“A veces cuando
corres no tienes a donde ir”, escuchó la voz de una mujer que lo
miró de arriba abajo mientras él se escondía entre unos huacales de un puesto
de frutas y verduras del mercado.
El sudor escurriendo por su frente
bajaba hasta entrar en los ojos, trató de secarse, pero chorreaba como gorda en
sesión de aeróbicos. Sentía ese sabor amargo en la lengua que dejó la corretiza
y los saltos de obstáculos como si estuviera compitiendo para ganar un lugar en
las olimpiadas.
No podía escuchar sus pensamientos
porque el retumbar de su corazón abarcaba todo y su respiración agitada no le
dejaba percibir nada más. Concentraba su mirada en el frente, en pasar desapercibido,
aunque había dejado algunas naranjas rodando sobre el suelo.
Pasó una hora y salió con todo el
cuerpo como cheeto, o sea torcido, maltrecho, doblado, chueco. Estuvo escondido
en un espacio diminuto con las rodillas pegadas en la cara. Al salir escuchó el
crujir de sus huesos y se sintió aliviado al estirar los brazos y la espalda.
Se tocó todo el cuerpo como revisando que no le faltara un hueso o alguna
extremidad, pero llevaba todo, incluso el arma con la que le apuntó a la vieja
que quería asaltar.
No pasaba de los 16 años, era delgado y
llevaba puesto sólo un pantalón de mezclilla, una playera blanca y unos tenis
blancos también. Así de lejos, sin ver sus ojos marrones, se podría confundir
con el compañero de escuela de cualquier otro adolescente de preparatoria en
unos de esos días que les piden ir a todos uniformados para hacer una tabla
gimnástica o cualquier payasada del estilo.
Echó a andar hacía la calle y caminó
con la cabeza agachada como tratando de enamorar al asfalto de tanto mirarlo,
caminaba a prisa. Sintió las primeras gotas de lo que prometía ser un aguacero
y así se fue caminando, con un frío que le caló en los brazos y en la nuca. El
transporte público no era una opción para su condición de perro mojado cargando
un arma.
“Pinche día de mierda”, pensaba, ¿por qué a esa vieja se le había ocurrido
hacer tanto escándalo?, “entregar la bolsa y el teléfono
era todo lo que tenía que hacer, pendeja chillona”. El cielo caía a pedazos mientras que las personas
buscaban refugio debajo de algún techo o cualquier construcción que lo
permitiera. Él caminaba bajo el torrencial y cualquier fotógrafo de National
Geographic habría logrado una gran postal.
Cuando llegó a su casa le ardían los
pies, eran las ampollas del roce de los tenis con sus pies sin calcetines y mojados.
Él no sabía nada de esas cosas que se aprenden en la escuela, pero pensó:
“seguro estoy a menos 2”, refiriéndose a lo helado que sentía el cuerpo.
Al entrar tuvo que echar de la puerta a
unos perros que estaban tumbados frente a la entrada, “órale hijos de la chingada, sáquense pinches estorbosos”. Saludó a su mamá con una indiferencia que mataría a
cualquiera “Quiubo” y no espero a
escuchar la respuesta, se fue de filo al ropero de donde jaló la toalla que
colgaba de una puerta y comenzó a secarse la cabeza y a sacarse los tenis de los
pies.
Ignoraba a su madre
porque odiaba los interrogatorios y todo lo que de ella salía, ya fuera bueno o
malo, lo mismo le pasaba con sus tías y con todo aquel que quisiera darle
cualquier tipo de consejo, “como chingan, pinche gente metida, qué
les importa si llego, si no llego, si tengo varo o si ya me cogí a la pinche
morra de la tienda”.
No existía un lugar en
la tierra en donde le diera más flojera estar que en su casa, es decir, ese
espacio reducido, frío y pestilente que tenía que compartir con tres hermanos,
su mamá y su padrastro, por eso se la pasaba en la calle. Su mamá le decía que
era un vago sin oficio ni beneficio, pero él no pensaba lo mismo, oficio tenía:
“soy ratero, saco lo que puedo, aquí no hay nada, cuáles oportunidades
para vatos como yo, eso de la escuela, las tardeadas y las mamadas de los
antros es para otra gente no para mí”.
Había aprendido desde crío
a ganarse la vida quitándole al otro, sin importar los discursos religiosos que
le decía su madre o los sermones de los chismosos de la calle, bien era sabido
que el suyo era un barrio de ratas y gandallas. Esos discursos de Dios y de no
dañar al otro eran para taparle el ojo al macho, todos salían beneficiados del
club de ratería de su colonia.
