miércoles, 21 de octubre de 2020

La Mentira

LA MENTIRA

 

    La premura del tiempo agobiaba mis sentidos. Miraba el reloj y los minutos para que terminara la sesión parecían eternos. Los perros ladraban, como siempre, en la azotea y el escándalo del ajetreo de los trastes en juego me desesperó a tal grado que dejé de prestar atención a mi paciente. Deseaba fumar un cigarro para calmar mis ansias de salir corriendo pero no era prudente fumar frente a ellos, aunque algunos si fumaban dentro de mi claustrofóbico consultorio, necesitaban ciertos estímulos para comenzar a exponer sus historias de vida.

    Esa tarde en especial me sentía angustiado y bastante ansioso, también mal y mezquino por no escuchar, como se debe, a la delgada mujer que me hablaba sobre su inmensa e inexplicable tristeza. Mis pensamientos navegaban en otros lugares, en espacios muy conocidos de mi niñez y sólo podía poner atención a la pelota que me lanzaba mi padre en el patio trasero de mi casa, pero los malditos ruidos de la azotea me hacían estar en mi presente y en mi pasado, bastaba escucharlos para regresar a donde debía de estar.

    Por fin mi reloj marcó las siete y miré a la mujer a los ojos, lloraba y me hacía sentir aún peor de lo habitual, le dije que era mejor continuar con el resto de la historia hasta la próxima sesión, que tratara de seguir mis consejos  para no caer en esas tremendas depresiones. Mi concentración estaba por los suelos y no se me ocurrió nada mejor para decir. Ella tomó un monedero y lo abrió para sacar el dinero de la consulta, le dije que así estaba bien, que la sesión iba por mi cuenta, salió dando las gracias y ambos acordamos la siguiente cita para el jueves próximo a la misma hora.

    Caminaba bastante rápido por las calles y decidí encender el cigarro, el primer golpe me quemó un poco, me sentí incómodo pero seguí fumando. Mis zapatos pisaban a cada paso los charcos y la oscuridad no era mi mejor compañía. Llegué por fin al café “La Villita” y me senté en la mesa más cercana a la puerta. Un hombre me ofreció la carta y le respondí que sólo tomaría una taza de café por el momento, estaba esperando a una persona.

    Con mi singular apuro por el tiempo, miraba el reloj y buscaba con la mirada a la espera de ver su silueta. El café se consumió rápidamente entre mis labios. Sentí nauseas, mis nervios me traicionaban de nuevo, era el típico síntoma, recuerdo que solía pasarme muy a menudo durante los días de preparatoria, sobre todo si había que acercarse a alguna chica. 

    Transcurrieron quince minutos y no se veía alma alguna a lo lejos. Decidí perder unos segundos limpiando los anteojos, excusa muy infantil, para ver si era la razón de no ver caminar a alguien hacia mí.

    Ordené otra taza de café y fijé como tiempo límite de espera cuando me terminara el contenido, esta vez bebí lentamente para dar espacio a su llegada, pero no aparecía y me enfadé. Pedí la cuenta antes de dar el último trago. Ya recogiendo mis libros y dejando unas monedas sobre la mesa, escuché una voz y me enojé aún más:

    - ¿Por qué te vas?, pensé que me esperarías.

    Miré y su semblante era tranquilo, relajado e incluso burlón, sabía que eso no lo soportaba y por eso lo hacía.

    - Soy bastante puntual, ya esperé cuarenta y cinco minutos, me parece suficiente y demasiado. Dejé a mi cita de las seis completamente confusa sólo por venir a verte.

    - Siempre que te veo recibo algún reclamo, ¿no te parece que ya estás bastante grande para culpar a los demás?, si dejaste confusa a tu paciente fue por lo incompetente que eres como psicólogo, no es mi culpa. Siéntate que hace mucho que no platicamos, además tú fuiste quien insistió en que nos viéramos.

    Azoté mis libros sobre la mesa y me senté. Mi padre era mordaz, hiriente. Tenía más de un año que manteníamos contacto, sólo por teléfono y ese día quedamos de vernos después de tanto tiempo. Esperaba que por lo menos me diera un abrazo, pero como siempre prefirió hacerse esperar, sabía que eso me molestaba como ninguna otra cosa en el mundo.

