jueves, 17 de diciembre de 2020

Sin Título

 SIN TÍTULO

Sin título está la carta que te escribí hace ya algunos meses, aún no la he depositado en el correo, creo que tengo dudas. ¿Tú sabes que dudar traiciona?, pero es ejercicio de todos y nadie está exento de él.

La carta no es una página ni dos, más bien puedes darle la extensión que desees, dependiendo de tu cansancio y de tus ganas de saber sobre mí. Puede ser que cuando la recibas no tengas ni las más mínima intención de leer siquiera una revista, es por eso que te recomiendo leerla cuando tu hambre de palabras sea insaciable.

Comencé a escribir la carta con los recuerdos del último encuentro entre nosotros. Sentí un poco extraño  recordar tu voz y tus monerías, pero tu cara está borrosa en mi recuerdo, a veces la veo más claramente cuando te sueño; y en un papel, al levantarme, voy dibujando lo poco que recuerdo de ti. Mis bosquejos siempre terminan inconclusos: como tú y yo, sin más trazos que los del sueño, pero no me importa y sigo animándome a dibujarte con la esperanza que un día de estos vengas a posar exclusivamente para un cuadro.

La tinta también la he dejado a tu gusto, puede ser verde, azul; negra como el miedo o del color que prefieras para vestir. Recuerdo perfectamente el vestido azul sin mangas, en él luces muy bien, sería magnífico que la tinta sea de ese color, no es molesto para la lectura, al contrario afina la escritura y sé también que el color te agrada, es por eso que lo propongo.

Los trazos si preferiría que los leas gruesos, pero finos a la vez, como esa nostalgia elegante que me invade y dibuja en mi cara una mueca abstracta que nadie sabe descifrar, ¿estás cansado?, ¿no has dormido bien?, ¡estás extraño!, me dicen los que me ven sin escudriñar en lo hondo.

La hoja está en blanco, de cualquier modo te la envió en el mismo sobre en que mando esta otra carta. Espero que entiendas en ella, la carta en blanco, todo lo que siempre quise decir y no pude, puedes garabatear también tus propios deseos y quizá colorearte la boca de rojo encendido, como mis apetitos, y plasmar tus labios para mandarme el papel de vuelta por correo.


miércoles, 9 de diciembre de 2020

Caleidoscopio

 CALEIDOSCOPIO

Le dio vueltas al caleidoscopio y abría bien el ojo derecho mientras el izquierdo lo apretaba con fuerza. Los colores brillaban y danzaban tan elegantemente que era imposible dejar el artefacto y prestar atención al monólogo que sostenía su hermana.

Todas las noches se metía a hurtadillas para permanecer un rato en la cama de Camila, su hermana mayor, que había comprado el caleidoscopio en una tienda de antigüedades en la Zona Rosa de la CDMX. Tendría más de diez años cuando en un paseo dominical se toparon con aquel comercio que exponía a la entrada una sillas polvosas, sin embargo, la curiosidad y las ganas de matar el tiempo hicieron que entraran a echar un vistazo.

Camila no pensaba comprar nada y Beto menos, no llevaba dinero y era su hermana quien siempre le invitaba los helados y los paseos del fin de semana. Deambularon por el lugar observando artilugios curiosos y en varios casos inservibles. Beto dio con el caleidoscopio que estaba detrás de unos libros amarillentos, estiró el brazo y preguntó: “¿qué es este tubito?”, Camila miró, tomó el cachivache y dijo: “es un caleidoscopio”. Entonces lo limpió con su playera y se lo llevó al ojo. Beto nunca había visto uno y no tenía idea de qué hacía, así que sólo atinó a decir: “pareces pirata, pero de las buenas porque eres muy bonita Cami”. Ella sonrió y tocando la cabeza de Beto le preguntó: “¿quieres que lo compremos?”, pero Beto alzó los hombros porque no sabía ni para qué servía.

Salieron de la tienda, Camila con una sonrisa y Beto con mucha curiosidad. “¿Para qué sirve el tubito Cami?”, ella le sonrío, “sirve para muchas cosas, por ejemplo: para ver estrellas, flores y formas tan increíbles que no podrás dejar de mirar. Imagínate, las formas que veas nunca más se volverán a repetir, ¡es un aparato maravilloso!, te podría decir que hasta mágico.”

