EL ROMPECABEZAS DE LA MUERTE
Cuando decidió ser perito criminalista
nunca se imaginó lo que le tocaría vivir. Lo que más le atraía era desenterrar
los misterios de una muerte, armar el rompecabezas de un asesinato, ver lo que
nadie ve e hilar lo que nadie hila, ser un tejedor y desenredar la
madeja de los rastros colocados aquí y allá de una escena del crimen. Quería
poner en práctica la ciencia, relacionar la física con la química, las
matemáticas y la psicología, entender la biología de un asesinato.
Ver un cuerpo inerte no le asustaba, no sentía el cosquilleo en la nuca
de los que nos espantamos a la menor provocación cuando se escucha un ruido
nocturno o cuando sentimos un cuerpo caminar muy cerca de nosotros por la calle
a media noche. Ni la muerte ni la sangre eran un problema para Alan, que siendo
apenas un niño vio a su primer muerto en la vivienda de al lado de su casa. Mataron
a balazo pelado al papá de una familia que venía de Guerrero. Aquella vez no se horrorizó con los
charcos de sangre, ni con los agujeros en la cara y en el cuerpo de su vecino,
lo miraba como quien mira una obra de arte; detenidamente, admirándose de todo
lo que podía provocar un disparo, asombrándose del rostro que dejaba de ser el
de su vecino para ser el de alguien desconocido. Su mamá lo jalaba al interior
de su casa, pero él quería ver más y más, ¿qué ocurrió dentro de aquel cuerpo
cuando lo atravesó la primera bala?, ¿cuál disparo entró primero, el de la
pierna, el de la cabeza o el del abdomen?, y aunque pareciera evidente ¿por qué
se murió?, y aunque era apenas un niño ¿por qué lo mataron? Así, decidió, sin
saber el nombre de su oficio, a que se quería dedicar el resto de su vida.
Para Alan la muerte no era cosa de lloriqueos y sentimentalismos,
simplemente tenía que ocurrir como ocurre la vida, como ocurre caerse en la
infancia cuando se va corriendo desbocado por la calle con los compañeros de juegos.
Y a pesar de ser tan común la muerte, le fascinaba el hecho de conocer los
pormenores de su ocurrencia.
La primera vez que presenció una necropsia corroboró lo que desde niño
descifró de la cara balaceada de su vecino guerrerense: somos NADA, frágiles e
igual de insignificantes que un puerco en carnicería, como dicen "un saco
de huesos y vísceras", pero ahí vamos como humanos sintiéndonos la gran
cosa, el ombligo del mundo, sintiendo que podemos dañar a otro ser humano o a
la tierra o a un "animal" inferior, pero muertos o vivos seguimos
siendo carne que se abre y se desgarra con un cuchillo, exponiendo todo lo vulnerables que somos, igualito a
los pollos que cuelgan en los mercados, o como los chanchos y reses colgados en
el rastro. Somos NADA, sólo carne, huesos y tripas.
Llevaba ya algunos años en el oficio.
Aún no era perito cuando obtuvo su primer empleo en una funeraria en donde le
tocó desde ayudar a maquillar al muerto hasta atender el servicio de cafetería
en un funeral. Veía tanto llanto, tanta tristeza, pero también veía odio, amor,
indiferencia. Sabía que la muerte traía todo de un jalón, todo lo que se siente
durante la vida, pero amontonado en un solo evento.
¿Su vida?, tan normal como
cualquiera: jugar videojuegos con los cuates, beber cerveza, salir de fiesta,
tener romances y comer pizza. Nada extraordinario, mal hablado, coqueto y muy
observador, una habilidad fundamental para su empleo.
Nunca imaginó lo que estaba por venir a
su vida llena de normalidad y de ahogados, desmembrados, apuñalados,
torturados, ahorcados y más.
