jueves, 6 de agosto de 2020

¡CORRE!


¡CORRE!


“A veces cuando corres no tienes a donde ir”, escuchó la voz de una mujer que lo miró de arriba abajo mientras él se escondía entre unos huacales de un puesto de frutas y verduras del mercado. 

El sudor escurriendo por su frente bajaba hasta entrar en los ojos, trató de secarse, pero chorreaba como gorda en sesión de aeróbicos. Sentía ese sabor amargo en la lengua que dejó la corretiza y los saltos de obstáculos como si estuviera compitiendo para ganar un lugar en las olimpiadas.

No podía escuchar sus pensamientos porque el retumbar de su corazón abarcaba todo y su respiración agitada no le dejaba percibir nada más. Concentraba su mirada en el frente, en pasar desapercibido, aunque había dejado algunas naranjas rodando sobre el suelo.

Pasó una hora y salió con todo el cuerpo como cheeto, o sea torcido, maltrecho, doblado, chueco. Estuvo escondido en un espacio diminuto con las rodillas pegadas en la cara. Al salir escuchó el crujir de sus huesos y se sintió aliviado al estirar los brazos y la espalda. Se tocó todo el cuerpo como revisando que no le faltara un hueso o alguna extremidad, pero llevaba todo, incluso el arma con la que le apuntó a la vieja que quería asaltar.

No pasaba de los 16 años, era delgado y llevaba puesto sólo un pantalón de mezclilla, una playera blanca y unos tenis blancos también. Así de lejos, sin ver sus ojos marrones, se podría confundir con el compañero de escuela de cualquier otro adolescente de preparatoria en unos de esos días que les piden ir a todos uniformados para hacer una tabla gimnástica o cualquier payasada del estilo.

Echó a andar hacía la calle y caminó con la cabeza agachada como tratando de enamorar al asfalto de tanto mirarlo, caminaba a prisa. Sintió las primeras gotas de lo que prometía ser un aguacero y así se fue caminando, con un frío que le caló en los brazos y en la nuca. El transporte público no era una opción para su condición de perro mojado cargando un arma.

“Pinche día de mierda”, pensaba, ¿por qué a esa vieja se le había ocurrido hacer tanto escándalo?, “entregar la bolsa y el teléfono era todo lo que tenía que hacer, pendeja chillona”. El cielo caía a pedazos mientras que las personas buscaban refugio debajo de algún techo o cualquier construcción que lo permitiera. Él caminaba bajo el torrencial y cualquier fotógrafo de National Geographic habría logrado una gran postal.

Cuando llegó a su casa le ardían los pies, eran las ampollas del roce de los tenis con sus pies sin calcetines y mojados. Él no sabía nada de esas cosas que se aprenden en la escuela, pero pensó: “seguro estoy a menos 2”, refiriéndose a lo helado que sentía el cuerpo.

Al entrar tuvo que echar de la puerta a unos perros que estaban tumbados frente a la entrada, “órale hijos de la chingada, sáquense pinches estorbosos”. Saludó a su mamá con una indiferencia que mataría a cualquiera “Quiubo” y no espero a escuchar la respuesta, se fue de filo al ropero de donde jaló la toalla que colgaba de una puerta y comenzó a secarse la cabeza y a sacarse los tenis de los pies.

Ignoraba a su madre porque odiaba los interrogatorios y todo lo que de ella salía, ya fuera bueno o malo, lo mismo le pasaba con sus tías y con todo aquel que quisiera darle cualquier tipo de consejo, “como chingan, pinche gente metida, qué les importa si llego, si no llego, si tengo varo o si ya me cogí a la pinche morra de la tienda”.

No existía un lugar en la tierra en donde le diera más flojera estar que en su casa, es decir, ese espacio reducido, frío y pestilente que tenía que compartir con tres hermanos, su mamá y su padrastro, por eso se la pasaba en la calle. Su mamá le decía que era un vago sin oficio ni beneficio, pero él no pensaba lo mismo, oficio tenía: “soy ratero, saco lo que puedo, aquí no hay nada, cuáles oportunidades para vatos como yo, eso de la escuela, las tardeadas y las mamadas de los antros es para otra gente no para mí”.

Había aprendido desde crío a ganarse la vida quitándole al otro, sin importar los discursos religiosos que le decía su madre o los sermones de los chismosos de la calle, bien era sabido que el suyo era un barrio de ratas y gandallas. Esos discursos de Dios y de no dañar al otro eran para taparle el ojo al macho, todos salían beneficiados del club de ratería de su colonia.

