Le dio vueltas al caleidoscopio y abría bien el ojo derecho mientras el izquierdo lo apretaba con fuerza. Los colores brillaban y danzaban tan elegantemente que era imposible dejar el artefacto y prestar atención al monólogo que sostenía su hermana.
Todas las noches se metía a hurtadillas para permanecer un rato en la cama de Camila, su hermana mayor, que había comprado el caleidoscopio en una tienda de antigüedades en la Zona Rosa de la CDMX. Tendría más de diez años cuando en un paseo dominical se toparon con aquel comercio que exponía a la entrada una sillas polvosas, sin embargo, la curiosidad y las ganas de matar el tiempo hicieron que entraran a echar un vistazo.
Camila no pensaba comprar nada y Beto menos, no llevaba dinero y era su hermana quien siempre le invitaba los helados y los paseos del fin de semana. Deambularon por el lugar observando artilugios curiosos y en varios casos inservibles. Beto dio con el caleidoscopio que estaba detrás de unos libros amarillentos, estiró el brazo y preguntó: “¿qué es este tubito?”, Camila miró, tomó el cachivache y dijo: “es un caleidoscopio”. Entonces lo limpió con su playera y se lo llevó al ojo. Beto nunca había visto uno y no tenía idea de qué hacía, así que sólo atinó a decir: “pareces pirata, pero de las buenas porque eres muy bonita Cami”. Ella sonrió y tocando la cabeza de Beto le preguntó: “¿quieres que lo compremos?”, pero Beto alzó los hombros porque no sabía ni para qué servía.
Salieron de la tienda, Camila con una sonrisa y Beto con mucha curiosidad. “¿Para qué sirve el tubito Cami?”, ella le sonrío, “sirve para muchas cosas, por ejemplo: para ver estrellas, flores y formas tan increíbles que no podrás dejar de mirar. Imagínate, las formas que veas nunca más se volverán a repetir, ¡es un aparato maravilloso!, te podría decir que hasta mágico.”
Desde ese día, Beto asomaba el ojo por el orificio y con mucha paciencia iba girando el aparato para no perderse ninguna forma, para capturar todas las imágenes posibles y guardarlas en su memoria. Le gustaba apuntar el caleidoscopio hacia la luz del foco, así todo era más fulgurante.
Había pasado ya mucho tiempo desde aquella compra y aunque Beto y Camila siempre fueron buenos compañeros de vida, cada uno crecía y se iban separando de a poco. Tras la muerte de su madre, Camila tuvo que hacerse cargo de Beto, una labor difícil para una joven que también deseaba salir y hacer su vida sin tener que pensar siempre en su hermano. Algunas veces Beto escuchaba a su hermana llorar y no sabía qué hacer para que no sufriera, pero él estaba en las mismas, a veces irritable y contestón. “¡Tú no eres mi mamá para regañarme por todo!”, alzaba la voz a grito pelado a una Camila frustrada que sólo deseaba algunos días de descanso, un descanso de la obligación de criar a un niño, de la obligación que ella nunca buscó.
Fue una noche en donde Camila y Beto discutían como nunca antes, ella le pedía apoyo con los quehaceres de la casa, él le gritaba que lo seguía tratando como niño. El ambiente era tan pesado que les costaba respirar, la frustración lo atrapaba todo. El deseo de salir corriendo cada quien por su lado a vivir una aventura sin pensar en su soledad compartida y en las tareas del día a día, los envolvía por completo. Ambos deseaban no volver a escuchar los reclamos del otro porque sabían que los dos tenían razón.
Camila, no supo qué más hacer y sólo gritó: “¡Si no te gusta cómo te trato entonces lárgate de la casa!, te cuido como mejor puedo hacerlo, estoy cansada Beto, ya estoy cansada, ¡lárgate y encuentra a otra madre porque yo ya no quiero serlo!”. Beto sintió como su corazón se apretaba y se hacía pequeño, tan pequeño como el día que se murió su mamá y que tuvo que aprender a vivir la soledad con Camila.
No lo pensó, después de las palabras de su hermana, Beto tomó el caleidoscopio y lo tiró al suelo con toda la fuerza que la rabia y la tristeza habían acumulado en lo más profundo de su ser. El tubo desprendió todos los cristales y rodaron por el piso. La caída estrepitosa retumbó en los oídos de Beto, como si martillaran incansablemente su cabeza.
La vida no podía ser más triste que ese momento. Camila lo miró y sus lágrimas rodaron sobre su afligido rostro. No dijo palabra alguna, pero en sus ojos se reflejaba la pregunta: “¿por qué lo has hecho?”. Beto no tenía respuesta y salió corriendo frenéticamente, no tenía un rumbo establecido, así como su vida que en ese momento no iba hacia ningún lugar.
No fue fácil tomar de nuevo el camino a casa, el mundo entero se derrumbó. “¿Y si somos un caleidoscopio de innumerables imágenes irrepetibles que de un momento a otro se desmoronan a pesar de tanta belleza?”, se preguntó Beto sobre sus pies huidizos.
Beto supo que sólo tenía una raíz a la cual asirse. Camila era la persona a la que le debía lo poco o mucho que tenía y que era.
Por fin llegó a la puerta de su casa. De pie frente a la madera maltratada por el paso del tiempo, por las inclemencias meteorológicas, por la poca atención de los dueños… miró el picaporte dudando en girarlo y finalmente lo hizo. Quería correr en dirección a Camila, su único rumbo, pedir perdón y volver a comenzar. “¡Cami!”, gritó Beto y el aplastante silencio le retronó en los oídos. Camila se había marchado. Beto alcanzó el papel sobre la mesa del comedor, una nota decía: “También estoy rota, soy el montón de cristales del caleidoscopio en el suelo, aquel que nos dio tanto que imaginar. Mis estrellas se apagaron y necesito verlas de nuevo brillar. Perdóname por no ser lo que esperas. Tengo que irme, me duele el corazón y la sonrisa. Quizá algún día volvamos a ser la misma imagen dentro del universo que hoy no nos permite ser hermanos“. Beto estaba solo, auténticamente solo, mientras sentía escuchar los tacones de Camila marchándose, sonaban como las piezas del caleidoscopio al caer.