La primera vez que ocurrió, lo vio
sentado mientras revisaba un cadáver abotagado de un ahogado en un río apestoso
que atravesaba la ciudad. Estaba sentado ahí en una silla en donde se le
desparrama la carne, era un tipo gordo con barba espesa, mirada negra, de esas
que parecen traer la oscura noche muy adentro del alma. Era el Bombochas de las
Lomas, apodo bien ganado por sus ojos saltones como de sapo, un asesino serial
conocido por matar mujeres en las Lomas, pero no cualquier mujer, sólo las de
servicio, no las emperifolladas cacatúas que de todo hacen escándalo. Mataba a
las que nadie extrañaba en los barrios fufurufos, las que olvidaban rápido
cuando se conseguían a una nueva muchacha que limpiara, acomodara la casa y les
durmiera a los niños.
Alan no movió ni un pelo, no se asombró
en lo absoluto. Supo de inmediato que era el Bombochas, sí, por los ojos y
porque miró el cuello marcado por el cable que lo cortó tras una pelea
sangrienta, muy sangrienta, que le sucedió en prisión. No hubo ningún temor o
frío recorriendo su cuerpo, prefirió verlo unos segundos a los ojos y después lo
ignoró para cubrir con cuidado el cadáver del ahogado. Sentir miedo le parecía
una torpeza y una pérdida de tiempo, ¿qué le podía hacer ese hombre si ya
estaba muerto?
Caminó hacia una gaveta, sacó unos
papeles y un bolígrafo, garabateó su firma y volvió a meter todo en el cajón.
Sus pasos se dirigían a la puerta para tomar su saco del perchero y marcharse.
Antes de salir escuchó:
- - ¿Sabes quién soy?
Alan se paró en seco y lo miró.
- Sí, cómo no saberlo, te vi en tu arresto, te vi recién muerto, ¿porque estás muerto, cierto?, y te vi también en esa plancha. - y la señaló con el dedo.
- Pues qué bueno que sabes quién soy, decían mis mujeres que no soy fácil
de olvidar. ¿Y qué, no tienes miedo, pensé que ibas a chillar o que te iba a
dar un infarto por ver a un muerto hablar contigo?
- Pues mira Bombochas, ¿supongo que puedo hablarte de tú?, nadie se había
tomado la molestia de venir desde el “más allá” a verme, así que supongo hay
confianza. La verdad es que estoy cansado y hambriento, lo único que me podría
espantar por el momento es que me dieran la mala noticia de no poder llegar a un
buen lugar para tomar una cerveza helada y comer una deliciosa hamburguesa.
- Intentó ser bueno, quiero ser mejor, aunque sea muerto.
- Y eso… ¿me incumbe? ¿cuál es la razón de estar charlando con un muerto
de hace 3 meses? Si en este momento entrara un empleado, sin duda creería ver a
un loco y me llevarían a una institución mental. Discúlpame Bombochas, no
quiero ser grosero, pero me voy.
- Pos ya estás, te veo mañana.
Alan fue al perchero, tomó el saco y
cuando giró para decir alguna frase que nunca comenzó, la aparición se había
desvanecido.
Loco o no, Alan pensaba rumbo al local
de las hamburguesas sobre lo que acababa de pasar, ¿para que lo quería el Bombochas?
Cuando llegó ya estaban sus amigos reunidos alrededor de una mesa y
cuestionaron por la tardanza, él sólo respondió:
-
Por la chamba, nunca falta un
contratiempo de última hora.
Nadie se atrevió a cuestionar más sobre
el asunto porque seguro terminaría en descripciones de sangre y vísceras
dispersas, que para Alan era lo más natural, pero el resto no lo encontraba tan
atractivo de escuchar mientras comían.
Ya en casa, con ganas de tumbarse en la
cama y dormir profundamente, entró a la recámara y ahí estaba de nuevo, en un
sillón azul y con los ojos saltones que lo miraban con esa oscuridad profunda.
-
¿Y ahora qué?, dime si así va a ser
siempre porque no creo acostumbrarme a que te aparezcas cuando te dé la gana.
Mira, no tengo idea de lo que necesitas, no tengo idea de por qué apareces, así
que ve al grano y dime ¿qué pedo?, ¿para qué soy bueno?, neta güey estoy
tronado, me quiero dormir.
-
¿Así de plano?, no pos nadie me quiere
ver, ni mis mujeres. Me aparecí de repente con ellas, así como contigo y una
casi casi se quita la vida por mi culpa. Desde que me morí ando como que no me
hallo, como que no soy yo, quiero cambiar, pero no sé para qué si estoy muerto.
