miércoles, 30 de septiembre de 2020

Bajo el árbol de capulín.

 

BAJO EL ÁRBOL DE CAPULÍN


           El calor era tremendo, el aire caliente entraba por la nariz para llegar a los pulmones llenándolos de fastidio. Aunque Engracia estaba acostumbrada a caminar y vivir bajo el rayo del sol, solía salir corriendo hacia el enorme árbol de capulín que se encontraba justo en el centro del patio de su casa, buscaba en él, más que sombra, tranquilidad.

           El pueblo de Capulalpam, donde vivió Engracia y en donde nacieron sus cinco hijos y sus diecinueve nietos, era famoso por la abundancia de árboles de capulín y por el dulce del mismo fruto. En las casas del pueblo el dulce de capulín era tan común como las tortillas o los frijoles. Cuando llegaban visitas se les ofrecía una tacita de dulce antes que agua sin importar el calor.

           Engracia era una muchacha despreocupada, sin más inquietud que memorizar palabras en náhuatl. Su nana era una mujer indígena y desde que Engracia era pequeña le enseñaba palabras y frases en náhuatl, de esta forma la “niña” aprendió que el nombre de Capulalpam significaba “Tierra del árbol de capulín”.

           Las caminatas por el pueblo era lo único interesante que una muchacha de la edad de Engracia podía hacer, no había muchos lugares en donde divertirse salvo el centro del pueblo en donde se podía encontrar a los conocidos para charlar un rato.

           Doña Matilde, la madre de la niña Engracia, se preocupaba por su hija, ya tenía casi veinte años y no se vislumbraba ni a lo lejos ni a lo cerca un pretendiente para ella, ¿qué sería de su niña si se quedaba para vestir santos?, y es que Engracia no era la belleza descomunal que los hombres buscaban entonces, más bien era rechoncha, de piernas gordas y caderas anchas, chaparra, de piel trigueña y boca grande, pero sus ojos salvaban a la niña porque eran tan grandes y vivaces que iluminaban todo alrededor, aun así no tenía pretendiente. A la niña no le importaba mucho pensar en los hombres, creía que ya llegaría su turno de casarse y que no había razón para presionar al destino.

           Todos los domingos la madre de Engracia la obligaba a ir a misa de siete, a la niña tal costumbre le causaba mucha pereza pero su madre le decía que una señorita decente tenía que dejarse ver en misa o nunca iba a encontrar marido por ser atea, a lo que Engracia siempre contestaba que ella no sentía la menor preocupación por casarse y además se declaraba atea porque ella todo lo dejaba en manos del destino y no de Dios que seguramente estaba muy ocupado en otros asuntos. Su madre por su puesto le soltaba un sermón peor de aburrido que el del sacerdote en misa, razón por la que la niña prefería levantarse antes de volver a escuchar la letanía de su madre.

           Así pasaban los días, sin novedad, tranquilos, entre dulce de capulín y campos llenos de flores.

- ¿Tú crees nana que algún día llegue a casarme?

- No sé niña, tú qué preguntas si siempre andas diciendo que eso no te importa.

- Pregunto porque pienso que si no me caso la vida puede seguir igual, así sin novedad, ya si me caso tendré que cuidar hijos, atender casa y supongo que el tiempo pasará volando con tanta actividad.

- Eso no lo dudes mi’ja, tan pasará volando que cuando menos te des cuenta ya serás abuela y llena de nietos.

- Y… ¿crees que alguien se quiera casar conmigo?

- Sí, ¿por qué lo preguntas?

- Porque no soy tan bonita como otras muchachas del pueblo.

- ¿Y eso que tiene que ver?

- Pues que los muchachos primero se van a fijar en ellas para esposas y ya cuando no haya una bonita entonces se fijarán en mí y que tal si para ese entonces ya estoy muy vieja y nadie me quiere.

- Hay hija en qué cosas te pones a pensar, ya va a llegar alguien, acuérdate que siempre hay un roto para un descosido.

           En realidad, a Engracia no le importaba mucho eso de matrimoniarse, como ella decía, pero si le preocupaba estar toda la vida sin hacer nada más que sentarse bajo el árbol de capulín a componer canciones simples para poder recordar las palabras en náhuatl.

           Un buen día la madre de Engracia servía el desayuno para su única hija, la nana y ella, cuando se escuchó que tocaban la puerta. La nana se encaminó para abrir y era un chamaco con la correspondencia. Se armó un alboroto en la casa para ver de quién era la carta. Desde que había muerto el padre de Engracia, cuando la niña tenía apenas siete años, era un evento muy inusual recibir cartas. La madre de Engracia soltó una sonrisa de oreja a oreja y dijo:

- ¡Dios!, ¡no lo puedo creer! ¿adivinen quién viene al pueblo?

- ¿Quién mamá?

- Adivina, ándale haz un esfuerzo.

- ¿Será la tía Chabela que por fin se acordó que tiene una ahijada que la extraña?

- ¡No niña, otra persona!

- Pues, ¿será mi primo Jesús con la bola de mocosos que no paran de correr por el patio?

- ¡No! - dijo su madre muy animada -, más emocionante.

- ¡Qué venga el primo Jesús no es emocionante mamá!

- ¡Qué poco humor traes mi’ja!

- Bueno, ¿pues quién viene?, ¿ya me vas a decir?

- ¡Ni más ni menos que el hijo del Señor Mc Arthur!

- Mmm… ¿y ese quién es?

- ¡¿Qué no te acuerdas de él chamaca?!

- ¡No! - contestó Engracia muy segura.

- Engracia, pero si cuando eras niña te la pasabas llorando por las travesuras que te hacía.

- Mamá, todos hacían travesuras, no sé cuál de los niños puede ser.

- El güero, de ojos bien azules, ¿no te acuerdas?, es el hijo de un amigo de tu papá que vivió aquí nomás como dos años, él es de Canadá y su esposa de Zacatecas.

- ¡Creo que ya sé quién!, ¿un chiquillo todo flacucho y descolorido no?, si, ese debe ser.

- Pues llega en tres semanas, así que apenas nos da tiempo de arreglar un poco la casa.

- ¿U qué le vas a arreglar?

- Pues…- se quedó pensando su madre - ¡arreglaré las plantas de las macetas!

           Pasaron tres semanas y la madre de Engracia parecía loca, limpiaba todo lo que se le ocurría, podaba las plantas, arreglaba el jardín, se sentaba a escribir la mejor combinación de platillos para hacer comidas inolvidables. Consiguió con anticipación todos los ingredientes para preparar mole amarillo, coloradito y pan con yema.

