jueves, 9 de julio de 2020

La derrota sentimental del verano.

LA DERROTA SENTIMENTAL DEL VERANO

Después de la derrota sentimental del verano, decidió meterse al gimnasio local para sacar músculos de su cuerpo delgado, por no decir flaco y enclenque. Manuel había resuelto olvidar la terrible experiencia con Regina. 

Ya le habían dicho que la pubertad sería difícil, pero no se imaginó que tanto. Debía lidiar con las mujeres, que eran todo un tema, con sus padres que eran un infierno, con su hermano menor que siempre estaba detrás de él preguntando un sin fin de cosas y no lo dejaba ni a sol ni a sombra. Quizá el menor de sus problemas eran sus amigos, aunque debía lidiar con las burlas y bromas que se hacían entre todos, nadie se salvaba.

Cursaba el segundo grado de la secundaria. Era un muchachito de ojos alegres, amable y risueño, se podría decir que, hasta inocente. Muchas veces no comprendía que pasaba a su alrededor y simplemente quería estar solo en su recámara, pero como la compartía con su hermanito no le quedaba de otra más que contestar el cúmulo de preguntas que siempre le tenía preparado.

Regina era la niña con los ojos más grandes que había visto jamás, parecían sacados de un manga, eran “claritos”, así como la miel que le ponían a su cóctel de frutas que se devoraba a la hora del recreo. Manuel se perdía en aquellos ojos cuando ella le hablaba y le pedía prestado el corrector, la goma de borrar o un bolígrafo.

En un principio Manuel no creía lo que le decían sus amigos:
-       Seguro le gustas a Regina, siempre te pide útiles, ¿a poco siempre pierde algo?, o le gustas o está medio pendeja - dijo Roberto.
-       ¡Pero de amor por ti! - remató Julián, el que se sentía más experimentado del grupo, y soltaron sonoras carcajadas.

Manuel se sonrojaba y sonreía con los ojos más alegres que nunca antes.
-       Pídele que salga contigo, al cine o algo así, a las niñas les gusta eso del romance, ¿qué no Julián? - preguntó Roberto mirando a su compinche con los ojos bien abiertos en espera de su respuesta.
-       Si, seguro, ellas son felices en el cine, son máquinas de comer palomitas, creen que porque está oscuro no vemos cómo comen y comen las condenadas, ¡y aguas! si son palomitas sabor caramelo vete olvidando de probarlas.

Manuel se reía y se preguntaba a sus adentros si Julián era realmente tan experto como decía.

Cerca de las vacaciones de verano Regina le aviso que serían vecinos, se cambiaba a la colonia en la que vivía Manuel, a unas dos calles de su domicilio. El corazoncito del chamaco brincó, así, sin que él lo planeara, andaba brinco y brinco y hasta sintió que la cara se le ponía rojísima cuando Regina propuso que después de la mudanza se encontraran para ir por un helado y platicar, no tuvo más remedio que aceptar con una gran sonrisa.

El día del encuentro, Manuel andaba en la calle con su mamá, pero a unas horas de la cita, corrió a su casa para llamar por teléfono a Julián y preguntarle qué debía hacer. 
-       Lo primero hermano es que estés tranquilo, porque si te vas a poner color tomate como cuando te pide un lápiz la vas a cagar. No te abalances a los besos, a la niñas no les gusta que seas tan lanzado.

Manuel pelaba sus ojazos de capulín y a todo decía que sí. Vaya, no estaba pensando en besos, el simple hecho que estar con Regina comprando un helado ya le parecía demasiado estresante como para pensar en otra cosa.
-       Tú gobiernate hermano, no te pongas nervioso, si puedes come un chingo para que te de mal de puerco y quedes medio apendejado. Te diría que busques tequila o algo fuerte en la cantina de tu papá para que te calmes la nerviolera, pero eres el más ñoño de los ñoños, así que no lo harás.

Sin mucho tiempo libre por los deberes que debía cumplir antes de salir con Regina y con su hermanito pregúntale y preguntándole cosas, Manuel quiso comer tal como le indicó Julián, pero traía la panza revuelta y más bien tenía unas ganas horribles de volver el estómago.

Cercana la hora, entró a su recámara, sacó una sudadera amarilla, pantalones de mezclilla y tenis. Se vistió y peinó como cualquier día, lo único diferente fue sacar del cajón de su papá una loción y se puso un poco en el rostro.

Bajó las escaleras dando zancadas de dos escalones y al pie  se encontró con su mamá y le aviso que regresaría a tiempo para la merienda.
-       Hueles rico - le dijo su mamá, que te vaya bien amor - y le hizo un guiño. 

Llegó a casa de Regina justo cuando ella iba cerrando la puerta. Manuel sentía un malestar terrible, pero mostró su mejor sonrisa, no le costó trabajo porque estaba emocionado de verdad.

