jueves, 28 de enero de 2021

Deseos en Remate

 DESEOS EN REMATE


Durante los días soleados siempre era una buena idea tomar la bicicleta y salir a dar la vuelta por los alrededores. No faltaban las sorpresas, desde conocer a un nuevo vecino hasta visitar un negocio que ofreciera un aperitivo refrescante, por ejemplo, un helado de limón. 

La primavera estaba en su punto, justo cuando todo florece y el verde de los jardines inunda la vista de quienes los disfrutan. Niños, mascotas y jóvenes enamorados se acomodan en las bancas para pasar el rato, para matar el tiempo, para disfrutar.

Es una de sus salidas primaverales, Leonora bajó de su bicicleta para entrar a un local pequeño y acogedor que llamó su atención. Un letrero de madera con caligrafía exquisita dejaba leer: “DESEOS EN REMATE”. ¿Cuánto cuesta un deseo?, ¿se pueden rematar?, ¿se pueden vender?, ¿hay que llevar bolsa reciclable o de tela para poder cargarlos por la calle? o ¿en donde se guardan los deseos?. Eran muchas las preguntas que se hizo mientras cruzaba el umbral.

Todo lucía interesante. Libreros atiborrados de pequeños cactus, enredaderas y por supuesto libros que creaban el ambiente de lectura en medio de la selva. El calor la hacía sudar, su cuello se llenó de finas perlas de agua y se refrescó con la corriente de aire que se generaba entre las puertas abiertas de ese lugar tan peculiar. 

En el centro del establecimiento encontró una fuente con peces de colores, de esos naranjas y dorados que brillan. Una vitrina exhibía bocadillos dulces y caramelos, además se podía oler un delicioso aroma a café.

Leonora se acercó al mostrador y un chico de anteojos y sonrisa kilométrica le dio la bienvenida:

- ¡Hola chica!, ¿en qué te puedo ayudar?, ¿buscas algo especial?

- No, en realidad entré porque me llamó la atención el local, creo que es diferente. Bueno, también porque tengo curiosidad sobre el letrero que tienes afuera, ¿cómo está eso de que se rematan deseos?

- ¡Ya veo!, es muy sencillo en realidad. Como ves aquí hay de todo, incluso podemos venderte alguna antigüedad o un pez de la fuente. La idea es que cada vez que entres te lleves por lo menos una sonrisa, al menos esas son gratis -y sonrío con los dientes blanquísimos y con los ojillos brillantes-. Pues bien, te explico. En la compra de cualquier bocadillo dulce -señaló la vitrina como modelo de televisión -puedes escribir un deseo, lo que tú quieras, puede ser algo que siempre has deseado hacer o ver. Después lo metes en ese baúl -y con el dedo apuntó a un enorme baúl de madera tallada, hermoso, muy hermoso- 

- Ok, y… ¿luego qué pasa?

- Los bocadillos tienen un costo de recuperación, puedes pagar con dinero, con algún objeto lindo que desees donar o puedes pagarlo con una sonrisa.

- Es un poco extraño ¿no?

- Mmmm… no en realidad. ¿Hasta aquí todo va bien?

- Creo que sí -Leonora le sonrió-

- Bien, cada vez que entres al local puedes tomar del baúl un deseo que te parezca interesante. ¡Tenemos muchos!, afortunadamente hay varias personas interesadas en escribir sus deseos y en probar estos deliciosos bocadillos. En ese librero -señala nuevamente con el dedo- sólo hay libros y plantas que nuestros amigos nos han dado a manera de pago. También si quieres puedes leer algo aquí mismo si te apetece.

- Ya entiendo, saco el deseo y ¿qué hago con él?

- ¡Pues lo cumples mujer!, es decir. Muchas personas no pueden cumplir sus deseos por múltiples razones: no tienen el dinero, por su edad, algún impedimento físico, su género…. o  una combinación de todo. Una vez que alguien cumple el deseo de otro lo puede hacer inmensamente feliz. Si cumples el deseo que has tomado debes dejarlo en aquel pizarrón de corcho, de esa forma la persona que lo dejó podrá  saber que su deseo fue cumplido. Es algo así como un servicio a la comunidad, tú ayudas a cumplir un deseo y ellos te ayudan a ti a cumplir los tuyos. ¿Te gusta la idea?

- No me gusta la idea, ¡me encanta!

- Siendo así ¿deseas un bocadillo?

- ¡Claro que sí! -Leonora lucía entusiasmada-

El joven le extendió unos “besos de nuez”, un papel de colores y un bolígrafo. Leonora no supo muy bien qué escribir, estuvo meditando su deseo mientras mordisqueaba sus deliciosas galletas. Empezaría por algo sencillo: “Deseo adoptar un gatito, mi casera no permite mascotas y por el momento no puedo tener uno en casa. Me haría feliz hacer feliz a un animalito”. Se acercó al baúl y colocó su deseo.

