jueves, 27 de agosto de 2020

Terminal



Mi cara era la de una niña abandonada por sus padres resignada a no verlos nunca más. El calor era insoportable, pero decidí usar el suéter naranja que llevaba puesto cuando llegué porque no tenía intenciones de cargar más y más cosas, eran demasiadas las emociones sobre mi espalda y sobre mi rostro, fue difícil de ocultar el ánimo de aquel día.

Llegó el momento destinado para partir y la terminal de autobuses en Monterrey no era el mejor lugar para llorar. Viajé del centro de país 12 horas para llegar a Monterrey y de ahí a Saltillo. Fue una de esas decisiones de pendejísima juventud. Ahora tenía que regresar y me sentía completamente vacía, nada de ese viaje rindió frutos, perdí el tiempo, el dinero y el amor.

 

Traía en las manos las flores que él me regaló antes de salir rumbo a la terminal, estaban tan apachurradas como mi ánimo. Eran tres las gerberas que recibí de mala gana y con desprecio porque simbolizaban mi derrota, mis ganas de tenerlo siempre y el final de algo que nunca comenzó. Después de un rato descubrí que aquellas flores eran lo único que me quedaba de ese viaje pues las respuestas a todas mis preguntas se quedaron en el departamento del hombre de mis sueños. Fue entonces que traté de rescatar las flores e incluso sacrifiqué mi sed para que vivieran más tiempo y abrí mi botella de agua para meter los tallos lánguidos y flojos como mi corazón. 

 

Él me dijo: “Te las doy con todo el corazón, te van a durar una semana” y pese a todos mis argumentos contrarios… las flores duraron una semana. 

 

Cuando se despidió me dio un beso en la mejilla, su amigo lo acompañaba y nos dio vergüenza decir y hacer lo que sentíamos. Se dio la vuelta, llegó a la puerta y viró nuevamente, creí conveniente llamarlo con un ademán y corrió a mi lugar, apenas rocé su boca, sabíamos que un beso bien dado nos detendría ahí y ninguno partiría, yo particularmente… él se fue.

 

Aún me veo sentada, esperando que el reloj marcara las 11:00 pm para tomar el autobús de regreso. Recuerdo como tuve que mirar el suelo para aguantarme las ganas de llorar.

miércoles, 19 de agosto de 2020

La Mugrita

 

LA MUGRITA

 El reloj marca las horas y en la estación de trenes todos corren y miran sus relojes de pulsera mientras descienden por las escaleras, otros miran el enorme reloj que se ubica en el centro del interior del edificio y entre zancadas y brincos alcanzan a trepar los últimos vagones del tren.

He levantado tantos objetos que no podría decir una cantidad exacta: sombreros, abrigos, sombrillas, pañuelos, paquetes con comida, cartas y más. Todo lo que se pierde en el ajetreo diario encuentra un nuevo lugar dentro de una colección interminable de objetos danzantes dentro de un cuarto obscuro de objetos olvidados. Algunas personas regresan y preguntan por aquello que en verdad les importa. En una ocasión una señora de unos 65 años, llegó a preguntar por una carta, la mandé a la ventanilla de información para objetos perdidos u olvidados, la encontró, era la carta de su hijo, su carta póstuma, la despedida que le dejó al suicidarse.  Una chica recuperó el pañuelo de su novio, se lo entregó antes de partir a la guerra, ella no sabe si lo volverá a ver, pero al menos el único recuerdo que tiene junto a una foto pudo ser devuelto a sus manos, echó a llorar cuando se lo entregaron. Hay quienes no corren con tan buena suerte y han perdido hasta a sus hijos aquí adentro.

Nadie pone atención cuando anda a prisa, he visto como ruedan las personas por las escaleras al dar un tropezón o al ser empujados por accidente por otro cuerpo que anda igual, ¡en la pura corredera! Hay un sin fin de pequeños y grandes accidentes durante todo el día todos los días, no sólo se pierden objetos, también se pierde el aliento, el espacio, la movilidad y hasta la vida, es bien sabido que más de uno ha caído a las vías del tren… bueno, obviamente no vivieron para contarlo.

