BAJO EL ÁRBOL DE CAPULÍN
El calor era tremendo, el
aire caliente entraba por la nariz para llegar a los pulmones llenándolos de
fastidio. Aunque Engracia estaba acostumbrada a caminar y vivir bajo el rayo
del sol, solía salir corriendo hacia el enorme árbol de capulín que se encontraba
justo en el centro del patio de su casa, buscaba en él, más que sombra,
tranquilidad.
El pueblo
de Capulalpam, donde vivió Engracia y en donde nacieron sus cinco hijos y sus
diecinueve nietos, era famoso por la abundancia de árboles de capulín y por el
dulce del mismo fruto. En las casas del pueblo el dulce de capulín era tan
común como las tortillas o los frijoles. Cuando llegaban visitas se les ofrecía
una tacita de dulce antes que agua sin importar el calor.
Engracia
era una muchacha despreocupada, sin más inquietud que memorizar palabras en
náhuatl. Su nana era una mujer indígena y desde que Engracia era pequeña le
enseñaba palabras y frases en náhuatl, de esta forma la “niña” aprendió que el
nombre de Capulalpam significaba “Tierra del árbol de capulín”.
Las
caminatas por el pueblo era lo único interesante que una muchacha de la edad de
Engracia podía hacer, no había muchos lugares en donde divertirse salvo el
centro del pueblo en donde se podía encontrar a los conocidos para charlar un
rato.
Doña
Matilde, la madre de la niña Engracia, se preocupaba por su hija, ya tenía casi
veinte años y no se vislumbraba ni a lo lejos ni a lo cerca un pretendiente
para ella, ¿qué sería de su niña si se quedaba para vestir santos?, y es que
Engracia no era la belleza descomunal que los hombres buscaban entonces, más
bien era rechoncha, de piernas gordas y caderas anchas, chaparra, de piel trigueña
y boca grande, pero sus ojos salvaban a la niña porque eran tan grandes y
vivaces que iluminaban todo alrededor, aun así no tenía pretendiente. A la niña
no le importaba mucho pensar en los hombres, creía que ya llegaría su turno de
casarse y que no había razón para presionar al destino.
Todos los
domingos la madre de Engracia la obligaba a ir a misa de siete, a la niña tal
costumbre le causaba mucha pereza pero su madre le decía que una señorita
decente tenía que dejarse ver en misa o nunca iba a encontrar marido por ser
atea, a lo que Engracia siempre contestaba que ella no sentía la menor
preocupación por casarse y además se declaraba atea porque ella todo lo dejaba
en manos del destino y no de Dios que seguramente estaba muy ocupado en otros
asuntos. Su madre por su puesto le soltaba un sermón peor de aburrido que el
del sacerdote en misa, razón por la que la niña prefería levantarse antes de
volver a escuchar la letanía de su madre.
Así pasaban
los días, sin novedad, tranquilos, entre dulce de capulín y campos llenos de
flores.
- ¿Tú crees nana que algún
día llegue a casarme?
- No sé niña, tú qué
preguntas si siempre andas diciendo que eso no te importa.
- Pregunto porque pienso que
si no me caso la vida puede seguir igual, así sin novedad, ya si me caso tendré
que cuidar hijos, atender casa y supongo que el tiempo pasará volando con tanta
actividad.
- Eso no lo dudes mi’ja, tan
pasará volando que cuando menos te des cuenta ya serás abuela y llena de nietos.
- Y… ¿crees que alguien se
quiera casar conmigo?
- Sí, ¿por qué lo preguntas?
- Porque no soy tan bonita
como otras muchachas del pueblo.
- ¿Y eso que tiene que ver?
- Pues que los muchachos
primero se van a fijar en ellas para esposas y ya cuando no haya una bonita
entonces se fijarán en mí y que tal si para ese entonces ya estoy muy vieja y
nadie me quiere.
- Hay hija en qué cosas te
pones a pensar, ya va a llegar alguien, acuérdate que siempre hay un roto para
un descosido.