- ¡Engracia! - gritó Doña Matilde - ven niña que me tienes que ayudar.

-Ya vine, ¿en qué quieres que te ayude?

- Mira, tu nana está viendo si ya quedó el tepache y yo ando con lo del mole, así que vas a tener que hacer el dulce de capulín.

- ¡Ah chirrión!, ¡¿y ahora porque tantas cosas?!

- Qué no ves que hoy llega Peter.

- ¿Cuál Peter?

- ¡¿Cómo que cuál Peter?!, pues el hijo de Mc Arthur.

- ¡Ya sé! - dijo burlándose Engracia – digo que cuál Peter si se llama Pedro ¡¿qué no?!

- No niña, se llama Peter y así le vas a decir- le advirtió Doña Matilde.

- Si mamá - le respondía Engracia a su madre mientras veía a su nana y las dos se reían.

           Engracia salió al patio y llenó una canasta de capulines gordos y hermosos como se daban en su árbol más querido. Ya instalada en la cocina los lavó fervorosamente y sin prisa, separó los que usaría para el dulce y apartó los que se comería durante la preparación. Engracia disfrutaba infinitamente hacer dulce de capulín, decía que no existía en el mundo un sabor tan exquisito como ese y que no había un placer más grande que comerlo. Después vertió agua en un recipiente y colocó al fuego, posteriormente introdujo los capulines y esperó a que se cocieran. Una vez cocidos los pequeños frutos los machacó y agregó azúcar, canela y el jugo de un limón. Nuevamente los puso al fuego durante diez minutos.

           Estaba Engracia pasando el dulce recién hecho a un frasco cuando se escuchó que tocaban a la puerta, la nana, como era costumbre, caminó lentamente para abrir. Un muchacho alto, blanco y con cabellos como rayos de sol miró a la nana con sus ojos de azul infinito.

- Buenas tardes, ¿se encuentra en casa la señora Matilde? - preguntó en un español pausado, pero con un acento bastante extraño para la nana.

- Si, pásele que desde no sé qué horas lo están esperando.

           Peter entró observando muy detenidamente la casa, desde las paredes, las puertas y las macetas arregladas.

- La casa está muy bonita, me gusta.

- La señora siempre anda limpie y limpie, por eso parece espejito, pero pásele, ande- le indicó la nana señalando la puerta que llevaba a la sala.

- Gracias, huele muy sabroso, parece que llegué a tiempo para la comida, ¿no es así?

- Si joven, llegó usted como reloj, ya estamos por servir. Deje le aviso a la señora que ya está usted aquí.

           Engracia, seguía en la cocina esperando el grito desaforado de su madre para decirle que saliera a saludar al recién llegado, pero ella prefería comer un poco de dulce de capulín antes de salir a dar la bienvenida a la visita. No entendía porque tanto alboroto por el flacucho, después de todo eran sólo dos meses los que estaría por esos rumbos.

           La madre de Engracia apareció en el salón hablando y diciendo tantas palabras a la vez que no se lograba entender una sola frase de lo que parloteaba.

- ¡Qué grande estás Peter y mira nada más que elegante y guapo te has puesto!, ¡hijo ya quería verte!, ¿cómo está tu padre?, ¿tu madre, sigue igual de bonita? - le decía mientras lo abrazaba con mucho cariño- hace tanto que no recibo visitas que me emociono mucho hijo, perdóname.

- No se preocupe Matilde, me ha dado gusto un recibimiento tan afectuoso como éste, me hace sentir como en casa. Mis padres le mandan muchos saludos y unos obsequios con mucho cariño, así como los mejores deseos.

- Gracias hijo, me imagino que mueres de hambre, la comida ya está lista, nada más te esperábamos. Ven vamos al comedor- le decía Doña Matilde mientras el muchacho de ojos claros le cedía el paso.

           Ya en la mesa Doña Matilde preguntó a la nana:

- ¿En dónde anda Engracia?, qué no piensa venir a comer y a saludar.

- Está en la cocina Señora, pero ahorita le hablo.

           Engracia soltó el traste en donde comía dulce y se fue para el comedor mientras se limpiaba la boca.

           Doña Matilde platicaba con Peter, o más bien monologaba porque el pobre muchacho no podía ni pronunciar palabra, la madre de Engracia mareaba al invitado con preguntas que no dejaba responder entre sus halagos de lo grande y guapo que estaba, pero para fortuna del incauto apareció Engracia que con su pícara voz atinó a decir:

- ¡Hola!, bienvenido

           Peter miró hacia ella y vio sus ojos mientras se levantaba de su silla para que Engracia se sentara:

- ¡Hola!, veo que ya creciste Engracia

- Sí, tú también te ves más grande- y ambos sonrieron -y menos flacucho- dijo Engracia mientras su sonrisa picarona se dibujaba en el rostro.

- ¿Flacucho? - preguntó Peter.

           Fue entonces cuando la mamá de Engracia miró a su hija con reproche y luego dirigiéndose a Peter le dijo:

- No le hagas caso a esta igualada, se comporta como una niña, mejor dime ¿cómo han estado tus padres?

           La comida transcurrió entre recuerdos de Doña Matilde y las risitas burlonas de Engracia por el extraño acento de Peter. Finalmente, el muchacho comentó que la razón de su viaje era visitar un cultivo de orquídeas muy cerca de ahí. Estaba tratando de cerrar un negocio con el dueño del cultivo para poder exportar las flores a Canadá. Engracia se aburría tanto que estaba por quedarse dormida, no entendía lo que era exportar, no sabía de negocios y de todos modos no le importaba en lo más mínimo, pensaba hacía sus adentros “¡por favor que traigan el postre para que no me quede dormida en el plato!”, para su fortuna apareció la nana con los trastecitos llenos al tope de dulce de capulín y los puso sobre la mesa.

           Peter tomó uno y metió el dedo para después llevárselo a la boca.

- ¡Esto sabe muy bien! - dijo el muchacho emocionado.

- Lo preparó Engracia, el dulce de capulín es uno de sus mayores dones y creo que el único- rumió la madre.

- Pues felicidades Engracia, está realmente delicioso, creo que me comería otros cinco trastes de dulce- y Engracia le sonrió.

           Se levantaron de la mesa y Doña Matilde acompañó al muchacho a lo que sería su habitación durante los meses de su estancia en el pueblo. Mientras, Engracia y su nana levantaron los trastes sucios de la mesa y fueron directo a la cocina para limpiar todo el tiradero.

