jueves, 17 de diciembre de 2020

Sin Título

 SIN TÍTULO

Sin título está la carta que te escribí hace ya algunos meses, aún no la he depositado en el correo, creo que tengo dudas. ¿Tú sabes que dudar traiciona?, pero es ejercicio de todos y nadie está exento de él.

La carta no es una página ni dos, más bien puedes darle la extensión que desees, dependiendo de tu cansancio y de tus ganas de saber sobre mí. Puede ser que cuando la recibas no tengas ni las más mínima intención de leer siquiera una revista, es por eso que te recomiendo leerla cuando tu hambre de palabras sea insaciable.

Comencé a escribir la carta con los recuerdos del último encuentro entre nosotros. Sentí un poco extraño  recordar tu voz y tus monerías, pero tu cara está borrosa en mi recuerdo, a veces la veo más claramente cuando te sueño; y en un papel, al levantarme, voy dibujando lo poco que recuerdo de ti. Mis bosquejos siempre terminan inconclusos: como tú y yo, sin más trazos que los del sueño, pero no me importa y sigo animándome a dibujarte con la esperanza que un día de estos vengas a posar exclusivamente para un cuadro.

La tinta también la he dejado a tu gusto, puede ser verde, azul; negra como el miedo o del color que prefieras para vestir. Recuerdo perfectamente el vestido azul sin mangas, en él luces muy bien, sería magnífico que la tinta sea de ese color, no es molesto para la lectura, al contrario afina la escritura y sé también que el color te agrada, es por eso que lo propongo.

Los trazos si preferiría que los leas gruesos, pero finos a la vez, como esa nostalgia elegante que me invade y dibuja en mi cara una mueca abstracta que nadie sabe descifrar, ¿estás cansado?, ¿no has dormido bien?, ¡estás extraño!, me dicen los que me ven sin escudriñar en lo hondo.

La hoja está en blanco, de cualquier modo te la envió en el mismo sobre en que mando esta otra carta. Espero que entiendas en ella, la carta en blanco, todo lo que siempre quise decir y no pude, puedes garabatear también tus propios deseos y quizá colorearte la boca de rojo encendido, como mis apetitos, y plasmar tus labios para mandarme el papel de vuelta por correo.


miércoles, 9 de diciembre de 2020

Caleidoscopio

 CALEIDOSCOPIO

Le dio vueltas al caleidoscopio y abría bien el ojo derecho mientras el izquierdo lo apretaba con fuerza. Los colores brillaban y danzaban tan elegantemente que era imposible dejar el artefacto y prestar atención al monólogo que sostenía su hermana.

Todas las noches se metía a hurtadillas para permanecer un rato en la cama de Camila, su hermana mayor, que había comprado el caleidoscopio en una tienda de antigüedades en la Zona Rosa de la CDMX. Tendría más de diez años cuando en un paseo dominical se toparon con aquel comercio que exponía a la entrada una sillas polvosas, sin embargo, la curiosidad y las ganas de matar el tiempo hicieron que entraran a echar un vistazo.

Camila no pensaba comprar nada y Beto menos, no llevaba dinero y era su hermana quien siempre le invitaba los helados y los paseos del fin de semana. Deambularon por el lugar observando artilugios curiosos y en varios casos inservibles. Beto dio con el caleidoscopio que estaba detrás de unos libros amarillentos, estiró el brazo y preguntó: “¿qué es este tubito?”, Camila miró, tomó el cachivache y dijo: “es un caleidoscopio”. Entonces lo limpió con su playera y se lo llevó al ojo. Beto nunca había visto uno y no tenía idea de qué hacía, así que sólo atinó a decir: “pareces pirata, pero de las buenas porque eres muy bonita Cami”. Ella sonrió y tocando la cabeza de Beto le preguntó: “¿quieres que lo compremos?”, pero Beto alzó los hombros porque no sabía ni para qué servía.

Salieron de la tienda, Camila con una sonrisa y Beto con mucha curiosidad. “¿Para qué sirve el tubito Cami?”, ella le sonrío, “sirve para muchas cosas, por ejemplo: para ver estrellas, flores y formas tan increíbles que no podrás dejar de mirar. Imagínate, las formas que veas nunca más se volverán a repetir, ¡es un aparato maravilloso!, te podría decir que hasta mágico.”

Desde ese día, Beto asomaba el ojo por el orificio y con mucha paciencia iba girando el aparato para no perderse ninguna forma, para capturar todas las imágenes posibles y guardarlas en su memoria. Le gustaba apuntar el caleidoscopio hacia la luz del foco, así todo era más fulgurante.

Había pasado ya mucho tiempo desde aquella compra y aunque Beto y Camila siempre fueron buenos compañeros de vida, cada uno crecía y se iban separando de a poco. Tras la muerte de su madre, Camila tuvo que hacerse cargo de Beto, una labor difícil para una joven que también deseaba salir y hacer su vida sin tener que pensar siempre en su hermano. Algunas veces Beto escuchaba a su hermana llorar y no sabía qué hacer para que no sufriera, pero él estaba en las mismas, a veces irritable y contestón. “¡Tú no eres mi mamá para regañarme por todo!”, alzaba la voz a grito pelado a una Camila frustrada que sólo deseaba algunos días de descanso, un descanso de la obligación de criar a un niño, de la obligación que ella nunca buscó.

Fue una noche en donde Camila y Beto discutían como nunca antes, ella le pedía apoyo con los quehaceres de la casa, él le gritaba que lo seguía tratando como niño. El ambiente era tan pesado que les costaba respirar, la frustración lo atrapaba todo. El deseo de salir corriendo cada quien por su lado a vivir una aventura sin pensar en su soledad compartida y en las tareas del día a día, los envolvía por completo. Ambos deseaban no volver a escuchar los reclamos del otro porque sabían que los dos tenían razón. 

Camila, no supo qué más hacer y sólo gritó: “¡Si no te gusta cómo te trato entonces lárgate de la casa!, te cuido como mejor puedo hacerlo, estoy cansada Beto, ya estoy cansada, ¡lárgate y encuentra a otra madre porque yo ya no quiero serlo!”. Beto sintió como su corazón se apretaba y se hacía pequeño, tan pequeño como el día que se murió su mamá y que tuvo que aprender a vivir la soledad con Camila. 

