miércoles, 24 de febrero de 2021

Cuando los gatos la vigilan

 

CUANDO LOS GATOS LA VIGILAN


 Cuando los gatos la vigilan es imposible conciliar el sueño, la observan fijamente mientras se quita la ropa para entrar a la cama, no pierden de vista el detalle de los hombros delgados en donde caen suavemente los tirantes del camisón azul transparente que usa en los días de intenso calor.

Ella siente las miradas penetrantes de los felinos, y no es motivo para entrar apresurada bajo de las sábanas, al contrario, comienza pausadamente y termina de la misma forma tranquila. La hora de dormir es un ritual que espera durante todo el día, en ese momento los gatos llegan al balcón y ella los domina sin saberlo. Los pícaros la miran con sus ojos verdes y amarillos, de vez en cuando se escucha un maullido, aunque generalmente todo transcurre en silencio.

Tiene los ojos almendrados y su cuerpo es tan delicado que nadie puede saber exactamente la diferencia entre la seda y su piel. El camisón azul es apenas un trozo fino de tela que la protege del viento que entra junto con los gatos por la ventana y que al igual que ellos desea acariciarla.

No existe un pedazo de noche que no envuelva a Ana en un espectacular halo de ensueño, que desaparece al amanecer cuando el sol toca su cara para anunciar que de nuevo hay que esperar el anochecer para sentirse mágica. Mientras tanto los gatos se arremolinan en su ventana y aunque esté abierta de par en par nunca entran. Ana nunca ve a los gatos directamente, a veces mira de reojo los pelajes pardos en la noche sin detenerse a contar los ojos que la observan. Luego entra a la cama con una sensualidad que ella misma desconoce. A sus catorce años entiende muy poco de los placeres del amor y el erotismo, sin embargo, siente algo especial cuando la miran. Poco a poco los escasos maullidos desaparecen y uno a uno los visitantes observadores parten a través de los tejados con la agilidad que los caracteriza. 

Ana no duerme mientras los gatos la vigilan, está despierta, pero mantiene los ojos bien cerrados. Seguramente piensa durante esos momentos y no lo dice, nadie sabe cuáles son los pensamientos que inundan su cabeza. 

Hasta su ventana llega el sonido de las olas de la playa que se encuentra a veinticinco kilómetros de su casa y Ana deja que el sonido penetre en su recámara y sus oídos, se deleita con el eco que la arrulla después que los gatos han partido.

Ana no suele salir de su casa y cuando lo hace va a acompañada de su madre, quien sabe muy bien que su hija irradia sensualidad por cada poro de su piel y la obliga a usar una especie de velo negro a pesar del calor del medio día. Con todo, el velo no es suficiente para cubrir el bello rostro de Ana, por lo que la señora hace lo que puede para que los hombres no se fijen tanto en la niña que además tiene un cuerpo sublime.

Yo vivo para ver la imagen de Ana, en el día, en la noche o cuando pueda hacerlo. Si sale a la calle con su madre camino disimuladamente cerca de ellas, guardando mi distancia y permanezco indiferente en apariencia. Ellas nunca reparan en mi caminar pausado, sencillo, aguardando un roce entre la muchedumbre que consume los espacios cuando es día de mercado en la plaza principal.

Miro las manos de Ana y veo que son pequeñas, blancas y muy delgadas, parecen pájaros heridos de la playa que de vez en cuando persiguen los gatos, buscando jugar o destruirlos por completo. Quisiera sentir las manos de Ana, quiero sentir su piel sencilla y suave sobre mí, nervioso y lleno de ansiedad, eso que se expresa cada vez que la veo. 

Un día, estaba en el parque perdiendo el tiempo junto al Kiosco cuando vi pasar a Ana, andaba sola caminando por la calle. ¡Qué oportunidad se me presentaba! La seguí, como siempre, guardando distancia y una lucha comenzó a surgir dentro de mí, deseaba que me viera y al mismo tiempo temía a su mirada tenue e ingenua que ve en todos a un indefenso animal.

La muchedumbre me apartó y perdí rápidamente el paso, cuando menos me di cuenta Ana ya había desaparecido entre otros cuerpos más afortunados.

Ese día decidí que entraría por la ventana, atravesaría ese pedazo de aire que dividía nuestro contacto. Así, llegó la noche y como era de esperarse, comenzaron a llegar los gatos al borde de la cornisa, yo estaba detrás de todos, esperando la segunda oportunidad del día para inmiscuirme en los terrenos de ese dormitorio sagrado. 