En realidad,
a Engracia no le importaba mucho eso de matrimoniarse, como ella decía, pero si
le preocupaba estar toda la vida sin hacer nada más que sentarse bajo el árbol
de capulín a componer canciones simples para poder recordar las palabras en
náhuatl.
Un buen día
la madre de Engracia servía el desayuno para su única hija, la nana y ella, cuando
se escuchó que tocaban la puerta. La nana se encaminó para abrir y era un
chamaco con la correspondencia. Se armó un alboroto en la casa para ver de
quién era la carta. Desde que había muerto el padre de Engracia, cuando la niña
tenía apenas siete años, era un evento muy inusual recibir cartas. La madre de
Engracia soltó una sonrisa de oreja a oreja y dijo:
- ¡Dios!, ¡no lo puedo creer!
¿adivinen quién viene al pueblo?
- ¿Quién mamá?
- Adivina, ándale haz un
esfuerzo.
- ¿Será la tía Chabela que
por fin se acordó que tiene una ahijada que la extraña?
- ¡No niña, otra persona!
- Pues, ¿será mi primo Jesús
con la bola de mocosos que no paran de correr por el patio?
- ¡No! - dijo su madre muy
animada -, más emocionante.
- ¡Qué venga el primo Jesús
no es emocionante mamá!
- ¡Qué poco humor traes mi’ja!
- Bueno, ¿pues quién viene?,
¿ya me vas a decir?
- ¡Ni más ni menos que el
hijo del Señor Mc Arthur!
- Mmm… ¿y ese quién es?
- ¡¿Qué no te acuerdas de él
chamaca?!
- ¡No! - contestó Engracia
muy segura.
- Engracia, pero si cuando
eras niña te la pasabas llorando por las travesuras que te hacía.
- Mamá, todos hacían
travesuras, no sé cuál de los niños puede ser.
- El güero, de ojos bien
azules, ¿no te acuerdas?, es el hijo de un amigo de tu papá que vivió aquí
nomás como dos años, él es de Canadá y su esposa de Zacatecas.
- ¡Creo que ya sé quién!,
¿un chiquillo todo flacucho y descolorido no?, si, ese debe ser.
- Pues llega en tres
semanas, así que apenas nos da tiempo de arreglar un poco la casa.
- ¿U qué le vas a arreglar?
- Pues…- se quedó pensando
su madre - ¡arreglaré las plantas de las macetas!
Pasaron
tres semanas y la madre de Engracia parecía loca, limpiaba todo lo que se le
ocurría, podaba las plantas, arreglaba el jardín, se sentaba a escribir la
mejor combinación de platillos para hacer comidas inolvidables. Consiguió con
anticipación todos los ingredientes para preparar mole amarillo, coloradito y
pan con yema.
- ¡Engracia! - gritó Doña
Matilde - ven niña que me tienes que ayudar.
-Ya vine, ¿en qué quieres
que te ayude?
- Mira, tu nana está viendo
si ya quedó el tepache y yo ando con lo del mole, así que vas a tener que hacer
el dulce de capulín.
- ¡Ah chirrión!, ¡¿y
ahora porque tantas cosas?!
- Qué no ves que hoy llega Peter.
- ¿Cuál Peter?
- ¡¿Cómo que cuál Peter?!,
pues el hijo de Mc Arthur.
- ¡Ya sé! - dijo burlándose
Engracia – digo que cuál Peter si se llama Pedro ¡¿qué no?!
- No niña, se llama Peter y
así le vas a decir- le advirtió Doña Matilde.
- Si mamá - le respondía
Engracia a su madre mientras veía a su nana y las dos se reían.
Engracia
salió al patio y llenó una canasta de capulines gordos y hermosos como se daban
en su árbol más querido. Ya instalada en la cocina los lavó fervorosamente y
sin prisa, separó los que usaría para el dulce y apartó los que se comería
durante la preparación. Engracia disfrutaba infinitamente hacer dulce de
capulín, decía que no existía en el mundo un sabor tan exquisito como ese y que
no había un placer más grande que comerlo. Después vertió agua en un recipiente
y colocó al fuego, posteriormente introdujo los capulines y esperó a que se
cocieran. Una vez cocidos los pequeños frutos los machacó y agregó azúcar,
canela y el jugo de un limón. Nuevamente los puso al fuego durante diez minutos.