Yo nací sin tiempo, sin horario pues. Estoy en la estación de trenes desde que recuerdo. Supongo que aquí me abandonaron, igual nací aquí mismo porque no recuerdo haber vivido en ningún otro lugar, te digo que no tengo tiempo ni memoria, apenas recuerdo las cosas que pasan, olvido pronto, dicen que así eres más feliz.

En la estación me conocen como La Mugrita porque muchos pasajeros me dicen “quítate mugrosa”, sobre todo cuando la demora los hace brincar como changos saltando obstáculos, la gente con apuro suele no ser amable, podría decir que la premura vuelve groseras a las personas. La señora Josefina, del puesto de periódicos, me empezó a decir Mugrita y acá me llaman así, pero de forma cariñosa, eso se siente luego, luego cuando escucho el tono de la voz de quién me habla.

Ayudo a limpiar y a veces a los pasajeros con su equipaje, sobre todo a las señoras que me dan unas monedas y me dicen cosas como “niña, mejor ve a la escuela a estudiar”. Acá todos son muy amables conmigo y me llaman a cada rato para pedirme favores a cambio de comida, dinero o algún objeto curioso: “Mugrita, ve cámbiame el billete”, “Mugrita, pasa un trapo por el mostrador”, “Mugrita, tráeme un refresco y te compras uno tú”, “Mugrita por favor”, “Mugrita gracias”.

A veces me siento en las escaleras principales de la estación y veo el frenesí del día, hay horas muy tranquilas en donde nadie corre, creo que hasta disfrutan de esperar el tren en calma. Por la mañana las mujeres se abanican y los hombres usan el periódico para darse un poco de aire, llegan sofocados a los andenes de tanto correr, con las mejillas coloradas y los labios rojos, las señoras se ven muy bonitas así coloradas, me recuerdan a las muñecas que vende Mariana la que atiende un local con regalos.

El otro día Doña Josefina me regaló un reloj y me dijo que era para que tuviera horarios, que era una forma de organizar el tiempo, que así podría tener bien establecida la hora de comer, la hora de dormir y la hora para hacer mis quehaceres. Me pareció grosero no aceptar su regalo, pero pues yo me duermo cuando tengo sueño, como cuando tengo hambre y hago mis quehaceres durante el día porque es lo único que tengo que hacer ¿por qué tanta obsesión por organizar mi tiempo? Además, ¿quién necesita un reloj personal cuando hay tantos en la estación?

Me ponía el reloj todos los días porque si no lo traía puesto Doña Josefina luego, luego me preguntaba si ya lo había perdido y no quiero decepcionar a Doña Jose que es bien buena conmigo, siempre me regala ropa, zapatos, comida y hasta algún juguete bonito, dice que soy algo así como su nieta y le gusta platicarme historias de su vida, es muy divertida, hace muchas caras cuando cuenta chismes, yo me río mucho con ella y me gusta darle un abrazo todos los días cuando la paso a ver a su puesto.

Hace unos días Doña Jose y yo, más ella que yo, nos dimos cuenta que el reloj que me dio se atrasaba 5 minutos, ella corregía la hora y pasados unos días se volvía a atrasar 5 minutos, así pasó varias veces. Al principio creímos que era un defecto de la máquina. Para mí no pasaba absolutamente nada, pero Doña Jose y sus obsesiones le hicieron buscar otro reloj y me lo dio, ¡sorpresa!, también se atrasaba 5 minutos, fue la misma historia que con el anterior. No se dio por vencida y buscó otro reloj ¿qué crees tú que sucedió?... pues lo mismo, 5 minutos atrás.

