jueves, 23 de julio de 2020

Roña Gabriela


ROÑA GABRIELA

Gabriela era una mujer difícil, tenía un carácter horrible. Todo le irritaba: los niños, los vendedores ambulantes, el clima, los programas de televisión, los precios del mercado, el polvo, los animales callejeros, los policías, los que no tenían metas en la vida, los que tenían demasiadas metas en la vida, la lluvia a media tarde, los trastes sucios… en fin, siempre encontraba un pretexto para estar enojada, molesta o simplemente para ser infeliz.

Era un reto mantener una plática con ella, solía juzgarlo todo, en su opinión las personas estaban llenas de malas intenciones y eran estúpidas. Los comentarios escurrían de su boca llenos de lodo y palabras duras. Creía saberlo todo, lo que pensaran los demás no era válido y no consideraba siquiera el hecho de recibir una crítica o un simple comentario en contra de sus opiniones, en caso de suceder se transformaba y engendraba en pantera dando zarpazos a través de sus mordaces oraciones. Era incapaz de escuchar o debatir sobre cualquier tema. Llevaba tanto odio adentro que lo escupía en cada letra que pronunciaba y en cada mirada que colocaba. Era una bruja, al menos eso decían los que debían convivir con ella muy a su pesar. Los niños del pueblo comenzaron a mofarse de Doña Gabriela y comenzaron a referirse a ella como Roña Gabriela.

Para muchos era una lástima que una mujer tan hermosa como ella tuviera esa lengua tan vil e ignominiosa. Gabriela era alta, altísima como las cúpulas de la iglesia del centro, de piernas largas muy bien formadas, su cintura era tan breve como su propia idea de ser feliz, sus ojos grandes y oscuros con la mirada profunda y retadora, una boca delicada y carnosa por la que viajaba su verborrea infame, una piel limpia y tersa, caderas rotundas y pechos firmes, pero a pesar de tanta belleza se le apreciaba como la mujer más horrenda del pueblo. Caminaba como si algo por dentro le hiciera falta, a veces ella misma creía que alguno de sus órganos vitales no funcionaba o que quizá lo había perdido en la plaza o en el mercado.  

Vivía sola, nadie en su sano juicio se habría atrevido a pasar un día completo a su lado para recibir críticas y malas caras durante veinticuatro horas seguidas. Tenía familia, por supuesto que la tenían, pero nadie la visitaba porque apenas Gabriela abría la puerta comenzaba con su discurso interminable de quejas y críticas irracionales y socarronas. No podía ver a niños jugando afuera de su casa porque los mandaba callar a gritos o a cubetadas de agua, sí, así era Roña Gabriela.

Estaba completa y absolutamente sola, rodeada de objetos sin vida, si acaso entraban a su casa las moscas por error. No tenía plantas porque llenaban la casa de insectos, decía, no tenía animales porque eran sucios, inútiles y perezosos, no tenía marido porque aseguraba que eran como los animales, y obvio porque nadie se comprometería con ella y mucho menos se casaría. Su soledad era tan grande que la disfrazaba de odio.

Había pasado ya mucho tiempo de la última vez que Gabriela soltó un “te quiero”, fue cuando se despidió de su mejor amiga de la primaria: Mariquita Malpica, una niña que era un huracán de felicidad y que debió marcharse a medio ciclo escolar porque su papá encontró trabajo en el gabacho, así que las niñas se dieron un abrazo largo, largo, largo, como las piernotas de Gabriela, quien con lágrimas se despidió de su amiga más entrañable con apenas diez años de edad.

Pasaron treinta años de aquella despedida y una tarde, con la sobriedad en la cara y el entrecejo fruncido, Gabriela salió de su domicilio y frente a ella pudo reconocer a Mariquita, quiso sonreír, pero no pudo, no supo o simplemente no recordó cómo hacerlo. Al contrario de ella, Mariquita mostró todos los dientes como una mazorca en agosto y le gritó, “¡Gabrielita querida, amiga del alma!” y la abrazó con tal fuerza que a Gabriela casi se le salen los tamales del desayuno. 

