jueves, 30 de julio de 2020

Zapatito


ZAPATITO
 Somos todo aquello sobre lo que caminamos ¿lo habías pensado? Estamos hechos de un sin fin de aventuras diarias en nuestro andar, desde el pasto verde o la arena de la playa que tocan nuestros pies, hasta la goma de mascar que se pega en el zapato, chiclosa y caliente después de pasar horas bajo el sol en el asfalto.
Roberto San Juan, era sereno y tranquilo como la noche en un bosque lleno de luciérnagas en donde no se escucha un ruido al oscurecer pero que se llena de luz a pesar de la espesa negrura. Su andar era descansado, imperturbable. Jamás caminaba deprisa porque medía con perfección el tiempo, nadie sabía cómo lo conseguía, tal vez adivinaba los contratiempos que se presentarían y siempre salía con el tiempo cronometrado para no correr entre las calles.
Tito, como lo llamaban, había recorrido gran parte de la Ciudad de México a pie. Sus años y sus ganas de caminar parecían no terminar. Decía que quería dejar sus pasos grabados en la ciudad, no dejar una calle libre de él y de las suelas de sus zapatos. Era capaz de medir las distancias en pasos y así es como indicaba referencias cuando le solicitaban una dirección: a 200 pasos, a 130 pasos, no más de 300 pasos.
Cuando Roberto era niño admiraba la gran colección de zapatos de su mamá, era una cantidad considerable la que tenía en aquel cuarto exclusivo para sus tesoros más preciados. Su madre, una mujer con una habilidad increíble para encontrar zapatos bellísimos, tuvo la suerte de viajar por todo el mundo y lo único que compraba como souvenir de sus innumerables travesías era calzado.
Su padre era un destacado abogado que también compartía la afición por el calzado de buen gusto y fue muy enfático al decirle a Tito que si algo debía llevar siempre impecable eran los zapatos, que ellos decían todo de ti, que el cuidado que les dabas no sólo expresaba quién eras por fuera, sino que decía aún más quién eras por dentro. Si una persona llevaba zapatos sucios, no sólo era sucia, seguro era perezosa, irresponsable y desinteresada por la vida. Tito quedó muy impresionado con esas palabras.
Su vida y los zapatos siempre estuvieron relacionados como un tejido de una misma madeja, no sólo porque desde pequeño llevó zapatos en los pies, sino que su abuelo materno era un gran zapatero, quizá por eso su mamá se convertía en una amante apasionada cuando de buscar zapatos se trataba.
Durante las vacaciones de verano y de invierno, Tito pasaba largas horas al lado de su abuelo escuchando las aventuras que lo llevaron a los confines del mundo y en donde había aprendido el oficio de hacer zapatos. Con gran asombro Tito repasaba los secretos que el abuelo le confiaba para tratar la piel, la tela, la lona, el nailon y otros materiales sintéticos.
Apuntaba en una libreta lo relacionado con la forma de los zapatos para hombre y para mujer, las técnicas del diseño y sobre todo la importancia que tiene llevar un buen calzado a la medida. Según el abuelo, en los zapatos no sólo dejamos los pies, en ellos van las esperanzas, como en aquellos zapatos que llevan las novias en su boda, o también se dejan los kilómetros recorridos en un viaje interminable con los tenis más gastados del mundo, o quizá se acumulan las intranquilidades cuando los mismos zapatos te han acompañado en noches sin dormir dentro de un hospital esperando que un ser amado mejore.
¿Qué contarían sobre ti todos los zapatos que has llevado puestos? Ellos sabrían mejor que nadie con qué angustia corriste al enterarte de una pésima noticia, o lo pesados que fueron tus pasos al regresar a casa el día que te despidieron del trabajo y no tenías idea de qué forma explicarle a tu familia que no tendrías para pagar la renta.
Tito aprendió entonces que los zapatos guardan nuestra historia, es más, quedan moldeados de acuerdo a nuestras pisadas. Comenzó a observar los zapatos de sus compañeros de escuela y descubrió que unas suelas estaban más gastadas del lado derecho y otras del lado izquierdo y otras estaban igual de ambos lados. Algunos zapatos tenían raspones y las marcas de guerra de un partido de futbol a la hora del recreo. Había zapatos sucios, otros muy limpios, otros eran demasiado grandes para los pies que los usaban y otros demasiado chicos.
Al terminar el bachillerato, Tito debía dar una respuesta a su padre sobre la carrera universitaria que estudiaría, pero desde niño supo que no cursaría la universidad, sólo dejó pasar el tiempo para anunciar su decisión porque de antemano visualizaba el problemón en que se iba a meter. Efectivamente, cuando le comentó a su padre que sería zapatero como su abuelo y no abogado como él, por poco le da un infarto al señor que se lanzó hacia su hijo zarandeándolo de tal forma que casi le saca los sesos por la tremenda sacudida, la madre tuvo que intervenir y trató de calmar los ánimos.
El padre de Tito cumplió su promesa de no apoyar a su hijo si no era capaz de darle la satisfacción de ser un abogado, pero Tito no cedió. Subió las escaleras y tomó de su cuarto algunas prendas, un par de zapatos y fue a ver a su madre para prometerle que haría los mejores zapatos para andar por la ciudad, por el campo o para guardar anhelos, tristezas y andanzas. Ambos sabían que el abuelo sería ese ángel guardián que lo acogería.