Desde ese día, Beto asomaba el ojo por el orificio y con mucha paciencia iba girando el aparato para no perderse ninguna forma, para capturar todas las imágenes posibles y guardarlas en su memoria. Le gustaba apuntar el caleidoscopio hacia la luz del foco, así todo era más fulgurante.

Había pasado ya mucho tiempo desde aquella compra y aunque Beto y Camila siempre fueron buenos compañeros de vida, cada uno crecía y se iban separando de a poco. Tras la muerte de su madre, Camila tuvo que hacerse cargo de Beto, una labor difícil para una joven que también deseaba salir y hacer su vida sin tener que pensar siempre en su hermano. Algunas veces Beto escuchaba a su hermana llorar y no sabía qué hacer para que no sufriera, pero él estaba en las mismas, a veces irritable y contestón. “¡Tú no eres mi mamá para regañarme por todo!”, alzaba la voz a grito pelado a una Camila frustrada que sólo deseaba algunos días de descanso, un descanso de la obligación de criar a un niño, de la obligación que ella nunca buscó.

Fue una noche en donde Camila y Beto discutían como nunca antes, ella le pedía apoyo con los quehaceres de la casa, él le gritaba que lo seguía tratando como niño. El ambiente era tan pesado que les costaba respirar, la frustración lo atrapaba todo. El deseo de salir corriendo cada quien por su lado a vivir una aventura sin pensar en su soledad compartida y en las tareas del día a día, los envolvía por completo. Ambos deseaban no volver a escuchar los reclamos del otro porque sabían que los dos tenían razón. 

Camila, no supo qué más hacer y sólo gritó: “¡Si no te gusta cómo te trato entonces lárgate de la casa!, te cuido como mejor puedo hacerlo, estoy cansada Beto, ya estoy cansada, ¡lárgate y encuentra a otra madre porque yo ya no quiero serlo!”. Beto sintió como su corazón se apretaba y se hacía pequeño, tan pequeño como el día que se murió su mamá y que tuvo que aprender a vivir la soledad con Camila. 

No lo pensó, después de las palabras de su hermana, Beto tomó el caleidoscopio y lo tiró al suelo con toda la fuerza que la rabia y la tristeza habían acumulado en lo más profundo de su ser. El tubo desprendió todos los cristales y rodaron por el piso. La caída estrepitosa retumbó en los oídos de Beto, como si martillaran incansablemente su cabeza.

La vida no podía ser más triste que ese momento. Camila lo miró y sus lágrimas rodaron sobre su afligido rostro. No dijo palabra alguna, pero en sus ojos se reflejaba la pregunta: “¿por qué lo has hecho?”. Beto no tenía respuesta y salió corriendo frenéticamente, no tenía un rumbo establecido, así como su vida que en ese momento no iba hacia ningún lugar.

No fue fácil tomar de nuevo el camino a casa, el mundo entero se derrumbó. “¿Y si somos un caleidoscopio de innumerables imágenes irrepetibles que de un momento a otro se desmoronan a pesar de tanta belleza?”, se preguntó Beto sobre sus pies huidizos. 

Beto supo que sólo tenía una raíz a la cual asirse. Camila era la persona a la que le debía lo poco o mucho que tenía y que era.

Por fin llegó a la puerta de su casa. De pie frente a la madera maltratada por el paso del tiempo, por las inclemencias meteorológicas, por la poca atención de los dueños… miró el picaporte dudando en girarlo y finalmente lo hizo. Quería correr en dirección a Camila, su único rumbo, pedir perdón y volver a comenzar. “¡Cami!”, gritó Beto y el aplastante silencio le retronó en los oídos. Camila se había marchado. Beto alcanzó el papel sobre la mesa del comedor, una nota decía: “También estoy rota, soy el montón de cristales del caleidoscopio en el suelo, aquel que nos dio tanto que imaginar. Mis estrellas se apagaron y necesito verlas de nuevo brillar. Perdóname por no ser lo que esperas. Tengo que irme, me duele el corazón y la sonrisa. Quizá algún día volvamos a ser la misma imagen dentro del universo que hoy no nos permite ser hermanos“. Beto estaba solo, auténticamente solo, mientras sentía escuchar los tacones de Camila marchándose, sonaban como las piezas del caleidoscopio al caer.

jueves, 3 de diciembre de 2020

El día que el tiempo se detuvo

 EL DÍA QUE EL TIEMPO SE DETUVO

Hubo un día en que el tiempo se detuvo, no sé si lo creas o no, pero es verdad. 