    Tenía doce años cuando murió mi madre por un tumor en el estómago, su cáncer fue carcomiendo su cuerpo lentamente hasta que nos acostumbramos a sus breves respiros,  a su dificultad para hablar y a su cara marchita. Conmigo siempre fue buena y dulce, me consentía a todas horas. La extrañé muchísimo después que murió.

    Mi padre nunca fue completamente cariñoso pero me dedicaba tiempo, jugábamos y solíamos hacer diabluras para hacer enojar a mi abuelo.

    Recuerdo el día que velamos a mi madre, no he vuelto a sentir la tristeza de aquella tarde, esa vez el tiempo pasaba lento, lento, lento. Mis ganas de llorar se fueron cuando vi a mi padre dejándose caer sobre un sillón, sus risas eran desvergonzadas y gritaba frases que nadie podía entender. Todo cambió a partir de ese momento, mi padre terminó completamente ebrio, mis tías lloraban y recogían el tiradero de la casa, los demás se fueron y sólo me tocaban la cara para decirme que “Dios sabe lo que hace”. Entré a la cocina y una de mis tías advirtió que no molestara a mi papá, que lo dejara descansar, me decía que la muerte de mi madre lo había afectado demasiado y que lo tenía que comprender.

    Me sentí muy solo, mi padre ya no me miraba y tampoco me hablaba, fue cuando empezaron las burlas y los sarcasmos por todo lo que yo hacía o decía. Un niño no sabe si es su culpa o la de la muerte o la de la tristeza. Mi profesor de matemáticas habló conmigo, me preguntó por mi  padre, por cómo me sentía después de lo ocurrido. Esa ocasión tuve que llorar mucho y sacar las lágrimas de amargura que antes no pude. Mi profesor, un señor bastante grande, me comentó que era psicólogo, estudió en un seminario para ser sacerdote y aprendió psicología, matemáticas, filosofía y teología; a mí me parecía brillante hablar con él. Finalmente me propuso ser mi psicólogo durante un tiempo hasta que me sintiera un poco mejor.

    Al principio asistí a terapia dos veces a la semana después de clases y terminé visitando al profesor una vez por semana. Lo admiraba mucho y por él resolví estudiar psicología. Aquel profesor era mi mejor amigo, mi confesor y en él veía al padre que me había abandonado de un día a otro y sin previo aviso.

    Mi padre tomó un café americano y yo sólo pedí un vaso de agua simple. Estaba callado y furioso, él siguió igual, me miraba como buscando una respuesta, como reclamándome.

    - ¿Qué pasa papá?, hace más de un año que no te veo y parece que no estás ni un poco contento de verme.

    - Pues parece que tú tampoco, mira nada más la cara que traes.

    - Sabes que no soporto la impuntualidad y llegas tarde a propósito, o ¿me vas a decir que tenías muchas cosas que hacer?.

    - La verdad no, se me fue el tiempo viendo televisión.

    Entre más lo escuchaba mi enojo se convertía en un odio infinito, siempre me pasaba eso desde que mi madre había muerto y cuando dejé de ver a mi psicólogo, sin embargo, pensaba que era mi padre que aún sufría por la muerte de mi mamá, que en alguno de los dos tenía que caber la cordura.

    - ¿Y vas a poner tu cara de niño enfurruñado?

    - Me molesta que nunca podamos platicar tranquilamente - dije en tono molesto.

    - Y…¿de qué quieres platicar?, todo lo que quieras saber te lo pueden contar las chismosas de sus tías, ¿no es así?.

    - Sí, de hecho si no fuera por ellas no sabría nada de ti, dime ¿qué pasa?, ¿aún te duele lo de mamá y por eso estás así de amargado?.

    - Me duele mucho, demasiado, creo que no lo superaré - decía en su tono burlón.

    - A mí también me duele y creo que burlarte no es la solución.

    - Y según tú… ¿Cuál es la solución?, ¡eh!, ¡si no eres más que un fracasado!, con un consultorio que más bien parece cuartucho de vecindad. No haces nada, eres un tipo arruinado y aplastado por tus sueños - lo decía lleno de amargura.

    - Definitivamente no estoy como desearía pero en mi trabajo ayudo personas y no ando como tú con mala leche.

    - Mmm, mira… ahora resulta que eres un buen samaritano.

    - ¡Estás demasiado amargado papá!

    - ¡Oye!, ¡pero tú tienes la solución!, ¡así que dime cuál es!

