jueves, 25 de junio de 2020

Bad Ass Bunny

BAD ASS BUNNY
La historia de un conejo criminal


Lo primero que deben saber es que esta historia es cien por cierto real, lo crean o no Bad Ass Bunny existió.
Como todo criminal, este personaje tiene una historia; la historia de uno de los bandidos más calculadores y más audaces; tierno y suave como ningún otro.
No se confundan, Bad Ass Bunny, alias BAB o CHILI, no asaltaba bancos, no asustaba viejitas, no secuestraba zanahorias del refrigerador, ¡por Dios, estamos hablando de un conejo!. ¿Están listos?
FICHA DE IDENTIFICACIÓN
Raza: Cabeza de león 
Procedencia: Mercado Morelos, Ciudad de México, en donde se le vio, ya desde entonces, buleando al resto de los conejos y bastante activo, todo un bad ass.
Nombre: Chilaquil Pérez, alias Chili, inspiración de la serie El Patrón del Mal. Era chistoso que ese conejo esponjoso y tierno como calabaza llevará como nombre el apodo de quien fuera la mano derecha de Pablo Escobar.


  Corría el mes de abril cuando llegó a lo que sería su hogar durante 6 largos conejos años. Como en toda triste historia de criminales, pasó por un episodio que lo marcó: la SARNA, terrible enfermedad que lo atormentó y torturó pues debían raspar su piel muerta y la pus, pero fue valiente. Esta terrible rutina de curaciones duró meses y BAB sabía que iba a estar mejor. Sin embargo, no comprendía porque nadie lo tocaba, él como todo animal necesitaba de cariño, pero no sabía que su enfermedad era muy contagiosa y que podría poner en peligro al resto de sus compañeros de hogar en ese momento: 5 gatos, 1 perro, 2 tortugas, 2 periquitos australianos y 2 humanos, los más extraños por cierto.


BAB se volvió solitario y miedoso, cuando alguien lo tocaba era sólo para raspar su piel lo que era doloroso y triste, ¿cómo podía confiar?, así que comenzó a crecer en él la peculiar personalidad que lo caracterizó.
Era un conejo diferente, sus dientes no crecían como los de un conejo normal, así que BAB tenía que limar todos los días sus dientotes porque su tamaño era mucho mayor al de sus congéneres. No importaba cuanto royera, él siempre tenía que hacerlo para poder probar bocado, ¿ya se imaginaron el tamaño de esos dientes verdad?
Vivía en el “cubil conejo”, para BAB no existía la esclavitud de una jaula, prefería pensar que su casa era un escondite especial para escabullirse de las manos humanoides y del escándalo que generaban los otros animales, peculiarmente el perro y uno de los gatos que jamás abandonaba el hogar.
Después de superar su enfermedad, comenzó a planear el escape de “cubil conejo”. Ya había sido demasiado tiempo entre rejas y sin cariño… ¡iría a buscarlo!, perdería el miedo y saldría por todas las caricias que aún no le habían dado a su suave pelo. No importaba el cómo, él lograría su objetivo.
Decidió ganarse la confianza de la mujer de la casa, una chica linda pero medio boba, se daba cuenta que siempre que se acercaba a “cubil conejo” le habla como bebé, así que sería una presa fácil. Ella siempre le ofrecía almendras y BAB ¡amaba las almendras!, estaba ganando por donde quiera que se le viere.
Poco a poco comenzaron a sacarlo de “cubil conejo” y dejaban que BAB pasara algunas horas sobre la cama o explorando el lugar. Para nuestro pequeño criminal fue ¡excitante!, ¡maravilloso!, ¡fuera de serie!. Todo a su alrededor era nuevo y fascinante: tenía que vivir afuera.
En estas breves salidas comenzó a hostigar al gato y al perro, le gustaba enloquecerlos corriendo de un lado a otro y saltando por todo el lugar, se acercaba y se alejaba, ¡era un condenado escapista! El resto de los gatos sólo lo veían con desprecio, lo evitaban y cuando los acorralaba corrían despavoridos fuera de la casa. BAB corría de un cuarto a otro, como loco despavorido, como gato en ataque nocturno.
BAB comenzó a orinar y cagar todo a su paso, debía marcar su territorio y era una tarea titánica considerando la cantidad de animales con los que tenía que disputar todo ese espacio, pero lo logró. Obtuvo el respeto de los gatos y del perro, los más difíciles de dominar. Era tan dueño del lugar que de todos los habitantes, incluyendo a los humanos, era el único que podía descansar en donde le diera la gana, bien podía ser una cama, un sillón, abajo de una silla o en un cajón.


Vio en el perro a un aliado, los perros son nobles, amistosos y BAB lo sabía, así que lo hizo su amigo, aunque para tan temible conejo era un tanto incómodo que el perro embarraba su enorme nariz en su trasero, pero algo se tenía que hacer ¿no?, cada quién sabe sus tácticas.
Si bien ya era libre y amado, su más grande anhelo, aún existían resquemores con los gatos, y es que el condenado de BAB, en su locura de conquistar territorio fue capaz incluso de ¡orinar la comida de los gatos!, por lo que éstos no lo miraban con buenos ojos. Sin embargo, en su afán por acercarse a ellos, BAB comenzó a comportarse como tal. Todos sus esfuerzos lo llevaron a convertirse en gato, si para hacerlos sus amigos debía ser gato… ¡lo sería!. Hacía todo lo que ellos hacían, desde lamerse el pelaje, saltar a la alacena, beber agua del mismo plato y llevar la misma dieta, y aunque ya se creía gato, los gatos si sabían que BAB era un conejo. 
La locura de BAB por ser gato rindió sus frutos y se hizo compinche de PELITOS, un gato greñudo, temeroso y simpático con el que pasaba sus horas de siesta. Acurrucados en la cama bajo el sol que entraba por la ventana, era el mejor momento del día. ¡Claro, quién mejor la pasaba era el canijo BAB que agarraba como almohada al pachón de PELITOS!


Al final, ese delincuente peludo y dientón se robó el corazón de todos en esa casa llena de sol y de animales. Se hizo amigo de cada miembro de la gran familia, pasaba un rato jugando a ser gato con sus amigos gatos, otro rato tomaba el sol con PELITOS, jugaba con el perro a esconderse para que lo encontrara, miraba a las tortugas por largas horas y fingía platicar con los periquitos australianos.
Por fin su suave pelo recibía caricias al por mayor, la chica boba de la casa lo cargaba y lo abrazaba, decía que BAB olía a deliciosas almendras, así que le gustaba juntar su nariz con la del conejito y así pasaban un buen rato.
En fin, tuvo que cometer algunos actos criminales tremendos, pero estaba satisfecho, era por fin un conejo feliz.





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