jueves, 4 de junio de 2020

El pedazo de noche que dejaste.

El pedazo de noche que dejaste.
Me levanté de la silla del insomnio y me asomé por la ventana. La oscuridad dejaba un leve rocío de claridad que despejaba mis penumbras y pensé en ti por un instante. Apenas mis piernas lograban sostenerse, mirándose ellas mismas como extrañas y no lograban coordinar. El té ya estaba helado y no importaba demasiado, igual seguí bebiendo mientras el frío de la madrugada me erizaba todo el cuerpo.

Recordé y miré mi rostro en el espejo, me acurruqué en la cama esperando el sueño. Dormitaba entre las sábanas azules, entre las sombras de los muebles que me miraron inmóviles.

Dejé que te marcharas aquella vez, detuve mis pasos y no traté de detenerte, jamás lo haría. Tomaste tu maleta negra que aguardaba bajo la cama y en ella te guardaste mis ganas y mis deseos de amarte siempre. También empacaste la ropa, sacaste los abrigos y un sombrero texano que nunca usabas.

Me levanté unos momentos y miré de nuevo por la ventana, el aire penetraba cada espacio y me llevó hasta tu lado de la cama. Hacía tanto tiempo que ya no dormías ahí, pero pensé que tal vez quedaba algo de tu aroma... me equivoqué. Te llevaste todo y me daba cuenta en ese instante; no encontré los tenis gastados de los fines de semana, ni la foto de tu hijo que mirabas por las noches antes de dormir, no encontré tu silueta a media noche tratando de buscar acomodo en un lugar de nuestra cama. No hubo nada de ti entonces, ni el ronquido boca arriba, ni los sellos en las cartas que enviabas a tu madre cada mes.

Te dio tiempo de empacar hasta los tacones altos que yo usaba para verme de tu altura, y el vestido negro de las fiestas importantes, no quedaba nada de ti e incluso de mí, a veces ni el recuerdo.

Abrí la caja de las fotografías, intenté hallarte en ellas para perdonar un poco el abandono, no estabas, te encargaste de llenar mi alma de arrebatos locos, empacaste también mi cordura y recordé que ya las había quemado. Sentí furia contra ti, odio y te desprecié tanto que me cupo en la mano la medalla que me diste y la lancé a través de la ventana.

Me pareció absurda tu partida, tus locuras de cargar con todo aquello que pensaste te pertenecía. Ridículo te viste cargando con la silla de colores llamativos, apenas hubo espacio en tu camioneta para llevar también los cuadros de motocicletas que compramos juntos en un bazar. Ya poco te faltaba para cargar con el refrigerador y un estéreo, pero recordaste entonces que yo puse más de la mitad de esos aparatos cuando los compramos.

Pero me quedé callada, permití que te quedaras con lo que deseabas, incluso si era mío, tan fue así que la colección de discos de boleros no está aquí acompañándome. 

¡Quédate con todo, no me importa!, puedes vender los discos y los libros que empacaste. Si deseas, conserva aquellas cartas que escribí en los aniversarios, incluso sácale provecho a los regalos que te di durante años, no me importa. Y soy tan espléndida y caritativa que te regalo mi cariño, te regalo mi tiempo perdido junto a ti, te obsequio el amor que al final de cuentas siempre es el mismo. Quédate con todo lo que necesites de mí. Puedes venir de nuevo y llevarte las humillaciones porque ya no las quiero y no las necesito, si deseas te regalo mis lamentos de las tardes cuando quiero ver un programa de televisión y no puedo porque también la empacaste.

Y al final ya tienes todo de mí: mis deseos, mis odios, mi amor incluso, pero por favor ven sólo un día más y llévate contigo lo único que me dejaste... el pedazo de noche en que te pienso.

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