miércoles, 14 de octubre de 2020

La mujer del miedo

 LA MUJER DEL MIEDO

         Lucía no estaba casada, no tenía hijos, acababa de entrar a trabajar en una oficina de seguros y solía comer atún todos los días, no por dieta sino porque decía era más práctico y saludable. Todos decían en la oficina que la nueva chica parecía algo extraña, que sus costumbres eran raras, pero en realidad nadie le prestaba mayor atención a la mujer.

         En efecto, Lucía era extraña, dormía con todas las luces prendidas en su casa y muy cerca del teléfono por cualquier emergencia, mantenía las ventanas cerradas con obsesión, nunca abría las cortinas por miedo a que “alguien” pudiera espiarla, mantenía una rutina exagerada para todo lo que hacía porque temía que al no seguir al pie de la letra sus prácticas todo pudiera salir mal; era supersticiosa al extremo y les advertía a sus conocidos que no le pasaran el salero con la mano, que mejor se lo acercaran colocándolo sobre la mesa, sólo tuvo un novio y fue en la secundaria después de esa vez se olvidó de los hombres por puro miedo de que le hicieran alguna maldad típica de ellos. Desde muy pequeña aprendió a adquirir miedos de todo lo que veía a su alrededor, primero era un pasatiempo para llamar la atención de sus padres y finalmente se convirtió en una realidad cotidiana.

         En la oficina comenzó a sacar sus manías y miedos,

-Lucía, ¿nos acompañas a comer?

-¿A dónde?

-Aquí cerca, es un lugar buenísimo, es nuevo y la especialidad son cortes de carne, ¿cómo ves, si nos acompañas?

-mmm, creo que prefiero comer aquí lo que traigo, dicen que la carne es mala para el organismo, ya sabes las toxinas y esas cosas, sinceramente me da un poco de miedo y prefiero evitarlo, pero de todos modos gracias por la invitación.

         Las mujeres comentaban sobre Lucía en el baño:

-¿Ya te diste cuenta que la nueva casi nunca entra al baño?

-Sí, y cuando lo hace saca su jabón anti bacterial y se lava las manos como si fuera médico antes de entrar a cirugía.

-Ya sé, seguro piensa que se va a enfermar con los gérmenes de todos los cochinitos que trabajamos en la oficina - y se rían.

         Lucía evitaba estar en lugares concurridos, sorteaba a toda costa los restaurantes, los centros comerciales, las comidas del trabajo y cualquier evento o situación que involucrara muchedumbre, no tenía mascotas por el miedo a enfermarse, no usaba sostenes de lycra por el cáncer de seno, no salía después de las diez de la noche por los asaltantes, no se dormía si no rezaba antes una plegaria, comía sólo alimentos saludables desde su punto de vista, visitaba al médico si tenía algún malestar por insignificante que fuera, la puerta de su casa estaba atrancada y contaba con tres seguros y un candado por dentro. Temía a los insectos, las ratas, las cucarachas y a la oscuridad, no manejaba y prefería el transporte público porque sentía mayor seguridad, no fumaba por aquello del enfisema pulmonar, caminaba vigilando a todos a su alrededor, no bebía, no usaba accesorios ostentosos o de cierto valor, no expresaba sus opiniones por miedo a las burlas, no expresaba sus sentimientos por miedo a la decepción, nunca pasaba debajo de una escalera, no tenía amigos por miedo a la traición y en pocas palabras estaba completa y absolutamente sola, era una mujer gris.

         Sus miedos eran reales aunque ante los ojos de los demás era únicamente una vieja histérica llena de paranoia, manías exageradas al extremo, miedos sin fundamento y una locura propia de una solterona como ella que “sólo trata de llamar la atención”- decían. Pero Lucía era un ser lleno de temores reales, todo le causaba terror, cualquier situación diferente a lo cotidiano era causa de sospecha, no confiaba ni en su propia sombra y muchas veces se tenía miedo a ella misma, el miedo de no poder sobrellevar sus temores y terminar haciendo una locura. Sabía en sus adentros que terminaría sola y eso también le daba miedo, ¿Qué pasaría cuando fuera una vieja tirada en una cama?, ¿quién cuidaría de ella?, ¿sabría cómo tolerar la soledad a esa edad?, quizás no y por eso pensaba que nunca llegaría a vieja, que seguramente el destino le tenía preparada una muerte rápida antes de ser una inútil.