Estaba
Engracia pasando el dulce recién hecho a un frasco cuando se escuchó que
tocaban a la puerta, la nana, como era costumbre, caminó lentamente para abrir.
Un muchacho alto, blanco y con cabellos como rayos de sol miró a la nana con
sus ojos de azul infinito.
- Buenas tardes, ¿se
encuentra en casa la señora Matilde? - preguntó en un español pausado, pero con
un acento bastante extraño para la nana.
- Si, pásele que desde no sé
qué horas lo están esperando.
Peter entró
observando muy detenidamente la casa, desde las paredes, las puertas y las
macetas arregladas.
- La casa está muy bonita,
me gusta.
- La señora siempre anda
limpie y limpie, por eso parece espejito, pero pásele, ande- le indicó la nana
señalando la puerta que llevaba a la sala.
- Gracias, huele muy
sabroso, parece que llegué a tiempo para la comida, ¿no es así?
- Si joven, llegó usted como
reloj, ya estamos por servir. Deje le aviso a la señora que ya está usted aquí.
Engracia,
seguía en la cocina esperando el grito desaforado de su madre para decirle que
saliera a saludar al recién llegado, pero ella prefería comer un poco de dulce
de capulín antes de salir a dar la bienvenida a la visita. No entendía porque
tanto alboroto por el flacucho, después de todo eran sólo dos meses los que
estaría por esos rumbos.
La madre de
Engracia apareció en el salón hablando y diciendo tantas palabras a la vez que
no se lograba entender una sola frase de lo que parloteaba.
- ¡Qué grande estás Peter y
mira nada más que elegante y guapo te has puesto!, ¡hijo ya quería verte!,
¿cómo está tu padre?, ¿tu madre, sigue igual de bonita? - le decía mientras lo
abrazaba con mucho cariño- hace tanto que no recibo visitas que me emociono
mucho hijo, perdóname.
- No se preocupe Matilde, me
ha dado gusto un recibimiento tan afectuoso como éste, me hace sentir como en
casa. Mis padres le mandan muchos saludos y unos obsequios con mucho cariño,
así como los mejores deseos.
- Gracias hijo, me imagino
que mueres de hambre, la comida ya está lista, nada más te esperábamos. Ven
vamos al comedor- le decía Doña Matilde mientras el muchacho de ojos claros le
cedía el paso.
Ya en la
mesa Doña Matilde preguntó a la nana:
- ¿En dónde anda Engracia?,
qué no piensa venir a comer y a saludar.
- Está en la cocina Señora,
pero ahorita le hablo.
Engracia
soltó el traste en donde comía dulce y se fue para el comedor mientras se
limpiaba la boca.
Doña
Matilde platicaba con Peter, o más bien monologaba porque el pobre muchacho no
podía ni pronunciar palabra, la madre de Engracia mareaba al invitado con
preguntas que no dejaba responder entre sus halagos de lo grande y guapo que
estaba, pero para fortuna del incauto apareció Engracia que con su pícara voz
atinó a decir:
- ¡Hola!, bienvenido
Peter miró
hacia ella y vio sus ojos mientras se levantaba de su silla para que Engracia
se sentara:
- ¡Hola!, veo que ya
creciste Engracia
- Sí, tú también te ves más
grande- y ambos sonrieron -y menos flacucho- dijo Engracia mientras su sonrisa
picarona se dibujaba en el rostro.
- ¿Flacucho? - preguntó Peter.
Fue
entonces cuando la mamá de Engracia miró a su hija con reproche y luego
dirigiéndose a Peter le dijo:
- No le hagas caso a esta
igualada, se comporta como una niña, mejor dime ¿cómo han estado tus padres?