El arma de fuego era su herramienta principal de trabajo, eso y no permitirse el miedo porque según le decían sus maestros de la vida criminal: “el miedo nada más estorba”.

Mientras buscaba algo que comer, que no había mucho, escuchó las noticias de un televisor viejo que colgaba de una pared, y hablaban justamente del incremento de la delincuencia y de cómo cada día más y más jóvenes como él se dedicaban a la “vida fácil”. “¿La vida fácil?, ¡que pendejos!, si es todo menos fácil, pinche vida miserable de cagada, si cuando pides un trabajo te mandan a la chingada, te miran como si fueras apestado, nadie te ayuda, la vida no es fácil pendejos, ya quisiera yo que anduvieran en la calle todo el pinche día buscando unos pesos y que no te den nada, o que tomaran la pinche decisión de agarrar una pistola y ponerla en la cabeza a una viejilla llorona o a un pendejo que se mea en los pantalones”.

Salió y se encontró con la banda en la siguiente cuadra, planeaban a donde ir. El chamaco se sentía lo suficientemente confiado para empezar la semana amenazando a los conductores en los semáforos, igual no sacaría dinero porque casi todos cargan más tarjetas que efectivo por lo mismo de los asaltos, pero seguro sacaría varios teléfonos y con suerte una computadora o cualquier otra cosa que pudiera venderse bien.

La banda tenía bien ubicados los lugares en donde la movilidad, los puentes peatonales y las calles alternas, brindaban cierta "seguridad" a la hora del escape cuando las cosas se ponían feas. Todos se distribuían, formaban equipos de trabajo y se lanzaban a tirar amenazas a diestra y siniestra.

Era la primera vez que le tocaba trabajar con uno de los chavos de la banda, un tipo de unos veinticinco años que era bien conocido por lo entrón y miserable, capaz de cualquier cosa por quedarse con el iPhone o el Samsumg de un godín que salía del trabajo. Sería su entrenador para empezar a hacer trabajos más elaborados.

Ubicaron el lugar del atraco, observaron los autos formados que esperaban el verde y decidían cuál era viable para ser asaltado. Factores como el tipo de auto, la ventanilla arriba o abajo, nivel de distracción, etc., eran fundamentales.

No tenían que hablar, bastaba una mirada y un leve movimiento de cabeza para lanzarse sobre el incauto. En cuestión de segundos despojaban al ingenuo o ingenua de sus posesiones y de ahí a otro sitio a seguir “chambeando”.

Ese día sería inolvidable, porque como en todas las primeras veces el desagrado o el embeleso, se quedan grabados en la memoria. 

Saltaron como leones sobre un auto compacto, un tipo de unos 45 años llevaba la ventanilla abajo y hablaba a través de su teléfono móvil, no llevaba acompañante. Tenía buena pinta y llevaba en la muñeca una de esas bandas electrónicas que te miden la frecuencia cardiaca, te cuentan los pasos y hasta te analizan los malos pensamientos. 

Ahí estaban frente a la presa, él tomó el control, estaba en entrenamiento: “¡dame lo que traes hijo de la chingada, el teléfono, reloj, cartera!”. Le apuntaba en la cabeza, pero no esperaba que el tipo sacara de debajo de su pierna un arma. Sintió frío y lo miró a los ojos. Todo sucedió en un fugaz instante, pero tan certero que entendió que el tipo no iba a dudar en disparar. Su compinche le gritó “¡DISPARA PENDEJO, PARA ESO LA TRAES!” refiriéndose la pistola.

Estaba prohibido el miedo, estaba prohibido perder porque ya había perdido mucho desde que nació en una familia de mierda, con una economía de mierda, con ninguna habilidad social ni emocional, eso él no lo sabía, pero sí sabía que haber nacido había sido la peor apuesta más allá de sus propios deseos de ser decente.

Disparó y que quedó quieto, engarrotado frente la ventanilla del auto. Una fotografía mental de la cabeza colgando y de la salpicadura de la sangre quedó para siempre en su memoria y por más intentos nunca logró borrarla. Escuchó “¡CORRE!”, como si se lo gritaran a miles de kilómetros y dio la media vuelta. Corrió con el corazón dando saltos, corrió con la lengua más amarga que nunca, corrió sin mirar los autos al atravesar las avenidas, corrió porque esa primera vez marcaba su sentencia… lo que durara su vida no dejaría de correr.

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