Ana entró por la puerta vestida de amarillo, su falda era larga, le llegaba por debajo de las rodillas y era muy amplia, como los vestidos de novia. Usaba una blusa aseñorada que no dejaba ver su largo cuello de centellas. Se sentó sobre la cama y así permaneció unos minutos, sin hacer nada en particular, parecía ausente de sí misma. Finalmente, se acercó a la cómoda al lado de la cama y abrió un cajón para extraer el camisón azul de mis deseos y lo colocó sobre la cama de sábanas blancas.

Yo miraba atónito cada movimiento de su hermosa figura, su cara era un imán que atraía todas las miradas de los gatos y que delineaba una sonrisa ligera como sus pasos. 

Llegó el momento más extraño, el que desveló mis anhelos por Ana, mis deseos de ella. Se despojó de su ropa de forma tan elegante y certera que mi corazón explotaba a cada latido. Estaba así, sin nada encima, esperando el trozo azul transparente, era una visión indescriptible, un grito que se ahogaba y terminaba en todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo, me exaltaba y me rendí ante el encanto de su mirada, más desnuda todavía que el resto de su cuerpo.

El camisón entró por su cabeza y se deslizó lentamente por todo su cuerpo, cada línea era perfectamente cubierta, perfectamente dibujada por la tela que le llegaba hasta los tobillos.

La vi clavarse en la cama, dócil y bella como siempre, ese día me parecía aún más hermosa que nunca jamás, con el cabello sobre los hombros y con ese aire de señora pequeña que la hacía lucir graciosa. Cerró los ojos y simulaba dormir, yo sabía que no era así por la respiración sin ritmo que llevaba. Respiración extraña y singular de Ana, que comparada con la mía era más suave, yo explotaba.

Transcurría el tiempo y los pelajes comenzaron a perderse poco a poco, los ojos amarillos y verdes partía para regresar la siguiente noche. Vi partir a todos hasta que me quedé solo con Ana en la cama y la ventana de por medio. Dudé, pero el corazón ya retumbaba a tal grado que creí despertaría a la hermosa criatura por el sonido que surgía del bombeo de la sangre.

Ana tenía esa sonrisa, esa hermosa línea de color manzana. La duda entonces se disipó y con la adrenalina y el deseo, penetré como la noche en su cuarto y así como la noche mi cuerpo se perdía entre las penumbras. Cada paso era sigiloso, silencioso hasta el extremo, temía ser descubierto, temía morir antes de estar cerca de su cuerpo ausente.

Asalté la cama y por el hueco del costado derecho entré bajo las sábanas. Ana no se movió y ya estaba yo junto a su pierna. Era blanca, torneada, sencilla, no una gran pierna de concurso, era simplemente la pierna de Ana. Con mucho cuidado me acerqué y rocé esa piel que me veía. Mi corazón estaba tan frágil que un susto en ese momento me fulminaría. Ana se rotó lentamente y quedé quieto, en espera de lo peor, siguió dormida. Era demasiado tarde para detenerme en el infinito de su belleza que se presentaba ante mis verdes ojos, llenos de azul transparente a la altura de sus senos. Mi cara ya estaba frente a su pecho, escuchando su corazón y, ahora sí, su respiración con ritmo. Sentía que moría cada vez que la escuchaba, cada vez que hacía un leve movimiento.

Recorrí todo lo posible bajo las sábanas, miré por encima del camisón y me deleité, reduje lo más que pude el espacio entre los cuerpos, recorrí cautelosamente el aroma de la cama, el aroma de Ana en las sábanas. Rocé sus brazos, sus piernas, su torso y mis anhelos de mirarla largamente.

Después de un rato recostado en el paraíso de su cama llegaba la decisión de partir o despertar a su lado, también la decisión de ver sus ojos o irme sin nunca más atreverme a mirarme en ellos que era lo que más deseaba en la vida.

Finalmente salí de las sábanas y quedé frente a su rostro, miré por la ventana para descubrir que ya estaba amaneciendo y de cualquier forma tenía que partir de aquel lugar de fantasía. Ana abrió los ojos y entre sorprendida y adormilada me miró los ojos verdes y yo encerrado en la excitación que me causaban sus ojos, quedé petrificado logrando al fin mirarme en el color oscuro de mis más grandes esperanzas, vi mis ojos en los de Ana y sentí que ahora sí moría. Ana, más consciente, se sentó repentinamente en la cama y yo sólo atiné a dar un brinco enorme y salí del paraíso, mi pelaje negro era ahora el delator que antes me había ocultado en la noche y el sol me hacía evidente ante ella. Fui al borde de la ventana y salté sin importar lo que pasara.

