jueves, 25 de junio de 2020

Bad Ass Bunny

BAD ASS BUNNY
La historia de un conejo criminal


Lo primero que deben saber es que esta historia es cien por cierto real, lo crean o no Bad Ass Bunny existió.
Como todo criminal, este personaje tiene una historia; la historia de uno de los bandidos más calculadores y más audaces; tierno y suave como ningún otro.
No se confundan, Bad Ass Bunny, alias BAB o CHILI, no asaltaba bancos, no asustaba viejitas, no secuestraba zanahorias del refrigerador, ¡por Dios, estamos hablando de un conejo!. ¿Están listos?
FICHA DE IDENTIFICACIÓN
Raza: Cabeza de león 
Procedencia: Mercado Morelos, Ciudad de México, en donde se le vio, ya desde entonces, buleando al resto de los conejos y bastante activo, todo un bad ass.
Nombre: Chilaquil Pérez, alias Chili, inspiración de la serie El Patrón del Mal. Era chistoso que ese conejo esponjoso y tierno como calabaza llevará como nombre el apodo de quien fuera la mano derecha de Pablo Escobar.


  Corría el mes de abril cuando llegó a lo que sería su hogar durante 6 largos conejos años. Como en toda triste historia de criminales, pasó por un episodio que lo marcó: la SARNA, terrible enfermedad que lo atormentó y torturó pues debían raspar su piel muerta y la pus, pero fue valiente. Esta terrible rutina de curaciones duró meses y BAB sabía que iba a estar mejor. Sin embargo, no comprendía porque nadie lo tocaba, él como todo animal necesitaba de cariño, pero no sabía que su enfermedad era muy contagiosa y que podría poner en peligro al resto de sus compañeros de hogar en ese momento: 5 gatos, 1 perro, 2 tortugas, 2 periquitos australianos y 2 humanos, los más extraños por cierto.


BAB se volvió solitario y miedoso, cuando alguien lo tocaba era sólo para raspar su piel lo que era doloroso y triste, ¿cómo podía confiar?, así que comenzó a crecer en él la peculiar personalidad que lo caracterizó.
Era un conejo diferente, sus dientes no crecían como los de un conejo normal, así que BAB tenía que limar todos los días sus dientotes porque su tamaño era mucho mayor al de sus congéneres. No importaba cuanto royera, él siempre tenía que hacerlo para poder probar bocado, ¿ya se imaginaron el tamaño de esos dientes verdad?
Vivía en el “cubil conejo”, para BAB no existía la esclavitud de una jaula, prefería pensar que su casa era un escondite especial para escabullirse de las manos humanoides y del escándalo que generaban los otros animales, peculiarmente el perro y uno de los gatos que jamás abandonaba el hogar.
Después de superar su enfermedad, comenzó a planear el escape de “cubil conejo”. Ya había sido demasiado tiempo entre rejas y sin cariño… ¡iría a buscarlo!, perdería el miedo y saldría por todas las caricias que aún no le habían dado a su suave pelo. No importaba el cómo, él lograría su objetivo.
Decidió ganarse la confianza de la mujer de la casa, una chica linda pero medio boba, se daba cuenta que siempre que se acercaba a “cubil conejo” le habla como bebé, así que sería una presa fácil. Ella siempre le ofrecía almendras y BAB ¡amaba las almendras!, estaba ganando por donde quiera que se le viere.
Poco a poco comenzaron a sacarlo de “cubil conejo” y dejaban que BAB pasara algunas horas sobre la cama o explorando el lugar. Para nuestro pequeño criminal fue ¡excitante!, ¡maravilloso!, ¡fuera de serie!. Todo a su alrededor era nuevo y fascinante: tenía que vivir afuera.
En estas breves salidas comenzó a hostigar al gato y al perro, le gustaba enloquecerlos corriendo de un lado a otro y saltando por todo el lugar, se acercaba y se alejaba, ¡era un condenado escapista! El resto de los gatos sólo lo veían con desprecio, lo evitaban y cuando los acorralaba corrían despavoridos fuera de la casa. BAB corría de un cuarto a otro, como loco despavorido, como gato en ataque nocturno.
BAB comenzó a orinar y cagar todo a su paso, debía marcar su territorio y era una tarea titánica considerando la cantidad de animales con los que tenía que disputar todo ese espacio, pero lo logró. Obtuvo el respeto de los gatos y del perro, los más difíciles de dominar. Era tan dueño del lugar que de todos los habitantes, incluyendo a los humanos, era el único que podía descansar en donde le diera la gana, bien podía ser una cama, un sillón, abajo de una silla o en un cajón.