    - ¡Hablar!, esa es la solución, todos queremos hablar para que nos entiendan, queremos que nos escuchen y eso es lo que te hace falta. Desde que murió mamá no quieres hablar, eres hermético, agresivo y amargado. Tu pesimismo me sorprende. A mí quizá no me va muy bien pero por lo menos tengo sueños aunque digas que me aplastan.

    Él me miraba y no dejaba su sonrisita. Intentaba por todos los medios decirle que me importaba lo que sentía, lo que pensaba, que hablando podíamos solucionar la situación.

    - Papá… te quiero, me importa cómo te sientes.

    - ¿De verdad te importo?

    - ¡Claro, eres mi papá!

    - ¿Eso quiere decir que si no lo fuera no te importaría?

    - ¡Lo ves!, todo lo mal entiendes, me importas y ya, sin importar el parentesco.

    - ¿Dices que me sentiré mejor si hablo contigo?

    - Sí, eso digo.

    - ¿Estás seguro de que funciona?

    - ¡Sí, seguro!

    - Y ¿cómo te vas a sentir tú?

    - Tranquilo, por fin podré entenderte un poco o por lo menos lo intentaré. Eres importante para mi papá, y no importa si para ti mis sueños son tonterías.

    Mi padre estaba serio, sin la sonrisita, me miraba fijamente a los ojos con cierta rabia. Sentí miedo de sus palabras, no de las burlas, de las ironías, el miedo era precisamente por escucharlo hablar con sus verdades, sin las mentiras y las amarguras de los años pasados.

    - ¿Así que quieres respuestas?

    - No papá, quiero que te sientas bien, sólo eso.

    - Te diré algo hijo - y esta última palabra la recalcó y enfatizó muy en especial, bebió lo que quedaba en la taza de café y concluyó:

    - Dices que me quieres sin importar el parentesco y no creo que sea así porque desde mi experiencia yo no te quiero desde que supe que no eres mi hijo, tu madre me lo confesó el día que murió, se burló de mí, de ti y de todo el mundo. La quería tanto que en efecto nunca la voy a superar,  pero no su muerte, sino su mentira.

    Se levantó, dejó un billete y volteando a verme a los ojos me preguntó - ¿ahora entiendes?

    Pero no entiendo, todavía no entiendo y la amargura comienza a consumirme como lo consumió a él.

    Sentado sobre la silla de mi escritorio, intento analizar mi propia alma y el sufrimiento que parece leve, pero se agranda sin que me dé cuenta, aún no entiendo. Cada día que pasa me parezco más a él.

miércoles, 14 de octubre de 2020

La mujer del miedo

 LA MUJER DEL MIEDO

         Lucía no estaba casada, no tenía hijos, acababa de entrar a trabajar en una oficina de seguros y solía comer atún todos los días, no por dieta sino porque decía era más práctico y saludable. Todos decían en la oficina que la nueva chica parecía algo extraña, que sus costumbres eran raras, pero en realidad nadie le prestaba mayor atención a la mujer.

         En efecto, Lucía era extraña, dormía con todas las luces prendidas en su casa y muy cerca del teléfono por cualquier emergencia, mantenía las ventanas cerradas con obsesión, nunca abría las cortinas por miedo a que “alguien” pudiera espiarla, mantenía una rutina exagerada para todo lo que hacía porque temía que al no seguir al pie de la letra sus prácticas todo pudiera salir mal; era supersticiosa al extremo y les advertía a sus conocidos que no le pasaran el salero con la mano, que mejor se lo acercaran colocándolo sobre la mesa, sólo tuvo un novio y fue en la secundaria después de esa vez se olvidó de los hombres por puro miedo de que le hicieran alguna maldad típica de ellos. Desde muy pequeña aprendió a adquirir miedos de todo lo que veía a su alrededor, primero era un pasatiempo para llamar la atención de sus padres y finalmente se convirtió en una realidad cotidiana.

         En la oficina comenzó a sacar sus manías y miedos,

-Lucía, ¿nos acompañas a comer?

-¿A dónde?

-Aquí cerca, es un lugar buenísimo, es nuevo y la especialidad son cortes de carne, ¿cómo ves, si nos acompañas?

-mmm, creo que prefiero comer aquí lo que traigo, dicen que la carne es mala para el organismo, ya sabes las toxinas y esas cosas, sinceramente me da un poco de miedo y prefiero evitarlo, pero de todos modos gracias por la invitación.

