jueves, 3 de diciembre de 2020

El día que el tiempo se detuvo

 EL DÍA QUE EL TIEMPO SE DETUVO

Hubo un día en que el tiempo se detuvo, no sé si lo creas o no, pero es verdad. 

Quizá no te ha pasado todavía, pero ocurrirá y no tengas duda que será el día menos esperado.

Ocurrió un día jueves como cualquiera en la rutina más predecible de aquellos días. Encerrada en la oficina, en completa soledad y con los ojos más cerrados que abiertos. Somnolienta y entretenida con el tic - tac del reloj de pared esperaba que dieran las 6:30 p.m. para agarrar el bolso y salir corriendo a tomar aire y un autobús rumbo a casa. El día había sido largo y pesado, deseaba ver a mis padres y quizá tomar un trago de whiskey con ellos.

El teléfono sonó:

- “¿Diga?”, contesté a los dos timbrazos.

- “¿Hija?”, su voz sonaba diferente.

- “Sí, ¿qué pasó?”, era mi madre y algo se sentía mal dentro de mí.

- “¿Estás sentada?”, ¡lo sabía, todo se había jodido! Estaba recibiendo la llamada de película o teleserie que nadie desea contestar, la llamada de las malas noticias, la llamada de las realidades horribles, la llamada de los sobresaltos, de las angustias, de eso que no sabes qué es pero que sin duda es malo.  

- “Si, estoy sentada, ¿qué pasó?”, le pregunté tranquilamente, todo lo contrario a los latidos del corazón que hacían orquesta con el tic - tac y que retumbaban tan fuerte que me dolía el estómago. Cada microsegundo era eterno, ¿qué había sucedido?, ya quería saberlo porque la sensación de un hueco muy profundo me empezaba a consumir.

- “Tu papá tuvo un accidente”, suspiró y su voz dejó de parecerse a la que yo conocía desde hacía ya muchos años, esa voz no era de mi mamá.

- “¿Y está bien?”, pregunté sabiendo de antemano la respuesta: ¡NO, él no podía estar bien!, de otra forma la voz de mi madre sería la misma de siempre y no habría sufrido esa terrible distorsión que me hacía dudar de la llamada.

- “No lo sé”, respondió confundida, “bueno…”, por el tono y una pausa, entendí que no suavizaría la situación, ella era siempre directa, “al parecer lo asaltaron”, escuché quebrar su voz, “unos policías están aquí y no saben bien si fue un disparo o dos”.

Ahí, justo en la palabra “disparo” el tiempo se detuvo, dejé de escuchar el tic -tac del reloj de pared y todos los sonidos de afuera, nada se movía alrededor, las personas estaban completamente inertes, algunos de pie, otros sentados, pero sin moverse. Sandy, mi secretaria, quedó con medio cuerpo doblado cuando trataba de levantar unos papeles del suelo. Don Gil, el portero, estaba con la mano derecha levantada al tratar de despedirse de Matías, un compañero, y así todos quedaron inmóviles y silenciosos.

Me puse de pie y giré sobre mi propio eje para revisar si me pasaba lo mismo, pero no fue así. Todo estático, menos yo. No daba crédito sobre lo que ocurría. Podía hacer lo que me viniera en gana porque nadie me lo podría impedir, ¡porque el tiempo estaba detenido para mí!. Pero esa realidad era terrible, mi padre estaba muerto.

Así de pie, lo único que pude hacer fue parpadear unas tres veces para aclarar la vista y mis ojos tomaron una fotografía del inusual evento, guardaban un recuerdo imborrable en mi memoria: la posición de los cuerpos, el color de la ropa, la disposición de los muebles, la cantidad de cuadros colgados en las paredes, las puertas que estaban abiertas y las que estaban cerradas. 

Comprendí, mi padre estaba muerto. 

Las lágrimas comenzaron a fluir y con ellas el tiempo comenzó a correr de nuevo, rápido, muy rápido desde entonces.


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