Vio en el perro a un aliado, los perros son nobles, amistosos y BAB lo sabía, así que lo hizo su amigo, aunque para tan temible conejo era un tanto incómodo que el perro embarraba su enorme nariz en su trasero, pero algo se tenía que hacer ¿no?, cada quién sabe sus tácticas.
Si bien ya era libre y amado, su más grande anhelo, aún existían resquemores con los gatos, y es que el condenado de BAB, en su locura de conquistar territorio fue capaz incluso de ¡orinar la comida de los gatos!, por lo que éstos no lo miraban con buenos ojos. Sin embargo, en su afán por acercarse a ellos, BAB comenzó a comportarse como tal. Todos sus esfuerzos lo llevaron a convertirse en gato, si para hacerlos sus amigos debía ser gato… ¡lo sería!. Hacía todo lo que ellos hacían, desde lamerse el pelaje, saltar a la alacena, beber agua del mismo plato y llevar la misma dieta, y aunque ya se creía gato, los gatos si sabían que BAB era un conejo. 
La locura de BAB por ser gato rindió sus frutos y se hizo compinche de PELITOS, un gato greñudo, temeroso y simpático con el que pasaba sus horas de siesta. Acurrucados en la cama bajo el sol que entraba por la ventana, era el mejor momento del día. ¡Claro, quién mejor la pasaba era el canijo BAB que agarraba como almohada al pachón de PELITOS!


Al final, ese delincuente peludo y dientón se robó el corazón de todos en esa casa llena de sol y de animales. Se hizo amigo de cada miembro de la gran familia, pasaba un rato jugando a ser gato con sus amigos gatos, otro rato tomaba el sol con PELITOS, jugaba con el perro a esconderse para que lo encontrara, miraba a las tortugas por largas horas y fingía platicar con los periquitos australianos.
Por fin su suave pelo recibía caricias al por mayor, la chica boba de la casa lo cargaba y lo abrazaba, decía que BAB olía a deliciosas almendras, así que le gustaba juntar su nariz con la del conejito y así pasaban un buen rato.
En fin, tuvo que cometer algunos actos criminales tremendos, pero estaba satisfecho, era por fin un conejo feliz.





jueves, 18 de junio de 2020

La mujer del lado izquierdo.

LA MUJER DEL LADO IZQUIERDO

¿Alguna vez te has mirado al espejo y te has sentido chueco o chueca?.  ¡Si , si, si, que estás mal hecho!, que igual tu rostro es demasiado asimétrico, o que te falta un pedazo de oreja, que te faltan hombros, que te sobra un pedazo de nariz, que tienes las cejas de un lado más pobladas que del otro. ¿no?, ¿nunca?. Bueno, esta historia es la de una mujer cuyos defectos físicos siempre estuvieron del lado izquierdo.

Todo empezó un día que siendo niña, de unos diez o doce años, le pidió a su mamá ver el álbum de fotografías familiares y ¡ZAZ! encontró sus retratos y se veía rara, algo no embonaba, simplemente no se miraba bien.

La foto individual de la graduación de preescolar sólo podía revelar dos cosas: ella estaba chueca de la cara o el fotógrafo era lo suficientemente malo, o “maleta” como decía su papá, para no poder encontrar el mejor ángulo de las personas. 