            - ¿Listo chica? Ahora debes buscar el deseo que tú vas a cumplir para alguien.

            - Estoy nerviosa, ¿qué pasa si no puedo cumplirlo?

            - Regresas y lo colocas de nuevo en el baúl, tampoco es para que te vuelvas loca. ¡Disfruta la experiencia!

            - Ok, creo que tienes razón. Esto suena divertido.

Leonora regresó al baúl y sacó un papel al azar: “Deseo hacer una carrera de 5 kilómetros. Hace un año perdí ambas piernas, no ha sido fácil”. Leonora se sintió un poco tonta por el deseo que ella había escrito, pero al final de cuentas estaba empezando. Leyó de nuevo el papel, claro que podría cumplir ese deseo, en su universidad los estudiantes tenían una pista de carreras, un coach y ella era deportista y entusiasta. 

            - ¡Listo! -miró al chico y se guardó el deseo en la bolsa-

Con una sonrisa, la delgada Leonora subió a su bicicleta y no dejaba de pensar en sus deseos. Recordó todo lo que que los Reyes Magos no le llevaron cuando era niña, en aquellas comidas que siempre había deseado probar pero que su alergia al cacahuate no le permitía ¿sería tan delicioso comer un mazapán?, deseó volver a ser niña para visitar el parque que frecuentaba junto con su papá y su hermana cuando vivía en el norte del país; también quiso ser modelo, bailarina, y alguna vez ingeniera petroquímica. Descubrió que había tantas y tantas cosas que desear y por lo mismo tantas y tantas cosas que cumplir.

Esa misma semana ejecutó el deseo del papel y se lanzó al local.

   - ¡Hola chica!, ¿cómo te fue? Hoy tenemos tartas pequeñas de zarzamora -el chico la miraba entusiasmado, saltaba sobre sus tobillos.

- Me fue bien, aunque me duelen un poco las piernas y estos días me he sentido muy feliz. Tenías razón, cumplir deseos es lo más maravilloso del mundo.

- ¡Te lo dije!, ¿vas a querer tarta?

- ¡Obvio!

Leonora caminó a la pizarra de corcho con un orgullo nunca antes sentido, tomó una tachuela y colocó el deseo justo en medio de todos los papelitos. Echó un vistazo sin detener la vista en ningún papel, hasta que de repente saltó ante sus ojos el deseo que ella había escrito… alguien lo cumplió. Comenzó a saltar de gusto como una niña, con las manos juntas y sobre sus pies, llevaba sus manos a la boca, no lo podía creer, su felicidad era inmensa, no podía explicar lo que sentía.

¿En verdad era tan sencillo sentirse así de bien y de forma tan fácil?... Sí.

Desde entonces Leonora es asidua a cumplir deseos y a los postres. Ha pagado con dinero, con plantas, con libros y con sonrisas. Muchas veces, cuando asiste a colgar deseos cumplidos en el pizarrón, se queda largas horas platicando con Carlos, o Charlie, como le gusta que le digan al chico simpático que se encarga del local. Ha cumplido tantos deseos que ya perdió la cuenta. Cuando se siente triste acude a ese lugar tan especial para mirar y leer los deseos cumplidos en la pizarra, para hurgar en el baúl, para comer postres y engordar algunos gramos mientras su corazón se llena de algo que siempre había deseado: FELICIDAD.


jueves, 14 de enero de 2021

La clase de Japonés

 

 LA CLASE DE JAPONÉS

María Eugenia soñaba con ser un cerezo japonés y cobijar con su sombra a un par de enamorados en un picnic de primavera, aunque no estaba ni cerca de serlo porque vivía en la colonia Juárez de la Ciudad de México y ella quería ser un árbol plantado en Japón y no en México.

Así como las jacarandas de Bellas Artes, pero en su versión cerezo japonés, deseaba decorar el paisaje visto desde un balcón, ser una fotografía conmovedora de un viajero enamorado de sus flores en abril, pero era un sueño, una fantasía que la acompañaba desde que era una pequeña niña que vio las ilustraciones de un cuento japonés en la casa de su prima Augusta.

Viviendo en plena adolescencia, pidió a su padre que le pagara unas clases de japonés los sábados. Estaba segura que algún día iría a Japón durante el Hanami y se tumbaría sobre su espalda a mirar los cerezos, quizá hasta moriría ahí mismo viendo caer la última flor.