Lo extraño es que, si los relojes los usa Doña Jose o alguien más funcionan a la perfección, es más, marcan la hora exacta según el gran reloj de la estación de trenes. La cosa es que, si yo uso cualquier reloj el tiempo pasa más lento, o los relojes se relajan y toman un respiro para no andar tan de prisa y se atrasan.

Creo que Doña Jose se ha dado por vencida porque ya no me ha dado nada que ponerme para medir el tiempo, quizá ya se dio cuenta que no nací para estar contando cada segundo y que no es mi obsesión mirar el reloj como lo hacen la mayoría de los adultos, me da flojera y no quiero ser grosera como los que saltan entre los andenes y pasillos. Si corro, si tengo que correr, que sea porque un campo de flores en primavera me invita a recorrerlo de punta a punta, pero no porque tengo que correr para alcanzar el último vagón.

Hoy Doña Jose y Mariana me regalaron unos colores y un cuaderno de hojas blancas, me han dicho que puedo dibujar un reloj con las horas como yo las quiera acomodar, que estoy peleada con el tiempo y que eso no está mal. ¡Estoy feliz, he imaginado un montón de diseños y un montón de horas diferentes, puedo usar un reloj diferente todos los días! Voy a decorar la estación con mis relojes alternativos. Luis, el inspector ya me dio permiso.

miércoles, 12 de agosto de 2020

Elote con chile del que pica

 

ELOTE CON CHILE DEL QUE PICA

Todos tenemos una debilidad, eso a lo que no puedes decir “no” por más que intentes, por más que te haga daño, por más que todos te digan que te detengas porque no saldrá bien.

En este mundo existimos un sin fin de débiles, los hay de todo tipo; débiles carnales, débiles amorosos, débiles materiales, entre muchos otros.

¿Cuál es tu debilidad?, ¿ante qué o quién alzas los hombros y dices “ya ni modo”? ¿cuál es la debilidad que te hace sentir culpable después de caer por milésima vez en ella? ¿cuál?

Se puede ser débil ante los hijos, ante una pareja o ex pareja, ante un casino que promete grandes recompensas invirtiendo muy poco, ante la fascinación del olor a nuevo y, claro no puede faltar porque es un placer, ante la comida... que era la debilidad de Rafaela.

Rafaela era débil, débil como cualquiera, pero su debilidad tenía una peculiaridad pues cada vez que caía en ella soltaba a llorar como una Magdalena.

Los elotes preparados con mayonesa, chile piquín y queso, provocaban un río de lágrimas inexplicables, así como inevitable era ir corriendo hacía el carrito del elotero cuando lo encontraba a medio camino. El olor, el calor, el sabor, la textura, todo resultaba tan fascinante que era imposible pasar de largo.

Puede parecer tonto o creerás que es una broma, y seguro me dirás que sí, que tú eres débil ante una torta de milanesa o a los tacos de barbacoa, y que nunca has podido decir no a un buen coctel de camarones, pero que en definitiva no sueltas a la primera de cambios unos lagrimones.

El problema de Rafaela era que entre más le metía el diente al elote, más le lloraban los ojos. De julio a octubre ocurría toda la tragedia, la época de elote cacahuacintle invitaba a tener carritos de vaporosos elotes en todas las calles y por más que trataba de no mirar, de no ver, de ir como los caballos con anteojeras, terminaba comprándose un elote y para colmo de males siempre elegía el más grande de la vaporera del Don que los vendía.

Muchas veces le pasó que andando por la calle comiéndose su elote, las personas le preguntaban si se encontraba bien, era como verla comer a través de una gran desventura, de esas que ameritan un hombro para llorar, aunque fuera de un desconocido.

Buscó remedios caseros para su mal, buscó con algunos médicos, pero lo obvio siempre fue ¡que dejara de comer elotes y santo remedio!

En fin, Rafaela se resignó a vivir con los ojos hinchados de tanto llorar al igual que el mes de agosto y septiembre en su tierra en donde no paraba de llover.