Lastimeramente descubrió, dando vuelta a las hojas de aquel libro, que no todos los fotógrafos podían ser ineptos e ineficientes… ¡estaba chueca y punto!.

Corrió al espejo de cuerpo entero que tenían sus papás en la recámara principal y se detuvo a ver su cara, sabía que debía hacerlo de forma objetiva y casi, casi con todo el rigor científico, quería poner en práctica los recientes conocimientos adquiridos sobre el método científico que le enseñaron en su curso escolar. 

Durante esa primera inspección logró descubrir que su ojo izquierdo era más grande que el derecho, era un ojo que se veía más “gordito”, digamos como una canica gorda. También logró ver que su labio superior era más grueso que el inferior, pero del lado izquierdo sobresalía ese abultamiento.

Comenzó a escribir todos los hallazgos de sus deformidades en la libretita de Hello Kitty que le había regalado su abuelita en su cumpleaños.

Tras el paso del tiempo siguió observando su cuerpo, haciendo estadísticas y cálculos... y como a eso de los veinte años ya tenía anotado lo siguiente:

*Ojo izquierdo más grande, parece una canica de las bombochas, dos milímetros más grande.
*Labio superior izquierdo más grueso.
*Colmillo del lado izquierdo no termina de bajar.
*70% de los lunares están del lado izquierdo.
*2 caries del lado izquierdo.
*La mano izquierda es más flaca que la derecha.
*Los barros salen del lado izquierdo.
*El seno izquierdo está más aplastado y pequeño que el derecho.
*Esguince de segundo grado en el tobillo izquierdo.

En fin, más y más defectos por aquí y por allá, pero todos del lado izquierdo. ¿Sería una casualidad?¿Algo andaba mal?. Decidió realizar una consulta con un médico internista, esos que le saben a todo. No quiso ir con el médico general de la familia porque seguro la veía con ojos de amor, la conocía desde chiquita y pues era algo así como un tío muy querido, ni modo que su tío le dijera en la cara que estaba toda chueca y defectuosa.

El internista terminó por decir que todo era una coincidencia y que ella veía muchos defectos en su persona, que no era para tanto y que mucho de lo que ella creía defecto no era más que una expresión del cuerpo. ¿Pues que chingados quería decir su cuerpo?.

Un tanto avergonzada salió de la cita médica, condenada a no tener explicación y resignada a su “chuecura”. Total, ya había tenido sus dos que tres novios, así que tal vez tenía razón el médico y no era para tanto, quién decía que no podía conseguirse a otro chueco igual que ella.

Mientras tanto las hojas de la libreta se seguían llenando:
*Labios resecos, pero más del lado izquierdo.
*Dolor en la muñeca izquierda.
*Uña enterrada en el dedo gordo del pie izquierdo.
*Sensibles principios de artritis en los dedos de la mano izquierda.
*Dolor del bazo.

Un buen día, de esos en los que no esperas nada, conoció a un chico. Él era bien parecido, para nada se veía chueco, tenía un sentido del humor increíble, bromista, buen conversador y escucha, entusiasta, ¡lindo pues!, de esos a los que no les pones un “pero” porque no hay forma de encontrarle defectos.

Salió con el joven unos meses y se convirtieron en novios, se la pasaban fenomenal estando juntos, tanto así que la libreta de los defectos comenzó a quedar en el olvido, arrinconada en el cajón de la mesa de noche en donde guardaba el espejo en que se miraba antes de dormir, anteriormente para encontrar nuevos defectos y después para ver como se le iluminaban los ojos y la sonrisa sólo por pensar en él.

Pero la vida no siempre es color de rosa y todos alguna vez hemos pasado y vivido el desamor, ella no tenía que ser la excepción.

