jueves, 8 de octubre de 2020

Postal de Invierno

 

POSTAL DE INVIERNO

Las gotas más frágiles terminaban finalmente de caer sobre el suelo después de una tormenta que agotó las únicas esperanzas de una tarde tranquila. Apenas podían sentirse los leves e involuntarios movimientos que todos los rostros esbozaban con dificultad. Las narices, mejillas, labios y orejas serían piezas de hielo que con un brusco movimiento podían caer irremediablemente para dejar apenas un rastro de su breve existencia.

Mariana miraba el pavimento del suelo y su mirada se detenía sobre los pedazos sueltos que las constantes lluvias insistían en arrancar poco a poco. Esperaba mientras guardaba sus manos dentro del abrigo negro que su hermana le regaló tres navidades atrás, el mismo tiempo que tenía de no verla.  Los miércoles no eran días de visita en la prisión, sin embargo, ella estaba ahí por una razón desconocida.

El guardia de la entrada la observaba fijamente, de vez en cuando desviaba la mirada para no encontrarse con la de ella. La indiferencia de aquel hombre mataba a Mariana, esperaba que por lo menos le ofreciera un “en un momento señorita”, pero no fue así.

Nuevas gotas comenzaron a caer y los cabellos de Mariana se humedecían, afortunadamente la puerta se abrió y ella se adentró entre las paredes frías y pastosas de la prisión. Un mal presentimiento la acompañaba desde que salió de casa, ese nudo en el estómago que dejan las malas noticias y ella estaba segura que la repentina llamada de la directora del penal no era más que eso… una mala noticia.

Sentada en un sillón verde militar esperaba que la directora diera la orden para pasarla a la oficina. Sabía que todo tenía que ver con su madre y sólo esperaba que no fuera lo suficientemente grave como para perder el avión que la llevaría a Monterrey a dar una conferencia sobre “Estudios psíquicos sobre mujeres criminales”. Su mirada nuevamente fija en el suelo. Su mente hurgaba ansiosa tratando de recordar por qué había elegido inmiscuirse en el terreno psicológico y criminal cuando había jurado ser dentista o bailarina antes de involucrarse con temas que lastimaran su alma, pero el episodio ocurrido con su madre la encapsuló en aquel mundo y obsesionó su cuerpo y alma hasta el grado de no pensar, salvo en las razones que llevan a mujeres tranquilas, como su madre, a matar.

El reloj ya marcaba más de las seis con treinta minutos y aún no sabía qué esperar de aquella cita. Algún tiempo atrás sucedió una situación similar, la directora del penal la llamó aquella vez para informarle que su madre había alcanzado un grado depresivo que la llevó a cortarse las venas con una finísima navaja que otra de las presas le facilitó. Mariana recordaba aquello con inmenso dolor y vergüenza, ¿es que no le bastaba a su madre ser una asesina, no le bastaba haber dejado solas a sus hijas? Mariana sentía que esa navaja salía de una película barata en donde los recursos cinematográficos no dan para mejores resultados.

La tormenta de sentimientos torturaba eternamente a Mariana, ¿su madre era cobarde o valiente?, no convenían todos los años en la universidad para comprender aquellas acciones, o quizá si convenían con otras criminales, pero no era así con su madre.

Dieron las siete, las manecillas de su reloj de pulsera coincidieron con el reloj colgado en la pared y al mismo tiempo una mujer robusta le anunció que podía pasar a la oficina.

- Buenas noches señorita Nava, disculpe la espera, en otra situación le hubiese pedido volver otro día para no robarle más su tiempo, pero el asunto es delicado y debemos tratarlo de inmediato.

- Comprendo, -se escuchó la voz de Mariana- me imagino que es sobre mi madre, ¿no es así?

-  Efectivamente señorita Nava, es sobre su madre. Sólo que esta vez las cosas fueron demasiado lejos y no sé cómo explicarle lo ocurrido. De hecho, creo que usted deberá comprenderlo mejor que yo.

-  Me asusta directora, ¿qué pasó? -  Mariana se olvidaba por unos instantes de su compromiso. 

-  Permítame explicarle, - la mujer alta y de cabellos oscuros juntaba sus manos tratando de lucir tranquila - no sé cómo decirle, pero… - la pausa parecía sacada de una mala película de suspenso - su madre, señorita Nava, se quitó la vida esta tarde. – Mariana perdió un poco la cordura y se levantó bruscamente de la silla. - ¡¿qué está diciendo?, ¡¿cómo que se “quitó la vida”?!, ¡explíqueme!

- Por favor tome asiento, sé que es difícil para usted y créame que para mí también lo es. Su madre llegó aquí en condiciones difíciles, me consta el empeño que puso durante su recuperación y, usted lo sabe, cuando mejor parecían las cosas sucedió el primer intento de suicidio, seguimos trabajando señorita Nava, pero no lo logramos.

Mariana lucía completamente confundida, la mirada de sus ojos color miel se perdía sobre la mesa, la postura elegante que siempre la acompañaba se dejaba ir desgarbada sobre la silla de metal con forro de tela verde.

- Mariana, - se escuchó a la directora rompiendo turrón - te conozco desde que eras una niña, sé lo mucho que has sufrido, te vi crecer y ocuparte de tu madre mientras estudiabas, créeme niña que no es fácil para mi verte con esa carita confusa y triste, no me complace decir lo que voy a decir.