         Las mujeres comentaban sobre Lucía en el baño:

-¿Ya te diste cuenta que la nueva casi nunca entra al baño?

-Sí, y cuando lo hace saca su jabón anti bacterial y se lava las manos como si fuera médico antes de entrar a cirugía.

-Ya sé, seguro piensa que se va a enfermar con los gérmenes de todos los cochinitos que trabajamos en la oficina - y se rían.

         Lucía evitaba estar en lugares concurridos, sorteaba a toda costa los restaurantes, los centros comerciales, las comidas del trabajo y cualquier evento o situación que involucrara muchedumbre, no tenía mascotas por el miedo a enfermarse, no usaba sostenes de lycra por el cáncer de seno, no salía después de las diez de la noche por los asaltantes, no se dormía si no rezaba antes una plegaria, comía sólo alimentos saludables desde su punto de vista, visitaba al médico si tenía algún malestar por insignificante que fuera, la puerta de su casa estaba atrancada y contaba con tres seguros y un candado por dentro. Temía a los insectos, las ratas, las cucarachas y a la oscuridad, no manejaba y prefería el transporte público porque sentía mayor seguridad, no fumaba por aquello del enfisema pulmonar, caminaba vigilando a todos a su alrededor, no bebía, no usaba accesorios ostentosos o de cierto valor, no expresaba sus opiniones por miedo a las burlas, no expresaba sus sentimientos por miedo a la decepción, nunca pasaba debajo de una escalera, no tenía amigos por miedo a la traición y en pocas palabras estaba completa y absolutamente sola, era una mujer gris.

         Sus miedos eran reales aunque ante los ojos de los demás era únicamente una vieja histérica llena de paranoia, manías exageradas al extremo, miedos sin fundamento y una locura propia de una solterona como ella que “sólo trata de llamar la atención”- decían. Pero Lucía era un ser lleno de temores reales, todo le causaba terror, cualquier situación diferente a lo cotidiano era causa de sospecha, no confiaba ni en su propia sombra y muchas veces se tenía miedo a ella misma, el miedo de no poder sobrellevar sus temores y terminar haciendo una locura. Sabía en sus adentros que terminaría sola y eso también le daba miedo, ¿Qué pasaría cuando fuera una vieja tirada en una cama?, ¿quién cuidaría de ella?, ¿sabría cómo tolerar la soledad a esa edad?, quizás no y por eso pensaba que nunca llegaría a vieja, que seguramente el destino le tenía preparada una muerte rápida antes de ser una inútil.

         Sin embargo, los miedos nunca le apagaron la mirada cristalina de sus ojos. Su rostro era sereno y se podría decir que despreocupado, nunca gritaba ni se alteraba, pero era común que un ataque de pánico la asaltara en cualquier lugar, entonces cuando necesitaba ver la realidad se tranquilizaba observando a la gente trabajar, comer o haciendo cualquier actividad habitual, eso la hacía sentir que todo estaba en orden.

         El destino le tenía preparada una sorpresa y un día Lucía tuvo que comer fuera de la oficina y terminó en un modesto lugar, sin mucha gente por su puesto, parecía limpio aunque ella tenía sus dudas al respecto pues decía que “uno no sabe qué tan limpia es la gente al preparar los alimentos”, se sentó cerca de la puerta y ordenó una pechuga de pollo a la plancha sin ensalada y una botella de agua natural porque “no sea la de malas que no desinfectan las verduras, el pollo por lo menos está cocido y el agua viene sellada”.

         En esas de esperar la comida estaba cuando llegó un hombre alto, de cabello castaño y algo desgarbado. Se acercó a Lucía y comenzó el más extraño y simpático diálogo de miedos.

-Hola, me puedes dar la hora por favor –le pidió el hombre a Lucía.

-Si claro, permíteme- y tomó su bolso para sacar un pequeño reloj  y dijo- son las dos con cuarenta y cinco minutos.

-Veo que no usas el reloj en la muñeca de la mano como todo el mundo, ¿está descompuesto?

-No –dijo Lucía un poco sonrojada- es que me da miedo que me quieran asaltar si lo traigo puesto, una nunca sabe- y rió un poco, pensaba que ya con eso bastaría para que el hombre decidiera irse por sus locuras.

-Vaya, eres la primera persona que hace lo mismo que yo, sólo que olvidé mi portafolio en la mañana y es ahí en donde traigo mi reloj escondido y por la misma razón.

