miércoles, 21 de octubre de 2020

La Mentira

LA MENTIRA

 

    La premura del tiempo agobiaba mis sentidos. Miraba el reloj y los minutos para que terminara la sesión parecían eternos. Los perros ladraban, como siempre, en la azotea y el escándalo del ajetreo de los trastes en juego me desesperó a tal grado que dejé de prestar atención a mi paciente. Deseaba fumar un cigarro para calmar mis ansias de salir corriendo pero no era prudente fumar frente a ellos, aunque algunos si fumaban dentro de mi claustrofóbico consultorio, necesitaban ciertos estímulos para comenzar a exponer sus historias de vida.

    Esa tarde en especial me sentía angustiado y bastante ansioso, también mal y mezquino por no escuchar, como se debe, a la delgada mujer que me hablaba sobre su inmensa e inexplicable tristeza. Mis pensamientos navegaban en otros lugares, en espacios muy conocidos de mi niñez y sólo podía poner atención a la pelota que me lanzaba mi padre en el patio trasero de mi casa, pero los malditos ruidos de la azotea me hacían estar en mi presente y en mi pasado, bastaba escucharlos para regresar a donde debía de estar.

    Por fin mi reloj marcó las siete y miré a la mujer a los ojos, lloraba y me hacía sentir aún peor de lo habitual, le dije que era mejor continuar con el resto de la historia hasta la próxima sesión, que tratara de seguir mis consejos  para no caer en esas tremendas depresiones. Mi concentración estaba por los suelos y no se me ocurrió nada mejor para decir. Ella tomó un monedero y lo abrió para sacar el dinero de la consulta, le dije que así estaba bien, que la sesión iba por mi cuenta, salió dando las gracias y ambos acordamos la siguiente cita para el jueves próximo a la misma hora.

    Caminaba bastante rápido por las calles y decidí encender el cigarro, el primer golpe me quemó un poco, me sentí incómodo pero seguí fumando. Mis zapatos pisaban a cada paso los charcos y la oscuridad no era mi mejor compañía. Llegué por fin al café “La Villita” y me senté en la mesa más cercana a la puerta. Un hombre me ofreció la carta y le respondí que sólo tomaría una taza de café por el momento, estaba esperando a una persona.

    Con mi singular apuro por el tiempo, miraba el reloj y buscaba con la mirada a la espera de ver su silueta. El café se consumió rápidamente entre mis labios. Sentí nauseas, mis nervios me traicionaban de nuevo, era el típico síntoma, recuerdo que solía pasarme muy a menudo durante los días de preparatoria, sobre todo si había que acercarse a alguna chica. 

    Transcurrieron quince minutos y no se veía alma alguna a lo lejos. Decidí perder unos segundos limpiando los anteojos, excusa muy infantil, para ver si era la razón de no ver caminar a alguien hacia mí.

    Ordené otra taza de café y fijé como tiempo límite de espera cuando me terminara el contenido, esta vez bebí lentamente para dar espacio a su llegada, pero no aparecía y me enfadé. Pedí la cuenta antes de dar el último trago. Ya recogiendo mis libros y dejando unas monedas sobre la mesa, escuché una voz y me enojé aún más:

    - ¿Por qué te vas?, pensé que me esperarías.

    Miré y su semblante era tranquilo, relajado e incluso burlón, sabía que eso no lo soportaba y por eso lo hacía.

    - Soy bastante puntual, ya esperé cuarenta y cinco minutos, me parece suficiente y demasiado. Dejé a mi cita de las seis completamente confusa sólo por venir a verte.

    - Siempre que te veo recibo algún reclamo, ¿no te parece que ya estás bastante grande para culpar a los demás?, si dejaste confusa a tu paciente fue por lo incompetente que eres como psicólogo, no es mi culpa. Siéntate que hace mucho que no platicamos, además tú fuiste quien insistió en que nos viéramos.

    Azoté mis libros sobre la mesa y me senté. Mi padre era mordaz, hiriente. Tenía más de un año que manteníamos contacto, sólo por teléfono y ese día quedamos de vernos después de tanto tiempo. Esperaba que por lo menos me diera un abrazo, pero como siempre prefirió hacerse esperar, sabía que eso me molestaba como ninguna otra cosa en el mundo.

    Tenía doce años cuando murió mi madre por un tumor en el estómago, su cáncer fue carcomiendo su cuerpo lentamente hasta que nos acostumbramos a sus breves respiros,  a su dificultad para hablar y a su cara marchita. Conmigo siempre fue buena y dulce, me consentía a todas horas. La extrañé muchísimo después que murió.

    Mi padre nunca fue completamente cariñoso pero me dedicaba tiempo, jugábamos y solíamos hacer diabluras para hacer enojar a mi abuelo.

    Recuerdo el día que velamos a mi madre, no he vuelto a sentir la tristeza de aquella tarde, esa vez el tiempo pasaba lento, lento, lento. Mis ganas de llorar se fueron cuando vi a mi padre dejándose caer sobre un sillón, sus risas eran desvergonzadas y gritaba frases que nadie podía entender. Todo cambió a partir de ese momento, mi padre terminó completamente ebrio, mis tías lloraban y recogían el tiradero de la casa, los demás se fueron y sólo me tocaban la cara para decirme que “Dios sabe lo que hace”. Entré a la cocina y una de mis tías advirtió que no molestara a mi papá, que lo dejara descansar, me decía que la muerte de mi madre lo había afectado demasiado y que lo tenía que comprender.