De pronto, el chico simpático cero defectos se convirtió en el peor de sus tormentos. Se llevó todas sus ganas de ser feliz, la llenó de tristeza y desasosiego. Su entusiasmo por vivir minó, su rostro sólo mostraba la gran pérdida del amor.

Otro día, de esos que no esperas nada, amaneció sin pulso.

El médico familiar, que fue el primero en acudir tras el llamado de la madre de la chica, explicó que fue un infarto.

Encontraron su libreta de Hello Kitty al lado de la almohada mojada de lágrimas, y su última nota citaba:

“Estoy muriendo, segura estoy. Me ha roto el corazón y como está inclinado hacia el lado izquierdo, no hay nada que hacer.”

jueves, 11 de junio de 2020

La duda se quedó en la funda de la almohada.

LA DUDA SE QUEDÓ EN LA FUNDA DE LA ALMOHADA


              Apenas sentía el cuerpo, era una fatiga increíble aquella que sentí al despertar. Parecía que toda una vida había luchado contra leones y las peores fieras de la tierra, pero no entendía por qué mi cuerpo estaba tan adolorido y cansado.


Me descubrí en un espacio desconocido, sombrío. Mi mente tampoco estaba bien, la confusión vagaba por todo el territorio de mi memoria, ¿quién era yo y qué hacía ahí?. Me preocupé un poco, pero sólo un poco. Lo que deseaba era dormir, soñar un rato y despertar después sobre una cama cómoda, caliente.
Volvía a despertar y siempre era lo mismo, las mismas sensaciones de extenuación, cierta angustia que nunca llegaba a ningún lugar, la misma impotencia de no sentir un poco de fuerza para preguntar si alguien más estaba acompañándome. Un estremecimiento en mi interior me gritaba que yo era alguien… ¿pero quién?.
Cada vez que despertaba, no sé si en noches, días o madrugadas, era consciente que existía el hambre pero no la sentía, que existía el amor y el odio pero no lograba proyectarlos hacia un ser cualquiera, que existía la angustia pero la mía desaparecía y volvía sin avisar. Mi estado era etéreo, incluso pudo ser un sueño demasiado real, pero no fue así. Recordé que existía la sed y por fin escuché mi voz como si fuera la de una extraña, y dije “agua”, una pausa enorme a mi parecer, y  escuché de nuevo mi voz lenta y pastosa “quiero agua”. Unas manos enormes se acercaron a mí, sabía que eran enormes porque apenas por un espacio libre de la tela que resguardaba mis ojos pude ver que el vaso era cubierto totalmente por aquella mano enorme, las mías apenas si tenía la fuerza para sostener el vaso y logré ver mis dedos delgados, delgadísimos que no lo cubrían en su totalidad.
El agua fue como vida. Mis labios acariciaron el frío vidrio y despertó un poco mi ser, después el líquido entró lentamente por mi boca y la emoción de sentirlo me inundó por completo. La vida entró por fin a mi cuerpo y la fatiga se desvaneció un poco, pero sólo un poco porque todavía temblaban mis manos con el vaso en mi boca. Finalmente tomé fuerzas y empiné el vaso, si, era vida, vida que en mi desesperación derramé por los bordes de mi boca, pero no me importó porque igual caía sobre mi cuerpo… las piernas, parte de los brazos, mi cara. Tampoco me afectó que se derramara tan estrepitosamente porque me ayudó a recordar que no sólo el dolor hace sentir.
Las enormes manos se acercaron y me arrebataron el vaso, pero afortunadamente ya había bebido toda el agua. Las manos me tomaron por los hombros, como si yo fuera un objeto y me acostaron, estaba en el suelo, ese era mi lugar, suelo frío y sucio, olía mal. Ahora todo se aclaraba un poco, pero sólo un poco en mi mente. ¡Claro!, antes de estar en ese suelo inmundo yo estaba comprando la despensa habitual en el centro comercial, pero aún no sabía qué artículos o para qué o para quién eran. Había un auto azul estacionado, era muy bonito, de cuatro puertas y yo caminaba hacía aquellos reflejos del sol sobre el metal. Miré a la izquierda a un hombre enorme, quizá el de las manos, se acercaba rápidamente a mí.
