jueves, 11 de junio de 2020

La duda se quedó en la funda de la almohada.

LA DUDA SE QUEDÓ EN LA FUNDA DE LA ALMOHADA


              Apenas sentía el cuerpo, era una fatiga increíble aquella que sentí al despertar. Parecía que toda una vida había luchado contra leones y las peores fieras de la tierra, pero no entendía por qué mi cuerpo estaba tan adolorido y cansado.


Me descubrí en un espacio desconocido, sombrío. Mi mente tampoco estaba bien, la confusión vagaba por todo el territorio de mi memoria, ¿quién era yo y qué hacía ahí?. Me preocupé un poco, pero sólo un poco. Lo que deseaba era dormir, soñar un rato y despertar después sobre una cama cómoda, caliente.
Volvía a despertar y siempre era lo mismo, las mismas sensaciones de extenuación, cierta angustia que nunca llegaba a ningún lugar, la misma impotencia de no sentir un poco de fuerza para preguntar si alguien más estaba acompañándome. Un estremecimiento en mi interior me gritaba que yo era alguien… ¿pero quién?.
Cada vez que despertaba, no sé si en noches, días o madrugadas, era consciente que existía el hambre pero no la sentía, que existía el amor y el odio pero no lograba proyectarlos hacia un ser cualquiera, que existía la angustia pero la mía desaparecía y volvía sin avisar. Mi estado era etéreo, incluso pudo ser un sueño demasiado real, pero no fue así. Recordé que existía la sed y por fin escuché mi voz como si fuera la de una extraña, y dije “agua”, una pausa enorme a mi parecer, y  escuché de nuevo mi voz lenta y pastosa “quiero agua”. Unas manos enormes se acercaron a mí, sabía que eran enormes porque apenas por un espacio libre de la tela que resguardaba mis ojos pude ver que el vaso era cubierto totalmente por aquella mano enorme, las mías apenas si tenía la fuerza para sostener el vaso y logré ver mis dedos delgados, delgadísimos que no lo cubrían en su totalidad.
El agua fue como vida. Mis labios acariciaron el frío vidrio y despertó un poco mi ser, después el líquido entró lentamente por mi boca y la emoción de sentirlo me inundó por completo. La vida entró por fin a mi cuerpo y la fatiga se desvaneció un poco, pero sólo un poco porque todavía temblaban mis manos con el vaso en mi boca. Finalmente tomé fuerzas y empiné el vaso, si, era vida, vida que en mi desesperación derramé por los bordes de mi boca, pero no me importó porque igual caía sobre mi cuerpo… las piernas, parte de los brazos, mi cara. Tampoco me afectó que se derramara tan estrepitosamente porque me ayudó a recordar que no sólo el dolor hace sentir.
Las enormes manos se acercaron y me arrebataron el vaso, pero afortunadamente ya había bebido toda el agua. Las manos me tomaron por los hombros, como si yo fuera un objeto y me acostaron, estaba en el suelo, ese era mi lugar, suelo frío y sucio, olía mal. Ahora todo se aclaraba un poco, pero sólo un poco en mi mente. ¡Claro!, antes de estar en ese suelo inmundo yo estaba comprando la despensa habitual en el centro comercial, pero aún no sabía qué artículos o para qué o para quién eran. Había un auto azul estacionado, era muy bonito, de cuatro puertas y yo caminaba hacía aquellos reflejos del sol sobre el metal. Miré a la izquierda a un hombre enorme, quizá el de las manos, se acercaba rápidamente a mí.
Mis recuerdos se fragmentaron de golpe cuando escuché el timbrar de un teléfono, me sacudí y descubrí que mis manos y pies estaban atados, ahora entendía la razón del agua derramada sobre mi ropa y mi cuerpo. Más consciente comencé a moverme tratando de desatarme, pero no sabía para qué, era sólo el deseo de estar libre sin razón. Sentí a una persona acercándose a mí, la venda de los ojos se caía un poco, pero sólo un poco, y me permitió ver al hombre de mis recuerdos que se acercaba a una mesita cercana en el suelo helado, tomó algo entre sus manos que no logré ver, un piquete me perdió nuevamente, hasta que todos los días se convirtieron en algo similar. Primero el cansancio, después la vida, recordar un poco y volver a dormir.
¿Cuánto tardaría en reconstruir aquellos vagos recuerdos, a terminar el rompecabezas?, ¿Cuántos piquetes más?, ¿cuántos sueños?, ¿cuántos vasos de agua más?. Hasta aquel momento en que mi desesperación hizo su aparición, ya sabía que la comida que compraba aquella vez era para realizar una cena a personas muy importantes, que el automóvil azul era mío, lo compré cuando me gradué de la escuela de leyes, que el centro comercial estaba a quince minutos de mi casa. Me desesperaba porque aún no llegaba a lo esencial… ¿quién era yo y qué diablos hacía ahí?. Comencé a sentir que aquello nunca terminaría porque siempre había que empezar de nuevo, lo que me inyectaban me dejaba completamente estúpida y tenía que comenzar prácticamente de cero todos los días, el avance era lento, muy lento. Entonces, sumida en mi pesimismo recordé que mi abuela siempre decía que las decisiones y dudas hay que resolverlas en las sabias almohadas, y mi duda era enorme. 
¿En donde conseguiría una almohada?, ¿el hombre de manos enormes podría ser un poco amable, hablarme por lo menos una vez y prestarme una almohada?, no lo sabía pero tenía que intentarlo, era necesario saber quién era y qué hacía en ese suelo apestoso, me daba rabia estar así, con incertidumbre.