María Eugenia, aprendía ávida de conocimiento para el viaje que tenía planeado, no sabía cuándo, no sabía con quién, pero había resuelto visitar Japón y con eso bastaba. Su sorpresa fue enorme cuando su profesor hizo la invitación para viajar a Japón durante el festival de Hanami en un intercambio que la escuela realizaba con estudiantes de japonés alrededor del mudo.

Los padres de María Eugenia dudaron, sentían que su hija no era lo suficiente grande para ir a un viaje “hasta el otro lado del mundo”, como decía su mamá, además en una cultura completamente diferente y ajena a lo que ella había vivido hasta el momento. Sin embargo, el entusiasmo y las súplicas de la joven surtieron efecto y a regañadientes la madre dio la autorización para que su hija realizara el viaje de sus sueños.

 La aventura fue hermosa, no hubo ocasión, actividad, charla, templo o monumento que María Eugenia no disfrutara. Vio a sus amados cerezos. Prefirió no tomar fotografías para sólo mirarlos: las cosas hermosas no pueden más que permanecer en la memoria. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando contempló las flores tal como lo había imaginado antes. Ella podría morir ahí mismo viendo caer la última flor. Cerró los ojos y se pensó, como muchas otras ocasiones, a ella misma como un cerezo.

El viaje terminó y en la Ciudad de México la invadía la nostalgia. A pesar de su sonrisa se percibía la tristeza en su semblante y en los largos silencios que llegaban de imprevisto y la dejaban completamente muda… pensando.

Fue un sábado cuando Augusta la invitó a pasear por el centro de la ciudad. Sin mucho entusiasmo María Eugenia accedió. Anduvieron de un lado a otro caminando, pasaron por el barrio chino y compraron unas galletas. También se tomaron fotografías y por un momento parecía como si la sombra de los cerezos se disipara por todo el ambiente y respiraron sólo alegría.

Pronto cayó la noche, el invierno tiene ese efecto de apresurar las penumbras. Augusta y María Eugenia tomaron caminos separados despidiéndose en un largo abrazo. En el metro Bellas Artes fue vista María Eugenia por última vez.

Nadie supo más de la chica linda que hablaba de los cerezos. Los padres de María Eugenia hicieron todo lo posible por obtener alguna información que los llevara al paradero de su hija, pero no tuvieron éxito. Su madre siempre sostuvo que su hija estaba en algún lugar y que estaba viva. Las grabaciones del metro no mostraron rastro de la chica, era como si la niña nunca hubiera existido y jamás hubiera subido al tren. No obstante, la ilusión de hojas de cerezo cayendo lentamente sobre el andén fueron sorprendentes en las grabaciones que la madre de María Eugenia no pudo dejar de mirar mientras lloraba.

Sin nada que perder, sus padres llegaron al metro Bellas Artes con la intención de preguntar entre los vendedores y pasajeros recurrentes si tenían algún dato que los ayudara a rastrear a la chica. El esfuerzo parecía inútil, salvo que una ráfaga de aire golpeó los rostros de todas las personas que esperaban subir a un vagón. Unas flores de cerezo quedaron justo frente a los pies de la madre angustiada. Ella tomó las flores entre sus manos y una suavidad exagerada fue la que sintió entre sus dedos. Dirigiéndose a su esposo mencionó: “ella está aquí”, y le entregó una flor.

En casa, la madre de María Eugenia miró el hermoso jardín en donde su hija se sentaba a repasar las lecciones de japonés y en un impulso inexplicable llevó las flores de cerezo y las dejó caer justo en el centro de todo el terreno. Ahí lloró y sus lágrimas mojaron las flores. Su esposo observó a través del cristal y también lloró.

A la mañana siguiente, desde los balcones de la casa, se pudo apreciar, como si fuera un sueño, a un árbol de cerezo lleno de flores que apareció en el centro del jardín; sin explicación, sin tiempo y en pleno invierno. María Eugenia no desapareció, seguía ahí con su familia, y moriría hasta que cayera la última flor para renacer nuevamente, quizá en abril durante la primavera o quizá en el siguiente invierno. Y es que a veces, en casos muy excepcionales... los deseos se cumplen.

miércoles, 6 de enero de 2021

La niña de la no sonrisa

 LA NIÑA DE LA NO SONRISA

No había nada de malo en ella, o quizá sí. Lo cierto es que guardamos nuestros monstruos muy adentro para que no salgan a la luz a espantar personas, incluso para no asustarse uno mismo. Hay quien teme a sus demonios y hay quien los alimenta con gusto.

Sin ningún remordimiento, Raymunda Villalpando pateó un caracol que se encontraba en el paso rumbo al jardín de su casa. El rastro baboso del caracol le causó asco y rabia, ¿por qué dejaban ese brillante camino los repugnantes bichos?

