FASCINA- ANSIAS
Despierto un poco turbada. El sol me toma por sorpresa y siento sus rayos como los enemigos del sueño, enemigos que no permiten desarrollar el potencial que hay en mi mente en las sagradas horas en las que me encuentro dentro de la cama. Pero así es la vida y hay que despertar, aunque lo odio.
Tenía apenas cinco minutos sentada en aquella silla alta frente a la barra del restaurante. Usaba el vestido bermellón con zapatillas del mismo color. A pesar de la onda fría que azotaba la ciudad sentía calor y decidí no usar abrigo en la fría tarde. Llegué para ver a Luisa, es impuntual y seguramente la espera sería larga. Ordené un aperitivo.
Los últimos días la vida parece aburrida y rutinaria. Siempre estoy en espera de sucesos fascinantes que despierten por completo mis sentidos que últimamente están dormidos. Quisiera tener el sexto sentido de los chamanes para conocer a las personas con el sólo hecho de tocar una fotografía o bien hallar al hombre de mi vida porque rocé su cabello casualmente en una cafetería y descubrí que su karma se compenetra de manera perfecta con el mío. Lo más extraño que me ha sucedido, y probablemente no sea creíble para muchos, fue cuando tenía trece años. Invariablemente trataba de averiguar quién era y para qué estaba en el mundo. Acostumbraba permanecer frente al espejo largas horas mirando mis ojos. Sentía un poco de miedo porque transcurría el tiempo y la mirada era cada vez más fija, pero no sobre otra persona sino sobre mí, era realmente extraño. Una ocasión sentí que me miraba desde fuera de mi cuerpo, era ver dos imágenes, una en el reflejo y otra frente al espejo. Apenas duró unos instantes y al volver a la conciencia concebí emociones ciertamente difíciles de expresar. La segunda vez que sucedió algo similar fue en un viaje. Miraba a través de la ventana del automóvil y cavilaba nuevamente las razones de mi existencia. Súbitamente me sentí fuera de mí y así, igual de inesperado, regresé para sorprenderme. A partir de ese momento ansié ser alguien más, probablemente una bruja. Era como si otra persona habitara dentro de mi cuerpo y realmente tenía ganas de conocerla. Nunca volvió a pasar nada similar. Aún sigo sentándome de vez en cuando frente al espejo, esperando sentir nuevamente, por lo menos un segundo, esa sensación de verme de lejos.
Sentí miradas sobre mí que me incomodaron. Frente a los cacahuates y mi trago, mi paciencia se agotaba en la espera de Luisa. A punto estaba de levantarme para emprender la huída cuando tu loción invadió mis sentidos y escuché detrás de mí un –buenas tardes-.
Vaya, el cereal está más mojado de lo normal esta mañana, creo que malgasté los minutos leyendo una revista de espectáculos y perdí la noción del tiempo porque también noto que el café esta terriblemente frío y un extraño olor me desconcentra, trato de adivinar qué es pero sigo atendiendo los chismes de la revistucha, creo que el aburrimiento me absorbe y dejo a una lado el olor que bien podría ser la basura de los vecinos del departamento contiguo que no se distinguen por su pulcritud.
Te miré como no creí saber mirar. Sólo atiné a responder con otro –buenas tardes- tan suave que apenas lo escuché yo misma. Te parecías a la visión que toda la infancia y la adolescencia soñé, nunca te había imaginado como en ese momento. Surgió la quimera de adorarte por lo menos unos minutos. Las paredes, el suelo y cualquier objeto a mí alrededor eran parte de un ensueño que no podía explicar… y tu olor, cómo olvidar ese enredo entre loción, jabón, cuerpo, crema de afeitar. Eras un pequeño universo de misterios en sólo dos palabras –buenas tardes-.
Es fin de semana y pienso en lo que haré después de tomar una ducha. Probablemente salga por ahí a ver tiendas de ropa, ¡me encanta comprar ropa!, más que zapatos. Logro pasar horas y horas en las tiendas probándome lo que vea a mi paso. Invariablemente acabo un poco tristona porque no puedo comprar todo lo que se me antoja, de ser así no podría ni probar el cereal mojado, hay que comprar comida también.
Preguntaste mi nombre y mentí, pregunté el tuyo y seguramente mentiste. Había algo en ti que no me dejó ver más allá de tu cara y el resto de tu cuerpo. Tal vez Luisa entró y no me di cuenta. Esa tarde en la mesa, mi boca sólo habló de deseos y mentiras. No dije mi nombre, ni mi profesión, se me olvidó el nombre de mis padres y el de mis hermanos. Dejé de lado miedos de siempre y le di paso a nuevos temores, que lejos de alejarme de ti me impulsaban más a descubrirme a través de tus palabras. Aún no puedo creer que compartiéramos sentados más de tres horas y que no recuerde nada de lo que me detallaste de ti por breve que fue. Será que tu presencia era tan impactante que se robaron mi atención tus gestos, tu olor y ese sonido que escapó de tu boca. Sólo ojos, boca, piel, pero pocas y escasas palabras. Así mirándote te pregunté lo que deseaba saber y así mismo me respondiste.
