DESEOS EN REMATE
Durante los días soleados siempre era una buena idea tomar la bicicleta y salir a dar la vuelta por los alrededores. No faltaban las sorpresas, desde conocer a un nuevo vecino hasta visitar un negocio que ofreciera un aperitivo refrescante, por ejemplo, un helado de limón.
La primavera estaba en su punto, justo cuando todo florece y el verde de los jardines inunda la vista de quienes los disfrutan. Niños, mascotas y jóvenes enamorados se acomodan en las bancas para pasar el rato, para matar el tiempo, para disfrutar.
Es una de sus salidas primaverales, Leonora bajó de su bicicleta para entrar a un local pequeño y acogedor que llamó su atención. Un letrero de madera con caligrafía exquisita dejaba leer: “DESEOS EN REMATE”. ¿Cuánto cuesta un deseo?, ¿se pueden rematar?, ¿se pueden vender?, ¿hay que llevar bolsa reciclable o de tela para poder cargarlos por la calle? o ¿en donde se guardan los deseos?. Eran muchas las preguntas que se hizo mientras cruzaba el umbral.
Todo lucía interesante. Libreros atiborrados de pequeños cactus, enredaderas y por supuesto libros que creaban el ambiente de lectura en medio de la selva. El calor la hacía sudar, su cuello se llenó de finas perlas de agua y se refrescó con la corriente de aire que se generaba entre las puertas abiertas de ese lugar tan peculiar.
En el centro del establecimiento encontró una fuente con peces de colores, de esos naranjas y dorados que brillan. Una vitrina exhibía bocadillos dulces y caramelos, además se podía oler un delicioso aroma a café.
Leonora se acercó al mostrador y un chico de anteojos y sonrisa kilométrica le dio la bienvenida:
- ¡Hola chica!, ¿en qué te puedo ayudar?, ¿buscas algo especial?
- No, en realidad entré porque me llamó la atención el local, creo que es diferente. Bueno, también porque tengo curiosidad sobre el letrero que tienes afuera, ¿cómo está eso de que se rematan deseos?
- ¡Ya veo!, es muy sencillo en realidad. Como ves aquí hay de todo, incluso podemos venderte alguna antigüedad o un pez de la fuente. La idea es que cada vez que entres te lleves por lo menos una sonrisa, al menos esas son gratis -y sonrío con los dientes blanquísimos y con los ojillos brillantes-. Pues bien, te explico. En la compra de cualquier bocadillo dulce -señaló la vitrina como modelo de televisión -puedes escribir un deseo, lo que tú quieras, puede ser algo que siempre has deseado hacer o ver. Después lo metes en ese baúl -y con el dedo apuntó a un enorme baúl de madera tallada, hermoso, muy hermoso-
- Ok, y… ¿luego qué pasa?
- Los bocadillos tienen un costo de recuperación, puedes pagar con dinero, con algún objeto lindo que desees donar o puedes pagarlo con una sonrisa.
- Es un poco extraño ¿no?
- Mmmm… no en realidad. ¿Hasta aquí todo va bien?
- Creo que sí -Leonora le sonrió-
- Bien, cada vez que entres al local puedes tomar del baúl un deseo que te parezca interesante. ¡Tenemos muchos!, afortunadamente hay varias personas interesadas en escribir sus deseos y en probar estos deliciosos bocadillos. En ese librero -señala nuevamente con el dedo- sólo hay libros y plantas que nuestros amigos nos han dado a manera de pago. También si quieres puedes leer algo aquí mismo si te apetece.
- Ya entiendo, saco el deseo y ¿qué hago con él?
- ¡Pues lo cumples mujer!, es decir. Muchas personas no pueden cumplir sus deseos por múltiples razones: no tienen el dinero, por su edad, algún impedimento físico, su género…. o una combinación de todo. Una vez que alguien cumple el deseo de otro lo puede hacer inmensamente feliz. Si cumples el deseo que has tomado debes dejarlo en aquel pizarrón de corcho, de esa forma la persona que lo dejó podrá saber que su deseo fue cumplido. Es algo así como un servicio a la comunidad, tú ayudas a cumplir un deseo y ellos te ayudan a ti a cumplir los tuyos. ¿Te gusta la idea?