Mariquita hablaba rápido y sin pausas mientras la tomaba del brazo para comenzar a caminar sobre la calle empedrada que llevaba hasta la iglesia. Le contaba de sopetón un resumen de su vida en Estados Unidos y como por azares del destino estaba de regreso en México y lo primero que pensó había sido en buscarla para volver a reírse como lo hacía en la plaza cuando salían de la escuela antes de que partiera al otro lado.

Gabriela la escuchaba y quería, deseaba con todas sus fuerzas decir algo agradable, hallar las palabras para dar la bienvenida a Mariquita y encontrar el valor para abrazarla y decirle lo mucho que la extrañaba y la falta que le había hecho todos esos largos años, pero las tripas se le revolvían tratando de decir frases amables, era tal la costumbre de hablar con amargura que ya no estaba segura de recordar palabras que reconfortaran el alma.

Llegaron a una banca del parque, la favorita de ambas porque ahí se ponía Don Pascualito a vender helados cuando eran niñas. Ahora esa banca era cobijada por la deliciosa sombra de un ahuehuete que resguardaban el cuerpo del calorón de medio día.

Mariquita sacó un pañuelo de su bolso y se limpió el sudor del cuello y de la cara. Por fin guardó silencio un rato miró en silencio a Gabriela, vio rodar sus lágrimas como aquella vez en que se despidieron y con sus dedos se las secó del rostro. Con voz imperativa soltó: “Amiga, no puedes seguir así, te tienes que reconstruir y yo te voy a ayudar”, Gabriela asintió con la cabeza y terminó de secarse las lágrimas ella misma usando las muñecas de sus manos.

Al día siguiente sonó la campana de la puerta de la casa de Gabriela, fue increíble reconocer el ritmo que Mariquita le daba a esa campana. Cuando eran niñas se podía adivinar la llegada de Mariquita por la melodía que ella misma había inventado como código secreto para avisar a su amiga que era hora de jugar. Las niñas creían que sólo ellas reconocían quien tocaba, aunque la verdad todos los vecinos y los papás de Gabriela reconocían inmediatamente el toque singular de Mariquita.

  Entraron a la casa aburrida y gris, en el comedor Mariquita colocó una caja de madera, la abrió y miraron fotografías, leyeron cartas, sacaron cachivaches de la época de la niñez: corcholatas, broches, joyas hechas de alambre y latón, unos juguetes pequeños, la matatena, una cuerda para saltar y unos cuentos para niños.

En el fondo apareció un objeto de color rojo chillante. Mariquita acercó la caja a Gabriela y ésta sacó una piedra pintada de rojo que en la despedida le entregó a su mejor amiga de la infancia. Recordó el día que fue al río tratando de hallar un tesoro inigualable para darlo como regalo a Mariquita. Encontró una piedra algo lisa con forma de corazón y del taller de carpintería de su padre sacó un botecito de pintura roja, con sus dedos pintó la roca y le pidió a su papá que le colocara una cadena para que Mariquita la llevara colgada al cuello. En el adiós Gabriela le entregó el obsequió a la niña diciéndole que le daba su corazón a la mejor amiga del mundo y la hermana que siempre quiso tener y que a partir de ese día sería una descorazonada.

Con el corazón rojo brillante de piedra de río entre las manos, Mariquita la miró con el resplandor en los ojos que tienen los niños, “te devuelvo tu corazón, es el cachito de amor que te faltaba, ya no seas tan enojona y malencarada Roña Gabriela”, Gabriela comenzó a reír y a llorar, los mocos se los limpiaba rápido con la manga de la blusa. Abrazó tan fuerte a Mariquita que le rompió una costilla, afortunadamente las dos sanaron y si bien ya no tienen el ánimo de saltar entre las piedras del río, si tienen charlas interminables bajo el ahuehuete que tantas veces las vio comer helado de limón.

No hay comentarios:

Publicar un comentario