- ¿Cómo ves al muchacho mi’ja?

- ¿Cómo lo veo de qué?

- ¿No se te hace apuesto?

- Pues se ve igual que todos nomás que más descolorido- dijo Engracia riendo.

- Pero se ve que ha estudiado, que es diferente a todos los muchachos que se ven por acá.

- Eso si no te lo puedo negar nana, aunque habla bien chistoso dice palabras muy propias.

           Terminaron de limpiar la cocina y Engracia seguía aburrida, así que le pidió a la nana nuevas palabras en náhuatl para ir debajo del árbol de capulín a cantarlas. En eso cantar estaba cuando Peter llegó a sentarse junto a ella.

- El árbol es ahora mucho más grande del que tenía en mis recuerdos.

- También creció- dijo Engracia recargándose en el tronco.

- ¿Qué cantabas?

- Unas palabras en náhuatl, me las enseña mi nana y me divierto memorizándolas.

- Parece divertido, dime algunas a ver si después las puedo repetir

           Engracia comenzó a reír mucho y sus ojos se veían más grandes que antes y entre carcajadas sin mala intención le dijo a Peter:

- No creo que puedas, si el español lo hablas bien chistoso, cómo se te ocurre que vas a poder con el náhuatl.

- Anda Engracia dime una palabra, a ver si puedo.

- Una que ya debes de saber, a ver dime como se llama este pueblo.

- Se llama Canulalpam- Peter lo decía muy lento

- ¡No!, ¡ya ves cómo te equivocaste!, se llama Calulalpam y es una palabra náhuatl que significa “Tierra del árbol de capulín”

- Hablando de capulines – y esta última palabra la decía muy despacio y con cierta dificultad, por lo que Engracia se reía- ¿me puedes regalar un poco más de dulce?

           Engracia se levantó de su apaciguamiento y fue hacia la cocina. Regresó con dos trastes al tope de dulce, tendió la mano y le dio su correspondiente a Peter. Ambos comían el dulce sin hablar y la sombra del árbol favorito de Engracia nunca le había parecido tan reconfortante como en ese instante.

           Durante los siguientes días a Peter sólo se le veía a la hora de la cena, pasaba gran parte del día en el cultivo de orquídeas. Chocolate y pan era lo que generalmente se preparaba para cenar, nadie comía demasiado a esa hora porque - le cae muy pesado a la panza - repetía la nana todas las noches.

           El sábado por la noche Doña Matilde le preguntó a Peter si las acompañaría a la misa del día siguiente y el muchacho respondió que sería un gusto. Así llegó la mañana del domingo, las mujeres y el muchacho salieron temprano rumbo a la iglesia.

           Ya sentados y a medio sermón, Peter miró de reojo a Engracia y le dijo en voz muy baja y riéndose un poco.

- No te duermas que El Señor te está viendo.

- ¡Pues que me vea!, la verdad es que este padre es muy aburrido, ¿no crees?

- Sí creo- y se rieron.

           El domingo era día de mercado y Peter se ofreció a acompañar a la niña y a la nana para ayudarlas con las canastas llenas de verduras y compras en general.

-Y qué tal es Canadá, ¿se parece a México? - preguntó Engracia llena de curiosidad.

- Es como todos los lugares, y no se parece a México.

- Entonces no es como todos los lugares.

- Si es, depende de cómo lo mires, pero en estricto sentido no es igual a México porque se habla otro idioma, el clima es más frío, y la gente luce diferente, pero igual puede ser apacible o tremendamente abominable dependiendo del estado de ánimo.

- ¿Eso quiere decir que igual estás feliz en México qué triste en Canadá o al revés?

- Así es, ¿te gustaría visitar Canadá?

- ¿Qué podría hacer allá? - preguntó la niña mientras encogía los hombros.

- Conocer, mirar caras nuevas.

- Quizá algún día. ¿Allá hay capulines?

- Si, pero en la gente los llama cerezos negros.

- ¡Que nombre tan sin chiste!, ¡yo prefiero llamarlos capulines! - decía la muchachita de forma muy contundente.

           Pasaron los días y de vez en cuando Peter acompañaba a Engracia a pasar la tarde bajo el árbol de capulín. Ambos aprendieron a verse como cuando eran niños, a contarse confidencias que siempre resultaban pequeñas travesuras. Engracia le confesó que había tomado de un puesto del mercado un durazno, pero no lo había pagado y Peter le confesó que todas las noches desde el primer día que llegó a Capulalpam se levantaba a la cocina a comer dulce de capulín, Engracia se carcajeaba:

- Con razón mi madre está tan intrigada con eso de que aparece una cuchara sucia todos los días.

- ¿Me vas a delatar? - preguntó Peter.

- Lo voy a pensar, dijo Engracia con su inolvidable sonrisa y buen humor.

           Algo muy malo estaba sucediendo, a Engracia le parecía que no era nada bueno estar pensando en Peter todo el tiempo, sentirse mal si no llegaba para acompañarla a cantar en náhuatl debajo del árbol y temía estar enamorada del flacucho descolorido.

- Nana, ¿qué pasa cuando te enamoras?

- ¿Qué estás enamorada?

- No, pero quiero saber.

- Supongo que sientes que el cuerpo se te parte en dos cuando ves al hombre que te llena los pensamientos, piensas en él todo el día, no tiene defectos, miras sus ojos y ves el cielo, algo así debe de ser.

- ¿Qué tú nunca te enamoraste?

- Sí, cuando estaba chamaca.

- ¿Y no te acuerdas cómo era estar enamorada?

- Más o menos, esos sentimientos forman arrugas en la cara, se vuelven parte del corazón y para cada mujer es diferente, no todas sentimos igual niña.

           Engracia llegó a la conclusión que estaba enamorada, que sentía que el cuerpo de le partía en dos y que veía el cielo en los ojos de Peter y no precisamente por lo azul del color. Nunca pensó que llegaría ese momento. Se sentía tan bien de estar con él, de platicar y aprender sobre temas que nunca pensó que existieran. Llegaba a su mente el momento de la partida de Peter, él no estaría para siempre en el pueblo y pronto partiría, eso la ponía muy triste.

           Prefirió guardar distancia y se encerraba en su recámara largas horas, hasta que un buen día se hartó y salió al patio, estaba bajo el capulín sin más compañía que su tristeza. Ensimismada en sus pensamientos se encontraba cuando escuchó la voz de Peter.

- ¿Estás triste?, hace mucho que ya no bajabas al árbol de cerezos negros.