Así fue, Roberto y su abuelo hicieron un gran equipo y Tito fue el mejor aprendiz que el anciano pudo tener jamás. Practicaba, estudiaba con gusto y entusiasmo, absorbió todos los conocimientos de su abuelo y dibujó, cortó, pegó, zurció e imaginó los más hermosos zapatos para niños latosos, mujeres decepcionadas y enamoradas, hombres ambiciosos y también para los soñadores.
Fue así que Tito comenzó con su brillante carrera de zapatero. Al igual que su madre viajó por el mundo para conocer otros caminos al andar, para pisar nuevas historias, para entender lo que cargan otros zapatos cuando se caminaba bajo los cerezos de Japón o sobre las calles de Praga, o para descubrir que hay días que simplemente no es necesario calzar los pies.
Eran los años sesenta cuando Tito comenzó a tomar medidas de todos los pies que se lo pedían. Visitaba hospitales, oficinas de gobierno, escuelas, casas particulares, oficinas privadas, mercados locales y hasta en parques tenía citas con sus consumidores. Llegaba siempre con una libretita en donde anotaba el nombre del cliente y las medidas de los pies. También cargaba con un block de hojas blancas en donde realizaba bocetos, y no podía faltar su sonrisa serena y una paciencia única para escuchar la historia que esos zapatos iban a guardar. Era famoso por hacer zapatos a la medida para cualquier ocasión, gusto y capricho, para él no existía el zapato imposible.
Roberto dejaba parte de sí mismo en cada par de zapatos que hacía, todo su amor y sus sentimientos se volcaban en el diseño de eso que almacenaría los secretos de quién los llevara puestos. Era tan feliz al hacerlos que olvidaba cada día más el despreció de su padre, el abandono en que lo tuvo y la indiferencia en que vivió sólo por seguir los pasos de su amado abuelo.
Pasaron los años, el abuelo murió y la fama de Tito el zapatero se fue hasta las nubes.
Llegó el día en que apareció su madre en la puerta del taller, llevaba un traje amarillo con unos zapatos bellísimos que había comprado en Londres cuando fue con el abuelo a comprar materiales para el oficio. Le vio la tristeza y supo que en su andar cargaba a cuestas varias penas. Su madre le narró sobre la enfermedad que padecía su padre y de lo acabado y triste que estaba, cada día se apagaba más el ánimo y la enfermedad lo mantenía postrado pues ya no soportaban estar de pie, no importaba que tipo de calzado usara porque todo le parecía incómodo. Tito abrazó a su madre y le prometió ir visitar a su padre al día siguiente.
Como siempre que deambulaba a ver a sus clientes, salió con el tiempo bien calculado y caminó sin prisa, permitió que el sol de la mañana le tocara el rostro mientras sentía como iba calentando el día.
Tocó el timbre y entró a la que fuera su casa hasta los 17 años, olía igual que en aquel entonces, sobresalía el perfume de su madre que llenaba el aire a jazmín y naranja. Sintió bajo la suela de sus zapatos la historia de las travesuras al correr por esa casa. Besó a su madre en la mejilla y le pidió que lo llevara a la habitación donde se encontraba su padre.
Acostado estaba aquel hombre delgado ya sin un pelo, completamente calvo. Se incorporó al escuchar que entraban a la habitación, las miradas se encontraron, Tito con esa tranquilidad de bosque y su padre con la presencia de mar revuelto. Se saludaron secamente y Tito sacó sus instrumentos, tomó las medidas de aquellos pies que cargaban un montón de tonterías, rencores y voluntades absurdas. Bocetó las mejores zapatillas de descanso que pudo imaginar para un brillante abogado que se quedó sin su hijo. Le mostró los diseños y su padre seleccionó uno de ellos. Tito le indicó, con su paciencia de bendito, que a más tardar en tres días tendría en sus pies el calzado más especial que habría hecho jamás.
Tres días después apareció Tito nuevamente con una caja envuelta en papel de estraza y un cordón azul. Entró a la recámara de sus padres y saludó con una sonrisa feliz, porque entregar zapatos lo hacía sentir inmensamente feliz. Entregó en manos de su padre el paquete y le pidió que lo abriera mientras le decía que esperaba le fueran útiles. El viejo sacó el papel y lentamente abrió la caja, eran unas zapatillas de descanso perfectas: el color, la forma, los materiales, los detalles en el acabado eran perfectos, vaya, llevaban toda su personalidad. Tito tomó una zapatilla de las manos de su padre y se agachó para ayudarlo a calzar uno de sus pies, cuando levantó la mirada su padre lo veía fijamente con ese atisbo de mar, pero en calma, tranquilo y sereno. Tito tomó la segunda zapatilla y se la colocó al pie desnudo.
Después de ese día comenzó a frecuentar más y más la casa de sus padres. Elaboró otras zapatillas de descanso para su padre e incluso unos zapatos sumamente cómodos para alguna ocasión especial. A su madre le incrementó la colección de zapatos, que ya era vasta, a una tan abundante que tuvo que instalar nuevas zapateras.
Tito salía de su casa cada día más feliz, había hecho un gran trabajo para un gran cliente, porque para Tito un gran cliente era el que lleva muchos caprichos en sus pies.