El arma de fuego era
su herramienta principal de trabajo, eso y no permitirse el miedo porque según
le decían sus maestros de la vida criminal: “el miedo nada más
estorba”.
Mientras buscaba algo
que comer, que no había mucho, escuchó las noticias de un televisor viejo que
colgaba de una pared, y hablaban justamente del incremento de la delincuencia y
de cómo cada día más y más jóvenes como él se dedicaban a la “vida fácil”. “¿La vida fácil?, ¡que pendejos!, si es todo menos fácil, pinche vida
miserable de cagada, si cuando pides un trabajo te mandan a la chingada, te
miran como si fueras apestado, nadie te ayuda, la vida no es fácil pendejos, ya
quisiera yo que anduvieran en la calle todo el pinche día buscando unos pesos y
que no te den nada, o que tomaran la pinche decisión de agarrar una pistola y
ponerla en la cabeza a una viejilla llorona o a un pendejo que se mea en los
pantalones”.
Salió y se encontró
con la banda en la siguiente cuadra, planeaban a donde ir. El chamaco se sentía
lo suficientemente confiado para empezar la semana amenazando a los conductores
en los semáforos, igual no sacaría dinero porque casi todos cargan más tarjetas
que efectivo por lo mismo de los asaltos, pero seguro sacaría varios teléfonos
y con suerte una computadora o cualquier otra cosa que pudiera venderse bien.
La banda tenía bien
ubicados los lugares en donde la movilidad, los puentes peatonales y las calles
alternas, brindaban cierta "seguridad" a la hora del escape cuando las cosas se
ponían feas. Todos se distribuían, formaban equipos de trabajo y se lanzaban a
tirar amenazas a diestra y siniestra.
Era la primera vez que
le tocaba trabajar con uno de los chavos de la banda, un tipo de unos veinticinco
años que era bien conocido por lo entrón y miserable, capaz de cualquier cosa
por quedarse con el iPhone o el Samsumg de un godín que salía del trabajo.
Sería su entrenador para empezar a hacer trabajos más elaborados.
Ubicaron el lugar del
atraco, observaron los autos formados que esperaban el verde y decidían cuál
era viable para ser asaltado. Factores como el tipo de auto, la ventanilla
arriba o abajo, nivel de distracción, etc., eran fundamentales.
No tenían que hablar,
bastaba una mirada y un leve movimiento de cabeza para lanzarse sobre el
incauto. En cuestión de segundos despojaban al ingenuo o ingenua de sus
posesiones y de ahí a otro sitio a seguir “chambeando”.
Ese día sería
inolvidable, porque como en todas las primeras veces el desagrado o el
embeleso, se quedan grabados en la memoria.
Saltaron como leones
sobre un auto compacto, un tipo de unos 45 años llevaba la ventanilla abajo y
hablaba a través de su teléfono móvil, no llevaba acompañante. Tenía buena
pinta y llevaba en la muñeca una de esas bandas electrónicas que te miden la
frecuencia cardiaca, te cuentan los pasos y hasta te analizan los malos
pensamientos.
Ahí estaban frente a
la presa, él tomó el control, estaba en entrenamiento: “¡dame lo que traes hijo de la chingada, el teléfono, reloj, cartera!”. Le apuntaba en la cabeza, pero no esperaba que el
tipo sacara de debajo de su pierna un arma. Sintió frío y lo miró a los ojos. Todo
sucedió en un fugaz instante, pero tan certero que entendió que el tipo no iba
a dudar en disparar. Su compinche le gritó “¡DISPARA PENDEJO,
PARA ESO LA TRAES!” refiriéndose la
pistola.
Estaba prohibido el
miedo, estaba prohibido perder porque ya había perdido mucho desde que nació en
una familia de mierda, con una economía de mierda, con ninguna habilidad social
ni emocional, eso él no lo sabía, pero sí sabía que haber nacido había sido
la peor apuesta más allá de sus propios deseos de ser decente.
Disparó y que quedó
quieto, engarrotado frente la ventanilla del auto. Una fotografía mental de la
cabeza colgando y de la salpicadura de la sangre quedó para siempre en su
memoria y por más intentos nunca logró borrarla. Escuchó “¡CORRE!”, como si se lo
gritaran a miles de kilómetros y dio la media vuelta. Corrió con el corazón
dando saltos, corrió con la lengua más amarga que nunca, corrió sin mirar los
autos al atravesar las avenidas, corrió porque esa primera vez marcaba su
sentencia… lo que durara su vida no dejaría de correr.

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