No lo pensó, después de las palabras de su hermana, Beto tomó el caleidoscopio y lo tiró al suelo con toda la fuerza que la rabia y la tristeza habían acumulado en lo más profundo de su ser. El tubo desprendió todos los cristales y rodaron por el piso. La caída estrepitosa retumbó en los oídos de Beto, como si martillaran incansablemente su cabeza.

La vida no podía ser más triste que ese momento. Camila lo miró y sus lágrimas rodaron sobre su afligido rostro. No dijo palabra alguna, pero en sus ojos se reflejaba la pregunta: “¿por qué lo has hecho?”. Beto no tenía respuesta y salió corriendo frenéticamente, no tenía un rumbo establecido, así como su vida que en ese momento no iba hacia ningún lugar.

No fue fácil tomar de nuevo el camino a casa, el mundo entero se derrumbó. “¿Y si somos un caleidoscopio de innumerables imágenes irrepetibles que de un momento a otro se desmoronan a pesar de tanta belleza?”, se preguntó Beto sobre sus pies huidizos. 

Beto supo que sólo tenía una raíz a la cual asirse. Camila era la persona a la que le debía lo poco o mucho que tenía y que era.

Por fin llegó a la puerta de su casa. De pie frente a la madera maltratada por el paso del tiempo, por las inclemencias meteorológicas, por la poca atención de los dueños… miró el picaporte dudando en girarlo y finalmente lo hizo. Quería correr en dirección a Camila, su único rumbo, pedir perdón y volver a comenzar. “¡Cami!”, gritó Beto y el aplastante silencio le retronó en los oídos. Camila se había marchado. Beto alcanzó el papel sobre la mesa del comedor, una nota decía: “También estoy rota, soy el montón de cristales del caleidoscopio en el suelo, aquel que nos dio tanto que imaginar. Mis estrellas se apagaron y necesito verlas de nuevo brillar. Perdóname por no ser lo que esperas. Tengo que irme, me duele el corazón y la sonrisa. Quizá algún día volvamos a ser la misma imagen dentro del universo que hoy no nos permite ser hermanos“. Beto estaba solo, auténticamente solo, mientras sentía escuchar los tacones de Camila marchándose, sonaban como las piezas del caleidoscopio al caer.

jueves, 3 de diciembre de 2020

El día que el tiempo se detuvo

 EL DÍA QUE EL TIEMPO SE DETUVO

Hubo un día en que el tiempo se detuvo, no sé si lo creas o no, pero es verdad. 

Quizá no te ha pasado todavía, pero ocurrirá y no tengas duda que será el día menos esperado.

Ocurrió un día jueves como cualquiera en la rutina más predecible de aquellos días. Encerrada en la oficina, en completa soledad y con los ojos más cerrados que abiertos. Somnolienta y entretenida con el tic - tac del reloj de pared esperaba que dieran las 6:30 p.m. para agarrar el bolso y salir corriendo a tomar aire y un autobús rumbo a casa. El día había sido largo y pesado, deseaba ver a mis padres y quizá tomar un trago de whiskey con ellos.

El teléfono sonó:

- “¿Diga?”, contesté a los dos timbrazos.

- “¿Hija?”, su voz sonaba diferente.

- “Sí, ¿qué pasó?”, era mi madre y algo se sentía mal dentro de mí.

- “¿Estás sentada?”, ¡lo sabía, todo se había jodido! Estaba recibiendo la llamada de película o teleserie que nadie desea contestar, la llamada de las malas noticias, la llamada de las realidades horribles, la llamada de los sobresaltos, de las angustias, de eso que no sabes qué es pero que sin duda es malo.  

- “Si, estoy sentada, ¿qué pasó?”, le pregunté tranquilamente, todo lo contrario a los latidos del corazón que hacían orquesta con el tic - tac y que retumbaban tan fuerte que me dolía el estómago. Cada microsegundo era eterno, ¿qué había sucedido?, ya quería saberlo porque la sensación de un hueco muy profundo me empezaba a consumir.

- “Tu papá tuvo un accidente”, suspiró y su voz dejó de parecerse a la que yo conocía desde hacía ya muchos años, esa voz no era de mi mamá.

- “¿Y está bien?”, pregunté sabiendo de antemano la respuesta: ¡NO, él no podía estar bien!, de otra forma la voz de mi madre sería la misma de siempre y no habría sufrido esa terrible distorsión que me hacía dudar de la llamada.

- “No lo sé”, respondió confundida, “bueno…”, por el tono y una pausa, entendí que no suavizaría la situación, ella era siempre directa, “al parecer lo asaltaron”, escuché quebrar su voz, “unos policías están aquí y no saben bien si fue un disparo o dos”.

Ahí, justo en la palabra “disparo” el tiempo se detuvo, dejé de escuchar el tic -tac del reloj de pared y todos los sonidos de afuera, nada se movía alrededor, las personas estaban completamente inertes, algunos de pie, otros sentados, pero sin moverse. Sandy, mi secretaria, quedó con medio cuerpo doblado cuando trataba de levantar unos papeles del suelo. Don Gil, el portero, estaba con la mano derecha levantada al tratar de despedirse de Matías, un compañero, y así todos quedaron inmóviles y silenciosos.

Me puse de pie y giré sobre mi propio eje para revisar si me pasaba lo mismo, pero no fue así. Todo estático, menos yo. No daba crédito sobre lo que ocurría. Podía hacer lo que me viniera en gana porque nadie me lo podría impedir, ¡porque el tiempo estaba detenido para mí!. Pero esa realidad era terrible, mi padre estaba muerto.

Así de pie, lo único que pude hacer fue parpadear unas tres veces para aclarar la vista y mis ojos tomaron una fotografía del inusual evento, guardaban un recuerdo imborrable en mi memoria: la posición de los cuerpos, el color de la ropa, la disposición de los muebles, la cantidad de cuadros colgados en las paredes, las puertas que estaban abiertas y las que estaban cerradas. 

Comprendí, mi padre estaba muerto. 

Las lágrimas comenzaron a fluir y con ellas el tiempo comenzó a correr de nuevo, rápido, muy rápido desde entonces.


jueves, 19 de noviembre de 2020

FASCINA- ANSIAS

 FASCINA- ANSIAS

 

         Despierto un poco turbada. El sol me toma por sorpresa y siento sus rayos como los enemigos del sueño, enemigos que no permiten desarrollar el potencial que hay en mi mente en las sagradas horas en las que me encuentro dentro de la cama. Pero así es la vida y hay que despertar, aunque lo odio.