Desperté nuevamente afectada por el piquete de la tarde o noche anterior, mis pensamientos merodearon las paredes grises del lugar, seguí con la rutina de recordar lo ya recordado. Cuando por fin logré un poco de claridad en mis ideas y pensamientos pregunté: “¿hay alguien aquí?” y escuché el rechinido de las patas de una silla, “¿qué quieres?”, me contestaron, “quiero pedirle algo especial” dije con una voz que no se parecía a la que yo pensé que tenía, “¿qué?” me respondió el hombre un tanto intrigado, “quisiera una almohada, me duele el cuello”,   pensé que no era buena idea decirle al hombre de las manos enormes que tenía planeado resolver mi identidad a partir de una almohada, una risa extraña llenó todo el espacio frío de aquel cuarto, el hombre sólo respondió “al rato te la traigo, aquí no hay” y le di las gracias.
Pasó el tiempo, imposible saber cuánto. Mientras, seguía esforzándome. Cualquier recuerdo era bueno para rescatarse. Escuché de nuevo ruidos, el hombre se acercó y me dijo, “ahí tienes la almohada”, me agarró del cuello y colocó mi única salvación debajo de mi cabeza. Ahora si esperaba ansiosa el piquete, necesitaba tener sueño, cansancio para caer rendida sobre aquel objeto acojinado que me brindaba esperanzas.
Me recosté y froté mis cabellos sobre la almohada, la funda era color amarillo con flores rojas, puede ver un poco. Disfruté enormemente ese momento. Y ya estaba soñando en pocos minutos. 
Como suele suceder, comencé a soñar irrealidades. Primero caminaba sobre un bosque enorme lleno de caminos sin rumbo. Soñé que el hombre de las manos enormes era mi amigo y me invitaba a tomar un café, ambos dábamos vueltas y vueltas por un parque hasta que llegábamos a un lugar de puertas enormes color verde, pasábamos al interior y era el cuarto frío y mal oliente en el que estaba, pero aún así me quedaba con él. Casi muero de emoción, cuando en mis sueños aquel hombre me llamaba “amor”, ¡claro¡,  ¿pero cómo pude olvidarlo?, ¡el hombre de manos enormes era mi esposo, ¡que felicidad!, yo era casada y además tenía un hijo porque el niño que primero caminaba al lado de mi esposo corría dirigiéndose hacia mí gritando “¡mami!”. Finalmente, para mi buena suerte, aparecieron mis padres, platicábamos del nuevo proyecto de papá, al parecer un proyecto que le dejaría grandes y jugosas ganancias, mi hermana saltaba de la emoción porque podría ir a tomar un costoso curso al extranjero.
Y así seguí, viendo mi casa de paredes claras, con cuadros de paisajes y el de un caballo negro en el centro de la sala. También vi aquel patio lleno de flores púrpura de mi madre, ella se esmeraba mucho por mantenerlo siempre hermoso. Mi hijo corría por todos lados y yo estaba completa y absolutamente feliz.
Pero también en mi sueño comenzaba a ganarme la duda, nadie me decía mi nombre, nadie me decía el suyo tampoco. Yo entendía y sentía que cada uno de los actores de aquel sueño eran mis parientes pero no sabía si de verdad lo eran porque no me lo decían. Llegó mi supuesto esposo, me abrazó con cariño y me pidió perdón, “¿Por qué?” le pregunté y él respondió “por todo”. 
La situación estaba de cabeza, ahora no entendía de qué se trataba aquello y me decidí a preguntarle: “¿dime, quién soy?, ¿cuál es mi nombre?, ¿me amas?, ¿ese niño es nuestro?, ¿soy alguien?”, observé como sus labios se abrían lentamente y decía “eres Carolina”. ¡Por Dios!, ¡claro!... ¡soy Carolina!.
En el mismo instante que me decía mi nombre sentí una sacudida en todo mi cuerpo, el suelo se movía bajo mis pies, el hombre de las manos enormes me tenía de un brazo y yo estaba de pie. La almohada ahora estaba lejos, ya muy lejos de mi cabeza, comencé a llorar y me moví agitadamente para reanudar mi sueño, para que me dijeran más sobre mí, pero recibí un severo regaño “¡no te muevas¡” me gritaron. Aún mi conciencia estaba perdida entre el sueño y el despertar. 
Me quedaban pocos rastros de aquel ensueño que parecía demasiado real, así que traté de tranquilizarme porque ya no recordaba el nombre que me habían dicho, ya no sabía de nuevo quién era, necesitaba regresar a poner mi cabeza sobre la almohada. “¡por favor déjame regresar a la almohada!” dije llorando y moviéndome como una fiera. El tipo de las manos enormes me arrancó la venda de los ojos y frente a mí estaba el hombre de mis sueños, mi supuesto esposo y tenía la almohada entre sus manos “¿ésta?”, me preguntó mirándome a los ojos mientras la agitaba lentamente. Comencé a llorar porque no entendía nada.  
Escuché tras de mí que cortaban cartucho, me quedé mirando la almohada, ¡Ahí estaba mi maldito nombre!, ¡¿era o no era ese tipo alto mi esposo?¡, entonces miré al hombre con la almohada de manera suplicante y él movió la cabeza como afirmando una orden... escuché el disparo y un grito de dolor interminable... era mi voz... era mi grito... era mi duda sin resolver... era mi pesadilla y me desvanecía lentamente entre los brazos del hombre de las manos enormes, miraba entonces la funda de la almohada, en donde se quedó la respuesta a la duda que me consume.

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