Durante el camino Regina hablaba mucho, así como le había dicho Julián que pasaría.
-       Déjala hablar, a las morras les gusta hablar. Si te pide que hables tú… pues hablas, pero no la vayas a interrumpir con tus ñoñadas, sólo si te lo pide.

Él la miraba y no podía creer que estuviera caminando a su lado, se veía tan bien con su peinado de cola de caballo y sus tenis deportivos, así, sin pretensiones, con su bolsa cruzada y unos aretes pequeños y brillantes que resaltan sus orejas. Manuel nunca creyó que podía encontrar belleza en las orejas.

Los nervios se apoderaban de Manuel, lo rebasaban. Llegaron a la heladería y ambos pidieron un helado sencillo en cono, Regina de limón y flor de nata y Manuel de queso y zarzamora. Caminaron a las canchas de basquetbol y se sentaron en el piso. Manuel lamía su helado sin mucho entusiasmo porque su estómago era un circo de nudos que se ataban, se desataban y se volvían a atar.

La situación era medianamente soportable hasta que Regina preguntó:
-       ¿quién te gusta del salón?

Simplemente horripilante y triste escena, Manuel vómito. Cualquier pregunta habría sido sencilla, hasta las de la clase de historia que lo hacía desquiciarse de lo aburridas que eran.

Nada más vergonzoso, asqueroso y desalentador. Sentía que el mundo giraba demasiado rápido y deseaba salir corriendo rumbo a su casa, llegar a la recámara y encerrarse a pesar de cuestionario interminable de su hermanito.

Regina colocó su mano en la espalda de Manuel, sacó unos pañuelos desechables de su bolsita y se los ofreció.
-       No te siente bien, si quieres vámonos y nos vemos otro día, quizá debas ver a un médico. – le dijo de forma amable y sincera.

Manuel la miró con los ojos llenos de vergüenza y profunda decepción. Regina por su parte le regaló una sonrisa discreta y comenzó a levantarse.

De regreso a sus casas Regina habló mucho sobre los remedios caseros que le daba su mamá cuando tenía malestar estomacal y le contó una anécdota de su niñez en donde estuvo muy mal por una infección gastrointestinal.

En la puerta de casa de Regina, Manuel le pidió una disculpa y ella volvía a sonreírle.
-       No te preocupes, en serio. Espero que te mejores - y movió su mano en signo de despedida.
Nada podía ser peor que lo que acababa de pasar: ni sus papás, ni la clase de historia, ni las preguntas sin fin de su hermano menor.

Cuando Julián lo llamó para ver cómo había salido la cita y le contó, este reía como un loco sin tornillos en la cabeza, estaba desatado de risa.
-       ¡No lo puedo creer mi hermano, esas cosas sólo te pasan a ti! No creo que Regina vuelva a salir contigo, ¡qué asco!, pero ánimo hermano, sólo gobiernate, ya te lo había dicho, igual para cuando regresemos a la escuela ya lo superaste. Invítala de nuevo por un helado pero tú no pidas nada menso. Ahora lo que te queda es que si eres un vomitón, pues al menos que seas uno mamado para que los niñas pasen por alto ese asqueroso defectillo. ¿por qué no te metes al gimnasio? Hay un curso de verano para morros de nuestra edad, yo estoy yendo, está leve, hay un entrenador bien buena onda. Anímate campeón, así se te quita lo aburrido de estar en tu casa en las vacaciones y te pones tronado para impresionar a la Regina.

Manuel lo pensó y creyó que era buena idea. Lo comentó con su papá y como él señor era partidario de “mente sana en cuerpo sano”, le dio la cuota para la inscripción.

Llevaba ya una semana en el gimnasio, los primeros días con las piernitas flacas que no le respondían al caminar de regreso a su casa, era una temblorina incontrolable, luego se fue acostumbrando y se divertía horrores con las ocurrencias de Julián.

Era martes de la semana dos de entrenamiento, cuando vio por el espejo del gimnasio que entró Regina. Quiso aparentar que no la había visto, pero daba lo mismo, Regina caminaba directamente hacia donde él estaba.

Julián también lo notó y miraba a su amigo como advirtiéndole de la presencia de la chamaca.

-       ¡Hola Manuel!, sabía que estabas aquí. Fui a tu casa ayer y tú mamá me contó del curso y que tú y Julián venían a entrenar. La última vez que nos vimos te pregunté quién te gusta, pero no me alcanzaste a responder… no importa. A mí él que me gusta del salón eres tú.

Regina le regaló una sonrisa enorme y sus ojitos de miel entraron a lo más profundo del corazón atolondrado de Manuel, que rojo como de costumbre le respondió:
-       a mí me gustas tú. – mientras sus ojos de capulín sonreían como nunca antes.

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