miércoles, 12 de agosto de 2020

Elote con chile del que pica

 

ELOTE CON CHILE DEL QUE PICA

Todos tenemos una debilidad, eso a lo que no puedes decir “no” por más que intentes, por más que te haga daño, por más que todos te digan que te detengas porque no saldrá bien.

En este mundo existimos un sin fin de débiles, los hay de todo tipo; débiles carnales, débiles amorosos, débiles materiales, entre muchos otros.

¿Cuál es tu debilidad?, ¿ante qué o quién alzas los hombros y dices “ya ni modo”? ¿cuál es la debilidad que te hace sentir culpable después de caer por milésima vez en ella? ¿cuál?

Se puede ser débil ante los hijos, ante una pareja o ex pareja, ante un casino que promete grandes recompensas invirtiendo muy poco, ante la fascinación del olor a nuevo y, claro no puede faltar porque es un placer, ante la comida... que era la debilidad de Rafaela.

Rafaela era débil, débil como cualquiera, pero su debilidad tenía una peculiaridad pues cada vez que caía en ella soltaba a llorar como una Magdalena.

Los elotes preparados con mayonesa, chile piquín y queso, provocaban un río de lágrimas inexplicables, así como inevitable era ir corriendo hacía el carrito del elotero cuando lo encontraba a medio camino. El olor, el calor, el sabor, la textura, todo resultaba tan fascinante que era imposible pasar de largo.

Puede parecer tonto o creerás que es una broma, y seguro me dirás que sí, que tú eres débil ante una torta de milanesa o a los tacos de barbacoa, y que nunca has podido decir no a un buen coctel de camarones, pero que en definitiva no sueltas a la primera de cambios unos lagrimones.

El problema de Rafaela era que entre más le metía el diente al elote, más le lloraban los ojos. De julio a octubre ocurría toda la tragedia, la época de elote cacahuacintle invitaba a tener carritos de vaporosos elotes en todas las calles y por más que trataba de no mirar, de no ver, de ir como los caballos con anteojeras, terminaba comprándose un elote y para colmo de males siempre elegía el más grande de la vaporera del Don que los vendía.

Muchas veces le pasó que andando por la calle comiéndose su elote, las personas le preguntaban si se encontraba bien, era como verla comer a través de una gran desventura, de esas que ameritan un hombro para llorar, aunque fuera de un desconocido.

Buscó remedios caseros para su mal, buscó con algunos médicos, pero lo obvio siempre fue ¡que dejara de comer elotes y santo remedio!

En fin, Rafaela se resignó a vivir con los ojos hinchados de tanto llorar al igual que el mes de agosto y septiembre en su tierra en donde no paraba de llover.

La niñez y adolescencia de Rafaela transcurrió entre el amor y el odio a los elotes preparados, en donde al terminar un elote y tener que secarse las lágrimas y la nariz le generaban un sentimiento de culpa y a veces hasta de vergüenza porque como le decía su mamá “si ya sabes cómo te pones para qué sigues tragando elotes”.

Eso sí, muy culpable y todo, pero siempre llevaba en sus bolsillos un paquetito de pañuelos desechables por si las dudas, por si el chirriar del carrito de elotes le hacía girar la cabeza.

Saliendo un día de la universidad, en aquel inicio de su vida responsable en donde decidió ser contadora, cruzó la puerta de entrada del edificio de su facultad, era ya bastante tarde, pero era la consecuencia de querer estudiar y ser comprometida. Traía hambre como para comerse un león, un árbol o cualquier cosa que le pusieran enfrente con tantita sal y una tortilla. Dispuesta a tomar el último autobús, giró la cabeza y se encontró con el vapor que alivia y viaja en una noche fría. ¿Qué puede hacer alguien cuando ya sabe que va caer al abismo de sus pasiones?… ¡pues nada más que dejarse caer al abismo! Se acercó a su destino y mientras caminaba fue sacando los pañuelos desechables.

-      Buenas noches, me da un elote por favor.

-      Escójale güera, me quedan bien poquitos, pero todavía alcanza.

Los elotes ya estaban medio flacos, pero no importó.

-      Deme ese, el más grande.

-      ¿Con todo?

-      Sí, con todo, y póngale chile del que pica.

-      Híjole güera, te voy a quedar mal, ese se me acabó, no más me queda del normal, ¿si está bien?

-      Pues sí, no importa.

Rafaela recibió su elote y pagó de prisa, corrió a la parada de autobús al ver las luces brillantes que invitaban a los últimos estudiantes a dejar la banqueta vacía.

Una vez sentada, se preparó para la lloradera y para que todos los pasajeros pensaran que seguro la había abandonado el novio o que tenía que reciclar una materia. Dio una mordida y se sintió sin cambios, luego dio otra mordida y nada. Siguió devorando su elote con una inusual velocidad y con una inusual sorpresa porque no derramó ninguna lágrima, no le empezaban a escurrir los mocos, sus pañuelos desechables sólo los usó para limpiarse la comisura de los labios llenos de mayonesa, queso y… ¡chile del que no pica!... ¡claro!, la atolondrada de Rafaela siempre pedía el delicioso manjar con un picante que simplemente no toleraba y la hacía llorar y llorar.

Estúpido o no, Rafaela aprendió una lección: muchas veces la solución a las desdichas es más simple de lo que creemos, basta cambiar la perspectiva y arriesgarnos a probar una forma diferente de hacer las cosas que hacemos siempre igual, así podemos disfrutar de todos los placeres de la vida.

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