La comida
transcurrió entre recuerdos de Doña Matilde y las risitas burlonas de Engracia
por el extraño acento de Peter. Finalmente, el muchacho comentó que la razón de
su viaje era visitar un cultivo de orquídeas muy cerca de ahí. Estaba tratando de
cerrar un negocio con el dueño del cultivo para poder exportar las flores a
Canadá. Engracia se aburría tanto que estaba por quedarse dormida, no entendía
lo que era exportar, no sabía de negocios y de todos modos no le importaba en
lo más mínimo, pensaba hacía sus adentros “¡por favor que traigan el postre
para que no me quede dormida en el plato!”, para su fortuna apareció la
nana con los trastecitos llenos al tope de dulce de capulín y los puso sobre la
mesa.
Peter tomó
uno y metió el dedo para después llevárselo a la boca.
- ¡Esto sabe muy bien! -
dijo el muchacho emocionado.
- Lo preparó Engracia, el
dulce de capulín es uno de sus mayores dones y creo que el único- rumió la
madre.
- Pues felicidades Engracia,
está realmente delicioso, creo que me comería otros cinco trastes de dulce- y
Engracia le sonrió.
Se
levantaron de la mesa y Doña Matilde acompañó al muchacho a lo que sería su
habitación durante los meses de su estancia en el pueblo. Mientras, Engracia y
su nana levantaron los trastes sucios de la mesa y fueron directo a la cocina
para limpiar todo el tiradero.
- ¿Cómo ves al muchacho
mi’ja?
- ¿Cómo lo veo de qué?
- ¿No se te hace apuesto?
- Pues se ve igual que todos
nomás que más descolorido- dijo Engracia riendo.
- Pero se ve que ha
estudiado, que es diferente a todos los muchachos que se ven por acá.
- Eso si no te lo puedo
negar nana, aunque habla bien chistoso dice palabras muy propias.
Terminaron
de limpiar la cocina y Engracia seguía aburrida, así que le pidió a la nana
nuevas palabras en náhuatl para ir debajo del árbol de capulín a cantarlas. En
eso cantar estaba cuando Peter llegó a sentarse junto a ella.
- El árbol es ahora mucho
más grande del que tenía en mis recuerdos.
- También creció- dijo Engracia
recargándose en el tronco.
- ¿Qué cantabas?
- Unas palabras en náhuatl,
me las enseña mi nana y me divierto memorizándolas.
- Parece divertido, dime
algunas a ver si después las puedo repetir
Engracia
comenzó a reír mucho y sus ojos se veían más grandes que antes y entre
carcajadas sin mala intención le dijo a Peter:
- No creo que puedas, si el
español lo hablas bien chistoso, cómo se te ocurre que vas a poder con el
náhuatl.
- Anda Engracia dime una
palabra, a ver si puedo.
- Una que ya debes de saber,
a ver dime como se llama este pueblo.
- Se llama Canulalpam- Peter
lo decía muy lento
- ¡No!, ¡ya ves cómo te
equivocaste!, se llama Calulalpam y es una palabra náhuatl que significa “Tierra
del árbol de capulín”
- Hablando de capulines – y
esta última palabra la decía muy despacio y con cierta dificultad, por lo que
Engracia se reía- ¿me puedes regalar un poco más de dulce?
Engracia se
levantó de su apaciguamiento y fue hacia la cocina. Regresó con dos trastes al
tope de dulce, tendió la mano y le dio su correspondiente a Peter. Ambos comían
el dulce sin hablar y la sombra del árbol favorito de Engracia nunca le había
parecido tan reconfortante como en ese instante.
Durante los
siguientes días a Peter sólo se le veía a la hora de la cena, pasaba gran parte
del día en el cultivo de orquídeas. Chocolate y pan era lo que generalmente se
preparaba para cenar, nadie comía demasiado a esa hora porque - le cae muy
pesado a la panza - repetía la nana todas las noches.
El sábado
por la noche Doña Matilde le preguntó a Peter si las acompañaría a la misa del
día siguiente y el muchacho respondió que sería un gusto. Así llegó la mañana
del domingo, las mujeres y el muchacho salieron temprano rumbo a la iglesia.
Ya sentados
y a medio sermón, Peter miró de reojo a Engracia y le dijo en voz muy baja y
riéndose un poco.
- No te duermas que El Señor
te está viendo.