Siento angustia, así como los borrachos cuando dejan el chupe.
-
Ok, ¿y?, ¿yo qué con eso? - dijo Alan mientras se quitaba la camisa y se sacaba los zapatos.
-
Mmm, pues eres el único que conozco que
cuando me ve no se pone a gritar, a chillar, se desmaya o cierra los ojos como
‘pa quedarse ciego. Sólo me le puedo aparecer a los que alguna vez me vieron
vivo y ya agoté mis posibilidades.
-
Entiendo, pero ¿a mi qué?
Alan se acostó en la cama y se acomodó
la almohada bajo la cabeza.
-
Pos que quiero que me ayudes a ser
mejor, a irme al cielo o a donde chingados uno tenga que ir después de que se
muere. Estoy como en un hoyo negro, allá donde llegué no hay nada, es todo
aburrido, vacío. Primero pensé que llegaría al infierno, pero nada, ni llamas,
ni el diablo, ni calor, ni frío, ni mis muertas como verdugos. El tiempo dejó
de ser tiempo y allá soy NADA, no soy asesino, no soy persona, no soy un hijo
de la chingada como me gritaban acá. Francamente estoy hasta la madre de no
ser.
-
Mira Bombochas, no tengo idea de cómo
ayudarte. Si crees que conmigo podrás limpiar tu conciencia creo que estás
equivocado, a mí me vale madres si fuiste un desgraciado mata mujeres, un ojete
de mierda o lo que sea. ¿Por qué no te presentas ante un sacerdote?, yo creo
que uno si te puede ayudar ¿no?
-
¡No mames pinche vato pendejo!, ahora
si te pasaste de lanza, ¿cuál sacerdote, no seas pendejo, tú crees que alguien
como yo conoció a alguno?
-
¿Qué no te bautizaron?, digo, lo de
ojete de mierda supongo que fue después de la infancia ¿o no?
-
¡Sí cabrón!, mi santa madre me bautizó,
pero el pendejo del padre ya se murió también, no creas que no lo pensé.
Alan se quedó profundamente
dormido mientras escuchaba a lo lejos lo último que le decía el Bombochas.
Llegando al edificio donde trabajaba vio
al ya susodicho Bombochas, estaba sentado en las sillas de metal de la sala de
espera. Alan torció lo ojos pensando: ¿Este pendejo otra vez?
Sin duda ser un espectro del más allá
tenía sus ventajas porque cuando abrió la puerta de la oficina ya estaba el
Bombochas bien instalado en la silla frente a su escritorio. Alan aventó los
papeles sobre el cristal y mientras se sentaba le dijo:
- Quiubo mi Bombochas, ¿ya vas a empezar a joder desde temprano?, aunque
no lo creas hay quienes estamos vivos y tenemos que trabajar.
- Quiero que me escuches, que sepas mis motivos.
- ¡Si serás pendejo!, no me importan, estás muerto, ¿qué más dan tus
explicaciones? Allá en el mundo de los muertos busca a las mujeres que mataste
sin piedad y explícales “tus motivos”. ¿Qué esperas? que dé una rueda de prensa
para decirle al mundo que se me apareció el asesino gordo de ojos saltones a
explicarme que el pobrecito mató, mutiló y violó mujeres por quién sabe qué
putas madres de motivos. No seas tarado y sácate a chingar a tu reputísima
madre… déjame trabajar.
- Híjole, lo bueno es que el ojete soy yo. Si estuviera vivo ya te habría
roto las rodillas y te habría tirado los dientes por pasado de lanza y por
culero.
- ¿Pues qué crees?... no estás vivo.
- No seas ojeis, dame chance, ándale, ¿nos vemos al rato?, digo para que
el productivo hijo de la chingada saque el trabajo de hoy.
- Dime tú tarado, te apareces a la hora que se te hincha la gana, ¿si te
dijo que no, me vas a dejar de joder?
- Pos no, entonces te veo al rato.
- ¡Chinga tu madre!
El Bombochas, de desvaneció en un abrir
y cerrar de ojos.