- No, es sólo que estaba haciendo otras cosas en mi habitación.

- Cosas cómo qué.

- Como pensar.

- Y qué pensabas.

- ¡Cosas, tonterías!

- Las personas nunca piensan tonterías, siempre que uno se hace consciente de que piensa es porque algo importante sucede.

- Puede ser, pero eso no importa.

- Sabes Engracia, me gusta como eres, esa forma tuya de hacer del mundo un pedazo de felicidad, nunca te precipitas por el futuro, dejas que todo fluya con tranquilidad.

- ¿Qué puedo hacer?, ni modo de comerme las uñas todo el tiempo, además el pueblo es tan pequeño e insignificante que no hay mucho de qué preocuparse.

- Mañana me voy, ¿ya sabías?

- No, ¿por qué te vas antes de lo previsto? - y la voz de la niña adquiría el particular tono de tristeza y angustia cuando se vislumbra la pérdida del ser amado.

- Recibí una carta en donde me dicen que mi madre está muy enferma, tengo que ir a verla.

- Ya veo, ¿y piensas volver a lo del negocio de las orquídeas?

- Aún no sé, ahora estoy preocupado por la salud de mi madre, probablemente vuelva algún día para llevarte de viaje a Canadá y para que me prepares un poco de dulce de capulín. Además, no podría vivir tranquilo si no vuelvo a ver tus ojos lindos.

- ¡Ya no estés de payaso!, ¿cuáles ojos lindos? - y su cara estaba roja como tomate, mientras el corazón le daba brinquitos de felicidad y desesperación.

- Los dos cerezos negros que tienes en la cara- y ambos sonrieron.

           Engracia no sabía si lanzarse a la boca de Peter, si levantarse e ir a su recámara a llorar o si quedarse ahí a contemplar la cara del descolorido. No hizo falta seguir deliberando su decisión, Peter la tomó por sorpresa y le dio un beso tan largo y hermoso que todavía cuando Engracia lo recuerda un escalofrío la recorre de pies a cabeza.

           Ya era muy noche y ninguno de los dos pronunciaba palabra alguna, Engracia estaba recostada sobre su regazo y las lágrimas no paraban de rodar sobre su cara, sus ojos estaban tan acuosos que no distinguía ni una simple silueta:

- Engracia, ¿me quieres?

- Creo que sí.

- ¿Crees?

- Bueno, sí.

- Y… ¿Me esperarías?

- Toda la vida.

           Él la volvió a besar y el árbol de cerezos negros ardió en la noche más inolvidable de la vida de la niña Engracia.

           Peter partió muy temprano en la mañana, Engracia no quiso bajar a despedirse y fingió estar dormida.

- Hijo, Engracia es una desconsiderada, perdónala, se le han pegado las sábanas, pero estoy segura que te desea un buen viaje- decía Doña Matilde a Peter.

- Todo está bien, dígale que ya nos volveremos a ver y que espero un día viajen a Canadá para visitarme.

           Se escuchó el golpe al cerrar la puerta y Engracia soltó la última lágrima que le quedaba en los ojos enormes.

           Pasaron los meses y Doña Matilde se preguntaba qué le sucedía a su niña:

- ¿Qué tendrá Engracia?

- No sé señora- respondía la nana, aunque muy bien enterada estaba del mal que le aquejaba a su niña, como igual sabía que sólo el tiempo curaría su frágil corazón o terminaría por destruirlo.

- Ya no te pregunta palabras para repetirlas como loro, nada más anda tristeando debajo del capulín, sola como alma en pena, ya no hallo como decirle que lo único que no tiene remedio es la muerte, pero no me escucha.

           El recuerdo del momento con Peter bajo el árbol de capulín atiborraba la mente de Engracia, ya no existía nada más que el recuerdo de esos maravillosos instantes que ahora parecían sumamente lejanos. Los pensamientos la consumían y apagaban poco a poco esa única gracia en sus ojos:

- Ahora sí - pensaba la pobre niña - ya me quedé para vestir santos, no quiero a ningún otro hombre que no sea él y siento que nunca va a regresar, ya se tardó mucho.

           La niña guardaba una esperanza todavía de verlo o por lo menos de recibir una carta desde Canadá, ya no diciéndole que regresaría, pero si dando señales de que aún estaba vivo.

           Pasó un año completito con sus noches y sus días, era el plazo que Engracia le había dado a Peter, sin decírselo a él ni a nadie, para que volviera o de plano se arrancaría la vida de cualquier forma, dejando de comer, dejando de dormir pensando en él, cortándose las venas o como se le ocurriera en el momento de tomar la decisión.

           Un día por la mañana la nana la invitó a caminar por el pueblo, le decía que de vez en cuando hay que olvidarse de las penas para que el cuerpo no se petrifique en una cama o en una silla sólo pensando. Convenció a Engracia y ambas caminaron sin hablar, pasaron frente a la iglesia y un sentimiento llamó a la atea de Engracia a entrar por propia voluntad al lugar. Cruzaron la calle y entraron sigilosamente, fe era lo único que pensaba Engracia. La nana se sentó en una banca y cerró los ojos como para ver a Dios. Engracia caminó alrededor de todo el recinto y justo cuando llegó al final, a la esquina opuesta, vio la imagen de San Judas Tadeo y una inscripción que decía “San Judas Tadeo, santo de los desesperados”, la niña se quedó mirándolo. Lo veía como pidiendo ayuda, consuelo, un abrazo al menos y se hincó.

- San Judas, así dice que te llamas y que además eres el santo de los desesperados y yo estoy desesperada. No suelo venir a la iglesia por convicción propia e incluso me he declarado atea, me da flojera escuchar la misa del domingo y levantarme temprano, me robo los duraznos en el mercado sólo porque sí y no los pago, en pocas palabras creo que no soy el tipo de mujer a quién ayudarías. No estaría aquí de no ser por la desesperación que siento, por la incertidumbre de no saber de él. Seguramente hay personas con mayores penas que la mía y en consecuencia tú has de estar muy ocupado, pero con pedir no pierdo nada y te pido desde lo más profundo de mi alma que vuelva porque lo necesito - y veía al santo con una mirada suplicante.

           Engracia realmente pidió con fe, como si el santo fuera la única persona en todo el mundo que de verdad entendía la súplica, que podía ver dentro de sus fibras más hondas lo vacía que estaba desde que Peter se había marchado y mirando al santo se quedó un rato como esperando un milagro y las lágrimas volvieron a sus ojos apagando lo poco que quedaba de ellos desde hacía más de un año.

