jueves, 16 de julio de 2020

El rompecabezas de la muerte.


 EL ROMPECABEZAS DE LA MUERTE

Cuando decidió ser perito criminalista nunca se imaginó lo que le tocaría vivir. Lo que más le atraía era desenterrar los misterios de una muerte, armar el rompecabezas de un asesinato, ver lo que nadie ve e hilar lo que nadie hila, ser un tejedor y desenredar la madeja de los rastros colocados aquí y allá de una escena del crimen. Quería poner en práctica la ciencia, relacionar la física con la química, las matemáticas y la psicología, entender la biología de un asesinato.

Ver un cuerpo inerte no le asustaba, no sentía el cosquilleo en la nuca de los que nos espantamos a la menor provocación cuando se escucha un ruido nocturno o cuando sentimos un cuerpo caminar muy cerca de nosotros por la calle a media noche. Ni la muerte ni la sangre eran un problema para Alan, que siendo apenas un niño vio a su primer muerto en la vivienda de al lado de su casa. Mataron a balazo pelado al papá de una familia que venía de Guerrero. Aquella vez no se horrorizó con los charcos de sangre, ni con los agujeros en la cara y en el cuerpo de su vecino, lo miraba como quien mira una obra de arte; detenidamente, admirándose de todo lo que podía provocar un disparo, asombrándose del rostro que dejaba de ser el de su vecino para ser el de alguien desconocido. Su mamá lo jalaba al interior de su casa, pero él quería ver más y más, ¿qué ocurrió dentro de aquel cuerpo cuando lo atravesó la primera bala?, ¿cuál disparo entró primero, el de la pierna, el de la cabeza o el del abdomen?, y aunque pareciera evidente ¿por qué se murió?, y aunque era apenas un niño ¿por qué lo mataron? Así, decidió, sin saber el nombre de su oficio, a que se quería dedicar el resto de su vida.

Para Alan la muerte no era cosa de lloriqueos y sentimentalismos, simplemente tenía que ocurrir como ocurre la vida, como ocurre caerse en la infancia cuando se va corriendo desbocado por la calle con los compañeros de juegos. Y a pesar de ser tan común la muerte, le fascinaba el hecho de conocer los pormenores de su ocurrencia.

La primera vez que presenció una necropsia corroboró lo que desde niño descifró de la cara balaceada de su vecino guerrerense: somos NADA, frágiles e igual de insignificantes que un puerco en carnicería, como dicen "un saco de huesos y vísceras", pero ahí vamos como humanos sintiéndonos la gran cosa, el ombligo del mundo, sintiendo que podemos dañar a otro ser humano o a la tierra o a un "animal" inferior, pero muertos o vivos seguimos siendo carne que se abre y se desgarra con un cuchillo, exponiendo todo lo vulnerables que somos, igualito a los pollos que cuelgan en los mercados, o como los chanchos y reses colgados en el rastro. Somos NADA, sólo carne, huesos y tripas.

Llevaba ya algunos años en el oficio. Aún no era perito cuando obtuvo su primer empleo en una funeraria en donde le tocó desde ayudar a maquillar al muerto hasta atender el servicio de cafetería en un funeral. Veía tanto llanto, tanta tristeza, pero también veía odio, amor, indiferencia. Sabía que la muerte traía todo de un jalón, todo lo que se siente durante la vida, pero amontonado en un solo evento.

¿Su vida?, tan normal como cualquiera: jugar videojuegos con los cuates, beber cerveza, salir de fiesta, tener romances y comer pizza. Nada extraordinario, mal hablado, coqueto y muy observador, una habilidad fundamental para su empleo. 

Nunca imaginó lo que estaba por venir a su vida llena de normalidad y de ahogados, desmembrados, apuñalados, torturados, ahorcados y más.