- No me gusta la idea, ¡me encanta!
- Siendo así ¿deseas un bocadillo?
- ¡Claro que sí! -Leonora lucía entusiasmada-
El joven le extendió unos “besos de nuez”, un papel de colores y un bolígrafo. Leonora no supo muy bien qué escribir, estuvo meditando su deseo mientras mordisqueaba sus deliciosas galletas. Empezaría por algo sencillo: “Deseo adoptar un gatito, mi casera no permite mascotas y por el momento no puedo tener uno en casa. Me haría feliz hacer feliz a un animalito”. Se acercó al baúl y colocó su deseo.
- ¿Listo chica? Ahora debes buscar el deseo que tú vas a cumplir para alguien.
- Estoy nerviosa, ¿qué pasa si no puedo cumplirlo?
- Regresas y lo colocas de nuevo en el baúl, tampoco es para que te vuelvas loca. ¡Disfruta la experiencia!
- Ok, creo que tienes razón. Esto suena divertido.
Leonora regresó al baúl y sacó un papel al azar: “Deseo hacer una carrera de 5 kilómetros. Hace un año perdí ambas piernas, no ha sido fácil”. Leonora se sintió un poco tonta por el deseo que ella había escrito, pero al final de cuentas estaba empezando. Leyó de nuevo el papel, claro que podría cumplir ese deseo, en su universidad los estudiantes tenían una pista de carreras, un coach y ella era deportista y entusiasta.
- ¡Listo! -miró al chico y se guardó el deseo en la bolsa-
Con una sonrisa, la delgada Leonora subió a su bicicleta y no dejaba de pensar en sus deseos. Recordó todo lo que que los Reyes Magos no le llevaron cuando era niña, en aquellas comidas que siempre había deseado probar pero que su alergia al cacahuate no le permitía ¿sería tan delicioso comer un mazapán?, deseó volver a ser niña para visitar el parque que frecuentaba junto con su papá y su hermana cuando vivía en el norte del país; también quiso ser modelo, bailarina, y alguna vez ingeniera petroquímica. Descubrió que había tantas y tantas cosas que desear y por lo mismo tantas y tantas cosas que cumplir.
Esa misma semana ejecutó el deseo del papel y se lanzó al local.
- ¡Hola chica!, ¿cómo te fue? Hoy tenemos tartas pequeñas de zarzamora -el chico la miraba entusiasmado, saltaba sobre sus tobillos.
- Me fue bien, aunque me duelen un poco las piernas y estos días me he sentido muy feliz. Tenías razón, cumplir deseos es lo más maravilloso del mundo.
- ¡Te lo dije!, ¿vas a querer tarta?
- ¡Obvio!
Leonora caminó a la pizarra de corcho con un orgullo nunca antes sentido, tomó una tachuela y colocó el deseo justo en medio de todos los papelitos. Echó un vistazo sin detener la vista en ningún papel, hasta que de repente saltó ante sus ojos el deseo que ella había escrito… alguien lo cumplió. Comenzó a saltar de gusto como una niña, con las manos juntas y sobre sus pies, llevaba sus manos a la boca, no lo podía creer, su felicidad era inmensa, no podía explicar lo que sentía.
¿En verdad era tan sencillo sentirse así de bien y de forma tan fácil?... Sí.
Desde entonces Leonora es asidua a cumplir deseos y a los postres. Ha pagado con dinero, con plantas, con libros y con sonrisas. Muchas veces, cuando asiste a colgar deseos cumplidos en el pizarrón, se queda largas horas platicando con Carlos, o Charlie, como le gusta que le digan al chico simpático que se encarga del local. Ha cumplido tantos deseos que ya perdió la cuenta. Cuando se siente triste acude a ese lugar tan especial para mirar y leer los deseos cumplidos en la pizarra, para hurgar en el baúl, para comer postres y engordar algunos gramos mientras su corazón se llena de algo que siempre había deseado: FELICIDAD.