           Parecía que la niña no tenía intenciones de moverse del suelo, seguía hincada y ya habían pasado cuatro horas, no rezaba, no pensaba, y sólo lloraba mirando la imagen del santo. Su nana no tenía corazón para decirle que se hacía tarde y que su madre seguramente estaba preocupada, además le parecía un milagro que la niña estuviera rezando sin que la obligaran y comprendía esa actitud llena de desesperación.

           Engracia alzó muy lentamente las rodillas y mientras se limpiaba los mocos y secaba las lágrimas escuchó detrás de su espalda a la nana que se acercaba a ella para que se marcharan.

           Esa tarde el árbol de capulín estaba repleto de frutos, estaban por todos lados, en las ramas, tirados en el suelo, en las canastas de la casa, en el dulce que tanto le gustaba a la niña. Bajo la sombra recordaba y el recuerdo la hacía llorar, pensó que era por demás acordarse y pedir que él volviera, cortó una flor del suelo y levantó su falda para irse de ese bendito árbol que ya sólo la podía hacer llorar, pero alguien le preguntó con una pronunciación fantástica:

- ¿Tlea ti-choca?

           La niña se quedó callada y recordó el significado en náhuatl: “¿por qué lloras?”

- Porque pensé que no volverías- respondió la niña con una sonrisa y sin voltear.

           Ahora Engracia cuenta esta historia a su querida nieta que sufre porque el novio se fue a estudiar a otra ciudad y mientras habla come dulce de capulín y mira los ojos de azul infinito de Peter que la escucha atentamente bajo el árbol de cerezos negros.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

TOCAR EL CIELO

           Martín visitaba todos los días la Catedral, le gustaba bordearla con sus pequeños pasos y emocionarse ante el monumental edificio. Caminaba despacio mientras sus ojitos miraban hacia arriba, con el cuello dobladísimo, las torres de casi 70 metros de altura.

           El niño apenas tendría unos meses de edad cuando su padre murió, razón por la que su madre decidiera mudarse a Morelia para vivir en casa de sus abuelos. Martín siempre se sintió fascinado por la ciudad, por las banquetas y calles completamente rectas que siempre llevaban hacia un parque, una fuente, una iglesia. Emocionado siempre por las maravillas de la cantera, Martín paseaba en un zig zag enorme, desfilaba de la banqueta de sol a la de sombra y así todo el tiempo. Solía platicarle a su abuela Tanita que la técnica era calentarse mucho, mucho hasta quedar chapeado y sudoroso para después cambiar y caminar bajo la sombra hasta refrescarse y desear de nuevo las caricias del sol.

           La madre del niño siempre andaba corre que corre, apenas si le daba tiempo de sentarse un momento. Trabajaba ayudándole a una señora con la limpieza de la casa, bueno del caserón, pues era una enorme construcción que requería de varias manos para mantenerse brillante. La pobre mujer limpiaba la mayor parte del día y después se iba a vender “tamalitos”, como ella decía, en una esquina cercana a la Catedral. La abuela Tanita preparaba puntualmente los tamales para que su hija los vendiera, Martín por supuesto que acompañaba a su madre, no podía perderse la oportunidad de rondar por las calles de la ciudad.

           ¿La escuela?, ¡no, qué va!, el niño Martín no conocía la escuela y seguramente no la conocería nunca. Su madre intentó que el niño estudiara, pero siempre había reclamos de las maestras, pues el niño no ponía atención en clase porque se la pasaba mirando hacia las torres enormes que sobresalían por el paisaje. Total que la madre de Martín decidió que el niño no asistiera nunca más a la escuela, ella apenas tenía tiempo de ganar un poco de dinero para mantenerse y no le alcanzaban los minutos para estar detrás de Martín con las tareas y esas cosas, pensó que la fascinación de Martín por aquellas torres serviría en un futuro para que el niño ganara un poco de dinero explicando la historia de la Catedral, que por cierto se sabía de memoria, a los turistas que en los últimos años habían crecido en número.            

           Claro que su madre tampoco era tan desobligada y buscaba de vez en cuando un espacio para enseñarle a su hijo a leer, sumar, restar, multiplicar y dividir. Al niño no le costaba nada de trabajo aprender y su madre sabía que era una lástima desperdiciar tanta inteligencia, así que decidió pedir los libros de los que la señora de la casona se quería deshacer y se los daba a Martín para que los leyera, lo que podía claro.

           Un día el niño Martín estaba sentado en posición de flor de loto justo frente a la puerta de la Catedral que da para la plaza, su abuela que se encontraba sentada bajo la sombra de un árbol le preguntó qué tanto le veía a las torres que seguramente ya estaban bien gastadas de tanto que las miraba, Martín le sonrió mostrando sus dientes blancos y le respondió que él no miraba las torres, miraba el cielo arriba de ellas, que en realidad estaba intrigado si podía alcanzar el cielo si llegaba a una de las puntas. La abuela le respondió que el cielo nunca se alcanza, que está tan infinitamente lejos que sólo los ángeles llegan a él, después le pidió que la ayudara a levantarse porque lo quería llevar a un lugar muy especial.

           Caminaron y el aire despeinaba las cabezas de la abuela y del niño. Llegaron a un lugar de puertas abiertas y al aire libre… era el cementerio. Entraron por el pabellón rodeado de tumbas y Martín se detuvo un poco, la abuela no emitió palabra alguna y se paró junto a él. Las tumbas áridas y pelonas dibujaban suavecito, como pintadas por un artista, las leyendas de los muertitos, y así como pudo, el niño comenzó a leer poco a poco:

Jo-sé  Mar-tí-nez

1950 – 1992

“Te  ve-re-mos en el cie-lo”

Hi-pó-li-to  Ro-bles  Ma-rín

1967 – 1980

“Mi pe-que-ño ni-ño mi-ma-do, te quie-ro siem-pre”

A-de-lai-da  Pa –nia –gua  Flo-res

1908 – 1930

“Que  Dios  te  guar-de  mi  vi-da, ex-tra-ña-ré  tus  ma-nos”

           Tanita tomó de la mano a Martín y continuaron caminando, el niño seguía deteniéndose en algunas tumbas para leer. Finalmente llegaron a una tumba sencilla pero bien cuidada y leyó:

Ma-nuel  Mu-ñoz To-rres

1908 –1988

“Ben-di-to Dios por tenerte a su lado”

Inmediatamente el niño miró a su abuela, “¿es la tumba de mi abuelito?”, le preguntó, la abuela asintió con la cabeza y le dijo que en efecto era su abuelo. Ambos se miraron y luego la abuela invitó al niño a sentarse sobre la tumba, “platica con tu abuelo, ellos escuchan”, dijo mientras una de sus arrugadas manos rozaba suavemente el nombre “Manuel”. Él niño se quedó callado un momento y luego preguntó “¿Hablar con él?, ¿cómo?”, la abuela no lo miró y se escuchó su voz “así, callado”.