La primera vez que ocurrió, lo vio sentado mientras revisaba un cadáver abotagado de un ahogado en un río apestoso que atravesaba la ciudad. Estaba sentado ahí en una silla en donde se le desparrama la carne, era un tipo gordo con barba espesa, mirada negra, de esas que parecen traer la oscura noche muy adentro del alma. Era el Bombochas de las Lomas, apodo bien ganado por sus ojos saltones como de sapo, un asesino serial conocido por matar mujeres en las Lomas, pero no cualquier mujer, sólo las de servicio, no las emperifolladas cacatúas que de todo hacen escándalo. Mataba a las que nadie extrañaba en los barrios fufurufos, las que olvidaban rápido cuando se conseguían a una nueva muchacha que limpiara, acomodara la casa y les durmiera a los niños.

Alan no movió ni un pelo, no se asombró en lo absoluto. Supo de inmediato que era el Bombochas, sí, por los ojos y porque miró el cuello marcado por el cable que lo cortó  tras una pelea sangrienta, muy sangrienta, que le sucedió en prisión. No hubo ningún temor o frío recorriendo su cuerpo, prefirió verlo unos segundos a los ojos y después lo ignoró para cubrir con cuidado el cadáver del ahogado. Sentir miedo le parecía una torpeza y una pérdida de tiempo, ¿qué le podía hacer ese hombre si ya estaba muerto?

Caminó hacia una gaveta, sacó unos papeles y un bolígrafo, garabateó su firma y volvió a meter todo en el cajón. Sus pasos se dirigían a la puerta para tomar su saco del perchero y marcharse. Antes de salir escuchó:

-      - ¿Sabes quién soy?

Alan se paró en seco y lo miró.

-      Sí, cómo no saberlo, te vi en tu arresto, te vi recién muerto, ¿porque estás muerto, cierto?, y te vi también en esa plancha. - y la señaló con el dedo.

-      Pues qué bueno que sabes quién soy, decían mis mujeres que no soy fácil de olvidar. ¿Y qué, no tienes miedo, pensé que ibas a chillar o que te iba a dar un infarto por ver a un muerto hablar contigo?



-      Pues mira Bombochas, ¿supongo que puedo hablarte de tú?, nadie se había tomado la molestia de venir desde el “más allá” a verme, así que supongo hay confianza. La verdad es que estoy cansado y hambriento, lo único que me podría espantar por el momento es que me dieran la mala noticia de no poder llegar a un buen lugar para tomar una cerveza helada y comer una deliciosa hamburguesa.

-      Intentó ser bueno, quiero ser mejor, aunque sea muerto.

-      Y eso… ¿me incumbe? ¿cuál es la razón de estar charlando con un muerto de hace 3 meses? Si en este momento entrara un empleado, sin duda creería ver a un loco y me llevarían a una institución mental. Discúlpame Bombochas, no quiero ser grosero, pero me voy.

-      Pos ya estás, te veo mañana.

Alan fue al perchero, tomó el saco y cuando giró para decir alguna frase que nunca comenzó, la aparición se había desvanecido.

Loco o no, Alan pensaba rumbo al local de las hamburguesas sobre lo que acababa de pasar, ¿para que lo quería el Bombochas? Cuando llegó ya estaban sus amigos reunidos alrededor de una mesa y cuestionaron por la tardanza, él sólo respondió:

-      Por la chamba, nunca falta un contratiempo de última hora.

Nadie se atrevió a cuestionar más sobre el asunto porque seguro terminaría en descripciones de sangre y vísceras dispersas, que para Alan era lo más natural, pero el resto no lo encontraba tan atractivo de escuchar mientras comían.

Ya en casa, con ganas de tumbarse en la cama y dormir profundamente, entró a la recámara y ahí estaba de nuevo, en un sillón azul y con los ojos saltones que lo miraban con esa oscuridad profunda.

-      ¿Y ahora qué?, dime si así va a ser siempre porque no creo acostumbrarme a que te aparezcas cuando te dé la gana. Mira, no tengo idea de lo que necesitas, no tengo idea de por qué apareces, así que ve al grano y dime ¿qué pedo?, ¿para qué soy bueno?, neta güey estoy tronado, me quiero dormir.

-      ¿Así de plano?, no pos nadie me quiere ver, ni mis mujeres. Me aparecí de repente con ellas, así como contigo y una casi casi se quita la vida por mi culpa. Desde que me morí ando como que no me hallo, como que no soy yo, quiero cambiar, pero no sé para qué si estoy muerto. Siento angustia, así como los borrachos cuando dejan el chupe.

