NO HAY UN DÍA
Allá, en el lugar en donde habitan los sueños, cierro los ojos y
te vuelvo a ver. ¡Qué difícil es recordarte sin sonreír y llorar también!, y es
que mi vida, con tu ausencia, parece incompleta.
No hay un día que no te piense, no hay un día que no me mire en el
espejo y te recuerde, que no te vea y te sienta en los objetos más triviales
como una silla o una taza, al parecer todos dejamos
un rastro, una huella imborrable a nuestro paso que se hace visible cuando
dejamos de estar, de ser, de existir y entonces seguimos perteneciendo.
Uno no se percata del verdadero silencio del cuerpo hasta que los
lugares comunes quedan vacíos. Evidentemente tu risa que resonaba en todos los
espacios de mi vida se quedó muda, ya no se escucha ese sonido avasallador de
tu personalidad alegre y atrevida, de tu andar cauteloso y amable, pero aún con
esa mudez de las palabras no dichas, resurges de cada rincón con la poesía que
nos recitabas cuando éramos niñas:
“Pues bien, yo necesito decirte que te quiero
Decirte que te adoro con todo el corazón
Que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que
lloro
Que ya no puedo tanto y al grito en que te
imploro
Te imploro y te hablo en nombre de mi última
ilusión.”
¿Te das cuenta?, cómo no amar la poesía y al poeta, cómo no amar
la vida si a través de tus ojos vi arder esa pasión por ella. Tus ojos
encendidos, llenos de fuego y excitación cuando algo te maravilló, que fueron
tantas cosas porque nunca dejaste de sorprenderte, de aprender y apreciar hasta
el más mínimo detalle de lo cotidiano, igual amaste comer y el aire en tu cara
cuando caminabas, o el jugo de una fruta en un día caluroso, pero también te vi
llorar viendo una película y entusiasmarte con la noticia de un avance científico.
Así eras tú, un amante incansable de la vida, un poeta de la vida,
el padre de mi vida.
Después de tu partida aprendí a sentir como tú lo hacías, porque
eso es lo que dejan las ausencias… la conciencia de que seguimos aquí, llenando
los vacíos de los que se van y sintiendo como una novedad el aire en la cara,
el jugo de una fruta, el asombro de un avance tecnológico… aprendemos a vivir
otra vez.
No hay un día papá que no te extrañe, no hay un día que no te
agradezca, no hay un día que no te vea en el rostro de mis hermanas y de tus
nietos, no hay día que no anhele el momento en que nos volvamos a encontrar.

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