           Martín siguió observando y leyendo otras inscripciones sobre las tumbas y cuando la abuela Tanita se disponía a levantarse para emprender la marcha hacia la casa, el niño preguntó: “abuelita, ¿qué escribe uno cuando alguien se le va para siempre?, ¿de verdad será que Dios se pone contento de llevarse a uno de la tierra aunque los demás se queden llore y llore? o ¿qué tendrían las manos de la famosa Adelaida que las extrañaron tanto?”.  La abuela se quedó un poco sorprendida por tantas preguntas a la vez y volvió a sentarse sobre la tumba, tomó las manos de su nieto y le dijo suave y lentamente: “cuando Dios decide llevarse a alguien es doloroso, pero necesario. Si un día alguien a quien amas mucho se va debes de recordarlo en una frase que guarde ese recuerdo en pocas palabras, ¡quizá Adelaida era buena cocinera!” y ambos rieron.

           La noche ya caía, una luna enorme alumbraba las calles, aquella visión atropellaba las miradas. Mucha gente caminaba por ahí, la Catedral lucía esplendorosa con la luz natural de aquel astro.

           Martín estaba callado, algo inusual en el niño pues siempre preguntaba o platicaba. “¿qué te pasa hombrecito?”,- pronunció la abuela, “nada, pensé que si fuera pájaro, seguramente llegaría a una torre de la catedral o a la luna”- respondió Martín, “¿y para qué quieres llegar a la luna?, ¡está muy arriba!, ¿no te da miedo caerte?- dijo la abuela mientras miraba a una pareja sentada en una banca besándose, “no, no me da miedo. Quiero llegar a la luna para verte desde allá, y además para tocar el cielo”. La abuela miraba los ojos de Martín, tan sinceros con sus palabras, de verdad quería tocar el cielo, mirarla a ella y a su madre desde la luna, quería ser un pájaro y volar hasta las torres.

           Pero pasó que Martín se puso “rete raro”, decía su mamá, ya no quería salir con ella a vender tamales, ya casi no hablaba ni preguntaba nada a su abuela, se acostaba en su cama y miraba por la ventana las torres de la Catedral. “¿pero que tiene mi muchachito favorito?”, le preguntaba su abuela, y el niño siempre respondía lo mismo: “nada abuelita”.

           Así pasaron días, la abuela Tanita y la madre de Martín procuraban animarlo para que saliera por lo menos un rato a jugar. Temían que se estuviera enfermando y pensaron llevarlo con un médico, pero el niño no cooperaba con ellas, no decía si le dolía siquiera un hueso, si estaba triste o si deseaba cualquier cosa.

           La preocupación crecía entre las mujeres de la casa de Martín y platicando de la situación, en un rincón apartado de la casa, escucharon que el niño tosía, “está enfermo mamá”- dijo la madre, “entonces hay que llevarlo al doctor ahorita mismo”- respondía la abuela. Ambas corrieron hacía Martín, lo envolvieron en unas cobijas y su madre con una voz preocupada y sorprendida dijo “tiene fiebre”. Salieron rápidamente al consultorio del doctor más cercano, pero el niño cada vez lucía peor, por un hueco de las cobijas Martín veía el cielo y sólo eso. Por fin el médico abrió la puerta y las hizo pasar. Era demasiado tarde para Martín, ¿qué pasó?, ya no importaba para ellas, Martín estaba colgando el cuello como solía hacerlo cuando veía el cielo o las torres, ahora se veía igual que aquellas ocasiones. Su madre lloró desconsolada, zarandeaba al médico suplicándole que le regresara a su pequeño, pero ya nada se podía hacer. Su abuela, miraba a la criatura y apenas derramó unas lágrimas con un nudo de pensamientos en su cabeza blanca, pero se encontraba serena.

           Ahora la abuela camina por el cementerio y lee las leyendas de las tumbas, se detiene y reflexiona sobre esas frases, trata de adivinar cuál es el recuerdo encerrado en ellas. Pasea por todo el cementerio, por los caminos, que al igual que la ciudad, siempre la llevan a un mismo lugar:

Manuel Muñoz Torres

1908 –1988

“Bendito Dios por tenerte a su lado”

y junto aquella tumba sencilla y ordenada, se ve otra que cita:

Martín Campos Muñoz

1985 – 1992

“Cumpliendo eternamente el sueño de tocar el cielo”

 

 


miércoles, 16 de septiembre de 2020

No hay un día.

 

NO HAY UN DÍA

Allá, en el lugar en donde habitan los sueños, cierro los ojos y te vuelvo a ver. ¡Qué difícil es recordarte sin sonreír y llorar también!, y es que mi vida, con tu ausencia, parece incompleta.

No hay un día que no te piense, no hay un día que no me mire en el espejo y te recuerde, que no te vea y te sienta en los objetos más triviales como una silla o una taza, al parecer todos dejamos un rastro, una huella imborrable a nuestro paso que se hace visible cuando dejamos de estar, de ser, de existir y entonces seguimos perteneciendo.

Uno no se percata del verdadero silencio del cuerpo hasta que los lugares comunes quedan vacíos. Evidentemente tu risa que resonaba en todos los espacios de mi vida se quedó muda, ya no se escucha ese sonido avasallador de tu personalidad alegre y atrevida, de tu andar cauteloso y amable, pero aún con esa mudez de las palabras no dichas, resurges de cada rincón con la poesía que nos recitabas cuando éramos niñas: 

“Pues bien, yo necesito decirte que te quiero

Decirte que te adoro con todo el corazón

Que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro

Que ya no puedo tanto y al grito en que te imploro

Te imploro y te hablo en nombre de mi última ilusión.”

¿Te das cuenta?, cómo no amar la poesía y al poeta, cómo no amar la vida si a través de tus ojos vi arder esa pasión por ella. Tus ojos encendidos, llenos de fuego y excitación cuando algo te maravilló, que fueron tantas cosas porque nunca dejaste de sorprenderte, de aprender y apreciar hasta el más mínimo detalle de lo cotidiano, igual amaste comer y el aire en tu cara cuando caminabas, o el jugo de una fruta en un día caluroso, pero también te vi llorar viendo una película y entusiasmarte con la noticia de un avance científico.