- Ya veo, y no te da miedo que te vuelva a suceder eso de olvidar el portafolio, digo pasa una vez pero si te sucede más ocasiones puede ser algo grave.

-Pues no lo había pensado, pero ahora que lo dices pondré mayor atención no quiero enfermar de males incurables, cuando el cerebro se enferma es peligroso.

-Sí, sí lo es y todo terminaría por volverse un caos.

-Disculpa, ¿cómo te llamas?

-¿Para qué quieres saberlo?

-Es simple curiosidad, eres agradable y lo del reloj me ha sorprendido mucho.

-Dirás, como todo el mundo, que estoy loca, pero la verdad preferiría no decirte mi nombre es que me da miedo, perdón pero tengo que ser sincera.

-No, no, esta bien yo suelo decir que más vale ser precavido en esas cuestiones, sobre todo con los desconocidos. ¿Nunca has sentido esa impresión que todos te miran como investigando todo lo que haces?, a mí me ocurre a menudo y siento que me investigan o me vigilan prefiero no decir mi nombre por eso te comprendo.

-Vaya, eres la primera persona que dice algo así, además de mí obvio.

         Por unos minutos Lucía se sintió segura y sus miedos se vieron menguados ante la presencia de un loco como ella y lo invitó a sentarse a su mesa.

-Gracias, eres muy amable.

-¿No vas a ordenar?

- Claro - y el hombre llamó a la mesera- mire me trae por favor una pechuga de pollo asada, sin nada de ensalada y una botella de agua.

         Lucía estaba realmente asombrada y antes de pronunciar una palabra el hombre le dijo.

-Es que uno nunca sabe si desinfectan o lavan siquiera las verduras, el pollo pues está cocido y la botella de agua está sellada ¿no crees?.

-Definitivamente lo creo, eso mismo pienso yo- y terminando de decir esta frase llegó una señorita con la comida para Lucía.

-Ya veo a lo que te refieres- dijo el hombre riendo nuevamente.

         Después de unos bocados el hombre retomó la plática.

-¿Sueles comer aquí?, digo es que yo no pero hoy definitivamente no me quedó de otra, salí corriendo y con eso de que olvidé el portafolio todo se complicó y no pude ir a casa a comer.

-Pues en realidad procuro comer en la oficina, confió más en mí al preparar la comida sólo que el fin de semana pasado fumigaron y la verdad es que me da terror que la comida se infecte con los químicos que dejaron, aunque supuestamente dicen que el sábado y el domingo fue suficiente para matar las alimañas y que no hay mayor problema, pero no me fió.

-Y haces bien, ¡a veces se escucha cada historia con eso de los químicos!, pero en fin.

-Así es – se escuchó de la boca de Lucía con unas risitas -

-Fíjate que sentí un poco de miedo cuando me acerqué a preguntarte la hora, pensé que no ibas a contestar.

-Fue raro porque suelo decir que no tengo reloj, pero no sé qué sucedió- ambos sonrieron.

-Y en qué trabajas.

-En seguros, de hecho por parte de la empresa estoy asegurada casi de todo, eso me da cierta tranquilidad.

-Pues yo soy licenciado, que te puedo decir, miles y miles de problemas de mucha gente, no es agradable. A ver qué día de estos te visito para que me platiques de los seguros.

-Si, cuando quieras, la oficina está muy cerca de aquí.- con un poco de desconfianza y como prueba de fuego Lucía pidió:- Me pasas la sal por favor-

-Claro, disculpa que no te la de en la mano, pero dicen que es de mala suerte- y dejó la sal sobre la mesa.

         Lucía estaba sonriente, ese hombre era de los pocos que se veían confiables. Platicaron más y más, él tenía horror por las arañas y ella por los roedores y las cucarachas. Resultó que él dormía con un bate de baseball debajo de la cama por miedo a los ladrones e incluso tenía armas  caseras en sitios estratégicos de toda su casa por cualquier eventualidad. Dentro de las supersticiones de él estaba que nunca usaba calcetines azules pues creía que le traían mala suerte y ella confesó que jamás usaba zapatos rojos. Ambos traían oculto entre la ropa un ojo de venado y en sus carteras la imagen de una virgen para que los protegiera.