No era fácil tener 9 años y llamarse Raymunda, suficiente razón para odiar al mundo entero. Su nombre fue elección de la estúpida de su abuela que tuvo a bien sugerir que se llamara como su padre: el flamante médico Raymundo Villalpando, reconocido psiquiatra de la Ciudad de México.

La aislada niña acudía con desgano a la escuela, ahí no se podía estar tranquila. Las compañeras de su salón hablaban siempre de tonterías: niños, juguetes, las peleas con sus hermanos, y trivialidades del tipo. Sólo una vez se acercaron a Raymunda para conocerla, ella les preguntó: ¿qué harían si supieran que hoy se van a morir?, las niñas se miraron entre sí un tanto confundidas y se largaron sin dar la menor explicación.

Un día, afuera de la escuela, se encontraba la mamá de Raymunda charlando con la mamá de uno de sus compañeros de clase: Mariano, un niño flaco, alto y casi transparente como un fantasma. Era igual de callado que ella, pero sin ninguna gracia. Lo único destacable, además de su piel diáfana, eran unos granos que le salían en las manos que les llamaban mezquinos y que para Raymunda no eran más que unas verrugas repulsivas dignas de ser cortadas y escupidas. 

La mamá de Mariano vio a Raymunda caminar hacia a la salida de la escuela y la saludó frenéticamente meneando su mano de un lado a otro. Cuando por fin llegó la niña, la recibió con la voz chillona que la caracterizaba y dijo: “Hola nena, ¡qué gusto verte!, estoy aquí platicando con tu mami a ver si un día de estos te visitamos en tu casa y que juegues un ratito con Mariano”. La pequeña no mostró ningún cambio en su expresión, sólo miró a su madre y siguió de filo caminando al auto, pero la voz chillona la detuvo al gritar: “¡Raymundita, nena, sonríe un poco, no pasa nada si muestras los dientes de vez en cuando, desde ahora eres LA NIÑA DE LA NO SONRISA!”. Al ser la hora de salida, muchos de sus compañeros de clase y de otros grados escucharon a la mamá de Mariano y desde ese día comenzaron a llamarla así “LA NIÑA DE LA NO SONRISA”, lo que produjo en Raymunda sentimientos encontrados entre el odio y la gratitud. ¡Qué le importaba a esa vieja cotorra si ella no sonreía!, simplemente lo que hablaba con su chillona voz no era ni remotamente interesante o gracioso. Por otro lado prefería ser llamada así a que se dirigieran a ella como Ray, Raymunda, Raymundita, etc.

La niña de la no sonrisa se imaginó tantas veces cortando la lengua de la ridícula mamá de Mariano, incluso anotó en un cuaderno un sin fin de formas de hacerla callar para siempre: ahogándola mientras la hacía tragar las verrugas de las manos de su hijo, cortando de una sola vez la lengua mientras la veía caer, colocando una bolsa de plástico en su cabeza hasta ver colgar su cuello, arrancando la lengua de la vieja con sus propias manos… vaya, había tantas y tantas opciones.

Esa idea de la muerte la rondó, la sedujo, la invitó a fantasear con ser ella quien decidiera sobre la vida de otros. Su juego favorito consistió en escribir cómo eliminar de su mundo a esos que no toleraba: el profesor gordo de educación física; su tía abuela que siempre la llenaba de baba cuando le daba besos; Ana Paula, la niña que se sentaba junto a ella en el salón y que no dejaba de hablar de su vida insulsa; a su madre, por ser amiga de la mamá de Mariano; a los perros de sus vecinos que no dejaban de ladrar y no le permitían seguir pensando otras mil maneras de matar. Raymunda se preguntó: ¿por qué sólo hablan de asesinos seriales si también podrían existir y hablar de asesinas seriales?, quizá era tiempo de hacer historia.

Se encontraba sola en el recreo cuando se topó de nuevo a un caracol que estaba inmóvil bajo el sol abrasador del mediodía. Ella se agachó y lo miró con desprecio mientras un grupo de niñas, entre ellas Ana Paula, se acercó y en tono burlón preguntaron “¿qué haces NIÑA DE LA NO SONRISA?, pareces tonta mirando a ese caracol”, y  comenzaron a reír. Raymunda se puso de pie, miró al caracol, levantó la vista y sin despegarla del grupo de niñas... lo aplastó y el crujido sonó lo suficiente para que algunas chiquillas pusieran cara de asco y otras caras de asombro, mientras que a Raymunda se le escapó una gran sonrisa de satisfacción que dirigió directo a su compañera Ana Paula y le aseguró: “quizá es hora de empezar a sonreír querida... Tú serás el motivo”.