miércoles, 23 de septiembre de 2020

TOCAR EL CIELO

           Martín visitaba todos los días la Catedral, le gustaba bordearla con sus pequeños pasos y emocionarse ante el monumental edificio. Caminaba despacio mientras sus ojitos miraban hacia arriba, con el cuello dobladísimo, las torres de casi 70 metros de altura.

           El niño apenas tendría unos meses de edad cuando su padre murió, razón por la que su madre decidiera mudarse a Morelia para vivir en casa de sus abuelos. Martín siempre se sintió fascinado por la ciudad, por las banquetas y calles completamente rectas que siempre llevaban hacia un parque, una fuente, una iglesia. Emocionado siempre por las maravillas de la cantera, Martín paseaba en un zig zag enorme, desfilaba de la banqueta de sol a la de sombra y así todo el tiempo. Solía platicarle a su abuela Tanita que la técnica era calentarse mucho, mucho hasta quedar chapeado y sudoroso para después cambiar y caminar bajo la sombra hasta refrescarse y desear de nuevo las caricias del sol.

           La madre del niño siempre andaba corre que corre, apenas si le daba tiempo de sentarse un momento. Trabajaba ayudándole a una señora con la limpieza de la casa, bueno del caserón, pues era una enorme construcción que requería de varias manos para mantenerse brillante. La pobre mujer limpiaba la mayor parte del día y después se iba a vender “tamalitos”, como ella decía, en una esquina cercana a la Catedral. La abuela Tanita preparaba puntualmente los tamales para que su hija los vendiera, Martín por supuesto que acompañaba a su madre, no podía perderse la oportunidad de rondar por las calles de la ciudad.

           ¿La escuela?, ¡no, qué va!, el niño Martín no conocía la escuela y seguramente no la conocería nunca. Su madre intentó que el niño estudiara, pero siempre había reclamos de las maestras, pues el niño no ponía atención en clase porque se la pasaba mirando hacia las torres enormes que sobresalían por el paisaje. Total que la madre de Martín decidió que el niño no asistiera nunca más a la escuela, ella apenas tenía tiempo de ganar un poco de dinero para mantenerse y no le alcanzaban los minutos para estar detrás de Martín con las tareas y esas cosas, pensó que la fascinación de Martín por aquellas torres serviría en un futuro para que el niño ganara un poco de dinero explicando la historia de la Catedral, que por cierto se sabía de memoria, a los turistas que en los últimos años habían crecido en número.            

           Claro que su madre tampoco era tan desobligada y buscaba de vez en cuando un espacio para enseñarle a su hijo a leer, sumar, restar, multiplicar y dividir. Al niño no le costaba nada de trabajo aprender y su madre sabía que era una lástima desperdiciar tanta inteligencia, así que decidió pedir los libros de los que la señora de la casona se quería deshacer y se los daba a Martín para que los leyera, lo que podía claro.

           Un día el niño Martín estaba sentado en posición de flor de loto justo frente a la puerta de la Catedral que da para la plaza, su abuela que se encontraba sentada bajo la sombra de un árbol le preguntó qué tanto le veía a las torres que seguramente ya estaban bien gastadas de tanto que las miraba, Martín le sonrió mostrando sus dientes blancos y le respondió que él no miraba las torres, miraba el cielo arriba de ellas, que en realidad estaba intrigado si podía alcanzar el cielo si llegaba a una de las puntas. La abuela le respondió que el cielo nunca se alcanza, que está tan infinitamente lejos que sólo los ángeles llegan a él, después le pidió que la ayudara a levantarse porque lo quería llevar a un lugar muy especial.

           Caminaron y el aire despeinaba las cabezas de la abuela y del niño. Llegaron a un lugar de puertas abiertas y al aire libre… era el cementerio. Entraron por el pabellón rodeado de tumbas y Martín se detuvo un poco, la abuela no emitió palabra alguna y se paró junto a él. Las tumbas áridas y pelonas dibujaban suavecito, como pintadas por un artista, las leyendas de los muertitos, y así como pudo, el niño comenzó a leer poco a poco:

Jo-sé  Mar-tí-nez

1950 – 1992

“Te  ve-re-mos en el cie-lo”

Hi-pó-li-to  Ro-bles  Ma-rín

1967 – 1980

“Mi pe-que-ño ni-ño mi-ma-do, te quie-ro siem-pre”

A-de-lai-da  Pa –nia –gua  Flo-res

1908 – 1930

“Que  Dios  te  guar-de  mi  vi-da, ex-tra-ña-ré  tus  ma-nos”

           Tanita tomó de la mano a Martín y continuaron caminando, el niño seguía deteniéndose en algunas tumbas para leer. Finalmente llegaron a una tumba sencilla pero bien cuidada y leyó:

Ma-nuel  Mu-ñoz To-rres

1908 –1988

“Ben-di-to Dios por tenerte a su lado”

Inmediatamente el niño miró a su abuela, “¿es la tumba de mi abuelito?”, le preguntó, la abuela asintió con la cabeza y le dijo que en efecto era su abuelo. Ambos se miraron y luego la abuela invitó al niño a sentarse sobre la tumba, “platica con tu abuelo, ellos escuchan”, dijo mientras una de sus arrugadas manos rozaba suavemente el nombre “Manuel”. Él niño se quedó callado un momento y luego preguntó “¿Hablar con él?, ¿cómo?”, la abuela no lo miró y se escuchó su voz “así, callado”.