Afortunadamente tengo siete vidas y seguiré arriesgándolas todas las noches al borde de la ventana en el paraíso de la alcoba de Ana.

miércoles, 10 de febrero de 2021

ELLA

ELLA

Ella camina con la gracia que sólo le pueden dar mis ojos, con la elegancia de las profundidades de mis deseos y con la gentileza de los sueños eternos que se anudan en mi cabeza todas las noches.

Camina y no mira a nadie, pasa de largo como si los ojos siguieran un camino sin escalas. Su mirada parece perdida, ciega de todo lo que se vislumbra alrededor.

Dicen que la soledad la dejó muda. Jamás he escuchado su voz. Se rumora que fue un hombre el que abusó de su alegría y con mala saña atiborró aquellas carcajadas y aquel cariño en un costal, nadie sabe en donde guardó aquel tesoro para regresarlo a la mujer que deambula por la tierra esperando sonreír.

Esa belleza tan sublime la vuelve inalcanzable. Nadie se atreve a dirigirle una palabra y mucho menos una mirada. Es tan arrogante, sin saberlo, que a su paso todos agachan la cabeza. Yo la miro desde lejos, trepado en lo más alto de la iglesia, y sigo su recorrido por las calles, el mismo desde que se llevaron el costal con sus sueños más profundos. Me imagino por las noches, postrado en la cama de mi cuartucho, que me encuentro aquel costal de ensueño. Ya me veo corriendo por las calles para devolverle a la criatura sus recuerdos, así me quedo pensando y sueño.

Nadie sabe a ciencia cierta quién fue el hombre vil que la convirtió en témpano, que cambió su cara infantil a una llena de tristeza disfrazada de insolencia y desconsuelo. Y así nadie se atreve a verla, pero hay quienes nos enamoramos de la tristeza. La melancolía y la nostalgia también conquistan al corazón y queremos correr tras de ella.

Sigo de pie en lo más alto de la iglesia, y la muchedumbre del domingo no permite ver nada. Espero unas horas, fijando la vista en el camino de rutina, ella no aparece. Llega la noche y la visión se dificulta, hago un esfuerzo, parece que hoy no caminará. Los fuegos artificiales de la feria de febrero me dejan ciego de colores y después ciego de humo que cubre la plaza. Quiero divertirme y ahora soy yo el que camina entre la gente, chocando con los algodoneros, los que venden elotes y tropiezo paso a paso con los niños que corren como pájaros buscando libertad. Nada me incomoda entonces, no me molestan los pisotones ni la mancha de salsa roja que una niña dejó sobre mi camisa cuando las papas con limón se le voltearon. Ahora siento lo que la criatura siente cuando camina, no existe nadie, aunque los sientas. Mis ojos van fijos en un camino sin escalas, un camino incierto que me llevará a algún lugar, quizá al que ella va todos los días. No sé por dónde camino y la busco a ella, fijo, sin paradas para saludar a los amigos.

De pronto un sonido alejado llega y pierdo la concentración de mi destino. Alguien dice que ella no salió porque está enferma. ¿Qué podrá tener?, es la pregunta. Entonces detengo mi paso para escuchar más de su arraigo domiciliario. La conversación se pierde entre los cuetes y cuando callan es demasiado tarde porque he perdido el oído.

Cansado y aturdido llego a dormir bajo la luz de la noche infinita, el sueño es tranquilo y la duda sigue ahí. ¿Qué le aqueja? Me disipo nuevamente, abro los ojos y es de día. El alcohol de la noche anterior tiene a mis músculos atrapados, mi cabeza estalla, me mareo y caigo sobre la cama. La resaca es terrible y no saldré a buscarla esta vez.

Mis motivos para vivir son pocos, no me gustan las complicaciones, soy feliz durante las ferias, cuando como nieve de limón y cuando la miro. Ahora un motivo más me aturde la cabeza, ¡iré a buscar ese costal!

Salgo y no sé por dónde empezar, quizá aquel hombre malvado se llevó el costal con él para enterrarlo, tendré que convertirme en pirata y trazar mapas imaginarios para encontrarlo. Mi mente está aturdida y decido fumar un cigarro, los intestinos se retuercen desesperados porque no tengo nada en la panza, no me importa y sigo fumando.

Entre los nervios alterados miro al cielo y ahí hay mapas, seguiré al destino que me llama entre las nubes. Ahí están el lago, el bosque, las casas escondidas. Buscaré en esos tres lugares.

