lunes, 25 de mayo de 2020

Un mal día para la Muerte


Un mal día para la Muerte
  


“¿Cómo se sentirá morir?”, “¿se sentirá algo?”, preguntó en voz alta un chico larguirucho y guapo que se encontraba sentado en la sala de espera de un hospital privado. Su madre lo miró por un rato y dejó caer un suspiro para responder: “no lo sé, quizá no se siente nada, pero si hay algo seguro: la muerte que algún día nos llevará”.
Sentada a un lado, la muerte los escuchó, estaba esperando hacer su gloriosa aparición, si es que se puede decir gloriosa. En las últimas décadas la hacían ir y venir un montón de veces y en bien poco tiempo, que si el pre infarto que nunca se hizo infarto, que si el código azul que cambió de color de un momento a otro, que si la deshidratación se arregló con un suerito. En fin, ser la muerte comenzaba a ser un poco tedioso y aburrido. 
Ahí sentada, escuchando algunos sollozos, rezos en voz baja y penas, la muerte trataba de no caer dormida por el inmenso aburrimiento que le provocaba estar junto a una señora sumamente extraña que se la pasaba pegada al teléfono. “Si tan sólo pudiera charlar un rato”, pensó la muerte con profunda tristeza y nostalgia. Hacía tanto que sus pesados huesos encontraban frío y demasiada luz en los hospitales. También se le escapó un suspiro tan largo que se sintió como una ráfaga de aire helado, la señora del teléfono mandó a su acompañante a cerrar la puerta sin saber que era la muerte aburrida y sola.
Levantó los huesos y decidió dar un paseo para visitar a posibles prospectos, en una de esas aquel que estuviera más cercano a su tiempo final podría verla y quizá cruzarían un par de palabras para presentarse y saludar, brevemente… muy brevemente.
“Pésima decoración, terribles sábanas, demasiada luz, excesivo ruido, frío, ¡¿Quién quiere morir en estas condiciones?!” se preguntaba la muerte consternada.
Parada en la cornisa de la puerta de terapia intensiva, mientras miraba profundamente a un paciente recién intubado víctima de un accidente en la vía pública, comenzó a sentir añoranza por aquellos tiempos en donde esperarla era un acontecimiento, triste es verdad, pero un acontecimiento.
Llegaba a la casa de un pueblo, la mayoría de los enfermos morían en sus casas, rodeados de los suyos, el ambiente se sentía pesado pero mágico, todo era importante: la familia alrededor, el aroma a café con canela y pan para los visitantes que llegaban a preguntar por el aquejado, la luz tenue, el clima templado, las mujeres afuera del cuarto llorando acongojadas, los rezos al unísono y en voz alta “Dios te salve María, llena eres de gracia”, todos esperando el momento glorioso de la muerte, nunca tratando de evitarlo.
Es más, en aquella época hasta el lujo de  husmear por las casas se andaba dando, veía las fotos de aquellos cuerpos fuertes que en su presencia se debilitaban, podía entender e hilar historias, conocía los rostros de aquellos que lloraban sin importar la edad, hoy en día en los hospitales no dejan a entrar a los niños. Le gustaba conocer a los que se iba a llevar mientras miraba los objetos personales y escuchaba el chismorreo de los presentes: “era tan buena persona”, “desde que perdió al marido empezó a decaer, “se está muriendo de la tristeza”, “fue muy mal padre, por eso su hija no anda por acá”.
Momentos inolvidables, ella era importante.
El montón de aparatos conectados al intubado comenzaron a sonar, un grupo de personal médico entre doctores, internistas y enfermeras, entraron corriendo y casi tiran todos los huesos de la muerte al empujarla y hacerla trastabillar. Hubo ruido, sustancias intravenosas, oxígeno extra, sacaron a los parientes que estaban en horario de visita con los pacientes de camas vecinas, “¡cuánto escándalo!” dijo la muerte, “seguro otro día de espera, tratando de evitar lo inevitable”. Se dio vuelta, sacudió sus ropas y las acomodó, salió y colocó su delgado cuerpo al lado de la máquina de café instantáneo de la sala de espera, podría pasar el rato recordando su estancia en las casas de esos pueblos lejanos mientras soñaba con una taza de chocolate bien caliente para ir al encuentro de su inevitable aparición.

No hay comentarios:

Publicar un comentario