           Martín siguió observando y leyendo otras inscripciones sobre las tumbas y cuando la abuela Tanita se disponía a levantarse para emprender la marcha hacia la casa, el niño preguntó: “abuelita, ¿qué escribe uno cuando alguien se le va para siempre?, ¿de verdad será que Dios se pone contento de llevarse a uno de la tierra aunque los demás se queden llore y llore? o ¿qué tendrían las manos de la famosa Adelaida que las extrañaron tanto?”.  La abuela se quedó un poco sorprendida por tantas preguntas a la vez y volvió a sentarse sobre la tumba, tomó las manos de su nieto y le dijo suave y lentamente: “cuando Dios decide llevarse a alguien es doloroso, pero necesario. Si un día alguien a quien amas mucho se va debes de recordarlo en una frase que guarde ese recuerdo en pocas palabras, ¡quizá Adelaida era buena cocinera!” y ambos rieron.

           La noche ya caía, una luna enorme alumbraba las calles, aquella visión atropellaba las miradas. Mucha gente caminaba por ahí, la Catedral lucía esplendorosa con la luz natural de aquel astro.

           Martín estaba callado, algo inusual en el niño pues siempre preguntaba o platicaba. “¿qué te pasa hombrecito?”,- pronunció la abuela, “nada, pensé que si fuera pájaro, seguramente llegaría a una torre de la catedral o a la luna”- respondió Martín, “¿y para qué quieres llegar a la luna?, ¡está muy arriba!, ¿no te da miedo caerte?- dijo la abuela mientras miraba a una pareja sentada en una banca besándose, “no, no me da miedo. Quiero llegar a la luna para verte desde allá, y además para tocar el cielo”. La abuela miraba los ojos de Martín, tan sinceros con sus palabras, de verdad quería tocar el cielo, mirarla a ella y a su madre desde la luna, quería ser un pájaro y volar hasta las torres.

           Pero pasó que Martín se puso “rete raro”, decía su mamá, ya no quería salir con ella a vender tamales, ya casi no hablaba ni preguntaba nada a su abuela, se acostaba en su cama y miraba por la ventana las torres de la Catedral. “¿pero que tiene mi muchachito favorito?”, le preguntaba su abuela, y el niño siempre respondía lo mismo: “nada abuelita”.

           Así pasaron días, la abuela Tanita y la madre de Martín procuraban animarlo para que saliera por lo menos un rato a jugar. Temían que se estuviera enfermando y pensaron llevarlo con un médico, pero el niño no cooperaba con ellas, no decía si le dolía siquiera un hueso, si estaba triste o si deseaba cualquier cosa.

           La preocupación crecía entre las mujeres de la casa de Martín y platicando de la situación, en un rincón apartado de la casa, escucharon que el niño tosía, “está enfermo mamá”- dijo la madre, “entonces hay que llevarlo al doctor ahorita mismo”- respondía la abuela. Ambas corrieron hacía Martín, lo envolvieron en unas cobijas y su madre con una voz preocupada y sorprendida dijo “tiene fiebre”. Salieron rápidamente al consultorio del doctor más cercano, pero el niño cada vez lucía peor, por un hueco de las cobijas Martín veía el cielo y sólo eso. Por fin el médico abrió la puerta y las hizo pasar. Era demasiado tarde para Martín, ¿qué pasó?, ya no importaba para ellas, Martín estaba colgando el cuello como solía hacerlo cuando veía el cielo o las torres, ahora se veía igual que aquellas ocasiones. Su madre lloró desconsolada, zarandeaba al médico suplicándole que le regresara a su pequeño, pero ya nada se podía hacer. Su abuela, miraba a la criatura y apenas derramó unas lágrimas con un nudo de pensamientos en su cabeza blanca, pero se encontraba serena.

           Ahora la abuela camina por el cementerio y lee las leyendas de las tumbas, se detiene y reflexiona sobre esas frases, trata de adivinar cuál es el recuerdo encerrado en ellas. Pasea por todo el cementerio, por los caminos, que al igual que la ciudad, siempre la llevan a un mismo lugar:

Manuel Muñoz Torres

1908 –1988

“Bendito Dios por tenerte a su lado”

y junto aquella tumba sencilla y ordenada, se ve otra que cita:

Martín Campos Muñoz

1985 – 1992

“Cumpliendo eternamente el sueño de tocar el cielo”

 

 


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