jueves, 23 de julio de 2020

Roña Gabriela


ROÑA GABRIELA

Gabriela era una mujer difícil, tenía un carácter horrible. Todo le irritaba: los niños, los vendedores ambulantes, el clima, los programas de televisión, los precios del mercado, el polvo, los animales callejeros, los policías, los que no tenían metas en la vida, los que tenían demasiadas metas en la vida, la lluvia a media tarde, los trastes sucios… en fin, siempre encontraba un pretexto para estar enojada, molesta o simplemente para ser infeliz.

Era un reto mantener una plática con ella, solía juzgarlo todo, en su opinión las personas estaban llenas de malas intenciones y eran estúpidas. Los comentarios escurrían de su boca llenos de lodo y palabras duras. Creía saberlo todo, lo que pensaran los demás no era válido y no consideraba siquiera el hecho de recibir una crítica o un simple comentario en contra de sus opiniones, en caso de suceder se transformaba y engendraba en pantera dando zarpazos a través de sus mordaces oraciones. Era incapaz de escuchar o debatir sobre cualquier tema. Llevaba tanto odio adentro que lo escupía en cada letra que pronunciaba y en cada mirada que colocaba. Era una bruja, al menos eso decían los que debían convivir con ella muy a su pesar. Los niños del pueblo comenzaron a mofarse de Doña Gabriela y comenzaron a referirse a ella como Roña Gabriela.

Para muchos era una lástima que una mujer tan hermosa como ella tuviera esa lengua tan vil e ignominiosa. Gabriela era alta, altísima como las cúpulas de la iglesia del centro, de piernas largas muy bien formadas, su cintura era tan breve como su propia idea de ser feliz, sus ojos grandes y oscuros con la mirada profunda y retadora, una boca delicada y carnosa por la que viajaba su verborrea infame, una piel limpia y tersa, caderas rotundas y pechos firmes, pero a pesar de tanta belleza se le apreciaba como la mujer más horrenda del pueblo. Caminaba como si algo por dentro le hiciera falta, a veces ella misma creía que alguno de sus órganos vitales no funcionaba o que quizá lo había perdido en la plaza o en el mercado.  

Vivía sola, nadie en su sano juicio se habría atrevido a pasar un día completo a su lado para recibir críticas y malas caras durante veinticuatro horas seguidas. Tenía familia, por supuesto que la tenían, pero nadie la visitaba porque apenas Gabriela abría la puerta comenzaba con su discurso interminable de quejas y críticas irracionales y socarronas. No podía ver a niños jugando afuera de su casa porque los mandaba callar a gritos o a cubetadas de agua, sí, así era Roña Gabriela.

Estaba completa y absolutamente sola, rodeada de objetos sin vida, si acaso entraban a su casa las moscas por error. No tenía plantas porque llenaban la casa de insectos, decía, no tenía animales porque eran sucios, inútiles y perezosos, no tenía marido porque aseguraba que eran como los animales, y obvio porque nadie se comprometería con ella y mucho menos se casaría. Su soledad era tan grande que la disfrazaba de odio.

Había pasado ya mucho tiempo de la última vez que Gabriela soltó un “te quiero”, fue cuando se despidió de su mejor amiga de la primaria: Mariquita Malpica, una niña que era un huracán de felicidad y que debió marcharse a medio ciclo escolar porque su papá encontró trabajo en el gabacho, así que las niñas se dieron un abrazo largo, largo, largo, como las piernotas de Gabriela, quien con lágrimas se despidió de su amiga más entrañable con apenas diez años de edad.

Pasaron treinta años de aquella despedida y una tarde, con la sobriedad en la cara y el entrecejo fruncido, Gabriela salió de su domicilio y frente a ella pudo reconocer a Mariquita, quiso sonreír, pero no pudo, no supo o simplemente no recordó cómo hacerlo. Al contrario de ella, Mariquita mostró todos los dientes como una mazorca en agosto y le gritó, “¡Gabrielita querida, amiga del alma!” y la abrazó con tal fuerza que a Gabriela casi se le salen los tamales del desayuno. 

Mariquita hablaba rápido y sin pausas mientras la tomaba del brazo para comenzar a caminar sobre la calle empedrada que llevaba hasta la iglesia. Le contaba de sopetón un resumen de su vida en Estados Unidos y como por azares del destino estaba de regreso en México y lo primero que pensó había sido en buscarla para volver a reírse como lo hacía en la plaza cuando salían de la escuela antes de que partiera al otro lado.

Gabriela la escuchaba y quería, deseaba con todas sus fuerzas decir algo agradable, hallar las palabras para dar la bienvenida a Mariquita y encontrar el valor para abrazarla y decirle lo mucho que la extrañaba y la falta que le había hecho todos esos largos años, pero las tripas se le revolvían tratando de decir frases amables, era tal la costumbre de hablar con amargura que ya no estaba segura de recordar palabras que reconfortaran el alma.

Llegaron a una banca del parque, la favorita de ambas porque ahí se ponía Don Pascualito a vender helados cuando eran niñas. Ahora esa banca era cobijada por la deliciosa sombra de un ahuehuete que resguardaban el cuerpo del calorón de medio día.

Mariquita sacó un pañuelo de su bolso y se limpió el sudor del cuello y de la cara. Por fin guardó silencio un rato miró en silencio a Gabriela, vio rodar sus lágrimas como aquella vez en que se despidieron y con sus dedos se las secó del rostro. Con voz imperativa soltó: “Amiga, no puedes seguir así, te tienes que reconstruir y yo te voy a ayudar”, Gabriela asintió con la cabeza y terminó de secarse las lágrimas ella misma usando las muñecas de sus manos.

Al día siguiente sonó la campana de la puerta de la casa de Gabriela, fue increíble reconocer el ritmo que Mariquita le daba a esa campana. Cuando eran niñas se podía adivinar la llegada de Mariquita por la melodía que ella misma había inventado como código secreto para avisar a su amiga que era hora de jugar. Las niñas creían que sólo ellas reconocían quien tocaba, aunque la verdad todos los vecinos y los papás de Gabriela reconocían inmediatamente el toque singular de Mariquita.