         Parecía como si se conocieran de años atrás, que eran grandes amigos de toda la vida y soltaron sus lenguas para decir sus más íntimos temores, de ésta forma Lucía le comentó que temía a la vejez y a la soledad, que moría de miedo cuando caminaba por la calle y la miraban. Él por su parte dijo que temía la soledad física por lo que su casa estaba llena de mascotas, que tenía miedo a las tijeras porque de pequeño sufrió un accidente con unas y que prefería cortar el papel con cualquier otro instrumento antes de usar unas tijeras.

         Ambos se comprendían muy bien, realmente entendían los temores del otro y se preocupaban, se dieron apoyo mutuo y nunca se llamaron maniáticos o locos.

         Lucía sacó el reloj de la bolsa y notó que era demasiado tarde, llevaba media hora de retraso de su hora de comida, se sintió triste y temerosa de despedirse de su nuevo y quizá, único amigo miedoso al igual que ella. Tenía miedo de no volverlo a ver nunca más si se iba en esos momentos, pero de todos modos en algún instante tendría que marcharse.

-Sabes- dijo Lucía, creo que ya es muy tarde y tengo que partir, tengo miedo de que me corran del  trabajo por llegar tarde.

-Igual me marcho, ya estoy atrasado con un cliente que tengo que ver, pero me la he pasado mucho mejor contigo- dijo sonriendo.

-Pues te dejo en esta servilleta el número telefónico de la oficina para que me llames y vayas a que te platique lo de los seguros ¿no?- decía Lucía mientras su voz se volvía quebradiza y llorosa, sus manos temblaban llenas de nervios, miedo y el nudo en la garganta le robaba las palabras.

-Gracias, da por hecho que la próxima semana estaré por ahí, me dio mucho gusto conocerte, realmente me gustaría invitarte a mi casa pero pues comprendo perfectamente que te da miedo enfermarte por tantos animales, pero te prometo que cuando limpie todo y los guarde en unas jaulas te invito, ¿aceptarías?, -preguntó él con una enorme sonrisa en la cara y mirando los ojos de Lucía.

-Claro- dijo ella un poco sonrojada

-Bueno pues adiós.

         Lucía tomó sus cosas y caminó pausadamente hacia la puerta, él la seguía con la vista y con una sonrisa, ella no quería volver la cabeza hacía atrás, pero un impulso y su miedo de no verlo nunca más la hizo girar de cuerpo entero y le dijo:

-Por cierto, me llamo Lucía.


jueves, 8 de octubre de 2020

Postal de Invierno

 

POSTAL DE INVIERNO

Las gotas más frágiles terminaban finalmente de caer sobre el suelo después de una tormenta que agotó las únicas esperanzas de una tarde tranquila. Apenas podían sentirse los leves e involuntarios movimientos que todos los rostros esbozaban con dificultad. Las narices, mejillas, labios y orejas serían piezas de hielo que con un brusco movimiento podían caer irremediablemente para dejar apenas un rastro de su breve existencia.

Mariana miraba el pavimento del suelo y su mirada se detenía sobre los pedazos sueltos que las constantes lluvias insistían en arrancar poco a poco. Esperaba mientras guardaba sus manos dentro del abrigo negro que su hermana le regaló tres navidades atrás, el mismo tiempo que tenía de no verla.  Los miércoles no eran días de visita en la prisión, sin embargo, ella estaba ahí por una razón desconocida.

El guardia de la entrada la observaba fijamente, de vez en cuando desviaba la mirada para no encontrarse con la de ella. La indiferencia de aquel hombre mataba a Mariana, esperaba que por lo menos le ofreciera un “en un momento señorita”, pero no fue así.

Nuevas gotas comenzaron a caer y los cabellos de Mariana se humedecían, afortunadamente la puerta se abrió y ella se adentró entre las paredes frías y pastosas de la prisión. Un mal presentimiento la acompañaba desde que salió de casa, ese nudo en el estómago que dejan las malas noticias y ella estaba segura que la repentina llamada de la directora del penal no era más que eso… una mala noticia.

Sentada en un sillón verde militar esperaba que la directora diera la orden para pasarla a la oficina. Sabía que todo tenía que ver con su madre y sólo esperaba que no fuera lo suficientemente grave como para perder el avión que la llevaría a Monterrey a dar una conferencia sobre “Estudios psíquicos sobre mujeres criminales”. Su mirada nuevamente fija en el suelo. Su mente hurgaba ansiosa tratando de recordar por qué había elegido inmiscuirse en el terreno psicológico y criminal cuando había jurado ser dentista o bailarina antes de involucrarse con temas que lastimaran su alma, pero el episodio ocurrido con su madre la encapsuló en aquel mundo y obsesionó su cuerpo y alma hasta el grado de no pensar, salvo en las razones que llevan a mujeres tranquilas, como su madre, a matar.