-      Ok, ¿y?, ¿yo qué con eso? - dijo Alan mientras se quitaba la camisa y se sacaba los zapatos.

-      Mmm, pues eres el único que conozco que cuando me ve no se pone a gritar, a chillar, se desmaya o cierra los ojos como ‘pa quedarse ciego. Sólo me le puedo aparecer a los que alguna vez me vieron vivo y ya agoté mis posibilidades.

-      Entiendo, pero ¿a mi qué?

Alan se acostó en la cama y se acomodó la almohada bajo la cabeza.

-      Pos que quiero que me ayudes a ser mejor, a irme al cielo o a donde chingados uno tenga que ir después de que se muere. Estoy como en un hoyo negro, allá donde llegué no hay nada, es todo aburrido, vacío. Primero pensé que llegaría al infierno, pero nada, ni llamas, ni el diablo, ni calor, ni frío, ni mis muertas como verdugos. El tiempo dejó de ser tiempo y allá soy NADA, no soy asesino, no soy persona, no soy un hijo de la chingada como me gritaban acá. Francamente estoy hasta la madre de no ser.

-      Mira Bombochas, no tengo idea de cómo ayudarte. Si crees que conmigo podrás limpiar tu conciencia creo que estás equivocado, a mí me vale madres si fuiste un desgraciado mata mujeres, un ojete de mierda o lo que sea. ¿Por qué no te presentas ante un sacerdote?, yo creo que uno si te puede ayudar ¿no?

-      ¡No mames pinche vato pendejo!, ahora si te pasaste de lanza, ¿cuál sacerdote, no seas pendejo, tú crees que alguien como yo conoció a alguno?

-      ¿Qué no te bautizaron?, digo, lo de ojete de mierda supongo que fue después de la infancia ¿o no?

-      ¡Sí cabrón!, mi santa madre me bautizó, pero el pendejo del padre ya se murió también, no creas que no lo pensé.

Alan se quedó profundamente dormido mientras escuchaba a lo lejos lo último que le decía el Bombochas.

Llegando al edificio donde trabajaba vio al ya susodicho Bombochas, estaba sentado en las sillas de metal de la sala de espera. Alan torció lo ojos pensando: ¿Este pendejo otra vez?

Sin duda ser un espectro del más allá tenía sus ventajas porque cuando abrió la puerta de la oficina ya estaba el Bombochas bien instalado en la silla frente a su escritorio. Alan aventó los papeles sobre el cristal y mientras se sentaba le dijo:

-      Quiubo mi Bombochas, ¿ya vas a empezar a joder desde temprano?, aunque no lo creas hay quienes estamos vivos y tenemos que trabajar.

-      Quiero que me escuches, que sepas mis motivos.

-      ¡Si serás pendejo!, no me importan, estás muerto, ¿qué más dan tus explicaciones? Allá en el mundo de los muertos busca a las mujeres que mataste sin piedad y explícales “tus motivos”. ¿Qué esperas? que dé una rueda de prensa para decirle al mundo que se me apareció el asesino gordo de ojos saltones a explicarme que el pobrecito mató, mutiló y violó mujeres por quién sabe qué putas madres de motivos. No seas tarado y sácate a chingar a tu reputísima madre… déjame trabajar.

-      Híjole, lo bueno es que el ojete soy yo. Si estuviera vivo ya te habría roto las rodillas y te habría tirado los dientes por pasado de lanza y por culero.

-      ¿Pues qué crees?... no estás vivo.

-      No seas ojeis, dame chance, ándale, ¿nos vemos al rato?, digo para que el productivo hijo de la chingada saque el trabajo de hoy.

-      Dime tú tarado, te apareces a la hora que se te hincha la gana, ¿si te dijo que no, me vas a dejar de joder?

-      Pos no, entonces te veo al rato.

-      ¡Chinga tu madre!

El Bombochas, de desvaneció en un abrir y cerrar de ojos.

