ZAPATITO
Somos todo aquello sobre lo que caminamos ¿lo habías pensado?
Estamos hechos de un sin fin de aventuras diarias en nuestro andar, desde el
pasto verde o la arena de la playa que tocan nuestros pies, hasta la goma de
mascar que se pega en el zapato, chiclosa y caliente después de pasar horas
bajo el sol en el asfalto.
Roberto San
Juan, era sereno y tranquilo como la noche en un bosque lleno de luciérnagas en
donde no se escucha un ruido al oscurecer pero que se llena de luz a pesar de
la espesa negrura. Su andar era descansado, imperturbable. Jamás caminaba
deprisa porque medía con perfección el tiempo, nadie sabía cómo lo conseguía,
tal vez adivinaba los contratiempos que se presentarían y siempre salía con el
tiempo cronometrado para no correr entre las calles.
Tito, como lo
llamaban, había recorrido gran parte de la Ciudad de México a pie. Sus años y
sus ganas de caminar parecían no terminar. Decía que quería dejar sus pasos
grabados en la ciudad, no dejar una calle libre de él y de las suelas de sus
zapatos. Era capaz de medir las distancias en pasos y así es como indicaba
referencias cuando le solicitaban una dirección: a 200 pasos, a 130 pasos, no
más de 300 pasos.
Cuando Roberto
era niño admiraba la gran colección de zapatos de su mamá, era una cantidad
considerable la que tenía en aquel cuarto exclusivo para sus tesoros más
preciados. Su madre, una mujer con una habilidad increíble para encontrar
zapatos bellísimos, tuvo la suerte de viajar por todo el mundo y lo único que
compraba como souvenir de sus innumerables travesías era calzado.
Su padre era un
destacado abogado que también compartía la afición por el calzado de
buen gusto y fue muy enfático al decirle a Tito que si algo debía llevar
siempre impecable eran los zapatos, que ellos decían todo de ti, que el cuidado
que les dabas no sólo expresaba quién eras por fuera, sino que decía aún más
quién eras por dentro. Si una persona llevaba zapatos sucios, no sólo era
sucia, seguro era perezosa, irresponsable y desinteresada por la vida. Tito
quedó muy impresionado con esas palabras.
Su vida y los
zapatos siempre estuvieron relacionados como un tejido de una misma madeja, no
sólo porque desde pequeño llevó zapatos en los pies, sino que su abuelo materno
era un gran zapatero, quizá por eso su mamá se convertía en una amante
apasionada cuando de buscar zapatos se trataba.
Durante las
vacaciones de verano y de invierno, Tito pasaba largas horas al lado de su abuelo
escuchando las aventuras que lo llevaron a los confines del mundo y en donde
había aprendido el oficio de hacer zapatos. Con gran asombro Tito repasaba los
secretos que el abuelo le confiaba para tratar la piel, la tela, la lona, el
nailon y otros materiales sintéticos.
Apuntaba en una
libreta lo relacionado con la forma de los zapatos para hombre y para mujer, las
técnicas del diseño y sobre todo la importancia que tiene llevar un buen
calzado a la medida. Según el abuelo, en los zapatos no sólo dejamos los pies,
en ellos van las esperanzas, como en aquellos zapatos que llevan las novias en
su boda, o también se dejan los kilómetros recorridos en un viaje interminable
con los tenis más gastados del mundo, o quizá se acumulan las intranquilidades
cuando los mismos zapatos te han acompañado en noches sin dormir dentro
de un hospital esperando que un ser amado mejore.
¿Qué contarían
sobre ti todos los zapatos que has llevado puestos? Ellos sabrían mejor que
nadie con qué angustia corriste al enterarte de una pésima noticia, o lo
pesados que fueron tus pasos al regresar a casa el día que te despidieron del
trabajo y no tenías idea de qué forma explicarle a tu familia que no tendrías
para pagar la renta.
Tito aprendió
entonces que los zapatos guardan nuestra historia, es más, quedan moldeados de
acuerdo a nuestras pisadas. Comenzó a observar los zapatos de sus compañeros de
escuela y descubrió que unas suelas estaban más gastadas del lado derecho y
otras del lado izquierdo y otras estaban igual de ambos lados. Algunos zapatos
tenían raspones y las marcas de guerra de un partido de futbol a la hora del
recreo. Había zapatos sucios, otros muy limpios, otros eran demasiado
grandes para los pies que los usaban y otros demasiado chicos.
Al terminar el
bachillerato, Tito debía dar una respuesta a su padre sobre la carrera
universitaria que estudiaría, pero desde niño supo que no cursaría la
universidad, sólo dejó pasar el tiempo para anunciar su decisión porque de
antemano visualizaba el problemón en que se iba a meter. Efectivamente, cuando
le comentó a su padre que sería zapatero como su abuelo y no abogado como él,
por poco le da un infarto al señor que se lanzó hacia su hijo zarandeándolo de
tal forma que casi le saca los sesos por la tremenda sacudida, la madre tuvo
que intervenir y trató de calmar los ánimos.
El padre de Tito
cumplió su promesa de no apoyar a su hijo si no era capaz de darle la
satisfacción de ser un abogado, pero Tito no cedió. Subió las escaleras y tomó
de su cuarto algunas prendas, un par de zapatos y fue a ver a su madre para
prometerle que haría los mejores zapatos para andar por la ciudad, por el campo
o para guardar anhelos, tristezas y andanzas. Ambos sabían que el abuelo sería
ese ángel guardián que lo acogería.