Así eras tú, un amante incansable de la vida, un poeta de la vida, el padre de mi vida.


Después de tu partida aprendí a sentir como tú lo hacías, porque eso es lo que dejan las ausencias… la conciencia de que seguimos aquí, llenando los vacíos de los que se van y sintiendo como una novedad el aire en la cara, el jugo de una fruta, el asombro de un avance tecnológico… aprendemos a vivir otra vez.

No hay un día papá que no te extrañe, no hay un día que no te agradezca, no hay un día que no te vea en el rostro de mis hermanas y de tus nietos, no hay día que no anhele el momento en que nos volvamos a encontrar.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

La muerte de la amante del Zamarripa

 

LA MUERTE DE LA AMANTE DEL ZAMARRIPA

Él no se acostaba con cualquier mujer, había elegido a la más guapa del pueblo para hacerla su amante porque era un hombre que no se conformaba con poco y porque las muchachitas tímidas y mojigatas le venían muy guangas cuando de amoríos se trataba. Esa mujer de ojos enormes, poseedora de una trenza gruesa y negra que le llegaba hasta las nalgas, con un cuerpo armonioso y una mirada profunda, se llamaba Rosario Maqueda y no era nada más que una mujer guapa que levantaba miradas por donde caminaba, pero para él era una diosa. También era la madre de dos niños, uno de ocho años, otro de seis años y una niña de tres años. Ella era una abandonada como muchas otras mujeres de Tlaltenango de Sánchez Román.

En Zacatecas, sin importar el municipio, comunidad o pueblo, las mujeres se iban quedando solas con un montón de hijos, sus esposos se cruzaban al otro lado para buscar mejores oportunidades que se traducían en años de olvido y en visitas de unas cuantas semanas en donde dejaban preñadas a sus mujeres y se volvían a ir para regresar unos años después a conocer a las nuevas crías. La historia era igual para todas y además la pobreza se sentía cada vez y peor, entre tanto hijo los pesos no alcanzaban.

Antonio Zamarripa era un hombre muy hombre, al menos eso decía él y las mujeres que había tenido. Alguna vez sintió la cosquilla de irse al otro lado como el resto de los hombres del pueblo, pero perdió las ganas cuando uno de sus primos le contó la chinga que se metía y lo mal que lo trataban, ¿para qué irse a sufrir a otra tierra si se puede sufrir más a gusto en la propia? Además, no sabía inglés ni me gustaban las güeras.

 El Zamarripa, como todos lo llamaban, conocía a Rosario desde que eran unos chamacos y siempre le gustó, no más que la mamá de ella le hizo el feo a ese “mal viviente sin oficio ni beneficio” y es que al Zamarripa lo que menos le importaba era ser una persona de bien, disfrutaba comer, beber y nalguearse a las prostitutas de la casa de Doña Licha. En realidad, su vida era demasiado simple y con tener un lugar para dormir se conformaba. Trabajó en un montón de oficios, desde peón, ayudante de carpintería, cantinero, que le duró muy poco porque entre traguito y traguito dejó desfalcada a la cantina. Su último trabajo consistió en cuidar a los caballos de una de las haciendas a las afueras de Tlaltenango.

Rosario siempre lo miró a lo lejos, como que no queriendo la cosa, pero con curiosidad y hasta con antojo, nada más que una señorita bien no andaba amigándose con gentuza como el Zamarripa. Pasados los años terminó por casarse con Juan Rendón, un muchachillo flaco y tímido que la mamá de Rosario vio con buenos ojos para su hija. A Juan se le llenó el rostro de felicidad cuando empezó a pretender a aquel mujerón, ¿qué más le podía pedir a la vida? Una vez casados el padre de él les daría la tienda de telas que dejaba baste buen dinero, pero la vida es un juego de muchas suertes y la familia del muchachito terminó por perderlo todo, hasta la tienda de semillas que tenían en el centro. Ya con dos hijos, Juan decidió irse a los Estados Unidos, al fin que por allá ya había un montón de conocidos y seguramente alguien le tendería la mano.

A Rosario no le agradaba mucho la idea de quedarse sola en Tlaltenango, su madre ya había muerto y su suegra estaba muy enferma, se sentía completamente desamparada con la responsabilidad de sus hijos y con la incertidumbre de qué hacer para comer mientras su flaco Rendón le mandaba los primeros pesos. Terminó por arreglárselas ofreciendo sus servicios como costurera y durante un buen tiempo se dedicó a hacer trapos para medio mundo y se acostumbró al trabajo ¿quién necesitaba entonces a un hombre?

Un buen día Rosario se encontró con el Zamarripa doblando la esquina de la farmacia, cargaba en las manos unas flores que llevaba a la iglesia y él caminaba en sentido contrario hacia la cantina. Cuando se miraron ella no pudo evitar sonreír y él no pudo evitar decirle lo chula que veía sonriendo y entre risa, sonrisa y chuleada terminaron por encontrarse a cada rato al doblar las esquinas, en la plaza, en el mercado y hasta en la misa de los domingos.

El Zamarripa sabía que no le era indiferente a la mujer de todos sus sueños, la única que le alborotó el estómago de adolescente, la única que le hizo sentir mariposas y que cuando se casó las tuvo que matar ahogándolas con tragos de tequila.

La soledad le llegó rápido a Rosario, en el pueblo no había mucho que hacer ni con quién platicar y menos para una mujer inquieta como ella. Se aferró a la Virgen y a todos los santos el día que el Zamarripa la agarró por la cintura y le plantó un beso en plena calle, se quería morir de la vergüenza y también de las ganas que le despertaron por besar y besar a ese hombre bajo una noche llena de estrellas.

No pasó mucho tiempo para que se dieran un agarrón en una caballeriza de la hacienda. Resultó que Rosario encontró trabajo, muy bien pagado, ayudando en la cocina, porque además de esa cabellera espesa y negra, también había nacido con el don de preparar los más deliciosos mangares.

Rosario vivía un sueño junto a su hombre, jamás se había sentido así de amada, nunca antes la habían tocado como lo hacía su Zamarripa, ni le decían cosas tan hermosas y ocurrentes como lo hacía él. No sólo era lo que sentía su cuerpo, su corazón le gritaba que no debía dejarlo jamás y para acabar pronto no le importaba lo que sucediera porque se dejaría llevar y no había retorno. Si es que un día llegaba Juan, le diría la verdad y sin importar lo que la gente dijera de ella viviría al lado del Zamarripa.