         Tenía apenas cinco minutos sentada en aquella silla alta frente a la barra del restaurante. Usaba el vestido bermellón con zapatillas del mismo color. A pesar de la onda fría que azotaba la ciudad sentía calor y decidí no usar abrigo en la fría tarde. Llegué para ver a Luisa, es impuntual y seguramente la espera sería larga. Ordené un aperitivo.

         Los últimos días la vida parece aburrida y rutinaria. Siempre estoy en espera de sucesos fascinantes que despierten por completo mis sentidos que últimamente están dormidos. Quisiera tener el sexto sentido de los chamanes para conocer a las personas con el sólo hecho de tocar una fotografía o bien hallar al hombre de mi vida porque rocé su cabello casualmente en una cafetería y descubrí que su karma se compenetra de manera perfecta con el mío. Lo más extraño que me ha sucedido, y probablemente no sea creíble para muchos, fue cuando tenía trece años. Invariablemente trataba de averiguar quién era y para qué estaba en el mundo. Acostumbraba permanecer frente al espejo largas horas mirando mis ojos. Sentía un poco de miedo porque transcurría el tiempo y la mirada era cada vez más fija, pero no sobre otra persona sino sobre mí, era realmente extraño. Una ocasión sentí que me miraba desde fuera de mi cuerpo, era ver dos imágenes, una en el reflejo y otra frente al espejo. Apenas duró unos instantes y al volver a la conciencia concebí emociones ciertamente difíciles de expresar. La segunda vez que sucedió algo similar fue en un viaje. Miraba a través de la ventana del automóvil y cavilaba nuevamente las razones de mi existencia. Súbitamente me sentí fuera de mí y así, igual de inesperado, regresé para sorprenderme. A partir de ese momento ansié ser alguien más, probablemente una bruja. Era como si otra persona habitara dentro de mi cuerpo y realmente tenía ganas de conocerla. Nunca volvió a pasar nada similar. Aún sigo sentándome de vez en cuando frente al espejo, esperando sentir  nuevamente, por lo menos un segundo, esa sensación de verme de lejos.

         Sentí miradas sobre mí que me incomodaron. Frente a los cacahuates y mi trago, mi paciencia se agotaba en la espera de Luisa. A punto estaba de levantarme para emprender la huída cuando tu loción invadió mis sentidos y escuché detrás de mí un –buenas tardes-.

         Vaya, el cereal está más mojado de lo normal esta mañana, creo que malgasté los minutos leyendo una revista de espectáculos y perdí la noción del tiempo porque también noto que el café esta terriblemente frío y un extraño olor me desconcentra, trato de adivinar qué es pero sigo atendiendo los chismes de la revistucha, creo que el aburrimiento me absorbe y dejo a una lado el olor que bien podría ser la basura de los vecinos del departamento contiguo que no se distinguen por su pulcritud.

         Te miré como no creí saber mirar. Sólo atiné a responder con otro –buenas tardes- tan suave que apenas lo escuché yo misma. Te parecías a la visión que toda la infancia y la adolescencia soñé, nunca te había imaginado como en ese momento. Surgió la quimera de adorarte por lo menos unos minutos. Las paredes, el suelo y cualquier objeto a mí alrededor eran parte de un ensueño que no podía explicar… y tu olor, cómo olvidar ese enredo entre loción, jabón, cuerpo, crema de afeitar. Eras un pequeño universo de misterios en sólo dos palabras –buenas tardes-.

         Es fin de semana y pienso en lo que haré después de tomar una ducha. Probablemente salga por ahí a ver tiendas de ropa, ¡me encanta comprar ropa!, más que zapatos. Logro pasar horas y horas en las tiendas probándome lo  que vea a mi paso. Invariablemente acabo un poco tristona porque no puedo comprar todo lo que se me antoja, de ser así no podría ni probar el cereal mojado, hay que comprar comida también.

         Preguntaste mi nombre y mentí, pregunté el tuyo y seguramente mentiste. Había algo en ti que no me dejó ver más allá de tu cara y el resto de tu cuerpo. Tal vez Luisa entró y no me di cuenta. Esa tarde en la mesa, mi boca sólo habló de deseos y mentiras. No dije mi nombre, ni mi profesión, se me olvidó el nombre de mis padres y el de mis hermanos. Dejé de lado miedos de siempre y le di paso a nuevos temores, que lejos de alejarme de ti me impulsaban más a descubrirme a través de tus palabras. Aún no puedo creer que compartiéramos sentados más de tres horas y que no recuerde nada de lo que me detallaste de ti por breve que fue. Será que tu presencia era tan impactante que se robaron mi atención tus gestos, tu olor y ese sonido que escapó de tu boca. Sólo ojos, boca, piel, pero pocas y escasas palabras. Así mirándote te pregunté lo que deseaba saber y así mismo me respondiste.

         Empiezo a sentir ese calor tan delicioso del vapor al salir el agua caliente. Acomodo mi shampoo, mi gel limpiador y los jabones especiales para la  limpieza facial. No lo niego, soy vanidosa y procuro cuidar de mi piel y rostro, no quiero lucir como si un camión me hubiera arrollado pasados los 35 años de edad. Mi mejor amiga me regaló un  gel exfoliante riquísimo, deja la piel verdaderamente suave, pero lo mejor es el aroma a sandía. Cuando leí el envase la primera vez casi me muero de la risa frente a mi amiga – ¿aroma a sandía?- por favor, -¿quién hace estas cosas?- me pregunté, pero bueno lo usé para probar y ahora me encanta, es delicioso. También uso una crema para el cuerpo con olor a pera, sé que suena bastante frutal el asunto de mi arreglo personal, pero la crema además de que exalta mi sentido del olfato hace que entre en verdadero éxtasis, suele recordarme a la persona que me la obsequió. Cuando huelo la crema de peras recuerdo mucho aquella etapa de mi vida sentimental, me agrada porque fue extraordinaria.

         Es difícil descifrar la mujer que me invadía, tan ignorada y conocida a un mismo tiempo, la que se ocultó durante años. Esa tarde se abrió paso al conocerte, decidió dar fin a su desconfianza, su duda y su temor. No pude explicar la conmoción, cuando por un descuido, al apartar el cenicero, acariciaste mi mano, fue eléctrico y sutil, etéreo. -¿Qué demonios me pasa?-  me pregunté cuando un relámpago de claridad atravesó por mi mente, apenas empezaba a responderme cuando concluí bloquearme de nuevo para acorralarme en la extravagante idea de estar junto a ti.

