TOCAR
EL CIELO
Martín visitaba todos los días la Catedral,
le gustaba bordearla con sus pequeños pasos y emocionarse ante el monumental
edificio. Caminaba despacio mientras sus ojitos miraban hacia arriba, con el
cuello dobladísimo, las torres de casi 70 metros de altura.
El niño apenas tendría unos meses de edad
cuando su padre murió, razón por la que su madre decidiera mudarse a Morelia
para vivir en casa de sus abuelos. Martín siempre se sintió fascinado por la
ciudad, por las banquetas y calles completamente rectas que siempre llevaban
hacia un parque, una fuente, una iglesia. Emocionado siempre por las maravillas
de la cantera, Martín paseaba en un zig zag enorme, desfilaba de la banqueta de
sol a la de sombra y así todo el tiempo. Solía platicarle a su abuela Tanita
que la técnica era calentarse mucho, mucho hasta quedar chapeado y sudoroso
para después cambiar y caminar bajo la sombra hasta refrescarse y desear de
nuevo las caricias del sol.
La madre del niño siempre andaba corre que
corre, apenas si le daba tiempo de sentarse un momento. Trabajaba ayudándole a
una señora con la limpieza de la casa, bueno del caserón, pues era una enorme
construcción que requería de varias manos para mantenerse brillante. La pobre
mujer limpiaba la mayor parte del día y después se iba a vender “tamalitos”,
como ella decía, en una esquina cercana a la Catedral. La abuela Tanita
preparaba puntualmente los tamales para que su hija los vendiera, Martín por
supuesto que acompañaba a su madre, no podía perderse la oportunidad de rondar
por las calles de la ciudad.
¿La escuela?, ¡no, qué va!, el niño Martín no
conocía la escuela y seguramente no la conocería nunca. Su madre intentó que el
niño estudiara, pero siempre había reclamos de las maestras, pues el niño no ponía
atención en clase porque se la pasaba mirando hacia las torres enormes que
sobresalían por el paisaje. Total que la madre de Martín decidió que el niño no
asistiera nunca más a la escuela, ella apenas tenía tiempo de ganar un poco de
dinero para mantenerse y no le alcanzaban los minutos para estar detrás de
Martín con las tareas y esas cosas, pensó que la fascinación de Martín por
aquellas torres serviría en un futuro para que el niño ganara un poco de dinero
explicando la historia de la Catedral, que por cierto se sabía de memoria, a
los turistas que en los últimos años habían crecido en
número.
Claro que su madre tampoco era tan
desobligada y buscaba de vez en cuando un espacio para enseñarle a su hijo a
leer, sumar, restar, multiplicar y dividir. Al niño no le costaba nada de
trabajo aprender y su madre sabía que era una lástima desperdiciar tanta
inteligencia, así que decidió pedir los libros de los que la señora de la
casona se quería deshacer y se los daba a Martín para que los leyera, lo que
podía claro.
Un día el niño Martín estaba sentado en
posición de flor de loto justo frente a la puerta de la Catedral que da para la
plaza, su abuela que se encontraba sentada bajo la sombra de un árbol le
preguntó qué tanto le veía a las torres que seguramente ya estaban bien
gastadas de tanto que las miraba, Martín le sonrió mostrando sus dientes
blancos y le respondió que él no miraba las torres, miraba el cielo arriba de
ellas, que en realidad estaba intrigado si podía alcanzar el cielo si llegaba a
una de las puntas. La abuela le respondió que el cielo nunca se alcanza, que
está tan infinitamente lejos que sólo los ángeles llegan a él, después le pidió
que la ayudara a levantarse porque lo quería llevar a un lugar muy especial.
Caminaron y el aire despeinaba las cabezas de
la abuela y del niño. Llegaron a un lugar de puertas abiertas y al aire libre…
era el cementerio. Entraron por el pabellón rodeado de tumbas y Martín se
detuvo un poco, la abuela no emitió palabra alguna y se paró junto a él. Las
tumbas áridas y pelonas dibujaban suavecito, como pintadas por un artista, las
leyendas de los muertitos, y así como pudo, el niño comenzó a leer poco a poco:
Jo-sé
Mar-tí-nez
1950 –
1992
“Te
ve-re-mos en el cie-lo”
Hi-pó-li-to
Ro-bles Ma-rín
1967 –
1980
“Mi
pe-que-ño ni-ño mi-ma-do, te quie-ro siem-pre”
A-de-lai-da
Pa –nia –gua Flo-res
1908 –
1930
“Que
Dios te guar-de mi vi-da, ex-tra-ña-ré tus
ma-nos”
Tanita tomó de la mano a Martín y continuaron
caminando, el niño seguía deteniéndose en algunas tumbas para leer. Finalmente
llegaron a una tumba sencilla pero bien cuidada y leyó:
Ma-nuel
Mu-ñoz To-rres
1908
–1988
“Ben-di-to
Dios por tenerte a su lado”
Inmediatamente
el niño miró a su abuela, “¿es la tumba de mi abuelito?”, le preguntó, la
abuela asintió con la cabeza y le dijo que en efecto era su abuelo. Ambos se
miraron y luego la abuela invitó al niño a sentarse sobre la tumba, “platica
con tu abuelo, ellos escuchan”, dijo mientras una de sus arrugadas manos rozaba
suavemente el nombre “Manuel”. Él niño se quedó callado un momento y luego
preguntó “¿Hablar con él?, ¿cómo?”, la abuela no lo miró y se escuchó su voz
“así, callado”.