Mis recuerdos se fragmentaron de golpe cuando escuché el timbrar de un teléfono, me sacudí y descubrí que mis manos y pies estaban atados, ahora entendía la razón del agua derramada sobre mi ropa y mi cuerpo. Más consciente comencé a moverme tratando de desatarme, pero no sabía para qué, era sólo el deseo de estar libre sin razón. Sentí a una persona acercándose a mí, la venda de los ojos se caía un poco, pero sólo un poco, y me permitió ver al hombre de mis recuerdos que se acercaba a una mesita cercana en el suelo helado, tomó algo entre sus manos que no logré ver, un piquete me perdió nuevamente, hasta que todos los días se convirtieron en algo similar. Primero el cansancio, después la vida, recordar un poco y volver a dormir.
¿Cuánto tardaría en reconstruir aquellos vagos recuerdos, a terminar el rompecabezas?, ¿Cuántos piquetes más?, ¿cuántos sueños?, ¿cuántos vasos de agua más?. Hasta aquel momento en que mi desesperación hizo su aparición, ya sabía que la comida que compraba aquella vez era para realizar una cena a personas muy importantes, que el automóvil azul era mío, lo compré cuando me gradué de la escuela de leyes, que el centro comercial estaba a quince minutos de mi casa. Me desesperaba porque aún no llegaba a lo esencial… ¿quién era yo y qué diablos hacía ahí?. Comencé a sentir que aquello nunca terminaría porque siempre había que empezar de nuevo, lo que me inyectaban me dejaba completamente estúpida y tenía que comenzar prácticamente de cero todos los días, el avance era lento, muy lento. Entonces, sumida en mi pesimismo recordé que mi abuela siempre decía que las decisiones y dudas hay que resolverlas en las sabias almohadas, y mi duda era enorme. 
¿En donde conseguiría una almohada?, ¿el hombre de manos enormes podría ser un poco amable, hablarme por lo menos una vez y prestarme una almohada?, no lo sabía pero tenía que intentarlo, era necesario saber quién era y qué hacía en ese suelo apestoso, me daba rabia estar así, con incertidumbre.
Desperté nuevamente afectada por el piquete de la tarde o noche anterior, mis pensamientos merodearon las paredes grises del lugar, seguí con la rutina de recordar lo ya recordado. Cuando por fin logré un poco de claridad en mis ideas y pensamientos pregunté: “¿hay alguien aquí?” y escuché el rechinido de las patas de una silla, “¿qué quieres?”, me contestaron, “quiero pedirle algo especial” dije con una voz que no se parecía a la que yo pensé que tenía, “¿qué?” me respondió el hombre un tanto intrigado, “quisiera una almohada, me duele el cuello”,   pensé que no era buena idea decirle al hombre de las manos enormes que tenía planeado resolver mi identidad a partir de una almohada, una risa extraña llenó todo el espacio frío de aquel cuarto, el hombre sólo respondió “al rato te la traigo, aquí no hay” y le di las gracias.
Pasó el tiempo, imposible saber cuánto. Mientras, seguía esforzándome. Cualquier recuerdo era bueno para rescatarse. Escuché de nuevo ruidos, el hombre se acercó y me dijo, “ahí tienes la almohada”, me agarró del cuello y colocó mi única salvación debajo de mi cabeza. Ahora si esperaba ansiosa el piquete, necesitaba tener sueño, cansancio para caer rendida sobre aquel objeto acojinado que me brindaba esperanzas.
Me recosté y froté mis cabellos sobre la almohada, la funda era color amarillo con flores rojas, puede ver un poco. Disfruté enormemente ese momento. Y ya estaba soñando en pocos minutos. 