Quizá no te ha pasado todavía, pero ocurrirá y no tengas duda que será el día menos esperado.

Ocurrió un día jueves como cualquiera en la rutina más predecible de aquellos días. Encerrada en la oficina, en completa soledad y con los ojos más cerrados que abiertos. Somnolienta y entretenida con el tic - tac del reloj de pared esperaba que dieran las 6:30 p.m. para agarrar el bolso y salir corriendo a tomar aire y un autobús rumbo a casa. El día había sido largo y pesado, deseaba ver a mis padres y quizá tomar un trago de whiskey con ellos.

El teléfono sonó:

- “¿Diga?”, contesté a los dos timbrazos.

- “¿Hija?”, su voz sonaba diferente.

- “Sí, ¿qué pasó?”, era mi madre y algo se sentía mal dentro de mí.

- “¿Estás sentada?”, ¡lo sabía, todo se había jodido! Estaba recibiendo la llamada de película o teleserie que nadie desea contestar, la llamada de las malas noticias, la llamada de las realidades horribles, la llamada de los sobresaltos, de las angustias, de eso que no sabes qué es pero que sin duda es malo.  

- “Si, estoy sentada, ¿qué pasó?”, le pregunté tranquilamente, todo lo contrario a los latidos del corazón que hacían orquesta con el tic - tac y que retumbaban tan fuerte que me dolía el estómago. Cada microsegundo era eterno, ¿qué había sucedido?, ya quería saberlo porque la sensación de un hueco muy profundo me empezaba a consumir.

- “Tu papá tuvo un accidente”, suspiró y su voz dejó de parecerse a la que yo conocía desde hacía ya muchos años, esa voz no era de mi mamá.

- “¿Y está bien?”, pregunté sabiendo de antemano la respuesta: ¡NO, él no podía estar bien!, de otra forma la voz de mi madre sería la misma de siempre y no habría sufrido esa terrible distorsión que me hacía dudar de la llamada.

- “No lo sé”, respondió confundida, “bueno…”, por el tono y una pausa, entendí que no suavizaría la situación, ella era siempre directa, “al parecer lo asaltaron”, escuché quebrar su voz, “unos policías están aquí y no saben bien si fue un disparo o dos”.

Ahí, justo en la palabra “disparo” el tiempo se detuvo, dejé de escuchar el tic -tac del reloj de pared y todos los sonidos de afuera, nada se movía alrededor, las personas estaban completamente inertes, algunos de pie, otros sentados, pero sin moverse. Sandy, mi secretaria, quedó con medio cuerpo doblado cuando trataba de levantar unos papeles del suelo. Don Gil, el portero, estaba con la mano derecha levantada al tratar de despedirse de Matías, un compañero, y así todos quedaron inmóviles y silenciosos.

Me puse de pie y giré sobre mi propio eje para revisar si me pasaba lo mismo, pero no fue así. Todo estático, menos yo. No daba crédito sobre lo que ocurría. Podía hacer lo que me viniera en gana porque nadie me lo podría impedir, ¡porque el tiempo estaba detenido para mí!. Pero esa realidad era terrible, mi padre estaba muerto.

Así de pie, lo único que pude hacer fue parpadear unas tres veces para aclarar la vista y mis ojos tomaron una fotografía del inusual evento, guardaban un recuerdo imborrable en mi memoria: la posición de los cuerpos, el color de la ropa, la disposición de los muebles, la cantidad de cuadros colgados en las paredes, las puertas que estaban abiertas y las que estaban cerradas. 

Comprendí, mi padre estaba muerto. 

Las lágrimas comenzaron a fluir y con ellas el tiempo comenzó a correr de nuevo, rápido, muy rápido desde entonces.