Alan pasó el resto del día tranquilo y
sin sobresaltos. Terminó reportes, envió correos electrónicos, visitó la
SEMEFO y quedó con una de las secretarias del ministerio público en salir a
cenar, al cine o a lo que saliera el fin de semana.
El perito criminalista ya se las olía, al
llegar a su casa y abrir la puerta estaba el Bombochas bien instalado en la
silla del comedor.
- ¿Qué onda?, ya me imaginaba que tú serías mi bienvenida. ¿Por qué
siempre te encuentro sentado? ¿Será que un día te puedo encontrar de pie o
trapeando la casa al menos?
- No te pases, soy un muerto no tu criado. Me encuentras sentado porque
esta angustia de no saber quién soy me pesa un chingo, es como si no pudiera
moverme. Y entonces, ¿me vas a ayudar?
- Supongo que no me queda de otra o te voy a tener que ver todos los
pinches días de mi vida ¡y estás rete feo cabrón!
- Va, gracias. Quiero contarte por qué hice lo que hice.
- A ver, bájale la velocidad a tu carro. Te voy a ayudar, pero a mi modo.
Eso de los motivos ya me lo sé: tus traumas, seguro tu papá o tú mamá te pegaban,
no dudo que tuvieras una infancia de mierda o que un evento traumático te haya
marcado de por vida y bla, bla, bla.
Alan arrastró una silla y la colocó frente
al Bombochas, y se sentó colocando los brazos en el respaldo de la silla. Miró
fijamente la noche negrísima de la mirada del asesino y comenzó:
- Te lo había dicho, no me importan tus motivos. Dices que no sabes quién eres,
pero yo te lo voy a decir porque me parece bien raro que me digas que no te hallas
cuando acá fuiste un hijo de tu puta madre, así que límpiate la cerilla de esas
orejas cochinas que tienes para que no te quepa duda de tu ser.
Alan abrió un folder amarillo con el
expediente delictivo del Bombochas y comenzó a hablar sin detenerse.
- Eres Ramiro Ambrosio Tejeda Ríos, oriundo de Valle de Bravo, Estado de
México, con secundaria trunca y un pequeño desgraciado desde adolescente. Te
gustaba chingar a medio mundo y violaste a una de tus ex compañeras cuando
cumpliste los 17 años. Ingresaste al centro tutelar un chingo de veces por
diferentes delitos, desde robo a transeúnte hasta daños en vía pública. Se te
imputaron siete asesinatos, todas mujeres de servicio del rumbo de las Lomas,
mujeres a las que les robaste la vida de formas tan asquerosas, viles y bajas
que horrorizaron a toda la comunidad. Eres el ser más bajo, vil y despreciable
que le arrancó su último suspiro a una niña de dieciséis años que acaba de
llegar a la Ciudad de México para trabajar y ayudar a sus padres en Michoacán,
la destrozaste, la golpeaste y la dejaste irreconocible. ‘Pa acabar pronto,
eres un ser despreciable, ojete, pendejo y estúpido. Mira Bombochas, no puedes
morirte y fingir que nada pasó en tu vida y querer calmar tu conciencia y “ser
bueno”. Eres las acciones que ejecutaste, eres los errores y los aciertos que
tuviste, eres las decisiones que tomaste, eres lo que eres a pesar de tus
pendejísimos motivos, ¿me explico? No tienes pretexto, a veces, aunque sea ya
muerto tienes que pinches aceptar tus errores y pendejadas. Espero haberte
ayudado porque no se me ocurre otra forma de cómo hacerlo. Buenas noches mi
pendejo Bombochas, te quedas en tu casa y lárgate pronto, yo me voy a dormir
porque mañana tengo cositas importantes que hacer.
Alan se acostó, durmió como un bebé
recién nacido, profundo y sin remordimientos.
Sonó el despertador y sufrió como todas
las mañanas al sentir una pereza descomunal. Sin más se levantó y caminó
adormilado hacia el cuarto de baño. En el espejo, que lucía empañado, leyó lo
siguiente:
“Hijo de puta,
saludos desde el infierno. Todo arde, pero sé quién soy. El pendejo B.”
Desde entonces el Bombochas no volvió a
aparecer.

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