    Me sentí muy solo, mi padre ya no me miraba y tampoco me hablaba, fue cuando empezaron las burlas y los sarcasmos por todo lo que yo hacía o decía. Un niño no sabe si es su culpa o la de la muerte o la de la tristeza. Mi profesor de matemáticas habló conmigo, me preguntó por mi  padre, por cómo me sentía después de lo ocurrido. Esa ocasión tuve que llorar mucho y sacar las lágrimas de amargura que antes no pude. Mi profesor, un señor bastante grande, me comentó que era psicólogo, estudió en un seminario para ser sacerdote y aprendió psicología, matemáticas, filosofía y teología; a mí me parecía brillante hablar con él. Finalmente me propuso ser mi psicólogo durante un tiempo hasta que me sintiera un poco mejor.

    Al principio asistí a terapia dos veces a la semana después de clases y terminé visitando al profesor una vez por semana. Lo admiraba mucho y por él resolví estudiar psicología. Aquel profesor era mi mejor amigo, mi confesor y en él veía al padre que me había abandonado de un día a otro y sin previo aviso.

    Mi padre tomó un café americano y yo sólo pedí un vaso de agua simple. Estaba callado y furioso, él siguió igual, me miraba como buscando una respuesta, como reclamándome.

    - ¿Qué pasa papá?, hace más de un año que no te veo y parece que no estás ni un poco contento de verme.

    - Pues parece que tú tampoco, mira nada más la cara que traes.

    - Sabes que no soporto la impuntualidad y llegas tarde a propósito, o ¿me vas a decir que tenías muchas cosas que hacer?.

    - La verdad no, se me fue el tiempo viendo televisión.

    Entre más lo escuchaba mi enojo se convertía en un odio infinito, siempre me pasaba eso desde que mi madre había muerto y cuando dejé de ver a mi psicólogo, sin embargo, pensaba que era mi padre que aún sufría por la muerte de mi mamá, que en alguno de los dos tenía que caber la cordura.

    - ¿Y vas a poner tu cara de niño enfurruñado?

    - Me molesta que nunca podamos platicar tranquilamente - dije en tono molesto.

    - Y…¿de qué quieres platicar?, todo lo que quieras saber te lo pueden contar las chismosas de sus tías, ¿no es así?.

    - Sí, de hecho si no fuera por ellas no sabría nada de ti, dime ¿qué pasa?, ¿aún te duele lo de mamá y por eso estás así de amargado?.

    - Me duele mucho, demasiado, creo que no lo superaré - decía en su tono burlón.

    - A mí también me duele y creo que burlarte no es la solución.

    - Y según tú… ¿Cuál es la solución?, ¡eh!, ¡si no eres más que un fracasado!, con un consultorio que más bien parece cuartucho de vecindad. No haces nada, eres un tipo arruinado y aplastado por tus sueños - lo decía lleno de amargura.

    - Definitivamente no estoy como desearía pero en mi trabajo ayudo personas y no ando como tú con mala leche.

    - Mmm, mira… ahora resulta que eres un buen samaritano.

    - ¡Estás demasiado amargado papá!

    - ¡Oye!, ¡pero tú tienes la solución!, ¡así que dime cuál es!

    - ¡Hablar!, esa es la solución, todos queremos hablar para que nos entiendan, queremos que nos escuchen y eso es lo que te hace falta. Desde que murió mamá no quieres hablar, eres hermético, agresivo y amargado. Tu pesimismo me sorprende. A mí quizá no me va muy bien pero por lo menos tengo sueños aunque digas que me aplastan.

    Él me miraba y no dejaba su sonrisita. Intentaba por todos los medios decirle que me importaba lo que sentía, lo que pensaba, que hablando podíamos solucionar la situación.

    - Papá… te quiero, me importa cómo te sientes.

    - ¿De verdad te importo?

    - ¡Claro, eres mi papá!

    - ¿Eso quiere decir que si no lo fuera no te importaría?

    - ¡Lo ves!, todo lo mal entiendes, me importas y ya, sin importar el parentesco.

    - ¿Dices que me sentiré mejor si hablo contigo?

    - Sí, eso digo.

    - ¿Estás seguro de que funciona?

    - ¡Sí, seguro!

    - Y ¿cómo te vas a sentir tú?

    - Tranquilo, por fin podré entenderte un poco o por lo menos lo intentaré. Eres importante para mi papá, y no importa si para ti mis sueños son tonterías.

    Mi padre estaba serio, sin la sonrisita, me miraba fijamente a los ojos con cierta rabia. Sentí miedo de sus palabras, no de las burlas, de las ironías, el miedo era precisamente por escucharlo hablar con sus verdades, sin las mentiras y las amarguras de los años pasados.

    - ¿Así que quieres respuestas?

    - No papá, quiero que te sientas bien, sólo eso.

    - Te diré algo hijo - y esta última palabra la recalcó y enfatizó muy en especial, bebió lo que quedaba en la taza de café y concluyó:

    - Dices que me quieres sin importar el parentesco y no creo que sea así porque desde mi experiencia yo no te quiero desde que supe que no eres mi hijo, tu madre me lo confesó el día que murió, se burló de mí, de ti y de todo el mundo. La quería tanto que en efecto nunca la voy a superar,  pero no su muerte, sino su mentira.

    Se levantó, dejó un billete y volteando a verme a los ojos me preguntó - ¿ahora entiendes?

    Pero no entiendo, todavía no entiendo y la amargura comienza a consumirme como lo consumió a él.

    Sentado sobre la silla de mi escritorio, intento analizar mi propia alma y el sufrimiento que parece leve, pero se agranda sin que me dé cuenta, aún no entiendo. Cada día que pasa me parezco más a él.

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