         Creo que ya estoy lista para partir a las fabulosas tiendas, sólo hace falta peinar un poco mi cabello que ahora mismo es un desastre. No puedo comprender cómo me atreví a cortarlo tan pequeño, peinarlo es un experimento cada mañana, es como si mi cabellera fuese un ser independiente que quiere sacarme de mis casillas todos los días. En fin, uso un poco de fijador, agua, gel y todo lo humanamente utilizable para aplacarlo y logro dejarlo aceptable, pero como no puedo abandonar la coquetería, uso un listón en forma de diadema. Me falta el perfume. Ahora sí, estoy lista para partir.

         Eché un vistazo a mi reloj y la noche cae ya sobre nuestras mentiras y nuestros apetitos. La lluvia de la tarde abandonó a su paso el olor a tierra mojada y la gente desfilaba con chamarras y abrigos. Sin embargo el calor que me invadía era más fuerte que el  frío y fue la razón por la que no acepté el saco que tan amablemente me ofreciste, de ninguna manera te ofendiste porque, al igual que yo, tu calor corporal te ahogaba. En la conversación, que no recuerdo, existieron silencios largos y profundos que dejaban escuchar los pensamientos de cada uno de nosotros y de los ocupantes del lugar. Para ese entonces ya extrañaba tu mano cuando la alejabas para encender un cigarrillo.

         Abro la puerta para partir y la sorpresa es que no hay basura en el departamento de mis vecinos. También presto atención que el olor extraño desaparece, creo que hay una sustancia extraña y al mismo tiempo conocida dentro del departamento, porque si entro huele y si salgo desaparece, pero las tiendas no pueden esperar hoy, no me puedo detener a revisar todos los espacios de la vivienda, creo que lo haré al regresar. Tomo un taxi y le doy indicaciones al chofer  para que me lleve al centro comercial más importante de esta ciudad. Por fin estoy rodeada de tiendas y entro en la primera que llama mi curiosidad por la iluminación. Una mujer lo suficientemente singular para mi gusto, se asoma y me atiende de buena gana. Le pregunto por las telas tan hermosas que cuelgan en el aparador y su respuesta me mantiene absorta durante diez minutos. Son telas importadas de la India, elaboradas con seda y bordadas con hilos de oro, de color rojo que simboliza el ardor de la mujer apasionada. Estoy sorprendida y se me escapa una risita, a lo que la mujer extrañada me pregunta -¿Qué sucede, que te dio risa?- y yo digo – ¡han  de ser carísimas y realmente son hermosas!, si en estos momentos pudiera exprimir la tarjeta de crédito lo haría porque realmente me encantan- ambas nos reímos mucho y me deja perpleja cuando me dice que me regalará tres metros porque le caí bien y porque algo tienen mis ojos que le llama a ser amable conmigo. Me da un poco de desconfianza, pero no puedo resistir la oferta de poder mandarme a hacer un vestido con esa tela, pero luego reflexiono que no debo desperdiciar nada y que conociéndome bien puedo estar contemplando los tres metros cuando ando mortalmente aburrida, después de todo la tela es hermosa, sería como mirar un cuadro. Finalmente acepto y le doy las gracias. Al despedirme la mujer dice que le recuerdo a su abuela y me muestra una fotografía, - ¿es una broma?- pregunto, -claro que no- responde, no sé qué decir, ¡la abuela y yo somos idénticas!. No salgo de mi asombro, pero me despido nuevamente mientras salgo de la tienda y ella dice –tú siempre esperas por cosas apasionantes y la vida es apasionante, siente, huele, saborea, escucha, mira la tela y algo sorprendente puede suceder-.

         Separaste tu mano de la mía, me observaste intensamente. Sabía que era momento de huir, de la despedida tal vez. La magia me permitió ver más de aquella mujer nueva que no temía equivocarse por la curiosidad o el desenfreno, me dejó ver al hombre que pedía que lo siguiera y ya podía oler la pasión en la calzada, pasión compuesta con el perfume diario de mis movimientos y tu aroma resultado de mezclas diarias de arreglo personal y sudor de peregrinaciones.

         Entro al departamento y estoy mareada del olor que parece entrar por la ventana de la cocina por donde se puede espiar a los vecinos cuando no se tiene nada mejor que hacer. El olor ahora es claro para mí, es parecido al de las sábanas que gozan los amantes después de haber sudado gotas y gotas de éxtasis y deseo, no siempre amor. Por lo menos ahora puedo indagar algo más concreto como ropa o sábanas. Pero ¿de dónde proviene ese olor tan peculiar y por qué penetra hasta lo más profundo de mi nariz? ¿Por qué  sólo lo huelo yo y nadie dice nada? ¿Por qué no puedo aclarar este misterio?. Todo el día ese olor, ahora es demasiado intenso, debe de oler por todo el edificio, aunque sé muy bien que cuando entré al condominio no olía a nada medianamente parecido.

         Perdí la noción del espacio, no sé en donde estamos porque me siento fuera de mi misma y veo lienzos hermosos en el espejismo de pensarte dentro y fuera de mi cuerpo.

         Resuelvo averiguar qué es lo que sucede. Empiezo a inspeccionar cuidadosamente  rincón por rincón de la cocina que es lo más cercano a mis pies, me asomo por la ventana y no veo nada, todo vacío, no hay sábanas tendidas y tampoco hay ropa. Decido observar a través de la ventilla del baño, mi sorpresa es que el olor es igual de fuerte que en la cocina, observo, mis pies están de puntillas pero el resultado es el mismo. El olor debe estar dentro de la morada y no fuera como yo intento revelarlo. La intriga me mata, el olor es cada vez más fuerte, voy a la sala, sé que no habrá nada, es lógico, ¿quién cuelga sábanas y ropa en la sala?, además este fin de semana no estoy acompañada, mis compañeras de departamento salieron de la ciudad y es prácticamente imposible que aparezcan prendas que yo no he puesto. Me dirijo a una de las recámaras, toda está vacía, no hay nada, la ventana está cerrada. Queda el último lugar… mi recámara, pero estoy segura que no olía a nada similar cuando salí de ahí. Abro la puerta lentamente porque una sensación de cuidado  me detiene y veo, sorprendiéndome por unos instantes, la tela de tres metros que me indica un camino hacía la cama, apenas percibo esa visión, dura menos de un segundo. La ventana está abierta, me inunda una luz y me ciega por completo. El olor es demasiado intenso y me marea, me marea, me marea. Siento como si me desmayara. Me desvanezco, durante medio segundo no sé qué ha pasado, cuando vuelvo en mí, sale de mi boca un último gemido de cansancio y placer, caigo rendida sobre las sábanas de seda, bordadas con hilos de oro llenas de éxtasis y deseo junto a él.