  Entraron a la casa aburrida y gris, en el comedor Mariquita colocó una caja de madera, la abrió y miraron fotografías, leyeron cartas, sacaron cachivaches de la época de la niñez: corcholatas, broches, joyas hechas de alambre y latón, unos juguetes pequeños, la matatena, una cuerda para saltar y unos cuentos para niños.

En el fondo apareció un objeto de color rojo chillante. Mariquita acercó la caja a Gabriela y ésta sacó una piedra pintada de rojo que en la despedida le entregó a su mejor amiga de la infancia. Recordó el día que fue al río tratando de hallar un tesoro inigualable para darlo como regalo a Mariquita. Encontró una piedra algo lisa con forma de corazón y del taller de carpintería de su padre sacó un botecito de pintura roja, con sus dedos pintó la roca y le pidió a su papá que le colocara una cadena para que Mariquita la llevara colgada al cuello. En el adiós Gabriela le entregó el obsequió a la niña diciéndole que le daba su corazón a la mejor amiga del mundo y la hermana que siempre quiso tener y que a partir de ese día sería una descorazonada.

Con el corazón rojo brillante de piedra de río entre las manos, Mariquita la miró con el resplandor en los ojos que tienen los niños, “te devuelvo tu corazón, es el cachito de amor que te faltaba, ya no seas tan enojona y malencarada Roña Gabriela”, Gabriela comenzó a reír y a llorar, los mocos se los limpiaba rápido con la manga de la blusa. Abrazó tan fuerte a Mariquita que le rompió una costilla, afortunadamente las dos sanaron y si bien ya no tienen el ánimo de saltar entre las piedras del río, si tienen charlas interminables bajo el ahuehuete que tantas veces las vio comer helado de limón.

jueves, 16 de julio de 2020

El rompecabezas de la muerte.


 EL ROMPECABEZAS DE LA MUERTE

Cuando decidió ser perito criminalista nunca se imaginó lo que le tocaría vivir. Lo que más le atraía era desenterrar los misterios de una muerte, armar el rompecabezas de un asesinato, ver lo que nadie ve e hilar lo que nadie hila, ser un tejedor y desenredar la madeja de los rastros colocados aquí y allá de una escena del crimen. Quería poner en práctica la ciencia, relacionar la física con la química, las matemáticas y la psicología, entender la biología de un asesinato.

Ver un cuerpo inerte no le asustaba, no sentía el cosquilleo en la nuca de los que nos espantamos a la menor provocación cuando se escucha un ruido nocturno o cuando sentimos un cuerpo caminar muy cerca de nosotros por la calle a media noche. Ni la muerte ni la sangre eran un problema para Alan, que siendo apenas un niño vio a su primer muerto en la vivienda de al lado de su casa. Mataron a balazo pelado al papá de una familia que venía de Guerrero. Aquella vez no se horrorizó con los charcos de sangre, ni con los agujeros en la cara y en el cuerpo de su vecino, lo miraba como quien mira una obra de arte; detenidamente, admirándose de todo lo que podía provocar un disparo, asombrándose del rostro que dejaba de ser el de su vecino para ser el de alguien desconocido. Su mamá lo jalaba al interior de su casa, pero él quería ver más y más, ¿qué ocurrió dentro de aquel cuerpo cuando lo atravesó la primera bala?, ¿cuál disparo entró primero, el de la pierna, el de la cabeza o el del abdomen?, y aunque pareciera evidente ¿por qué se murió?, y aunque era apenas un niño ¿por qué lo mataron? Así, decidió, sin saber el nombre de su oficio, a que se quería dedicar el resto de su vida.

Para Alan la muerte no era cosa de lloriqueos y sentimentalismos, simplemente tenía que ocurrir como ocurre la vida, como ocurre caerse en la infancia cuando se va corriendo desbocado por la calle con los compañeros de juegos. Y a pesar de ser tan común la muerte, le fascinaba el hecho de conocer los pormenores de su ocurrencia.

La primera vez que presenció una necropsia corroboró lo que desde niño descifró de la cara balaceada de su vecino guerrerense: somos NADA, frágiles e igual de insignificantes que un puerco en carnicería, como dicen "un saco de huesos y vísceras", pero ahí vamos como humanos sintiéndonos la gran cosa, el ombligo del mundo, sintiendo que podemos dañar a otro ser humano o a la tierra o a un "animal" inferior, pero muertos o vivos seguimos siendo carne que se abre y se desgarra con un cuchillo, exponiendo todo lo vulnerables que somos, igualito a los pollos que cuelgan en los mercados, o como los chanchos y reses colgados en el rastro. Somos NADA, sólo carne, huesos y tripas.

Llevaba ya algunos años en el oficio. Aún no era perito cuando obtuvo su primer empleo en una funeraria en donde le tocó desde ayudar a maquillar al muerto hasta atender el servicio de cafetería en un funeral. Veía tanto llanto, tanta tristeza, pero también veía odio, amor, indiferencia. Sabía que la muerte traía todo de un jalón, todo lo que se siente durante la vida, pero amontonado en un solo evento.

¿Su vida?, tan normal como cualquiera: jugar videojuegos con los cuates, beber cerveza, salir de fiesta, tener romances y comer pizza. Nada extraordinario, mal hablado, coqueto y muy observador, una habilidad fundamental para su empleo. 

Nunca imaginó lo que estaba por venir a su vida llena de normalidad y de ahogados, desmembrados, apuñalados, torturados, ahorcados y más.