El reloj ya marcaba más de las seis con treinta minutos y aún no sabía qué esperar de aquella cita. Algún tiempo atrás sucedió una situación similar, la directora del penal la llamó aquella vez para informarle que su madre había alcanzado un grado depresivo que la llevó a cortarse las venas con una finísima navaja que otra de las presas le facilitó. Mariana recordaba aquello con inmenso dolor y vergüenza, ¿es que no le bastaba a su madre ser una asesina, no le bastaba haber dejado solas a sus hijas? Mariana sentía que esa navaja salía de una película barata en donde los recursos cinematográficos no dan para mejores resultados.

La tormenta de sentimientos torturaba eternamente a Mariana, ¿su madre era cobarde o valiente?, no convenían todos los años en la universidad para comprender aquellas acciones, o quizá si convenían con otras criminales, pero no era así con su madre.

Dieron las siete, las manecillas de su reloj de pulsera coincidieron con el reloj colgado en la pared y al mismo tiempo una mujer robusta le anunció que podía pasar a la oficina.

- Buenas noches señorita Nava, disculpe la espera, en otra situación le hubiese pedido volver otro día para no robarle más su tiempo, pero el asunto es delicado y debemos tratarlo de inmediato.

- Comprendo, -se escuchó la voz de Mariana- me imagino que es sobre mi madre, ¿no es así?

-  Efectivamente señorita Nava, es sobre su madre. Sólo que esta vez las cosas fueron demasiado lejos y no sé cómo explicarle lo ocurrido. De hecho, creo que usted deberá comprenderlo mejor que yo.

-  Me asusta directora, ¿qué pasó? -  Mariana se olvidaba por unos instantes de su compromiso. 

-  Permítame explicarle, - la mujer alta y de cabellos oscuros juntaba sus manos tratando de lucir tranquila - no sé cómo decirle, pero… - la pausa parecía sacada de una mala película de suspenso - su madre, señorita Nava, se quitó la vida esta tarde. – Mariana perdió un poco la cordura y se levantó bruscamente de la silla. - ¡¿qué está diciendo?, ¡¿cómo que se “quitó la vida”?!, ¡explíqueme!

- Por favor tome asiento, sé que es difícil para usted y créame que para mí también lo es. Su madre llegó aquí en condiciones difíciles, me consta el empeño que puso durante su recuperación y, usted lo sabe, cuando mejor parecían las cosas sucedió el primer intento de suicidio, seguimos trabajando señorita Nava, pero no lo logramos.

Mariana lucía completamente confundida, la mirada de sus ojos color miel se perdía sobre la mesa, la postura elegante que siempre la acompañaba se dejaba ir desgarbada sobre la silla de metal con forro de tela verde.

- Mariana, - se escuchó a la directora rompiendo turrón - te conozco desde que eras una niña, sé lo mucho que has sufrido, te vi crecer y ocuparte de tu madre mientras estudiabas, créeme niña que no es fácil para mi verte con esa carita confusa y triste, no me complace decir lo que voy a decir.

- ¿qué pasó?, dígame cómo sucedió todo, ¡no lo puedo creer!, apenas la semana pasada hicimos planes para cuando saliera, platicamos sobre ir unos meses a la playa, yo estaba tan contenta que sabía que nunca pasaría… y mire… no pasará.

- Mariana, tu madre no sólo se suicidó, lo que te voy a decir no es grato, sobre todo porque sé que el asesinato de tu padre te dejó una marca muy profunda entre el amar y odiar a tu madre por arrancártelo. – La directora se aclaró la voz y prosiguió - Tu madre asesinó a otra reclusa antes del suicidio - al decir esto, la mano blanca de la directora alcanzó la de Mariana.

La cara de Mariana seguía perdida en la mesa y una lágrima cayó sin hacer ruido, seguramente sus ojos perdían toda visibilidad, aunque eso no importaba, creció su vergüenza, creció su miedo y creció su odio, ¿por qué?, esa era la pregunta.

- Pero, ¿qué fue lo que sucedió? - insistió Mariana con la voz cortada.