         Confundida estoy después de sentir agolpadas en mi corazón y en mi cuerpo miles de emociones, alucinaciones y el placer, sin embargo, sé que algo fascinante y sorprendente sucedió hoy.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

El Úntimo Sueño

 

EL ÚLTIMO SUEÑO

Se quita el delantal rápidamente y toma el suéter color canela que dejó sobre una silla cuando llegó por la mañana. Es tarde y seguramente tendrá que correr para alcanzar el último autobús de la noche.

Se mira brevemente en el espejo colgado en la pared cercana al baño de mujeres y con un “buenas noches” sale apresurada del lugar. Quiere volar, el reloj ya marca las 10:25 p.m. y cuenta con tan sólo 5 minutos más para llegar a la parada de autobús.

Los zapatos altos color marrón se atoran en cada piedra, a cada paso y piensa en quitárselos para correr hacia la vía principal, pero es imposible, la lluvia ha logrado inundar la calle de lodo. “En fin”- piensa. A unos metros de la esquina ve el autobús y a un pasajero que está por abordarlo, corre ya sin importar como puedan quedar los zapatos, pero el camión comienza a avanzar y ella grita, el ruido del autobús es mayor que su débil voz cansada y cubre el silencio dejándola tirada y sin transporte. El autobús parte si ella.

Susana se levanta entre el enojo y la decepción, ahora tendrá que pagar un taxi para llegar a casa y eso significa menos pesos para esa “bonita” chamarra de mezclilla que vio en el centro: “no importa que me tarde un año en juntar el dinero, esa chamarra es para mí”. Piensa que no le sucede lo mismo todos los días “afortunadamente”, quizá mañana se presente con tenis al trabajo para correr más rápido en caso de ser necesario.

Ya en la esquina y llena de lodo un hombre la ve, la mira fijamente y ella siente miedo, esas miradas la asustan, no está acostumbrada a que la observen de esa manera. Su vida no ha sido fácil, abandonó su casa desde joven para irse a probar suerte lejos de su padre que la trataba peor que a un mueble viejo e inservible. Acaso ahora no es completamente feliz, pero se siente libre.

El hombre fuma y camina lentamente hacia Susana,  ella decide no darle importancia, pero no lo logra, cada vez lo siente más cerca y mira de reojo mientras disimula tener la vista sobre un folleto arrugado y sucio. El hombre tira toscamente la colilla del cigarro al suelo y la pisa con el pie, sigue caminando. Susana siente un nudo en el estómago y mira hacia la calle con la esperanza de ver un taxi. Las luces la ciegan y una luz roja en el parabrisas de un auto le indica que es el taxi que ella espera, rápidamente baja de la acera y hace la parada. El hombre que la mira le dice: “Hola”, ella voltea a verlo mientras sube al taxi llena de cansancio y temor.

Indica la dirección de destino al chofer y éste arranca velozmente mientras mira las piernas de su pasajera por el retrovisor. Siente alivio la pobre mujer, tal vez no alcanzar el camión haya sido bueno después de todo, va  cómodamente sentada, piensa en lo cansado y aburrido que estuvo el día. Sus ojos se cierran por unos segundos y sueña. Un claxon la despierta súbitamente y decide mirar la noche por la ventana.

Baja lentamente del auto y se despide con un “gracias”, el chofer responde sin dejar de mirarle las piernas y arranca para desaparecer en el frío callejón en donde se encuentra su departamento.

Susana tiene sueños y se regocija al desatar sus fantasías mientras no tiene nada mejor que hacer. Siempre imagina ser una importantísima diseñadora, sofisticada, con el cabello a la última moda, con ropa “bonita” y con miles de admiradores. Después de imaginar se ríe y busca algo dentro de su refrigerador que está prácticamente vacío. Toma un vaso y vierte leche en él, toma unas galletas y las engulle rápidamente, quiere dormir.

En la cama decide amarrar su cabello con un listón, ha escuchado en el restaurante en donde trabaja que amarrar el cabello por las noches ayuda a que crezca más rápido y ella desea, entre muchas otras cosas, una cabellara más larga.

Al día siguiente todo es igual, la misma rutina, la misma ropa: una blusa blanca de manga larga, una falda negra, zapatos altos color marrón y su suéter canela para el frío de la noche, nada especial.

En el restaurante  hace de todo, realmente la contrataron como mesera, pero igual friega pisos, cocina o limpia mesas. No pudo conseguir algo mejor, “ni modo”- pensó Susana, ahora se arrepiente de no haber terminado la secundaria.

Susana entra al baño y se mira nuevamente en el espejo, piensa que pasan los años y ella esta sola, se mira una mancha en la piel y se siente vieja aunque no lo es, se pregunta entonces si es bueno seguir soñando en ideas tan lejanas como ser diseñadora o si es preferible sólo soñar con la chamarra de mezclilla que es más cercana a la realidad. En su letargo mira por el espejo al hombre de la noche anterior parado en la puerta, pero sale tan velozmente que parece una alucinación. Susana cierra su bolso de prisa y corre hacia la puerta que le queda a casi nada de distancia, busca con la mirada al hombre, no ve a nadie, todo alrededor luce sin novedad.

Sale del baño y pregunta a su compañera si ha visto a un hombre abandonar el lugar apresuradamente y recibe una respuesta negativa, entonces piensa que se metió al baño de hombres y espera… nadie sale por lo que decide entrar, pero el baño esta completamente solo.

Piensa que no debe preocuparse más de lo debido, su imaginación es terrible y ese hombre le ha llamado la atención desde ayer en la noche, su voz tan gruesa la ha perturbado. Después de todo no es tan malo, puede ser el personaje de una película de las que le gusta ver en su diminuto televisor.