- ¡Pues que me vea!, la
verdad es que este padre es muy aburrido, ¿no crees?
- Sí creo- y se rieron.
El domingo
era día de mercado y Peter se ofreció a acompañar a la niña y a la nana para
ayudarlas con las canastas llenas de verduras y compras en general.
-Y qué tal es Canadá, ¿se
parece a México? - preguntó Engracia llena de curiosidad.
- Es como todos los lugares,
y no se parece a México.
- Entonces no es como todos
los lugares.
- Si es, depende de cómo lo
mires, pero en estricto sentido no es igual a México porque se habla otro
idioma, el clima es más frío, y la gente luce diferente, pero igual puede ser
apacible o tremendamente abominable dependiendo del estado de ánimo.
- ¿Eso quiere decir que
igual estás feliz en México qué triste en Canadá o al revés?
- Así es, ¿te gustaría
visitar Canadá?
- ¿Qué podría hacer allá? -
preguntó la niña mientras encogía los hombros.
- Conocer, mirar caras
nuevas.
- Quizá algún día. ¿Allá hay
capulines?
- Si, pero en la gente los
llama cerezos negros.
- ¡Que nombre tan sin
chiste!, ¡yo prefiero llamarlos capulines! - decía la muchachita de forma muy
contundente.
Pasaron los
días y de vez en cuando Peter acompañaba a Engracia a pasar la tarde bajo el
árbol de capulín. Ambos aprendieron a verse como cuando eran niños, a contarse
confidencias que siempre resultaban pequeñas travesuras. Engracia le confesó
que había tomado de un puesto del mercado un durazno, pero no lo había pagado y
Peter le confesó que todas las noches desde el primer día que llegó a
Capulalpam se levantaba a la cocina a comer dulce de capulín, Engracia se
carcajeaba:
- Con razón mi madre está
tan intrigada con eso de que aparece una cuchara sucia todos los días.
- ¿Me vas a delatar? -
preguntó Peter.
- Lo voy a pensar, dijo
Engracia con su inolvidable sonrisa y buen humor.
Algo muy
malo estaba sucediendo, a Engracia le parecía que no era nada bueno estar pensando
en Peter todo el tiempo, sentirse mal si no llegaba para acompañarla a cantar
en náhuatl debajo del árbol y temía estar enamorada del flacucho descolorido.
- Nana, ¿qué pasa cuando te
enamoras?
- ¿Qué estás enamorada?
- No, pero quiero saber.
- Supongo que sientes que el
cuerpo se te parte en dos cuando ves al hombre que te llena los pensamientos,
piensas en él todo el día, no tiene defectos, miras sus ojos y ves el cielo,
algo así debe de ser.
- ¿Qué tú nunca te
enamoraste?
- Sí, cuando estaba chamaca.
- ¿Y no te acuerdas cómo era
estar enamorada?
- Más o menos, esos
sentimientos forman arrugas en la cara, se vuelven parte del corazón y para
cada mujer es diferente, no todas sentimos igual niña.
Engracia llegó
a la conclusión que estaba enamorada, que sentía que el cuerpo de le partía en
dos y que veía el cielo en los ojos de Peter y no precisamente por lo azul del
color. Nunca pensó que llegaría ese momento. Se sentía tan bien de estar con
él, de platicar y aprender sobre temas que nunca pensó que existieran. Llegaba
a su mente el momento de la partida de Peter, él no estaría para siempre en el
pueblo y pronto partiría, eso la ponía muy triste.
Prefirió
guardar distancia y se encerraba en su recámara largas horas, hasta que un buen
día se hartó y salió al patio, estaba bajo el capulín sin más compañía que su
tristeza. Ensimismada en sus pensamientos se encontraba cuando escuchó la voz
de Peter.
- ¿Estás triste?, hace mucho
que ya no bajabas al árbol de cerezos negros.
- No, es sólo que estaba haciendo
otras cosas en mi habitación.
- Cosas cómo qué.
- Como pensar.
- Y qué pensabas.
- ¡Cosas, tonterías!