La niñez y adolescencia de Rafaela transcurrió entre el amor y el odio a los elotes preparados, en donde al terminar un elote y tener que secarse las lágrimas y la nariz le generaban un sentimiento de culpa y a veces hasta de vergüenza porque como le decía su mamá “si ya sabes cómo te pones para qué sigues tragando elotes”.

Eso sí, muy culpable y todo, pero siempre llevaba en sus bolsillos un paquetito de pañuelos desechables por si las dudas, por si el chirriar del carrito de elotes le hacía girar la cabeza.

Saliendo un día de la universidad, en aquel inicio de su vida responsable en donde decidió ser contadora, cruzó la puerta de entrada del edificio de su facultad, era ya bastante tarde, pero era la consecuencia de querer estudiar y ser comprometida. Traía hambre como para comerse un león, un árbol o cualquier cosa que le pusieran enfrente con tantita sal y una tortilla. Dispuesta a tomar el último autobús, giró la cabeza y se encontró con el vapor que alivia y viaja en una noche fría. ¿Qué puede hacer alguien cuando ya sabe que va caer al abismo de sus pasiones?… ¡pues nada más que dejarse caer al abismo! Se acercó a su destino y mientras caminaba fue sacando los pañuelos desechables.

-      Buenas noches, me da un elote por favor.

-      Escójale güera, me quedan bien poquitos, pero todavía alcanza.

Los elotes ya estaban medio flacos, pero no importó.

-      Deme ese, el más grande.

-      ¿Con todo?

-      Sí, con todo, y póngale chile del que pica.

-      Híjole güera, te voy a quedar mal, ese se me acabó, no más me queda del normal, ¿si está bien?

-      Pues sí, no importa.

Rafaela recibió su elote y pagó de prisa, corrió a la parada de autobús al ver las luces brillantes que invitaban a los últimos estudiantes a dejar la banqueta vacía.

Una vez sentada, se preparó para la lloradera y para que todos los pasajeros pensaran que seguro la había abandonado el novio o que tenía que reciclar una materia. Dio una mordida y se sintió sin cambios, luego dio otra mordida y nada. Siguió devorando su elote con una inusual velocidad y con una inusual sorpresa porque no derramó ninguna lágrima, no le empezaban a escurrir los mocos, sus pañuelos desechables sólo los usó para limpiarse la comisura de los labios llenos de mayonesa, queso y… ¡chile del que no pica!... ¡claro!, la atolondrada de Rafaela siempre pedía el delicioso manjar con un picante que simplemente no toleraba y la hacía llorar y llorar.

Estúpido o no, Rafaela aprendió una lección: muchas veces la solución a las desdichas es más simple de lo que creemos, basta cambiar la perspectiva y arriesgarnos a probar una forma diferente de hacer las cosas que hacemos siempre igual, así podemos disfrutar de todos los placeres de la vida.

jueves, 6 de agosto de 2020

¡CORRE!


¡CORRE!


“A veces cuando corres no tienes a donde ir”, escuchó la voz de una mujer que lo miró de arriba abajo mientras él se escondía entre unos huacales de un puesto de frutas y verduras del mercado. 

El sudor escurriendo por su frente bajaba hasta entrar en los ojos, trató de secarse, pero chorreaba como gorda en sesión de aeróbicos. Sentía ese sabor amargo en la lengua que dejó la corretiza y los saltos de obstáculos como si estuviera compitiendo para ganar un lugar en las olimpiadas.

No podía escuchar sus pensamientos porque el retumbar de su corazón abarcaba todo y su respiración agitada no le dejaba percibir nada más. Concentraba su mirada en el frente, en pasar desapercibido, aunque había dejado algunas naranjas rodando sobre el suelo.