Un amigo del viejo vecindario de Susana entra casualmente a comer al lugar, se reconocen y se saludan afectuosamente. Ella le dice que tiene muchas ganas de platicar con él, sin embargo, en horario de trabajo es imposible, por lo que deciden que el muchacho regrese en la noche y de ahí se irán al departamento de Susana para recordar los viejos tiempos.

Llega la noche y se pinta los labios, no quiere lucir desarreglada, además ese uniforme la hace ver insignificante y sin chiste. Su amigo saluda de nueva cuenta, sólo que ahora le da un beso en la mejilla y Susana comienza a soñar como es su costumbre. Se suben al auto y se encaminan directo al lugar de ella. Discretamente y sin darse cuenta vuelve a su mente el hombre desconocido y voltea mientras esperan cruzar la esquina, al parecer no hay nadie, pero mientras pasa el camión que les impide el paso una mirada penetrante observa a Susana.

El pensamiento de aquel hombre se borra lánguidamente y pasa a formar parte de las quimeras de la chica. La conversación se torna cada vez más animada  y el hombre desaparece completamente de su mente.

Hay café y un pay de limón sobre la mesa. Susana sirve en pequeños platos, idénticos al tamaño de sus esperanzas de encontrar pareja, mientras tanto mira los ojos de su acompañante. Hacía tanto tiempo que no lo veía, ya no sabe lo que es platicar y reírse por las eventualidades diarias y la melancolía de los tiempos pasados.

El ambiente es perfecto y las risas inundan por completo la soledad de Susana, se quiere ahogar en ellas, pero su amigo tiene que partir porque es muy tarde. Ella lo acompaña a la puerta y le dice que está muy contenta de verlo, le pregunta si es posible que se encuentren después y él le responde que le daría mucho gusto porque la velada ha sido estupenda, pero tiene que regresar a casa pues está de viaje y su mujer lo espera. La sonrisa de Susana se desdibuja y queda apenas un esbozo de ella, ríe levemente mientras se despide con un beso en la mejilla y sus sueños se derrumban por milésima vez. Ni hablar, la vida continúa y seguramente no hay más de lo que se encuentra frente a sus narices.

Sale por la mañana como todos los días hacia su lugar de trabajo. Todo transcurre sin novedad y lo más emocionante es la invitación de uno de sus compañeros a una fiesta que darán mañana en un centro nocturno del centro. Ella está invitada y como tiene mucho tiempo que no sale de fiesta  se siente emocionada, pero eso no es todo, al finalizar la tarde Susana recibe un bono por su desempeño y está muy contenta, por fin podrá comprar la chamarra de mezclilla de la que está “enamorada”.

Nuevamente en la parada de autobús siente que alguien la mira, esta vez siente curiosidad, pero teme buscar insistentemente con la mirada. Va acompañada de una compañera del restaurante y camina confiada al observar disimuladamente los alrededores. No ve a quien la mira. Llega el autobús y su amiga sube antes que ella, al poner un pie dentro del camión escucha un “Adiós Susana” y es el hombre de las noches pasadas. Esta vez Susana lo mira fijamente a través de la ventana y observa el rostro que la escudriña desde afuera; pareciera que hay un imán porque ella no puede apartarle los ojos de encima, una opresión en el pecho le advierte que el miedo está ahí, entonces el autobús arranca después de subir a un último pasajero. La mirada la sigue hasta que se pierde en la periferia.

Susana llega a casa y se siente intranquila, procura dormir y la imagen de ese hombre vuelve a cada segundo, piensa el por qué sabe su nombre. Reflexiona que es mejor levantarse de la cama y distraerse, entonces busca entre su ropa lo que usará para la fiesta del día siguiente, su mente se distrae por momentos y finalmente es tan tarde que el sueño la vence por completo.

Por la mañana guarda en una mochila la ropa que escogió para la noche, ella y unas compañeras se irán directo a la fiesta al salir del restaurante. Decide salir una hora antes de lo habitual porque quiere pasar al centro a comprar la chamarra ese mismo día, será el complemento perfecto para su atuendo.

Llega a la tienda y no ve la chamarra, ya la han vendido, se demoró demasiado en ir, se siente tan frustrada, tan tonta. La señorita del establecimiento le dice que es probable que lleguen otras chamarras similares, pero que de ninguna manera iguales a la que le gustó y le muestra otros modelos. Susana, entre su tristeza ve una que le agrada, no como la otra, se la prueba y decide comprarla.

Ya de noche, Susana se siente radiante envuelta en un vestido color blanco que se le pega al cuerpo, todos sus compañeros la miran con curiosidad, nunca imaginaron la figura de Susana tan esbelta y bien formada, usa por su puesto su chamarra nueva.

También en la tarde llovió como la vez pasada, la calle tiene lodo y Susana se preocupa por su calzado que también es blanco como su vestido y se lo comunica a una amiga, ésta le dice que no importa pues antes de irse mojará un trapo para que al llegar a la parada del autobús puedan limpiar los zapatos.

Llega la hora de cerrar y todos salen emocionados, Susana lo está como el resto de sus compañeros. Unos metros antes de llegar a la parada Susana siente nuevamente la opresión en el pecho y teme encontrarse al hombre que lejos de curiosidad le causa miedo. Todos esperan entre risas y bromas el transporte y, los ojos de Susana, confiados por la presencia de sus compañeros, buscan desesperados sí el hombre está por algún rincón, pero no hay nada ni nadie, Susana se encuentra tranquila.

El centro nocturno es realmente fascinante, tantas luces marean a Susana y todos bailan eufóricos, es un momento muy corto de felicidad absoluta, todos se miran tan agradables tan honestos detrás del maquillaje y de la ropa “bonita”. Hace tiempo que ella no sale a divertirse y aprovecha al máximo.

La fiesta termina y Susana tiene que ir a casa, sólo un amigo de sus compañeros del restaurante lleva auto, y se ofrece a acercar a unos cuantos por el rumbo o a un lugar aceptable para tomar un taxi. Susana se sube al auto y viaja durante media hora entre conocidos y desconocidos por varias calles de la cuidad. Finalmente la dejan cerca de su casa, a unas cuantas cuadras.

Hace frío y Susana toma la chamarra nueva con ambas manos tratando de calentarse un poco. Es de madrugada y todo está en silencio. Su estado emocional es extraño para ella misma, siente sueño y prefiere seguir caminando antes de detenerse en cualquier lugar para especular sobre sus fantasías.