- Las personas nunca piensan
tonterías, siempre que uno se hace consciente de que piensa es porque algo
importante sucede.
- Puede ser, pero eso no
importa.
- Sabes Engracia, me
gusta como eres, esa forma tuya de hacer del mundo un pedazo de felicidad,
nunca te precipitas por el futuro, dejas que todo fluya con tranquilidad.
- ¿Qué puedo hacer?, ni modo
de comerme las uñas todo el tiempo, además el pueblo es tan pequeño e
insignificante que no hay mucho de qué preocuparse.
- Mañana me voy, ¿ya sabías?
- No, ¿por qué te vas antes
de lo previsto? - y la voz de la niña adquiría el particular tono de tristeza y
angustia cuando se vislumbra la pérdida del ser amado.
- Recibí una carta en donde
me dicen que mi madre está muy enferma, tengo que ir a verla.
- Ya veo, ¿y piensas volver
a lo del negocio de las orquídeas?
- Aún no sé, ahora estoy
preocupado por la salud de mi madre, probablemente vuelva algún día para
llevarte de viaje a Canadá y para que me prepares un poco de dulce de capulín. Además,
no podría vivir tranquilo si no vuelvo a ver tus ojos lindos.
- ¡Ya no estés de payaso!,
¿cuáles ojos lindos? - y su cara estaba roja como tomate, mientras el corazón
le daba brinquitos de felicidad y desesperación.
- Los dos cerezos negros que
tienes en la cara- y ambos sonrieron.
Engracia no
sabía si lanzarse a la boca de Peter, si levantarse e ir a su recámara a llorar
o si quedarse ahí a contemplar la cara del descolorido. No hizo falta seguir
deliberando su decisión, Peter la tomó por sorpresa y le dio un beso tan largo
y hermoso que todavía cuando Engracia lo recuerda un escalofrío la recorre de
pies a cabeza.
Ya era muy
noche y ninguno de los dos pronunciaba palabra alguna, Engracia estaba
recostada sobre su regazo y las lágrimas no paraban de rodar sobre su cara, sus
ojos estaban tan acuosos que no distinguía ni una simple silueta:
- Engracia, ¿me quieres?
- Creo que sí.
- ¿Crees?
- Bueno, sí.
- Y… ¿Me esperarías?
- Toda la vida.
Él la
volvió a besar y el árbol de cerezos negros ardió en la noche más inolvidable
de la vida de la niña Engracia.
Peter
partió muy temprano en la mañana, Engracia no quiso bajar a despedirse y fingió
estar dormida.
- Hijo, Engracia es una
desconsiderada, perdónala, se le han pegado las sábanas, pero estoy segura que
te desea un buen viaje- decía Doña Matilde a Peter.
- Todo está bien, dígale que
ya nos volveremos a ver y que espero un día viajen a Canadá para visitarme.
Se escuchó
el golpe al cerrar la puerta y Engracia soltó la última lágrima que le quedaba
en los ojos enormes.
Pasaron los
meses y Doña Matilde se preguntaba qué le sucedía a su niña:
- ¿Qué tendrá Engracia?
- No sé señora- respondía la
nana, aunque muy bien enterada estaba del mal que le aquejaba a su niña, como
igual sabía que sólo el tiempo curaría su frágil corazón o terminaría por destruirlo.
- Ya no te pregunta palabras
para repetirlas como loro, nada más anda tristeando debajo del capulín, sola
como alma en pena, ya no hallo como decirle que lo único que no tiene remedio
es la muerte, pero no me escucha.
El recuerdo
del momento con Peter bajo el árbol de capulín atiborraba la mente de Engracia,
ya no existía nada más que el recuerdo de esos maravillosos instantes que ahora
parecían sumamente lejanos. Los pensamientos la consumían y apagaban poco a
poco esa única gracia en sus ojos:
- Ahora sí - pensaba la
pobre niña - ya me quedé para vestir santos, no quiero a ningún otro hombre que
no sea él y siento que nunca va a regresar, ya se tardó mucho.
La niña
guardaba una esperanza todavía de verlo o por lo menos de recibir una carta
desde Canadá, ya no diciéndole que regresaría, pero si dando señales de que aún
estaba vivo.