Como suele suceder, comencé a soñar irrealidades. Primero caminaba sobre un bosque enorme lleno de caminos sin rumbo. Soñé que el hombre de las manos enormes era mi amigo y me invitaba a tomar un café, ambos dábamos vueltas y vueltas por un parque hasta que llegábamos a un lugar de puertas enormes color verde, pasábamos al interior y era el cuarto frío y mal oliente en el que estaba, pero aún así me quedaba con él. Casi muero de emoción, cuando en mis sueños aquel hombre me llamaba “amor”, ¡claro¡,  ¿pero cómo pude olvidarlo?, ¡el hombre de manos enormes era mi esposo, ¡que felicidad!, yo era casada y además tenía un hijo porque el niño que primero caminaba al lado de mi esposo corría dirigiéndose hacia mí gritando “¡mami!”. Finalmente, para mi buena suerte, aparecieron mis padres, platicábamos del nuevo proyecto de papá, al parecer un proyecto que le dejaría grandes y jugosas ganancias, mi hermana saltaba de la emoción porque podría ir a tomar un costoso curso al extranjero.
Y así seguí, viendo mi casa de paredes claras, con cuadros de paisajes y el de un caballo negro en el centro de la sala. También vi aquel patio lleno de flores púrpura de mi madre, ella se esmeraba mucho por mantenerlo siempre hermoso. Mi hijo corría por todos lados y yo estaba completa y absolutamente feliz.
Pero también en mi sueño comenzaba a ganarme la duda, nadie me decía mi nombre, nadie me decía el suyo tampoco. Yo entendía y sentía que cada uno de los actores de aquel sueño eran mis parientes pero no sabía si de verdad lo eran porque no me lo decían. Llegó mi supuesto esposo, me abrazó con cariño y me pidió perdón, “¿Por qué?” le pregunté y él respondió “por todo”. 
La situación estaba de cabeza, ahora no entendía de qué se trataba aquello y me decidí a preguntarle: “¿dime, quién soy?, ¿cuál es mi nombre?, ¿me amas?, ¿ese niño es nuestro?, ¿soy alguien?”, observé como sus labios se abrían lentamente y decía “eres Carolina”. ¡Por Dios!, ¡claro!... ¡soy Carolina!.
En el mismo instante que me decía mi nombre sentí una sacudida en todo mi cuerpo, el suelo se movía bajo mis pies, el hombre de las manos enormes me tenía de un brazo y yo estaba de pie. La almohada ahora estaba lejos, ya muy lejos de mi cabeza, comencé a llorar y me moví agitadamente para reanudar mi sueño, para que me dijeran más sobre mí, pero recibí un severo regaño “¡no te muevas¡” me gritaron. Aún mi conciencia estaba perdida entre el sueño y el despertar. 
Me quedaban pocos rastros de aquel ensueño que parecía demasiado real, así que traté de tranquilizarme porque ya no recordaba el nombre que me habían dicho, ya no sabía de nuevo quién era, necesitaba regresar a poner mi cabeza sobre la almohada. “¡por favor déjame regresar a la almohada!” dije llorando y moviéndome como una fiera. El tipo de las manos enormes me arrancó la venda de los ojos y frente a mí estaba el hombre de mis sueños, mi supuesto esposo y tenía la almohada entre sus manos “¿ésta?”, me preguntó mirándome a los ojos mientras la agitaba lentamente. Comencé a llorar porque no entendía nada.  
Escuché tras de mí que cortaban cartucho, me quedé mirando la almohada, ¡Ahí estaba mi maldito nombre!, ¡¿era o no era ese tipo alto mi esposo?¡, entonces miré al hombre con la almohada de manera suplicante y él movió la cabeza como afirmando una orden... escuché el disparo y un grito de dolor interminable... era mi voz... era mi grito... era mi duda sin resolver... era mi pesadilla y me desvanecía lentamente entre los brazos del hombre de las manos enormes, miraba entonces la funda de la almohada, en donde se quedó la respuesta a la duda que me consume.