Un hombre detrás de ella le dice “Hola Susana”, esa voz es tan conocida para sus oídos, no la ha olvidado desde la primera vez que la escuchó. Su cabeza torna hacia atrás y es el hombre de la parada de autobús. Ella no sabe que hacer, queda pasmada por unos segundos, se le olvida el frío. El hombre nuevamente trae un cigarrillo y se acerca a ella caminando lentamente, Susana está como en otro mundo y lo mira fijamente, piensa que puede ser un sueño, la euforia de unas horas atrás la pudieron haber afectado. “Sí”, se dice hacia sus adentros, “es otro sueño”, pero el hombre finalmente llega hasta ella y la toma rudamente del brazo, Susana siente dolor y se da cuenta que es real, siente miedo y grita ¡“no”!, un no que se pierde lentamente entre las manos de aquel hombre. Susana no sabe por qué la conoce, quién es él, qué intenta.

El hombre lleva a Susana a un lugar apartado entre la noche, sus manos la retienen tan fuerte que Susana siente profundo dolor. Él la tumba sobre el suelo y la mira los ojos, Susana está aterrada pero no puede apartar la mirada de los ojos de aquel hombre. Él saca una navaja del bolsillo y dice tranquilamente “adiós Susana”, apartando sus manos de la boca de la chica. Ella grita desesperada ¡“no”!, y en su grito que se pierde, ella piensa que es mejor así, es una pesadilla, el último sueño. Después de todo, sus sueños nunca se hacen realidad.

El vestido de Susana está completamente sucio, lleno de lodo. La chamarra igualmente sucia y manchada de rojo, los curiosos se arremolinan en torno a Susana y observan morbosamente mientras un hombre la cubre con una sábana blanca.



miércoles, 21 de octubre de 2020

La Mentira

LA MENTIRA

 

    La premura del tiempo agobiaba mis sentidos. Miraba el reloj y los minutos para que terminara la sesión parecían eternos. Los perros ladraban, como siempre, en la azotea y el escándalo del ajetreo de los trastes en juego me desesperó a tal grado que dejé de prestar atención a mi paciente. Deseaba fumar un cigarro para calmar mis ansias de salir corriendo pero no era prudente fumar frente a ellos, aunque algunos si fumaban dentro de mi claustrofóbico consultorio, necesitaban ciertos estímulos para comenzar a exponer sus historias de vida.

    Esa tarde en especial me sentía angustiado y bastante ansioso, también mal y mezquino por no escuchar, como se debe, a la delgada mujer que me hablaba sobre su inmensa e inexplicable tristeza. Mis pensamientos navegaban en otros lugares, en espacios muy conocidos de mi niñez y sólo podía poner atención a la pelota que me lanzaba mi padre en el patio trasero de mi casa, pero los malditos ruidos de la azotea me hacían estar en mi presente y en mi pasado, bastaba escucharlos para regresar a donde debía de estar.

    Por fin mi reloj marcó las siete y miré a la mujer a los ojos, lloraba y me hacía sentir aún peor de lo habitual, le dije que era mejor continuar con el resto de la historia hasta la próxima sesión, que tratara de seguir mis consejos  para no caer en esas tremendas depresiones. Mi concentración estaba por los suelos y no se me ocurrió nada mejor para decir. Ella tomó un monedero y lo abrió para sacar el dinero de la consulta, le dije que así estaba bien, que la sesión iba por mi cuenta, salió dando las gracias y ambos acordamos la siguiente cita para el jueves próximo a la misma hora.

    Caminaba bastante rápido por las calles y decidí encender el cigarro, el primer golpe me quemó un poco, me sentí incómodo pero seguí fumando. Mis zapatos pisaban a cada paso los charcos y la oscuridad no era mi mejor compañía. Llegué por fin al café “La Villita” y me senté en la mesa más cercana a la puerta. Un hombre me ofreció la carta y le respondí que sólo tomaría una taza de café por el momento, estaba esperando a una persona.

    Con mi singular apuro por el tiempo, miraba el reloj y buscaba con la mirada a la espera de ver su silueta. El café se consumió rápidamente entre mis labios. Sentí nauseas, mis nervios me traicionaban de nuevo, era el típico síntoma, recuerdo que solía pasarme muy a menudo durante los días de preparatoria, sobre todo si había que acercarse a alguna chica. 

    Transcurrieron quince minutos y no se veía alma alguna a lo lejos. Decidí perder unos segundos limpiando los anteojos, excusa muy infantil, para ver si era la razón de no ver caminar a alguien hacia mí.

    Ordené otra taza de café y fijé como tiempo límite de espera cuando me terminara el contenido, esta vez bebí lentamente para dar espacio a su llegada, pero no aparecía y me enfadé. Pedí la cuenta antes de dar el último trago. Ya recogiendo mis libros y dejando unas monedas sobre la mesa, escuché una voz y me enojé aún más:

    - ¿Por qué te vas?, pensé que me esperarías.

    Miré y su semblante era tranquilo, relajado e incluso burlón, sabía que eso no lo soportaba y por eso lo hacía.

    - Soy bastante puntual, ya esperé cuarenta y cinco minutos, me parece suficiente y demasiado. Dejé a mi cita de las seis completamente confusa sólo por venir a verte.

    - Siempre que te veo recibo algún reclamo, ¿no te parece que ya estás bastante grande para culpar a los demás?, si dejaste confusa a tu paciente fue por lo incompetente que eres como psicólogo, no es mi culpa. Siéntate que hace mucho que no platicamos, además tú fuiste quien insistió en que nos viéramos.

    Azoté mis libros sobre la mesa y me senté. Mi padre era mordaz, hiriente. Tenía más de un año que manteníamos contacto, sólo por teléfono y ese día quedamos de vernos después de tanto tiempo. Esperaba que por lo menos me diera un abrazo, pero como siempre prefirió hacerse esperar, sabía que eso me molestaba como ninguna otra cosa en el mundo.

    Tenía doce años cuando murió mi madre por un tumor en el estómago, su cáncer fue carcomiendo su cuerpo lentamente hasta que nos acostumbramos a sus breves respiros,  a su dificultad para hablar y a su cara marchita. Conmigo siempre fue buena y dulce, me consentía a todas horas. La extrañé muchísimo después que murió.

    Mi padre nunca fue completamente cariñoso pero me dedicaba tiempo, jugábamos y solíamos hacer diabluras para hacer enojar a mi abuelo.