- Tu madre entró en un estado de histeria como hace muchos años no sucedía, todavía no sabemos la razón del cambio, pero suponemos que una de las reclusas removió o insistió en revivir en tu madre el asesinato que realizó hace veintitrés años, quizá fue un proceso de varias semanas. Las mujeres se encontraban en el comedor, repentinamente tu madre saltó sobre la mujer que se encontraba a su lado, con la que platicaba desde hacía ya varios días. Sin más ni más comenzó a golpearla y… –se hizo una pausa, lo que indicaba que no venían situaciones agradables- … la tomó de tal manera que comenzó a azotarla sobre la mesa, las guardias lograron separarlas, pero tu madre tomó fuerzas y alcanzó un tenedor y lo enterró en las entrañas de la mujer, claro que eso no fue lo que la mató, los golpes sobre la mesa fueron la razón.

Mariana se mordía los labios y cerraba los puños, imaginaba la escena, la dotaba de escenografía y actores, extras e incluso un director de cine. Venía a su mente de forma intercalada el asesinato de su padre, y le dolía el corazón. También esa ocasión, el asesinato de su padre, prefirió pensar que todo formaba parte de una película, su madre sólo era la protagonista y su padre una más de las víctimas de la trama. El cine era una de sus más profundas pasiones desde muy niña. Solía sentarse a los pies de la escalera de su casa, desde donde se veía la televisión, y a esa distancia miraba las películas, imaginando siempre el final.

- ¿cómo se suicidó? - preguntó Mariana

- No es agradable Mariana – mencionó la directora -

- ¡Qué más da!, hace ya muchos años que no sucede algo agradable.

- Tu madre miró a la mujer muerta sobre la mesa, pasó de la histeria al shock y duró apenas unos segundos pasmada frente al cadáver mientras el resto de las mujeres murmuraban entre ellas. – La directora respiró profundamente - En el comedor junto a la puerta había una pared que soportaba anaqueles, hace ya unos meses los retiramos y decidimos tirar la pared, quedaron hierros sueltos, atorados y por qué no decirlo, peligrosos. – Mariana escuchaba atenta la explicación, ya imaginaba hacía donde iba la directora - Mariana, lo que sucedió no es nada agradable, cuando lo vi no daba crédito, pero… tu madre corrió frenética hacía los hierros libres y quedó ensartada en ellos. Mariana… me siento culpable.

Unas horas transcurrieron dentro de la oficina de la directora, el papeleo quedó firmado y en orden, había que salir de nuevo de la prisión para arreglar el funeral y el entierro. Mariana sacó el pequeño teléfono celular y se comunicó rápidamente a Monterrey para avisar que le sería imposible dar la conferencia por problemas personales. Un hombre comenzó a gritonear del otro lado del teléfono, exigía la presencia de Mariana, pero ella dejó de prestar atención a los reclamos y resolvió cortar la comunicación sin dar más explicaciones. 

Ya en su casa, con el cuerpo sumergido en una tina llena de agua caliente, Mariana veía su vida en cámara lenta, flashazos de la adolescencia llena de burlas y tristeza. Un sentimiento crecía, un ahogo la hacía llorar con rabia y los ojos rojos explotaban en lágrimas que ya no le permitían respirar. ¿quién era su madre?, ¿una mujer a quien no le importa su familia, que no le importó dejarla sin padre, que no le bastó el horror de un asesinato para cometer otro? Intentó buscar a los sabios de la psicología en su mente y trató de explicar con las teorías de aquellos genios las acciones de su madre y también trataba de explicar sus sentimientos hacía ella.

Salió de la tina con su desnudez a cuestas, intentó buscar una razón para comprender su proceder, quizá era un reto, o la comprobación de una teoría. Tomó una navaja, el recurso romántico y trillado de la muerte, caminó hacía la tina y de nuevo se sumergió en ella, miró sus muñecas, sabía en donde estaban las venas, en donde era el corte definitivo. Acercó la navaja a la mano, apenas un rasguño logró con los ojos cerrados, una gota diminuta de sangre cayó dentro del agua, apenas pintó el líquido. Su madre no era quien ella pensaba, no era ese monstruo al que quería a fuerza por el sólo hecho de ser su madre. Con la gota de sangre en la tina lloró por su cobardía por su eterna autocompasión, ella era la cobarde. Aventó la navaja y se sintió minimizada, la escena no era una película y eso la asustó.