Alan pasó el resto del día tranquilo y sin sobresaltos. Terminó reportes, envió correos electrónicos, visitó la SEMEFO y quedó con una de las secretarias del ministerio público en salir a cenar, al cine o a lo que saliera el fin de semana.

El perito criminalista ya se las olía, al llegar a su casa y abrir la puerta estaba el Bombochas bien instalado en la silla del comedor.

-      ¿Qué onda?, ya me imaginaba que tú serías mi bienvenida. ¿Por qué siempre te encuentro sentado? ¿Será que un día te puedo encontrar de pie o trapeando la casa al menos?

-      No te pases, soy un muerto no tu criado. Me encuentras sentado porque esta angustia de no saber quién soy me pesa un chingo, es como si no pudiera moverme. Y entonces, ¿me vas a ayudar?

-      Supongo que no me queda de otra o te voy a tener que ver todos los pinches días de mi vida ¡y estás rete feo cabrón!

-      Va, gracias. Quiero contarte por qué hice lo que hice.

-      A ver, bájale la velocidad a tu carro. Te voy a ayudar, pero a mi modo. Eso de los motivos ya me lo sé: tus traumas, seguro tu papá o tú mamá te pegaban, no dudo que tuvieras una infancia de mierda o que un evento traumático te haya marcado de por vida y bla, bla, bla. 

Alan arrastró una silla y la colocó frente al Bombochas, y se sentó colocando los brazos en el respaldo de la silla. Miró fijamente la noche negrísima de la mirada del asesino y comenzó:

-      Te lo había dicho, no me importan tus motivos. Dices que no sabes quién eres, pero yo te lo voy a decir porque me parece bien raro que me digas que no te hallas cuando acá fuiste un hijo de tu puta madre, así que límpiate la cerilla de esas orejas cochinas que tienes para que no te quepa duda de tu ser.

Alan abrió un folder amarillo con el expediente delictivo del Bombochas y comenzó a hablar sin detenerse.

-      Eres Ramiro Ambrosio Tejeda Ríos, oriundo de Valle de Bravo, Estado de México, con secundaria trunca y un pequeño desgraciado desde adolescente. Te gustaba chingar a medio mundo y violaste a una de tus ex compañeras cuando cumpliste los 17 años. Ingresaste al centro tutelar un chingo de veces por diferentes delitos, desde robo a transeúnte hasta daños en vía pública. Se te imputaron siete asesinatos, todas mujeres de servicio del rumbo de las Lomas, mujeres a las que les robaste la vida de formas tan asquerosas, viles y bajas que horrorizaron a toda la comunidad. Eres el ser más bajo, vil y despreciable que le arrancó su último suspiro a una niña de dieciséis años que acaba de llegar a la Ciudad de México para trabajar y ayudar a sus padres en Michoacán, la destrozaste, la golpeaste y la dejaste irreconocible. ‘Pa acabar pronto, eres un ser despreciable, ojete, pendejo y estúpido. Mira Bombochas, no puedes morirte y fingir que nada pasó en tu vida y querer calmar tu conciencia y “ser bueno”. Eres las acciones que ejecutaste, eres los errores y los aciertos que tuviste, eres las decisiones que tomaste, eres lo que eres a pesar de tus pendejísimos motivos, ¿me explico? No tienes pretexto, a veces, aunque sea ya muerto tienes que pinches aceptar tus errores y pendejadas. Espero haberte ayudado porque no se me ocurre otra forma de cómo hacerlo. Buenas noches mi pendejo Bombochas, te quedas en tu casa y lárgate pronto, yo me voy a dormir porque mañana tengo cositas importantes que hacer.

Alan se acostó, durmió como un bebé recién nacido, profundo y sin remordimientos. 

Sonó el despertador y sufrió como todas las mañanas al sentir una pereza descomunal. Sin más se levantó y caminó adormilado hacia el cuarto de baño. En el espejo, que lucía empañado, leyó lo siguiente:

“Hijo de puta, saludos desde el infierno. Todo arde, pero sé quién soy. El pendejo B.”

Desde entonces el Bombochas no volvió a aparecer.










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