    Recuerdo el día que velamos a mi madre, no he vuelto a sentir la tristeza de aquella tarde, esa vez el tiempo pasaba lento, lento, lento. Mis ganas de llorar se fueron cuando vi a mi padre dejándose caer sobre un sillón, sus risas eran desvergonzadas y gritaba frases que nadie podía entender. Todo cambió a partir de ese momento, mi padre terminó completamente ebrio, mis tías lloraban y recogían el tiradero de la casa, los demás se fueron y sólo me tocaban la cara para decirme que “Dios sabe lo que hace”. Entré a la cocina y una de mis tías advirtió que no molestara a mi papá, que lo dejara descansar, me decía que la muerte de mi madre lo había afectado demasiado y que lo tenía que comprender.

    Me sentí muy solo, mi padre ya no me miraba y tampoco me hablaba, fue cuando empezaron las burlas y los sarcasmos por todo lo que yo hacía o decía. Un niño no sabe si es su culpa o la de la muerte o la de la tristeza. Mi profesor de matemáticas habló conmigo, me preguntó por mi  padre, por cómo me sentía después de lo ocurrido. Esa ocasión tuve que llorar mucho y sacar las lágrimas de amargura que antes no pude. Mi profesor, un señor bastante grande, me comentó que era psicólogo, estudió en un seminario para ser sacerdote y aprendió psicología, matemáticas, filosofía y teología; a mí me parecía brillante hablar con él. Finalmente me propuso ser mi psicólogo durante un tiempo hasta que me sintiera un poco mejor.

    Al principio asistí a terapia dos veces a la semana después de clases y terminé visitando al profesor una vez por semana. Lo admiraba mucho y por él resolví estudiar psicología. Aquel profesor era mi mejor amigo, mi confesor y en él veía al padre que me había abandonado de un día a otro y sin previo aviso.

    Mi padre tomó un café americano y yo sólo pedí un vaso de agua simple. Estaba callado y furioso, él siguió igual, me miraba como buscando una respuesta, como reclamándome.

    - ¿Qué pasa papá?, hace más de un año que no te veo y parece que no estás ni un poco contento de verme.

    - Pues parece que tú tampoco, mira nada más la cara que traes.

    - Sabes que no soporto la impuntualidad y llegas tarde a propósito, o ¿me vas a decir que tenías muchas cosas que hacer?.

    - La verdad no, se me fue el tiempo viendo televisión.

    Entre más lo escuchaba mi enojo se convertía en un odio infinito, siempre me pasaba eso desde que mi madre había muerto y cuando dejé de ver a mi psicólogo, sin embargo, pensaba que era mi padre que aún sufría por la muerte de mi mamá, que en alguno de los dos tenía que caber la cordura.

    - ¿Y vas a poner tu cara de niño enfurruñado?

    - Me molesta que nunca podamos platicar tranquilamente - dije en tono molesto.

    - Y…¿de qué quieres platicar?, todo lo que quieras saber te lo pueden contar las chismosas de sus tías, ¿no es así?.

    - Sí, de hecho si no fuera por ellas no sabría nada de ti, dime ¿qué pasa?, ¿aún te duele lo de mamá y por eso estás así de amargado?.

    - Me duele mucho, demasiado, creo que no lo superaré - decía en su tono burlón.

    - A mí también me duele y creo que burlarte no es la solución.

    - Y según tú… ¿Cuál es la solución?, ¡eh!, ¡si no eres más que un fracasado!, con un consultorio que más bien parece cuartucho de vecindad. No haces nada, eres un tipo arruinado y aplastado por tus sueños - lo decía lleno de amargura.

    - Definitivamente no estoy como desearía pero en mi trabajo ayudo personas y no ando como tú con mala leche.

    - Mmm, mira… ahora resulta que eres un buen samaritano.

    - ¡Estás demasiado amargado papá!

    - ¡Oye!, ¡pero tú tienes la solución!, ¡así que dime cuál es!

    - ¡Hablar!, esa es la solución, todos queremos hablar para que nos entiendan, queremos que nos escuchen y eso es lo que te hace falta. Desde que murió mamá no quieres hablar, eres hermético, agresivo y amargado. Tu pesimismo me sorprende. A mí quizá no me va muy bien pero por lo menos tengo sueños aunque digas que me aplastan.

    Él me miraba y no dejaba su sonrisita. Intentaba por todos los medios decirle que me importaba lo que sentía, lo que pensaba, que hablando podíamos solucionar la situación.

    - Papá… te quiero, me importa cómo te sientes.

    - ¿De verdad te importo?

    - ¡Claro, eres mi papá!

    - ¿Eso quiere decir que si no lo fuera no te importaría?

    - ¡Lo ves!, todo lo mal entiendes, me importas y ya, sin importar el parentesco.

    - ¿Dices que me sentiré mejor si hablo contigo?

    - Sí, eso digo.

    - ¿Estás seguro de que funciona?

    - ¡Sí, seguro!

    - Y ¿cómo te vas a sentir tú?

    - Tranquilo, por fin podré entenderte un poco o por lo menos lo intentaré. Eres importante para mi papá, y no importa si para ti mis sueños son tonterías.

    Mi padre estaba serio, sin la sonrisita, me miraba fijamente a los ojos con cierta rabia. Sentí miedo de sus palabras, no de las burlas, de las ironías, el miedo era precisamente por escucharlo hablar con sus verdades, sin las mentiras y las amarguras de los años pasados.

    - ¿Así que quieres respuestas?

    - No papá, quiero que te sientas bien, sólo eso.

    - Te diré algo hijo - y esta última palabra la recalcó y enfatizó muy en especial, bebió lo que quedaba en la taza de café y concluyó:

    - Dices que me quieres sin importar el parentesco y no creo que sea así porque desde mi experiencia yo no te quiero desde que supe que no eres mi hijo, tu madre me lo confesó el día que murió, se burló de mí, de ti y de todo el mundo. La quería tanto que en efecto nunca la voy a superar,  pero no su muerte, sino su mentira.

    Se levantó, dejó un billete y volteando a verme a los ojos me preguntó - ¿ahora entiendes?

    Pero no entiendo, todavía no entiendo y la amargura comienza a consumirme como lo consumió a él.

    Sentado sobre la silla de mi escritorio, intento analizar mi propia alma y el sufrimiento que parece leve, pero se agranda sin que me dé cuenta, aún no entiendo. Cada día que pasa me parezco más a él.