Entre los hijos de Rosario y el trabajo de ambos, los candentes y arrebatados encuentros se daban en los lugares más inesperados, donde les agarraran las ganas y donde se pudiera, a veces en la oscuridad de alguna calle o sembradío, ninguno de los dos era delicado para el amor, total la tierra se sacudía y listo. El paraíso de Rosario fue el cuartucho del Zamarripa, modesto y simple, pero eran tan pocas veces que podían vivir esa profunda intimidad que atesoraba cada segundo tendida en esa cama polvorienta.

 El nombre de Rosario estaba en la boca de todos. Las pocas personas que la frecuentaban dejaron de hacerlo porque su amor y sus pasiones brotaron por todo lo alto como volcán en erupción, era muy difícil ser discreta y claramente de casquivana no la bajaban. Las miradas de desaprobación se sentían a cada paso y prácticamente para el pueblo perdió su nombre de pila y simplemente la llamaron “la amante del Zamarripa”.

Antonio a veces la veía dormir junto a él y sabía que era la primera vez en su vida que era feliz. A pesar de su ateísmo, llegó a fantasear con la idea de casarse por la iglesia con Rosario vestida de blanco, pero sabía que eso no pasaría nunca a menos que Juan dejara de existir, ¿sería capaz de matar al flaco y dejar a esos niños sin padre para reemplazarlo y tener a la familia que nunca tuvo?, se lo planteó varias noches y supo que lo haría, al fin lo chamacos lo conocían más a él que a su padre.

Rosario Maqueda y Antonio Zamarripa vivían en un idilio de amor, en una ilusión de la familia perfecta. Para ellos el resto de mundo no existía, si se tenían uno junto al otro lo tenían todo, pero sabían que en cualquier momento se iba a terminar o pasaría una desgracia porque nada se resuelve así de fácil, porque algo tenían que perder y el día que Juan llegara a Tlaltenango una tormenta caería sobre sus cabezas, no sabían cuando, pero algo sucedería. Mientras tanto no quedaba más que arrancarse los labios en cada beso.

Eran las 5:30 a.m. y Rosario se levantó de la cama, cierta intranquilidad le oprimía el pecho. Fue al cuarto de sus hijos y los llenó de besos. Levantó a su niña en los brazos y se fue a la cocina con ella, tenía ganas de preparar un desayuno bien sabroso para ese viernes caluroso de junio. Sentó a la niña y la miró un rato, era tan bonita como ella y muy curiosa. Llegaron sus otros niños. Preparó chocolate caliente a pesar del calor porque a sus hijos les encantaba el pan con chocolate y les quiso dar el gusto. Fue un desayuno diferente, los niños hablaban sin parar, ella sonreía y los veía, sabía que a pesar de su amor por Antonio Zamarripa esos pequeño era su mayor tesoro, y mientras lo pensaba unas punzadas en el estómago no dejan de advertirle que la desgracia se asomaría muy pronto.

Se fue a cambiar, un vestido blanco con flores rojas le venía bien para el calor. Trenzó su cabello y se colgó unos aretes largos en las orejas, nunca lo hacía, pero, así como con sus hijos, se dio el gusto. Ese día planeaba con Antonio una gran noche, era algo así como su aniversario. Los niños serían cuidados por Panchita, una chamaquita que se había convertido en una amiga, quizá la única que tenía y que no la juzgaba, nada más no decía nada y nunca hablaba de Antonio con ella.

Mientras se veía ante el espejo escuchó como Panchita le gritaba como loca que abriera mientras golpeaba la puerta tan fuerte que parecía la iba a tirar. Rosario corrió, abrió y preguntó cuál era el apuro ya que ella le llevaría a los niños hasta a las cinco de la tarde, Panchita negaba la cabeza y le dio la noticia que no quería escuchar: Juan había llegado al pueblo y no le había mandado aviso porque bien enterado estaba de sus amoríos con el Zamarripa, iba directo a matarlo y uno de sus amigos le ayudaría, el mismo amigo que lo mantuvo al tanto de lo que pasaba en Tlaltenango.

Rosario corrió, sabía que Antonio estaba en su casa polvorienta, ella tenía que detener a Juan o prevenir a Antonio. El sol ya resplandecía. Ella iba tan a prisa como sus piernas le permitían y sentía las piedras de la calle clavándose en la planta de sus pies mientras sudaba y el corazón le latía tan fuerte que sentía se le saldría por la boca. De su mente no salía su Antonio, tenía que estar vivo, tenían que seguir juntos, le pedía a Dios que no permitiera una desgracia, que la dejara llegar antes que Juan, pero Dios no cumple antojos ni endereza jorobados.

Desde un extremo de la calle, Rosario gritó tan fuerte como pudo que no lo matara, Juan estaba parado frente a la puerta de Antonio, aún cerrada. Rosario dio zancadas para llegar, Juan la miraba y apuntaba a la puerta, listo para disparar en el momento que Antonio abriera. Rosario estaba cada vez más cerca, ¿qué haría?, no lo sabían, no podía pensar, igual saltar sobre Juan y arañarle la cara, hincarse a suplicar o agarrar la pistola del amigo para dispararle primero.

Rosario estaba tan cerca, tan cerca que casi podía oler a Antonio y ver de frente los ojos de Juan. Todo pasó muy rápido, ya la gente comenzaba juntarse en la calle por los gritos.

Se escuchó el cerrojo de la puerta, Juan apuntó sin miedo y Antonio apareció en el marco, Juan no lo pensó y disparó, pero Rosario había comenzado el salto y quedó frente a los ojos de su esposo mientras la bala penetraba su cuerpo y caía a los pies de Antonio Zamarripa. La sangre lucía como una flor más del vestido blanco, simplemente chorreo dibujando un pétalo, y luego otro, hasta desparramarse esa tinta natural y brillante sobre las piedras de la calle.

A Rosario le explotó el corazón, en todos los sentidos, y por eso se murió. La amante del Zamarripa dejó de existir abandonando a dos hombres vacíos y a tres crías, ahora sin madre.

Yo la vi morir, era una niña de ocho años que miró aquella escena como si fuera una película, vi como el Zamarripa se agachó y le gritó que no se muriera mientras Rosario quedaba con los ojos en blanco y él la abrazaba como queriendo pasar todo lo que él era a la única mujer que le ayudó a conocer la felicidad.