La primera vez que ocurrió, lo vio sentado mientras revisaba un cadáver abotagado de un ahogado en un río apestoso que atravesaba la ciudad. Estaba sentado ahí en una silla en donde se le desparrama la carne, era un tipo gordo con barba espesa, mirada negra, de esas que parecen traer la oscura noche muy adentro del alma. Era el Bombochas de las Lomas, apodo bien ganado por sus ojos saltones como de sapo, un asesino serial conocido por matar mujeres en las Lomas, pero no cualquier mujer, sólo las de servicio, no las emperifolladas cacatúas que de todo hacen escándalo. Mataba a las que nadie extrañaba en los barrios fufurufos, las que olvidaban rápido cuando se conseguían a una nueva muchacha que limpiara, acomodara la casa y les durmiera a los niños.

Alan no movió ni un pelo, no se asombró en lo absoluto. Supo de inmediato que era el Bombochas, sí, por los ojos y porque miró el cuello marcado por el cable que lo cortó  tras una pelea sangrienta, muy sangrienta, que le sucedió en prisión. No hubo ningún temor o frío recorriendo su cuerpo, prefirió verlo unos segundos a los ojos y después lo ignoró para cubrir con cuidado el cadáver del ahogado. Sentir miedo le parecía una torpeza y una pérdida de tiempo, ¿qué le podía hacer ese hombre si ya estaba muerto?

Caminó hacia una gaveta, sacó unos papeles y un bolígrafo, garabateó su firma y volvió a meter todo en el cajón. Sus pasos se dirigían a la puerta para tomar su saco del perchero y marcharse. Antes de salir escuchó:

-      - ¿Sabes quién soy?

Alan se paró en seco y lo miró.

-      Sí, cómo no saberlo, te vi en tu arresto, te vi recién muerto, ¿porque estás muerto, cierto?, y te vi también en esa plancha. - y la señaló con el dedo.

-      Pues qué bueno que sabes quién soy, decían mis mujeres que no soy fácil de olvidar. ¿Y qué, no tienes miedo, pensé que ibas a chillar o que te iba a dar un infarto por ver a un muerto hablar contigo?



-      Pues mira Bombochas, ¿supongo que puedo hablarte de tú?, nadie se había tomado la molestia de venir desde el “más allá” a verme, así que supongo hay confianza. La verdad es que estoy cansado y hambriento, lo único que me podría espantar por el momento es que me dieran la mala noticia de no poder llegar a un buen lugar para tomar una cerveza helada y comer una deliciosa hamburguesa.

-      Intentó ser bueno, quiero ser mejor, aunque sea muerto.

-      Y eso… ¿me incumbe? ¿cuál es la razón de estar charlando con un muerto de hace 3 meses? Si en este momento entrara un empleado, sin duda creería ver a un loco y me llevarían a una institución mental. Discúlpame Bombochas, no quiero ser grosero, pero me voy.

-      Pos ya estás, te veo mañana.

Alan fue al perchero, tomó el saco y cuando giró para decir alguna frase que nunca comenzó, la aparición se había desvanecido.

Loco o no, Alan pensaba rumbo al local de las hamburguesas sobre lo que acababa de pasar, ¿para que lo quería el Bombochas? Cuando llegó ya estaban sus amigos reunidos alrededor de una mesa y cuestionaron por la tardanza, él sólo respondió:

-      Por la chamba, nunca falta un contratiempo de última hora.

Nadie se atrevió a cuestionar más sobre el asunto porque seguro terminaría en descripciones de sangre y vísceras dispersas, que para Alan era lo más natural, pero el resto no lo encontraba tan atractivo de escuchar mientras comían.

Ya en casa, con ganas de tumbarse en la cama y dormir profundamente, entró a la recámara y ahí estaba de nuevo, en un sillón azul y con los ojos saltones que lo miraban con esa oscuridad profunda.

-      ¿Y ahora qué?, dime si así va a ser siempre porque no creo acostumbrarme a que te aparezcas cuando te dé la gana. Mira, no tengo idea de lo que necesitas, no tengo idea de por qué apareces, así que ve al grano y dime ¿qué pedo?, ¿para qué soy bueno?, neta güey estoy tronado, me quiero dormir.

-      ¿Así de plano?, no pos nadie me quiere ver, ni mis mujeres. Me aparecí de repente con ellas, así como contigo y una casi casi se quita la vida por mi culpa. Desde que me morí ando como que no me hallo, como que no soy yo, quiero cambiar, pero no sé para qué si estoy muerto. Siento angustia, así como los borrachos cuando dejan el chupe.

-      Ok, ¿y?, ¿yo qué con eso? - dijo Alan mientras se quitaba la camisa y se sacaba los zapatos.

-      Mmm, pues eres el único que conozco que cuando me ve no se pone a gritar, a chillar, se desmaya o cierra los ojos como ‘pa quedarse ciego. Sólo me le puedo aparecer a los que alguna vez me vieron vivo y ya agoté mis posibilidades.

-      Entiendo, pero ¿a mi qué?

Alan se acostó en la cama y se acomodó la almohada bajo la cabeza.

-      Pos que quiero que me ayudes a ser mejor, a irme al cielo o a donde chingados uno tenga que ir después de que se muere. Estoy como en un hoyo negro, allá donde llegué no hay nada, es todo aburrido, vacío. Primero pensé que llegaría al infierno, pero nada, ni llamas, ni el diablo, ni calor, ni frío, ni mis muertas como verdugos. El tiempo dejó de ser tiempo y allá soy NADA, no soy asesino, no soy persona, no soy un hijo de la chingada como me gritaban acá. Francamente estoy hasta la madre de no ser.