- ¿qué pasó?, dígame cómo sucedió todo, ¡no lo puedo creer!, apenas la semana pasada hicimos planes para cuando saliera, platicamos sobre ir unos meses a la playa, yo estaba tan contenta que sabía que nunca pasaría… y mire… no pasará.

- Mariana, tu madre no sólo se suicidó, lo que te voy a decir no es grato, sobre todo porque sé que el asesinato de tu padre te dejó una marca muy profunda entre el amar y odiar a tu madre por arrancártelo. – La directora se aclaró la voz y prosiguió - Tu madre asesinó a otra reclusa antes del suicidio - al decir esto, la mano blanca de la directora alcanzó la de Mariana.

La cara de Mariana seguía perdida en la mesa y una lágrima cayó sin hacer ruido, seguramente sus ojos perdían toda visibilidad, aunque eso no importaba, creció su vergüenza, creció su miedo y creció su odio, ¿por qué?, esa era la pregunta.

- Pero, ¿qué fue lo que sucedió? - insistió Mariana con la voz cortada.

- Tu madre entró en un estado de histeria como hace muchos años no sucedía, todavía no sabemos la razón del cambio, pero suponemos que una de las reclusas removió o insistió en revivir en tu madre el asesinato que realizó hace veintitrés años, quizá fue un proceso de varias semanas. Las mujeres se encontraban en el comedor, repentinamente tu madre saltó sobre la mujer que se encontraba a su lado, con la que platicaba desde hacía ya varios días. Sin más ni más comenzó a golpearla y… –se hizo una pausa, lo que indicaba que no venían situaciones agradables- … la tomó de tal manera que comenzó a azotarla sobre la mesa, las guardias lograron separarlas, pero tu madre tomó fuerzas y alcanzó un tenedor y lo enterró en las entrañas de la mujer, claro que eso no fue lo que la mató, los golpes sobre la mesa fueron la razón.

Mariana se mordía los labios y cerraba los puños, imaginaba la escena, la dotaba de escenografía y actores, extras e incluso un director de cine. Venía a su mente de forma intercalada el asesinato de su padre, y le dolía el corazón. También esa ocasión, el asesinato de su padre, prefirió pensar que todo formaba parte de una película, su madre sólo era la protagonista y su padre una más de las víctimas de la trama. El cine era una de sus más profundas pasiones desde muy niña. Solía sentarse a los pies de la escalera de su casa, desde donde se veía la televisión, y a esa distancia miraba las películas, imaginando siempre el final.

- ¿cómo se suicidó? - preguntó Mariana

- No es agradable Mariana – mencionó la directora -

- ¡Qué más da!, hace ya muchos años que no sucede algo agradable.

- Tu madre miró a la mujer muerta sobre la mesa, pasó de la histeria al shock y duró apenas unos segundos pasmada frente al cadáver mientras el resto de las mujeres murmuraban entre ellas. – La directora respiró profundamente - En el comedor junto a la puerta había una pared que soportaba anaqueles, hace ya unos meses los retiramos y decidimos tirar la pared, quedaron hierros sueltos, atorados y por qué no decirlo, peligrosos. – Mariana escuchaba atenta la explicación, ya imaginaba hacía donde iba la directora - Mariana, lo que sucedió no es nada agradable, cuando lo vi no daba crédito, pero… tu madre corrió frenética hacía los hierros libres y quedó ensartada en ellos. Mariana… me siento culpable.

Unas horas transcurrieron dentro de la oficina de la directora, el papeleo quedó firmado y en orden, había que salir de nuevo de la prisión para arreglar el funeral y el entierro. Mariana sacó el pequeño teléfono celular y se comunicó rápidamente a Monterrey para avisar que le sería imposible dar la conferencia por problemas personales. Un hombre comenzó a gritonear del otro lado del teléfono, exigía la presencia de Mariana, pero ella dejó de prestar atención a los reclamos y resolvió cortar la comunicación sin dar más explicaciones. 

Ya en su casa, con el cuerpo sumergido en una tina llena de agua caliente, Mariana veía su vida en cámara lenta, flashazos de la adolescencia llena de burlas y tristeza. Un sentimiento crecía, un ahogo la hacía llorar con rabia y los ojos rojos explotaban en lágrimas que ya no le permitían respirar. ¿quién era su madre?, ¿una mujer a quien no le importa su familia, que no le importó dejarla sin padre, que no le bastó el horror de un asesinato para cometer otro? Intentó buscar a los sabios de la psicología en su mente y trató de explicar con las teorías de aquellos genios las acciones de su madre y también trataba de explicar sus sentimientos hacía ella.

Salió de la tina con su desnudez a cuestas, intentó buscar una razón para comprender su proceder, quizá era un reto, o la comprobación de una teoría. Tomó una navaja, el recurso romántico y trillado de la muerte, caminó hacía la tina y de nuevo se sumergió en ella, miró sus muñecas, sabía en donde estaban las venas, en donde era el corte definitivo. Acercó la navaja a la mano, apenas un rasguño logró con los ojos cerrados, una gota diminuta de sangre cayó dentro del agua, apenas pintó el líquido. Su madre no era quien ella pensaba, no era ese monstruo al que quería a fuerza por el sólo hecho de ser su madre. Con la gota de sangre en la tina lloró por su cobardía por su eterna autocompasión, ella era la cobarde. Aventó la navaja y se sintió minimizada, la escena no era una película y eso la asustó.

No hay comentarios:

Publicar un comentario