Pasó una hora y salió con todo el cuerpo como cheeto, o sea torcido, maltrecho, doblado, chueco. Estuvo escondido en un espacio diminuto con las rodillas pegadas en la cara. Al salir escuchó el crujir de sus huesos y se sintió aliviado al estirar los brazos y la espalda. Se tocó todo el cuerpo como revisando que no le faltara un hueso o alguna extremidad, pero llevaba todo, incluso el arma con la que le apuntó a la vieja que quería asaltar.

No pasaba de los 16 años, era delgado y llevaba puesto sólo un pantalón de mezclilla, una playera blanca y unos tenis blancos también. Así de lejos, sin ver sus ojos marrones, se podría confundir con el compañero de escuela de cualquier otro adolescente de preparatoria en unos de esos días que les piden ir a todos uniformados para hacer una tabla gimnástica o cualquier payasada del estilo.

Echó a andar hacía la calle y caminó con la cabeza agachada como tratando de enamorar al asfalto de tanto mirarlo, caminaba a prisa. Sintió las primeras gotas de lo que prometía ser un aguacero y así se fue caminando, con un frío que le caló en los brazos y en la nuca. El transporte público no era una opción para su condición de perro mojado cargando un arma.

“Pinche día de mierda”, pensaba, ¿por qué a esa vieja se le había ocurrido hacer tanto escándalo?, “entregar la bolsa y el teléfono era todo lo que tenía que hacer, pendeja chillona”. El cielo caía a pedazos mientras que las personas buscaban refugio debajo de algún techo o cualquier construcción que lo permitiera. Él caminaba bajo el torrencial y cualquier fotógrafo de National Geographic habría logrado una gran postal.

Cuando llegó a su casa le ardían los pies, eran las ampollas del roce de los tenis con sus pies sin calcetines y mojados. Él no sabía nada de esas cosas que se aprenden en la escuela, pero pensó: “seguro estoy a menos 2”, refiriéndose a lo helado que sentía el cuerpo.

Al entrar tuvo que echar de la puerta a unos perros que estaban tumbados frente a la entrada, “órale hijos de la chingada, sáquense pinches estorbosos”. Saludó a su mamá con una indiferencia que mataría a cualquiera “Quiubo” y no espero a escuchar la respuesta, se fue de filo al ropero de donde jaló la toalla que colgaba de una puerta y comenzó a secarse la cabeza y a sacarse los tenis de los pies.

Ignoraba a su madre porque odiaba los interrogatorios y todo lo que de ella salía, ya fuera bueno o malo, lo mismo le pasaba con sus tías y con todo aquel que quisiera darle cualquier tipo de consejo, “como chingan, pinche gente metida, qué les importa si llego, si no llego, si tengo varo o si ya me cogí a la pinche morra de la tienda”.

No existía un lugar en la tierra en donde le diera más flojera estar que en su casa, es decir, ese espacio reducido, frío y pestilente que tenía que compartir con tres hermanos, su mamá y su padrastro, por eso se la pasaba en la calle. Su mamá le decía que era un vago sin oficio ni beneficio, pero él no pensaba lo mismo, oficio tenía: “soy ratero, saco lo que puedo, aquí no hay nada, cuáles oportunidades para vatos como yo, eso de la escuela, las tardeadas y las mamadas de los antros es para otra gente no para mí”.

Había aprendido desde crío a ganarse la vida quitándole al otro, sin importar los discursos religiosos que le decía su madre o los sermones de los chismosos de la calle, bien era sabido que el suyo era un barrio de ratas y gandallas. Esos discursos de Dios y de no dañar al otro eran para taparle el ojo al macho, todos salían beneficiados del club de ratería de su colonia.

El arma de fuego era su herramienta principal de trabajo, eso y no permitirse el miedo porque según le decían sus maestros de la vida criminal: “el miedo nada más estorba”.