Así fue, Roberto
y su abuelo hicieron un gran equipo y Tito fue el mejor aprendiz que el anciano
pudo tener jamás. Practicaba, estudiaba con gusto y entusiasmo, absorbió todos
los conocimientos de su abuelo y dibujó, cortó, pegó, zurció e imaginó los más
hermosos zapatos para niños latosos, mujeres decepcionadas y enamoradas, hombres
ambiciosos y también para los soñadores.
Fue así que Tito
comenzó con su brillante carrera de zapatero. Al igual que su madre viajó por
el mundo para conocer otros caminos al andar, para pisar nuevas historias, para
entender lo que cargan otros zapatos cuando se caminaba bajo los cerezos de Japón
o sobre las calles de Praga, o para descubrir que hay días que simplemente no
es necesario calzar los pies.
Eran los años sesenta
cuando Tito comenzó a tomar medidas de todos los pies que se lo pedían.
Visitaba hospitales, oficinas de gobierno, escuelas, casas particulares,
oficinas privadas, mercados locales y hasta en parques tenía citas con sus consumidores.
Llegaba siempre con una libretita en donde anotaba el nombre del cliente y las
medidas de los pies. También cargaba con un block de hojas blancas en donde realizaba
bocetos, y no podía faltar su sonrisa serena y una paciencia única para
escuchar la historia que esos zapatos iban a guardar. Era famoso por hacer
zapatos a la medida para cualquier ocasión, gusto y capricho, para él no
existía el zapato imposible.
Roberto dejaba
parte de sí mismo en cada par de zapatos que hacía, todo su amor y sus
sentimientos se volcaban en el diseño de eso que almacenaría los secretos de
quién los llevara puestos. Era tan feliz al hacerlos que olvidaba cada día más
el despreció de su padre, el abandono en que lo tuvo y la indiferencia en que vivió
sólo por seguir los pasos de su amado abuelo.
Pasaron los
años, el abuelo murió y la fama de Tito el zapatero se fue hasta las nubes.
Llegó el día en
que apareció su madre en la puerta del taller, llevaba un traje amarillo con
unos zapatos bellísimos que había comprado en Londres cuando fue con el abuelo
a comprar materiales para el oficio. Le vio la tristeza y supo que en su andar cargaba
a cuestas varias penas. Su madre le narró sobre la enfermedad que padecía su
padre y de lo acabado y triste que estaba, cada día se apagaba más el ánimo y la
enfermedad lo mantenía postrado pues ya no soportaban estar de pie, no
importaba que tipo de calzado usara porque todo le parecía incómodo. Tito
abrazó a su madre y le prometió ir visitar a su padre al día siguiente.
Como siempre que
deambulaba a ver a sus clientes, salió con el tiempo bien calculado y caminó
sin prisa, permitió que el sol de la mañana le tocara el rostro mientras sentía
como iba calentando el día.
Tocó el timbre y
entró a la que fuera su casa hasta los 17 años, olía igual que en aquel
entonces, sobresalía el perfume de su madre que llenaba el aire a jazmín y
naranja. Sintió bajo la suela de sus zapatos la historia de las travesuras al
correr por esa casa. Besó a su madre en la mejilla y le pidió que lo llevara a
la habitación donde se encontraba su padre.
Acostado estaba
aquel hombre delgado ya sin un pelo, completamente calvo. Se incorporó al
escuchar que entraban a la habitación, las miradas se encontraron, Tito con esa
tranquilidad de bosque y su padre con la presencia de mar revuelto. Se
saludaron secamente y Tito sacó sus instrumentos, tomó las medidas de aquellos
pies que cargaban un montón de tonterías, rencores y voluntades absurdas. Bocetó
las mejores zapatillas de descanso que pudo imaginar para un brillante abogado
que se quedó sin su hijo. Le mostró los diseños y su padre seleccionó uno de
ellos. Tito le indicó, con su paciencia de bendito, que a más tardar en tres
días tendría en sus pies el calzado más especial que habría hecho jamás.
Tres días
después apareció Tito nuevamente con una caja envuelta en papel de estraza y un
cordón azul. Entró a la recámara de sus padres y saludó con una sonrisa feliz,
porque entregar zapatos lo hacía sentir inmensamente feliz. Entregó en manos de
su padre el paquete y le pidió que lo abriera mientras le decía que esperaba le
fueran útiles. El viejo sacó el papel y lentamente abrió la caja, eran unas
zapatillas de descanso perfectas: el color, la forma, los materiales, los
detalles en el acabado eran perfectos, vaya, llevaban toda su personalidad.
Tito tomó una zapatilla de las manos de su padre y se agachó para ayudarlo a
calzar uno de sus pies, cuando levantó la mirada su padre lo veía fijamente con
ese atisbo de mar, pero en calma, tranquilo y sereno. Tito tomó la segunda
zapatilla y se la colocó al pie desnudo.
Después de ese
día comenzó a frecuentar más y más la casa de sus padres. Elaboró otras
zapatillas de descanso para su padre e incluso unos zapatos sumamente cómodos
para alguna ocasión especial. A su madre le incrementó la colección de zapatos,
que ya era vasta, a una tan abundante que tuvo que instalar nuevas zapateras.
Tito salía de su
casa cada día más feliz, había hecho un gran trabajo para un gran cliente,
porque para Tito un gran cliente era el que lleva muchos caprichos en sus pies.

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