Voy entre las calles repletas de casitas animadas, con viejos tomando el sol en sus sillas, viendo pasar el tiempo a prisa de los jóvenes desesperados como yo. Unas señoras cotorras están comprando aguacates y queso en un puesto ubicado en la esquina de la calle que da al bosque, hablan de ella y ahora mis oídos se enteran que padece de una tristeza inmensa, depresión dicen. No puede olvidar al rufián del costal, el corazón se le está carcomiendo y no permite que nadie la visite. Apenas un doctor amigo de la familia ha podido entrar a verla, dice que es necesario que la lleven a la capital para que vea a un especialista.

Sé que tengo que darme prisa y apresuro el paso. Cuando me doy cuenta voy corriendo y el corazón retumba en mi garganta y me falta el aire, y el bosque ya está ahí. Se ve enorme y mi desesperación crece paso a paso. Busco entre los árboles, agudizo mis sentidos a ver si encuentro una pequeña pista que me lleve al costal.

Me alcanzó la noche y estoy completamente pulverizado, no siento las piernas, mi decepción es más grande que mi cansancio, no encontré el costal y tal vez mañana ella parta a la capital.

Me quedo dormido sobre las plantas, no siento frío ni calor, estoy completamente fuera de la realidad. En cuanto amanezca, con las pocas fuerzas que tenga, iré al lago.

El sol me despierta con premura, me levanto y mis piernas apenas responden, el lago no está lejos. Camino, ya no puedo correr. No sé cuánto tiempo he tardado en llegar al espejo de agua que encuentro cristalina muy cerca de mis pies. Deseo descansar y me siento bajo un árbol, el aire refresca mi cara sudorosa, me relaja y por un instante muy breve duermo, sueño con unas risas alegres, enamoradas. Entre la modorra, abro los ojos y descubro que no estoy soñando, las risas se escuchan muy cerca del árbol y giro la cabeza hacia todos lados tratando de encontrar a la mujer enamorada, no hay nadie. Me turbo y creo que estoy completamente loco, el cansancio me tiene tan agotado que ahora escucho voces.

Una esperanza me dice que siga el sonido de las risas, quizá provienen del costal que ando buscando. Me levanto apresurado y escucho, sigo, camino tras las risas, tras las emociones perdidas bajo la tierra. Cada vez el sonido está más cerca hasta que son simplemente insoportables aquellos ruidos que provienen debajo de mis pies. Busco algo con que escarbar y me ayudo de una rama sobre el suelo. Mis manos están negras de tierra, las lombrices salen de todos los lugares reclamando su guarida, y ante mis ojos el costal.

No me atrevo a abrir el tesoro, está lleno de recuerdos que no me pertenecen, además tengo que correr de nuevo para llevárselo a ella. Saco el costal de la tierra y comienzo a correr. Voy de nuevo con el corazón en la boca, con el aliento extinto, con los deseos a flor de piel.

Estoy casi arrastrándome y veo a lo lejos su casa, la de los faroles grandes que alumbran esa calle por las noches, ahora están apagados. Ya sin aliento, sin respiración llego a la puerta, no puedo tirar de la cuerda para sonar la campana, estoy tirado en el suelo. Pasa un hombre y lo hace por mí. Una mujer con ojos hinchados abre y por poco me pisa una mano, no puedo hablar, mas mi mirada es una súplica. La mujer llama a dos hombres y me cargan para llevarme dentro de la casa, me sientan en una banca de madera y la mujer corre por un vaso de agua. Uno de los hombres trata de agarrar el costal y con las pocas fuerzas que todavía me quedan se lo arrebato de sus manos.

Han pasado ya varios minutos, pero sé que aún no se ha ido porque entre las pláticas se dice que todavía están esperando al carro que vendrá por ella. Todos los habitantes de la casa tienen tristeza en sus caras, ojos acuosos, desvelo. Me imagino que sufren por la enfermedad que ella padece, afortunada es pues ya estoy ahí para salvarla.

Cuando por fin recupero mi corazón y mi aire, hago una interrupción y les digo que ya no tienen razón para estar tristes, que después de tanta fatiga encontré la cura para ella, para sus tristezas. Las mujeres se miran entre sí y bajan la mirada, una de ellas me dice: “Hijo están esperando el carro para llevársela al velatorio, ella acaba de morir”.

Un nudo me ata todo el cuerpo y no es cansancio, ¡se acaba de morir!, no puedo imaginar su piel como el costal entre gusanos. Qué hacer ahora, qué hacer con el costal, a quién le sirve entonces y sigo sin atreverme a husmear entre sus recuerdos, entre las risas enamoradas.

Ahora yo caminó por las calles pensando en ella, sin mirar a nadie, sin expresar emoción, siempre cargando el costal, quisiera morirme como ella y ya sólo sus risas que siempre escucho, me pueden hacer vivir.