Mientras buscaba algo que comer, que no había mucho, escuchó las noticias de un televisor viejo que colgaba de una pared, y hablaban justamente del incremento de la delincuencia y de cómo cada día más y más jóvenes como él se dedicaban a la “vida fácil”. “¿La vida fácil?, ¡que pendejos!, si es todo menos fácil, pinche vida miserable de cagada, si cuando pides un trabajo te mandan a la chingada, te miran como si fueras apestado, nadie te ayuda, la vida no es fácil pendejos, ya quisiera yo que anduvieran en la calle todo el pinche día buscando unos pesos y que no te den nada, o que tomaran la pinche decisión de agarrar una pistola y ponerla en la cabeza a una viejilla llorona o a un pendejo que se mea en los pantalones”.

Salió y se encontró con la banda en la siguiente cuadra, planeaban a donde ir. El chamaco se sentía lo suficientemente confiado para empezar la semana amenazando a los conductores en los semáforos, igual no sacaría dinero porque casi todos cargan más tarjetas que efectivo por lo mismo de los asaltos, pero seguro sacaría varios teléfonos y con suerte una computadora o cualquier otra cosa que pudiera venderse bien.

La banda tenía bien ubicados los lugares en donde la movilidad, los puentes peatonales y las calles alternas, brindaban cierta "seguridad" a la hora del escape cuando las cosas se ponían feas. Todos se distribuían, formaban equipos de trabajo y se lanzaban a tirar amenazas a diestra y siniestra.

Era la primera vez que le tocaba trabajar con uno de los chavos de la banda, un tipo de unos veinticinco años que era bien conocido por lo entrón y miserable, capaz de cualquier cosa por quedarse con el iPhone o el Samsumg de un godín que salía del trabajo. Sería su entrenador para empezar a hacer trabajos más elaborados.

Ubicaron el lugar del atraco, observaron los autos formados que esperaban el verde y decidían cuál era viable para ser asaltado. Factores como el tipo de auto, la ventanilla arriba o abajo, nivel de distracción, etc., eran fundamentales.

No tenían que hablar, bastaba una mirada y un leve movimiento de cabeza para lanzarse sobre el incauto. En cuestión de segundos despojaban al ingenuo o ingenua de sus posesiones y de ahí a otro sitio a seguir “chambeando”.

Ese día sería inolvidable, porque como en todas las primeras veces el desagrado o el embeleso, se quedan grabados en la memoria. 

Saltaron como leones sobre un auto compacto, un tipo de unos 45 años llevaba la ventanilla abajo y hablaba a través de su teléfono móvil, no llevaba acompañante. Tenía buena pinta y llevaba en la muñeca una de esas bandas electrónicas que te miden la frecuencia cardiaca, te cuentan los pasos y hasta te analizan los malos pensamientos. 

Ahí estaban frente a la presa, él tomó el control, estaba en entrenamiento: “¡dame lo que traes hijo de la chingada, el teléfono, reloj, cartera!”. Le apuntaba en la cabeza, pero no esperaba que el tipo sacara de debajo de su pierna un arma. Sintió frío y lo miró a los ojos. Todo sucedió en un fugaz instante, pero tan certero que entendió que el tipo no iba a dudar en disparar. Su compinche le gritó “¡DISPARA PENDEJO, PARA ESO LA TRAES!” refiriéndose la pistola.

Estaba prohibido el miedo, estaba prohibido perder porque ya había perdido mucho desde que nació en una familia de mierda, con una economía de mierda, con ninguna habilidad social ni emocional, eso él no lo sabía, pero sí sabía que haber nacido había sido la peor apuesta más allá de sus propios deseos de ser decente.

Disparó y que quedó quieto, engarrotado frente la ventanilla del auto. Una fotografía mental de la cabeza colgando y de la salpicadura de la sangre quedó para siempre en su memoria y por más intentos nunca logró borrarla. Escuchó “¡CORRE!”, como si se lo gritaran a miles de kilómetros y dio la media vuelta. Corrió con el corazón dando saltos, corrió con la lengua más amarga que nunca, corrió sin mirar los autos al atravesar las avenidas, corrió porque esa primera vez marcaba su sentencia… lo que durara su vida no dejaría de correr.