Martín siguió observando y leyendo otras
inscripciones sobre las tumbas y cuando la abuela Tanita se disponía a
levantarse para emprender la marcha hacia la casa, el niño preguntó: “abuelita,
¿qué escribe uno cuando alguien se le va para siempre?, ¿de verdad será que Dios
se pone contento de llevarse a uno de la tierra aunque los demás se queden
llore y llore? o ¿qué tendrían las manos de la famosa Adelaida que las
extrañaron tanto?”. La abuela se quedó un poco sorprendida por tantas
preguntas a la vez y volvió a sentarse sobre la tumba, tomó las manos de su
nieto y le dijo suave y lentamente: “cuando Dios decide llevarse a alguien es
doloroso, pero necesario. Si un día alguien a quien amas mucho se va debes de
recordarlo en una frase que guarde ese recuerdo en pocas palabras, ¡quizá
Adelaida era buena cocinera!” y ambos rieron.
La noche ya caía, una luna enorme alumbraba
las calles, aquella visión atropellaba las miradas. Mucha gente caminaba por
ahí, la Catedral lucía esplendorosa con la luz natural de aquel astro.
Martín estaba callado, algo inusual en el
niño pues siempre preguntaba o platicaba. “¿qué te pasa hombrecito?”,-
pronunció la abuela, “nada, pensé que si fuera pájaro, seguramente llegaría a
una torre de la catedral o a la luna”- respondió Martín, “¿y para qué quieres
llegar a la luna?, ¡está muy arriba!, ¿no te da miedo caerte?- dijo la abuela
mientras miraba a una pareja sentada en una banca besándose, “no, no me da
miedo. Quiero llegar a la luna para verte desde allá, y además para tocar el
cielo”. La abuela miraba los ojos de Martín, tan sinceros con sus palabras, de
verdad quería tocar el cielo, mirarla a ella y a su madre desde la luna, quería
ser un pájaro y volar hasta las torres.
Pero pasó que Martín se puso “rete raro”,
decía su mamá, ya no quería salir con ella a vender tamales, ya casi no hablaba
ni preguntaba nada a su abuela, se acostaba en su cama y miraba por la ventana
las torres de la Catedral. “¿pero que tiene mi muchachito favorito?”, le
preguntaba su abuela, y el niño siempre respondía lo mismo: “nada abuelita”.
Así pasaron días, la abuela Tanita y la madre
de Martín procuraban animarlo para que saliera por lo menos un rato a jugar.
Temían que se estuviera enfermando y pensaron llevarlo con un médico, pero el
niño no cooperaba con ellas, no decía si le dolía siquiera un hueso, si estaba
triste o si deseaba cualquier cosa.
La preocupación crecía entre las mujeres de
la casa de Martín y platicando de la situación, en un rincón apartado de la
casa, escucharon que el niño tosía, “está enfermo mamá”- dijo la madre, “entonces
hay que llevarlo al doctor ahorita mismo”- respondía la abuela. Ambas corrieron
hacía Martín, lo envolvieron en unas cobijas y su madre con una voz preocupada
y sorprendida dijo “tiene fiebre”. Salieron rápidamente al consultorio del
doctor más cercano, pero el niño cada vez lucía peor, por un hueco de las
cobijas Martín veía el cielo y sólo eso. Por fin el médico abrió la puerta y
las hizo pasar. Era demasiado tarde para Martín, ¿qué pasó?, ya no importaba
para ellas, Martín estaba colgando el cuello como solía hacerlo cuando veía el
cielo o las torres, ahora se veía igual que aquellas ocasiones. Su madre lloró
desconsolada, zarandeaba al médico suplicándole que le regresara a su pequeño,
pero ya nada se podía hacer. Su abuela, miraba a la criatura y apenas derramó
unas lágrimas con un nudo de pensamientos en su cabeza blanca, pero se
encontraba serena.
Ahora la abuela camina por el cementerio y
lee las leyendas de las tumbas, se detiene y reflexiona sobre esas frases,
trata de adivinar cuál es el recuerdo encerrado en ellas. Pasea por todo el
cementerio, por los caminos, que al igual que la ciudad, siempre la llevan a un
mismo lugar:
Manuel
Muñoz Torres
1908
–1988
“Bendito
Dios por tenerte a su lado”
y
junto aquella tumba sencilla y ordenada, se ve otra que cita:
Martín
Campos Muñoz
1985 –
1992
“Cumpliendo
eternamente el sueño de tocar el cielo”

No hay comentarios:
Publicar un comentario