba en todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo, me exaltaba y me
rendí ante el encanto de su mirada, más desnuda todavía que el resto de su
cuerpo.
El camisón entró por su cabeza y se deslizó lentamente por todo su
cuerpo, cada línea era perfectamente cubierta, perfectamente dibujada por la
tela que le llegaba hasta los tobillos.
La vi clavarse en la cama, dócil y bella como siempre, ese día me
parecía aún más hermosa que nunca jamás, con el cabello sobre los hombros y con
ese aire de señora pequeña que la hacía lucir graciosa. Cerró los ojos y
simulaba dormir, yo sabía que no era así por la respiración sin ritmo que
llevaba. Respiración extraña y singular de Ana, que comparada con la mía era
más suave, yo explotaba.
Transcurría el tiempo y los pelajes comenzaron a perderse poco a poco,
los ojos amarillos y verdes partía para regresar la siguiente noche. Vi partir
a todos hasta que me quedé solo con Ana en la cama y la ventana de por medio.
Dudé, pero el corazón ya retumbaba a tal grado que creí despertaría a la
hermosa criatura por el sonido que surgía del bombeo de la sangre.
Ana tenía esa sonrisa, esa hermosa línea de color manzana. La duda
entonces se disipó y con la adrenalina y el deseo, penetré como la noche en su
cuarto y así como la noche mi cuerpo se perdía entre las penumbras. Cada paso
era sigiloso, silencioso hasta el extremo, temía ser descubierto, temía morir
antes de estar cerca de su cuerpo ausente.
Asalté la cama y por el hueco del costado derecho entré bajo las
sábanas. Ana no se movió y ya estaba yo junto a su pierna. Era blanca,
torneada, sencilla, no una gran pierna de concurso, era simplemente la pierna
de Ana. Con mucho cuidado me acerqué y rocé esa piel que me veía. Mi corazón
estaba tan frágil que un susto en ese momento me fulminaría. Ana se rotó
lentamente y quedé quieto, en espera de lo peor, siguió dormida. Era demasiado
tarde para detenerme en el infinito de su belleza que se presentaba ante mis
verdes ojos, llenos de azul transparente a la altura de sus senos. Mi cara ya estaba
frente a su pecho, escuchando su corazón y, ahora sí, su respiración con ritmo.
Sentía que moría cada vez que la escuchaba, cada vez que hacía un leve
movimiento.
Recorrí todo lo posible bajo las sábanas, miré por encima del camisón y
me deleité, reduje lo más que pude el espacio entre los cuerpos, recorrí
cautelosamente el aroma de la cama, el aroma de Ana en las sábanas. Rocé sus
brazos, sus piernas, su torso y mis anhelos de mirarla largamente.
Después de un rato recostado en el paraíso de su cama llegaba la
decisión de partir o despertar a su lado, también la decisión de ver sus ojos o
irme sin nunca más atreverme a mirarme en ellos que era lo que más deseaba en
la vida.
Finalmente salí de las sábanas y quedé frente a su rostro, miré por la ventana
para descubrir que ya estaba amaneciendo y de cualquier forma tenía que partir
de aquel lugar de fantasía. Ana abrió los
ojos y entre sorprendida y adormilada me miró los ojos verdes y yo encerrado en
la excitación que me causaban sus ojos, quedé petrificado logrando al fin
mirarme en el color oscuro de mis más grandes esperanzas, vi mis ojos en los de
Ana y sentí que ahora sí moría. Ana, más consciente, se sentó repentinamente en
la cama y yo sólo atiné a dar un brinco enorme y salí del paraíso, mi pelaje
negro era ahora el delator que antes me había ocultado en la noche y el sol me
hacía evidente ante ella. Fui al borde de la ventana y salté sin importar lo
que pasara.
Afortunadamente tengo siete vidas y seguiré arriesgándolas todas las
noches al borde de la ventana en el paraíso de la alcoba de Ana.

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