-      Mira Bombochas, no tengo idea de cómo ayudarte. Si crees que conmigo podrás limpiar tu conciencia creo que estás equivocado, a mí me vale madres si fuiste un desgraciado mata mujeres, un ojete de mierda o lo que sea. ¿Por qué no te presentas ante un sacerdote?, yo creo que uno si te puede ayudar ¿no?

-      ¡No mames pinche vato pendejo!, ahora si te pasaste de lanza, ¿cuál sacerdote, no seas pendejo, tú crees que alguien como yo conoció a alguno?

-      ¿Qué no te bautizaron?, digo, lo de ojete de mierda supongo que fue después de la infancia ¿o no?

-      ¡Sí cabrón!, mi santa madre me bautizó, pero el pendejo del padre ya se murió también, no creas que no lo pensé.

Alan se quedó profundamente dormido mientras escuchaba a lo lejos lo último que le decía el Bombochas.

Llegando al edificio donde trabajaba vio al ya susodicho Bombochas, estaba sentado en las sillas de metal de la sala de espera. Alan torció lo ojos pensando: ¿Este pendejo otra vez?

Sin duda ser un espectro del más allá tenía sus ventajas porque cuando abrió la puerta de la oficina ya estaba el Bombochas bien instalado en la silla frente a su escritorio. Alan aventó los papeles sobre el cristal y mientras se sentaba le dijo:

-      Quiubo mi Bombochas, ¿ya vas a empezar a joder desde temprano?, aunque no lo creas hay quienes estamos vivos y tenemos que trabajar.

-      Quiero que me escuches, que sepas mis motivos.

-      ¡Si serás pendejo!, no me importan, estás muerto, ¿qué más dan tus explicaciones? Allá en el mundo de los muertos busca a las mujeres que mataste sin piedad y explícales “tus motivos”. ¿Qué esperas? que dé una rueda de prensa para decirle al mundo que se me apareció el asesino gordo de ojos saltones a explicarme que el pobrecito mató, mutiló y violó mujeres por quién sabe qué putas madres de motivos. No seas tarado y sácate a chingar a tu reputísima madre… déjame trabajar.

-      Híjole, lo bueno es que el ojete soy yo. Si estuviera vivo ya te habría roto las rodillas y te habría tirado los dientes por pasado de lanza y por culero.

-      ¿Pues qué crees?... no estás vivo.

-      No seas ojeis, dame chance, ándale, ¿nos vemos al rato?, digo para que el productivo hijo de la chingada saque el trabajo de hoy.

-      Dime tú tarado, te apareces a la hora que se te hincha la gana, ¿si te dijo que no, me vas a dejar de joder?

-      Pos no, entonces te veo al rato.

-      ¡Chinga tu madre!

El Bombochas, de desvaneció en un abrir y cerrar de ojos.

Alan pasó el resto del día tranquilo y sin sobresaltos. Terminó reportes, envió correos electrónicos, visitó la SEMEFO y quedó con una de las secretarias del ministerio público en salir a cenar, al cine o a lo que saliera el fin de semana.

El perito criminalista ya se las olía, al llegar a su casa y abrir la puerta estaba el Bombochas bien instalado en la silla del comedor.

-      ¿Qué onda?, ya me imaginaba que tú serías mi bienvenida. ¿Por qué siempre te encuentro sentado? ¿Será que un día te puedo encontrar de pie o trapeando la casa al menos?

-      No te pases, soy un muerto no tu criado. Me encuentras sentado porque esta angustia de no saber quién soy me pesa un chingo, es como si no pudiera moverme. Y entonces, ¿me vas a ayudar?

-      Supongo que no me queda de otra o te voy a tener que ver todos los pinches días de mi vida ¡y estás rete feo cabrón!

-      Va, gracias. Quiero contarte por qué hice lo que hice.

-      A ver, bájale la velocidad a tu carro. Te voy a ayudar, pero a mi modo. Eso de los motivos ya me lo sé: tus traumas, seguro tu papá o tú mamá te pegaban, no dudo que tuvieras una infancia de mierda o que un evento traumático te haya marcado de por vida y bla, bla, bla. 

Alan arrastró una silla y la colocó frente al Bombochas, y se sentó colocando los brazos en el respaldo de la silla. Miró fijamente la noche negrísima de la mirada del asesino y comenzó:

-      Te lo había dicho, no me importan tus motivos. Dices que no sabes quién eres, pero yo te lo voy a decir porque me parece bien raro que me digas que no te hallas cuando acá fuiste un hijo de tu puta madre, así que límpiate la cerilla de esas orejas cochinas que tienes para que no te quepa duda de tu ser.

Alan abrió un folder amarillo con el expediente delictivo del Bombochas y comenzó a hablar sin detenerse.

