miércoles, 16 de septiembre de 2020

No hay un día.

 

NO HAY UN DÍA

Allá, en el lugar en donde habitan los sueños, cierro los ojos y te vuelvo a ver. ¡Qué difícil es recordarte sin sonreír y llorar también!, y es que mi vida, con tu ausencia, parece incompleta.

No hay un día que no te piense, no hay un día que no me mire en el espejo y te recuerde, que no te vea y te sienta en los objetos más triviales como una silla o una taza, al parecer todos dejamos un rastro, una huella imborrable a nuestro paso que se hace visible cuando dejamos de estar, de ser, de existir y entonces seguimos perteneciendo.

Uno no se percata del verdadero silencio del cuerpo hasta que los lugares comunes quedan vacíos. Evidentemente tu risa que resonaba en todos los espacios de mi vida se quedó muda, ya no se escucha ese sonido avasallador de tu personalidad alegre y atrevida, de tu andar cauteloso y amable, pero aún con esa mudez de las palabras no dichas, resurges de cada rincón con la poesía que nos recitabas cuando éramos niñas: 

“Pues bien, yo necesito decirte que te quiero

Decirte que te adoro con todo el corazón

Que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro

Que ya no puedo tanto y al grito en que te imploro

Te imploro y te hablo en nombre de mi última ilusión.”

¿Te das cuenta?, cómo no amar la poesía y al poeta, cómo no amar la vida si a través de tus ojos vi arder esa pasión por ella. Tus ojos encendidos, llenos de fuego y excitación cuando algo te maravilló, que fueron tantas cosas porque nunca dejaste de sorprenderte, de aprender y apreciar hasta el más mínimo detalle de lo cotidiano, igual amaste comer y el aire en tu cara cuando caminabas, o el jugo de una fruta en un día caluroso, pero también te vi llorar viendo una película y entusiasmarte con la noticia de un avance científico.

Así eras tú, un amante incansable de la vida, un poeta de la vida, el padre de mi vida.


Después de tu partida aprendí a sentir como tú lo hacías, porque eso es lo que dejan las ausencias… la conciencia de que seguimos aquí, llenando los vacíos de los que se van y sintiendo como una novedad el aire en la cara, el jugo de una fruta, el asombro de un avance tecnológico… aprendemos a vivir otra vez.

No hay un día papá que no te extrañe, no hay un día que no te agradezca, no hay un día que no te vea en el rostro de mis hermanas y de tus nietos, no hay día que no anhele el momento en que nos volvamos a encontrar.

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