jueves, 4 de junio de 2020

El pedazo de noche que dejaste.

El pedazo de noche que dejaste.
Me levanté de la silla del insomnio y me asomé por la ventana. La oscuridad dejaba un leve rocío de claridad que despejaba mis penumbras y pensé en ti por un instante. Apenas mis piernas lograban sostenerse, mirándose ellas mismas como extrañas y no lograban coordinar. El té ya estaba helado y no importaba demasiado, igual seguí bebiendo mientras el frío de la madrugada me erizaba todo el cuerpo.

Recordé y miré mi rostro en el espejo, me acurruqué en la cama esperando el sueño. Dormitaba entre las sábanas azules, entre las sombras de los muebles que me miraron inmóviles.

Dejé que te marcharas aquella vez, detuve mis pasos y no traté de detenerte, jamás lo haría. Tomaste tu maleta negra que aguardaba bajo la cama y en ella te guardaste mis ganas y mis deseos de amarte siempre. También empacaste la ropa, sacaste los abrigos y un sombrero texano que nunca usabas.

Me levanté unos momentos y miré de nuevo por la ventana, el aire penetraba cada espacio y me llevó hasta tu lado de la cama. Hacía tanto tiempo que ya no dormías ahí, pero pensé que tal vez quedaba algo de tu aroma... me equivoqué. Te llevaste todo y me daba cuenta en ese instante; no encontré los tenis gastados de los fines de semana, ni la foto de tu hijo que mirabas por las noches antes de dormir, no encontré tu silueta a media noche tratando de buscar acomodo en un lugar de nuestra cama. No hubo nada de ti entonces, ni el ronquido boca arriba, ni los sellos en las cartas que enviabas a tu madre cada mes.

Te dio tiempo de empacar hasta los tacones altos que yo usaba para verme de tu altura, y el vestido negro de las fiestas importantes, no quedaba nada de ti e incluso de mí, a veces ni el recuerdo.

Abrí la caja de las fotografías, intenté hallarte en ellas para perdonar un poco el abandono, no estabas, te encargaste de llenar mi alma de arrebatos locos, empacaste también mi cordura y recordé que ya las había quemado. Sentí furia contra ti, odio y te desprecié tanto que me cupo en la mano la medalla que me diste y la lancé a través de la ventana.

Me pareció absurda tu partida, tus locuras de cargar con todo aquello que pensaste te pertenecía. Ridículo te viste cargando con la silla de colores llamativos, apenas hubo espacio en tu camioneta para llevar también los cuadros de motocicletas que compramos juntos en un bazar. Ya poco te faltaba para cargar con el refrigerador y un estéreo, pero recordaste entonces que yo puse más de la mitad de esos aparatos cuando los compramos.

Pero me quedé callada, permití que te quedaras con lo que deseabas, incluso si era mío, tan fue así que la colección de discos de boleros no está aquí acompañándome. 

¡Quédate con todo, no me importa!, puedes vender los discos y los libros que empacaste. Si deseas, conserva aquellas cartas que escribí en los aniversarios, incluso sácale provecho a los regalos que te di durante años, no me importa. Y soy tan espléndida y caritativa que te regalo mi cariño, te regalo mi tiempo perdido junto a ti, te obsequio el amor que al final de cuentas siempre es el mismo. Quédate con todo lo que necesites de mí. Puedes venir de nuevo y llevarte las humillaciones porque ya no las quiero y no las necesito, si deseas te regalo mis lamentos de las tardes cuando quiero ver un programa de televisión y no puedo porque también la empacaste.

Y al final ya tienes todo de mí: mis deseos, mis odios, mi amor incluso, pero por favor ven sólo un día más y llévate contigo lo único que me dejaste... el pedazo de noche en que te pienso.