-      Eres Ramiro Ambrosio Tejeda Ríos, oriundo de Valle de Bravo, Estado de México, con secundaria trunca y un pequeño desgraciado desde adolescente. Te gustaba chingar a medio mundo y violaste a una de tus ex compañeras cuando cumpliste los 17 años. Ingresaste al centro tutelar un chingo de veces por diferentes delitos, desde robo a transeúnte hasta daños en vía pública. Se te imputaron siete asesinatos, todas mujeres de servicio del rumbo de las Lomas, mujeres a las que les robaste la vida de formas tan asquerosas, viles y bajas que horrorizaron a toda la comunidad. Eres el ser más bajo, vil y despreciable que le arrancó su último suspiro a una niña de dieciséis años que acaba de llegar a la Ciudad de México para trabajar y ayudar a sus padres en Michoacán, la destrozaste, la golpeaste y la dejaste irreconocible. ‘Pa acabar pronto, eres un ser despreciable, ojete, pendejo y estúpido. Mira Bombochas, no puedes morirte y fingir que nada pasó en tu vida y querer calmar tu conciencia y “ser bueno”. Eres las acciones que ejecutaste, eres los errores y los aciertos que tuviste, eres las decisiones que tomaste, eres lo que eres a pesar de tus pendejísimos motivos, ¿me explico? No tienes pretexto, a veces, aunque sea ya muerto tienes que pinches aceptar tus errores y pendejadas. Espero haberte ayudado porque no se me ocurre otra forma de cómo hacerlo. Buenas noches mi pendejo Bombochas, te quedas en tu casa y lárgate pronto, yo me voy a dormir porque mañana tengo cositas importantes que hacer.

Alan se acostó, durmió como un bebé recién nacido, profundo y sin remordimientos. 

Sonó el despertador y sufrió como todas las mañanas al sentir una pereza descomunal. Sin más se levantó y caminó adormilado hacia el cuarto de baño. En el espejo, que lucía empañado, leyó lo siguiente:

“Hijo de puta, saludos desde el infierno. Todo arde, pero sé quién soy. El pendejo B.”

Desde entonces el Bombochas no volvió a aparecer.










jueves, 9 de julio de 2020

La derrota sentimental del verano.

LA DERROTA SENTIMENTAL DEL VERANO

Después de la derrota sentimental del verano, decidió meterse al gimnasio local para sacar músculos de su cuerpo delgado, por no decir flaco y enclenque. Manuel había resuelto olvidar la terrible experiencia con Regina. 

Ya le habían dicho que la pubertad sería difícil, pero no se imaginó que tanto. Debía lidiar con las mujeres, que eran todo un tema, con sus padres que eran un infierno, con su hermano menor que siempre estaba detrás de él preguntando un sin fin de cosas y no lo dejaba ni a sol ni a sombra. Quizá el menor de sus problemas eran sus amigos, aunque debía lidiar con las burlas y bromas que se hacían entre todos, nadie se salvaba.

Cursaba el segundo grado de la secundaria. Era un muchachito de ojos alegres, amable y risueño, se podría decir que, hasta inocente. Muchas veces no comprendía que pasaba a su alrededor y simplemente quería estar solo en su recámara, pero como la compartía con su hermanito no le quedaba de otra más que contestar el cúmulo de preguntas que siempre le tenía preparado.

Regina era la niña con los ojos más grandes que había visto jamás, parecían sacados de un manga, eran “claritos”, así como la miel que le ponían a su cóctel de frutas que se devoraba a la hora del recreo. Manuel se perdía en aquellos ojos cuando ella le hablaba y le pedía prestado el corrector, la goma de borrar o un bolígrafo.

En un principio Manuel no creía lo que le decían sus amigos:
-       Seguro le gustas a Regina, siempre te pide útiles, ¿a poco siempre pierde algo?, o le gustas o está medio pendeja - dijo Roberto.
-       ¡Pero de amor por ti! - remató Julián, el que se sentía más experimentado del grupo, y soltaron sonoras carcajadas.

Manuel se sonrojaba y sonreía con los ojos más alegres que nunca antes.
-       Pídele que salga contigo, al cine o algo así, a las niñas les gusta eso del romance, ¿qué no Julián? - preguntó Roberto mirando a su compinche con los ojos bien abiertos en espera de su respuesta.
-       Si, seguro, ellas son felices en el cine, son máquinas de comer palomitas, creen que porque está oscuro no vemos cómo comen y comen las condenadas, ¡y aguas! si son palomitas sabor caramelo vete olvidando de probarlas.

Manuel se reía y se preguntaba a sus adentros si Julián era realmente tan experto como decía.

Cerca de las vacaciones de verano Regina le aviso que serían vecinos, se cambiaba a la colonia en la que vivía Manuel, a unas dos calles de su domicilio. El corazoncito del chamaco brincó, así, sin que él lo planeara, andaba brinco y brinco y hasta sintió que la cara se le ponía rojísima cuando Regina propuso que después de la mudanza se encontraran para ir por un helado y platicar, no tuvo más remedio que aceptar con una gran sonrisa.

El día del encuentro, Manuel andaba en la calle con su mamá, pero a unas horas de la cita, corrió a su casa para llamar por teléfono a Julián y preguntarle qué debía hacer. 
-       Lo primero hermano es que estés tranquilo, porque si te vas a poner color tomate como cuando te pide un lápiz la vas a cagar. No te abalances a los besos, a la niñas no les gusta que seas tan lanzado.

Manuel pelaba sus ojazos de capulín y a todo decía que sí. Vaya, no estaba pensando en besos, el simple hecho que estar con Regina comprando un helado ya le parecía demasiado estresante como para pensar en otra cosa.
-       Tú gobiernate hermano, no te pongas nervioso, si puedes come un chingo para que te de mal de puerco y quedes medio apendejado. Te diría que busques tequila o algo fuerte en la cantina de tu papá para que te calmes la nerviolera, pero eres el más ñoño de los ñoños, así que no lo harás.

Sin mucho tiempo libre por los deberes que debía cumplir antes de salir con Regina y con su hermanito pregúntale y preguntándole cosas, Manuel quiso comer tal como le indicó Julián, pero traía la panza revuelta y más bien tenía unas ganas horribles de volver el estómago.

