40 y sin gato
¡Pero qué atrevimiento!, la vida tuvo la osadía de llevarla a cumplir 40 años… sí… 40 años que no supo en dónde demonios los fue regando. No tenía casa propia, no tenía esposo, no tenía hijos, no tenía coche, vaya no tenía ni un gato.
Se sorprendió el día que se levantó y se miró en el espejo: “hoy cumplo 40”. Era martes y lo más trascendente fue que ese día sólo tenía que ir a trabajar 60 minutos y luego aprovecharía para… ok no importaba, la cosa es que tenía tiempo libre que hoy en día es un privilegio.
Cabizbaja y pensativa se sentó en el pasto del enorme jardín de esa casa maravillosa en la que pasaba sus días. El pasto verde y el cielo azul le daban esa sensación de inmensa soltura, desapego y tranquilidad. ¿Será que los 40 años habían pasado y sólo se quedaron en las caderas, la grasa abdominal y esas tetas grandes que le crecieron al transcurrir el tiempo?
Ya tenía 40, pero no se sentía realmente diferente, quizá un poco, bueno más bien un mucho muy feliz de no tener que lidiar cuidando niños revoltosos o adolescentes irreverentes que quieren salir con sus amigos y que piden dinero como si los padres y madres fueran cajeros automáticos. Caía en cuenta que amaba llegar a casa y no tener que discutir con un señor sobre el futuro de los “chicos” y las deudas en común, que alivio sintió de no estar atada al pago de la hipoteca de una casa ni al crédito de la camioneta último modelo que compraron para subir a la escuinclada y repartirla en los colegios y clases de natación o karate. Se daba cuenta que quizá tener al gato era lo menos agobiante.
Tenía 40 y podía festejar, si así lo quería, haciendo el amor con un amante bajo sábanas o quizá en el suelo, viendo una serie mientras comía palomitas y en pijama a medio día, leyendo un libro sin pensar en más obligaciones que terminar en la página que le pareciera más cómoda para continuar al día siguiente, comprando algo en Amazon, bailando desnuda frente al espejo, o lo que se le ocurriera en el momento. Luego pensó que si tuviera al gato tendría que alimentarlo y llevarlo al veterinario.
Así pasó su cumpleaños, pensando en todo lo que podría hacer ese día y los siguientes, porque el mejor regalo que decidió darse a sus 40 se llamaba libertad.

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