Pasó un año
completito con sus noches y sus días, era el plazo que Engracia le había dado a
Peter, sin decírselo a él ni a nadie, para que volviera o de plano se
arrancaría la vida de cualquier forma, dejando de comer, dejando de dormir
pensando en él, cortándose las venas o como se le ocurriera en el momento de
tomar la decisión.
Un día por
la mañana la nana la invitó a caminar por el pueblo, le decía que de vez en
cuando hay que olvidarse de las penas para que el cuerpo no se petrifique en
una cama o en una silla sólo pensando. Convenció a Engracia y ambas caminaron
sin hablar, pasaron frente a la iglesia y un sentimiento llamó a la atea de Engracia
a entrar por propia voluntad al lugar. Cruzaron la calle y entraron
sigilosamente, fe era lo único que pensaba Engracia. La nana se sentó en una
banca y cerró los ojos como para ver a Dios. Engracia caminó alrededor de todo
el recinto y justo cuando llegó al final, a la esquina opuesta, vio la imagen
de San Judas Tadeo y una inscripción que decía “San Judas Tadeo, santo de
los desesperados”, la niña se quedó mirándolo. Lo veía como pidiendo ayuda,
consuelo, un abrazo al menos y se hincó.
- San Judas, así dice que te
llamas y que además eres el santo de los desesperados y yo estoy desesperada.
No suelo venir a la iglesia por convicción propia e incluso me he declarado
atea, me da flojera escuchar la misa del domingo y levantarme temprano, me robo
los duraznos en el mercado sólo porque sí y no los pago, en pocas palabras creo
que no soy el tipo de mujer a quién ayudarías. No estaría aquí de no ser por la
desesperación que siento, por la incertidumbre de no saber de él. Seguramente
hay personas con mayores penas que la mía y en consecuencia tú has de estar muy
ocupado, pero con pedir no pierdo nada y te pido desde lo más profundo de mi
alma que vuelva porque lo necesito - y veía al santo con una mirada suplicante.
Engracia
realmente pidió con fe, como si el santo fuera la única persona en todo el
mundo que de verdad entendía la súplica, que podía ver dentro de sus fibras más
hondas lo vacía que estaba desde que Peter se había marchado y mirando al santo
se quedó un rato como esperando un milagro y las lágrimas volvieron a sus ojos
apagando lo poco que quedaba de ellos desde hacía más de un año.
Parecía que
la niña no tenía intenciones de moverse del suelo, seguía hincada y ya habían
pasado cuatro horas, no rezaba, no pensaba, y sólo lloraba mirando la imagen
del santo. Su nana no tenía corazón para decirle que se hacía tarde y que su
madre seguramente estaba preocupada, además le parecía un milagro que la niña
estuviera rezando sin que la obligaran y comprendía esa actitud llena de
desesperación.
Engracia
alzó muy lentamente las rodillas y mientras se limpiaba los mocos y secaba las
lágrimas escuchó detrás de su espalda a la nana que se acercaba a ella para que
se marcharan.
Esa tarde
el árbol de capulín estaba repleto de frutos, estaban por todos lados, en las
ramas, tirados en el suelo, en las canastas de la casa, en el dulce que tanto
le gustaba a la niña. Bajo la sombra recordaba y el recuerdo la hacía llorar,
pensó que era por demás acordarse y pedir que él volviera, cortó una flor del
suelo y levantó su falda para irse de ese bendito árbol que ya sólo la podía
hacer llorar, pero alguien le preguntó con una pronunciación fantástica:
- ¿Tlea ti-choca?
La niña se
quedó callada y recordó el significado en náhuatl: “¿por qué lloras?”
- Porque pensé que no
volverías- respondió la niña con una sonrisa y sin voltear.
Ahora
Engracia cuenta esta historia a su querida nieta que sufre porque el novio se
fue a estudiar a otra ciudad y mientras habla come dulce de capulín y mira
los ojos de azul infinito de Peter que la escucha atentamente bajo el árbol de
cerezos negros.