Cercana la hora, entró a su recámara, sacó una sudadera amarilla, pantalones de mezclilla y tenis. Se vistió y peinó como cualquier día, lo único diferente fue sacar del cajón de su papá una loción y se puso un poco en el rostro.

Bajó las escaleras dando zancadas de dos escalones y al pie  se encontró con su mamá y le aviso que regresaría a tiempo para la merienda.
-       Hueles rico - le dijo su mamá, que te vaya bien amor - y le hizo un guiño. 

Llegó a casa de Regina justo cuando ella iba cerrando la puerta. Manuel sentía un malestar terrible, pero mostró su mejor sonrisa, no le costó trabajo porque estaba emocionado de verdad.

Durante el camino Regina hablaba mucho, así como le había dicho Julián que pasaría.
-       Déjala hablar, a las morras les gusta hablar. Si te pide que hables tú… pues hablas, pero no la vayas a interrumpir con tus ñoñadas, sólo si te lo pide.

Él la miraba y no podía creer que estuviera caminando a su lado, se veía tan bien con su peinado de cola de caballo y sus tenis deportivos, así, sin pretensiones, con su bolsa cruzada y unos aretes pequeños y brillantes que resaltan sus orejas. Manuel nunca creyó que podía encontrar belleza en las orejas.

Los nervios se apoderaban de Manuel, lo rebasaban. Llegaron a la heladería y ambos pidieron un helado sencillo en cono, Regina de limón y flor de nata y Manuel de queso y zarzamora. Caminaron a las canchas de basquetbol y se sentaron en el piso. Manuel lamía su helado sin mucho entusiasmo porque su estómago era un circo de nudos que se ataban, se desataban y se volvían a atar.

La situación era medianamente soportable hasta que Regina preguntó:
-       ¿quién te gusta del salón?

Simplemente horripilante y triste escena, Manuel vómito. Cualquier pregunta habría sido sencilla, hasta las de la clase de historia que lo hacía desquiciarse de lo aburridas que eran.

Nada más vergonzoso, asqueroso y desalentador. Sentía que el mundo giraba demasiado rápido y deseaba salir corriendo rumbo a su casa, llegar a la recámara y encerrarse a pesar de cuestionario interminable de su hermanito.

Regina colocó su mano en la espalda de Manuel, sacó unos pañuelos desechables de su bolsita y se los ofreció.
-       No te siente bien, si quieres vámonos y nos vemos otro día, quizá debas ver a un médico. – le dijo de forma amable y sincera.

Manuel la miró con los ojos llenos de vergüenza y profunda decepción. Regina por su parte le regaló una sonrisa discreta y comenzó a levantarse.

De regreso a sus casas Regina habló mucho sobre los remedios caseros que le daba su mamá cuando tenía malestar estomacal y le contó una anécdota de su niñez en donde estuvo muy mal por una infección gastrointestinal.

En la puerta de casa de Regina, Manuel le pidió una disculpa y ella volvía a sonreírle.
-       No te preocupes, en serio. Espero que te mejores - y movió su mano en signo de despedida.
Nada podía ser peor que lo que acababa de pasar: ni sus papás, ni la clase de historia, ni las preguntas sin fin de su hermano menor.

Cuando Julián lo llamó para ver cómo había salido la cita y le contó, este reía como un loco sin tornillos en la cabeza, estaba desatado de risa.
-       ¡No lo puedo creer mi hermano, esas cosas sólo te pasan a ti! No creo que Regina vuelva a salir contigo, ¡qué asco!, pero ánimo hermano, sólo gobiernate, ya te lo había dicho, igual para cuando regresemos a la escuela ya lo superaste. Invítala de nuevo por un helado pero tú no pidas nada menso. Ahora lo que te queda es que si eres un vomitón, pues al menos que seas uno mamado para que los niñas pasen por alto ese asqueroso defectillo. ¿por qué no te metes al gimnasio? Hay un curso de verano para morros de nuestra edad, yo estoy yendo, está leve, hay un entrenador bien buena onda. Anímate campeón, así se te quita lo aburrido de estar en tu casa en las vacaciones y te pones tronado para impresionar a la Regina.

Manuel lo pensó y creyó que era buena idea. Lo comentó con su papá y como él señor era partidario de “mente sana en cuerpo sano”, le dio la cuota para la inscripción.

Llevaba ya una semana en el gimnasio, los primeros días con las piernitas flacas que no le respondían al caminar de regreso a su casa, era una temblorina incontrolable, luego se fue acostumbrando y se divertía horrores con las ocurrencias de Julián.

Era martes de la semana dos de entrenamiento, cuando vio por el espejo del gimnasio que entró Regina. Quiso aparentar que no la había visto, pero daba lo mismo, Regina caminaba directamente hacia donde él estaba.

Julián también lo notó y miraba a su amigo como advirtiéndole de la presencia de la chamaca.

-       ¡Hola Manuel!, sabía que estabas aquí. Fui a tu casa ayer y tú mamá me contó del curso y que tú y Julián venían a entrenar. La última vez que nos vimos te pregunté quién te gusta, pero no me alcanzaste a responder… no importa. A mí él que me gusta del salón eres tú.

Regina le regaló una sonrisa enorme y sus ojitos de miel entraron a lo más profundo del corazón atolondrado de Manuel, que rojo como de costumbre le respondió:
-       a mí me gustas tú. – mientras sus ojos de capulín sonreían como nunca antes.