         Sin embargo, los miedos nunca le apagaron la mirada cristalina de sus ojos. Su rostro era sereno y se podría decir que despreocupado, nunca gritaba ni se alteraba, pero era común que un ataque de pánico la asaltara en cualquier lugar, entonces cuando necesitaba ver la realidad se tranquilizaba observando a la gente trabajar, comer o haciendo cualquier actividad habitual, eso la hacía sentir que todo estaba en orden.

         El destino le tenía preparada una sorpresa y un día Lucía tuvo que comer fuera de la oficina y terminó en un modesto lugar, sin mucha gente por su puesto, parecía limpio aunque ella tenía sus dudas al respecto pues decía que “uno no sabe qué tan limpia es la gente al preparar los alimentos”, se sentó cerca de la puerta y ordenó una pechuga de pollo a la plancha sin ensalada y una botella de agua natural porque “no sea la de malas que no desinfectan las verduras, el pollo por lo menos está cocido y el agua viene sellada”.

         En esas de esperar la comida estaba cuando llegó un hombre alto, de cabello castaño y algo desgarbado. Se acercó a Lucía y comenzó el más extraño y simpático diálogo de miedos.

-Hola, me puedes dar la hora por favor –le pidió el hombre a Lucía.

-Si claro, permíteme- y tomó su bolso para sacar un pequeño reloj  y dijo- son las dos con cuarenta y cinco minutos.

-Veo que no usas el reloj en la muñeca de la mano como todo el mundo, ¿está descompuesto?

-No –dijo Lucía un poco sonrojada- es que me da miedo que me quieran asaltar si lo traigo puesto, una nunca sabe- y rió un poco, pensaba que ya con eso bastaría para que el hombre decidiera irse por sus locuras.

-Vaya, eres la primera persona que hace lo mismo que yo, sólo que olvidé mi portafolio en la mañana y es ahí en donde traigo mi reloj escondido y por la misma razón.

- Ya veo, y no te da miedo que te vuelva a suceder eso de olvidar el portafolio, digo pasa una vez pero si te sucede más ocasiones puede ser algo grave.

-Pues no lo había pensado, pero ahora que lo dices pondré mayor atención no quiero enfermar de males incurables, cuando el cerebro se enferma es peligroso.

-Sí, sí lo es y todo terminaría por volverse un caos.

-Disculpa, ¿cómo te llamas?

-¿Para qué quieres saberlo?

-Es simple curiosidad, eres agradable y lo del reloj me ha sorprendido mucho.

-Dirás, como todo el mundo, que estoy loca, pero la verdad preferiría no decirte mi nombre es que me da miedo, perdón pero tengo que ser sincera.

-No, no, esta bien yo suelo decir que más vale ser precavido en esas cuestiones, sobre todo con los desconocidos. ¿Nunca has sentido esa impresión que todos te miran como investigando todo lo que haces?, a mí me ocurre a menudo y siento que me investigan o me vigilan prefiero no decir mi nombre por eso te comprendo.

-Vaya, eres la primera persona que dice algo así, además de mí obvio.

         Por unos minutos Lucía se sintió segura y sus miedos se vieron menguados ante la presencia de un loco como ella y lo invitó a sentarse a su mesa.

-Gracias, eres muy amable.

-¿No vas a ordenar?

- Claro - y el hombre llamó a la mesera- mire me trae por favor una pechuga de pollo asada, sin nada de ensalada y una botella de agua.

         Lucía estaba realmente asombrada y antes de pronunciar una palabra el hombre le dijo.

-Es que uno nunca sabe si desinfectan o lavan siquiera las verduras, el pollo pues está cocido y la botella de agua está sellada ¿no crees?.

-Definitivamente lo creo, eso mismo pienso yo- y terminando de decir esta frase llegó una señorita con la comida para Lucía.

-Ya veo a lo que te refieres- dijo el hombre riendo nuevamente.

         Después de unos bocados el hombre retomó la plática.

-¿Sueles comer aquí?, digo es que yo no pero hoy definitivamente no me quedó de otra, salí corriendo y con eso de que olvidé el portafolio todo se complicó y no pude ir a casa a comer.

-Pues en realidad procuro comer en la oficina, confió más en mí al preparar la comida sólo que el fin de semana pasado fumigaron y la verdad es que me da terror que la comida se infecte con los químicos que dejaron, aunque supuestamente dicen que el sábado y el domingo fue suficiente para matar las alimañas y que no hay mayor problema, pero no me fió.

-Y haces bien, ¡a veces se escucha cada historia con eso de los químicos!, pero en fin.

-Así es – se escuchó de la boca de Lucía con unas risitas -

-Fíjate que sentí un poco de miedo cuando me acerqué a preguntarte la hora, pensé que no ibas a contestar.

-Fue raro porque suelo decir que no tengo reloj, pero no sé qué sucedió- ambos sonrieron.

-Y en qué trabajas.

-En seguros, de hecho por parte de la empresa estoy asegurada casi de todo, eso me da cierta tranquilidad.

-Pues yo soy licenciado, que te puedo decir, miles y miles de problemas de mucha gente, no es agradable. A ver qué día de estos te visito para que me platiques de los seguros.

-Si, cuando quieras, la oficina está muy cerca de aquí.- con un poco de desconfianza y como prueba de fuego Lucía pidió:- Me pasas la sal por favor-

-Claro, disculpa que no te la de en la mano, pero dicen que es de mala suerte- y dejó la sal sobre la mesa.

         Lucía estaba sonriente, ese hombre era de los pocos que se veían confiables. Platicaron más y más, él tenía horror por las arañas y ella por los roedores y las cucarachas. Resultó que él dormía con un bate de baseball debajo de la cama por miedo a los ladrones e incluso tenía armas  caseras en sitios estratégicos de toda su casa por cualquier eventualidad. Dentro de las supersticiones de él estaba que nunca usaba calcetines azules pues creía que le traían mala suerte y ella confesó que jamás usaba zapatos rojos. Ambos traían oculto entre la ropa un ojo de venado y en sus carteras la imagen de una virgen para que los protegiera.

         Parecía como si se conocieran de años atrás, que eran grandes amigos de toda la vida y soltaron sus lenguas para decir sus más íntimos temores, de ésta forma Lucía le comentó que temía a la vejez y a la soledad, que moría de miedo cuando caminaba por la calle y la miraban. Él por su parte dijo que temía la soledad física por lo que su casa estaba llena de mascotas, que tenía miedo a las tijeras porque de pequeño sufrió un accidente con unas y que prefería cortar el papel con cualquier otro instrumento antes de usar unas tijeras.

         Ambos se comprendían muy bien, realmente entendían los temores del otro y se preocupaban, se dieron apoyo mutuo y nunca se llamaron maniáticos o locos.

         Lucía sacó el reloj de la bolsa y notó que era demasiado tarde, llevaba media hora de retraso de su hora de comida, se sintió triste y temerosa de despedirse de su nuevo y quizá, único amigo miedoso al igual que ella. Tenía miedo de no volverlo a ver nunca más si se iba en esos momentos, pero de todos modos en algún instante tendría que marcharse.

-Sabes- dijo Lucía, creo que ya es muy tarde y tengo que partir, tengo miedo de que me corran del  trabajo por llegar tarde.

-Igual me marcho, ya estoy atrasado con un cliente que tengo que ver, pero me la he pasado mucho mejor contigo- dijo sonriendo.

-Pues te dejo en esta servilleta el número telefónico de la oficina para que me llames y vayas a que te platique lo de los seguros ¿no?- decía Lucía mientras su voz se volvía quebradiza y llorosa, sus manos temblaban llenas de nervios, miedo y el nudo en la garganta le robaba las palabras.

-Gracias, da por hecho que la próxima semana estaré por ahí, me dio mucho gusto conocerte, realmente me gustaría invitarte a mi casa pero pues comprendo perfectamente que te da miedo enfermarte por tantos animales, pero te prometo que cuando limpie todo y los guarde en unas jaulas te invito, ¿aceptarías?, -preguntó él con una enorme sonrisa en la cara y mirando los ojos de Lucía.

-Claro- dijo ella un poco sonrojada

-Bueno pues adiós.

         Lucía tomó sus cosas y caminó pausadamente hacia la puerta, él la seguía con la vista y con una sonrisa, ella no quería volver la cabeza hacía atrás, pero un impulso y su miedo de no verlo nunca más la hizo girar de cuerpo entero y le dijo:

-Por cierto, me llamo Lucía.


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