Empiezo a sentir ese calor tan delicioso del vapor al salir el agua caliente. Acomodo mi shampoo, mi gel limpiador y los jabones especiales para la limpieza facial. No lo niego, soy vanidosa y procuro cuidar de mi piel y rostro, no quiero lucir como si un camión me hubiera arrollado pasados los 35 años de edad. Mi mejor amiga me regaló un gel exfoliante riquísimo, deja la piel verdaderamente suave, pero lo mejor es el aroma a sandía. Cuando leí el envase la primera vez casi me muero de la risa frente a mi amiga – ¿aroma a sandía?- por favor, -¿quién hace estas cosas?- me pregunté, pero bueno lo usé para probar y ahora me encanta, es delicioso. También uso una crema para el cuerpo con olor a pera, sé que suena bastante frutal el asunto de mi arreglo personal, pero la crema además de que exalta mi sentido del olfato hace que entre en verdadero éxtasis, suele recordarme a la persona que me la obsequió. Cuando huelo la crema de peras recuerdo mucho aquella etapa de mi vida sentimental, me agrada porque fue extraordinaria.
Es difícil descifrar la mujer que me invadía, tan ignorada y conocida a un mismo tiempo, la que se ocultó durante años. Esa tarde se abrió paso al conocerte, decidió dar fin a su desconfianza, su duda y su temor. No pude explicar la conmoción, cuando por un descuido, al apartar el cenicero, acariciaste mi mano, fue eléctrico y sutil, etéreo. -¿Qué demonios me pasa?- me pregunté cuando un relámpago de claridad atravesó por mi mente, apenas empezaba a responderme cuando concluí bloquearme de nuevo para acorralarme en la extravagante idea de estar junto a ti.
Creo que ya estoy lista para partir a las fabulosas tiendas, sólo hace falta peinar un poco mi cabello que ahora mismo es un desastre. No puedo comprender cómo me atreví a cortarlo tan pequeño, peinarlo es un experimento cada mañana, es como si mi cabellera fuese un ser independiente que quiere sacarme de mis casillas todos los días. En fin, uso un poco de fijador, agua, gel y todo lo humanamente utilizable para aplacarlo y logro dejarlo aceptable, pero como no puedo abandonar la coquetería, uso un listón en forma de diadema. Me falta el perfume. Ahora sí, estoy lista para partir.
Eché un vistazo a mi reloj y la noche cae ya sobre nuestras mentiras y nuestros apetitos. La lluvia de la tarde abandonó a su paso el olor a tierra mojada y la gente desfilaba con chamarras y abrigos. Sin embargo el calor que me invadía era más fuerte que el frío y fue la razón por la que no acepté el saco que tan amablemente me ofreciste, de ninguna manera te ofendiste porque, al igual que yo, tu calor corporal te ahogaba. En la conversación, que no recuerdo, existieron silencios largos y profundos que dejaban escuchar los pensamientos de cada uno de nosotros y de los ocupantes del lugar. Para ese entonces ya extrañaba tu mano cuando la alejabas para encender un cigarrillo.
Abro la puerta para partir y la sorpresa es que no hay basura en el departamento de mis vecinos. También presto atención que el olor extraño desaparece, creo que hay una sustancia extraña y al mismo tiempo conocida dentro del departamento, porque si entro huele y si salgo desaparece, pero las tiendas no pueden esperar hoy, no me puedo detener a revisar todos los espacios de la vivienda, creo que lo haré al regresar. Tomo un taxi y le doy indicaciones al chofer para que me lleve al centro comercial más importante de esta ciudad. Por fin estoy rodeada de tiendas y entro en la primera que llama mi curiosidad por la iluminación. Una mujer lo suficientemente singular para mi gusto, se asoma y me atiende de buena gana. Le pregunto por las telas tan hermosas que cuelgan en el aparador y su respuesta me mantiene absorta durante diez minutos. Son telas importadas de la India, elaboradas con seda y bordadas con hilos de oro, de color rojo que simboliza el ardor de la mujer apasionada. Estoy sorprendida y se me escapa una risita, a lo que la mujer extrañada me pregunta -¿Qué sucede, que te dio risa?- y yo digo – ¡han de ser carísimas y realmente son hermosas!, si en estos momentos pudiera exprimir la tarjeta de crédito lo haría porque realmente me encantan- ambas nos reímos mucho y me deja perpleja cuando me dice que me regalará tres metros porque le caí bien y porque algo tienen mis ojos que le llama a ser amable conmigo. Me da un poco de desconfianza, pero no puedo resistir la oferta de poder mandarme a hacer un vestido con esa tela, pero luego reflexiono que no debo desperdiciar nada y que conociéndome bien puedo estar contemplando los tres metros cuando ando mortalmente aburrida, después de todo la tela es hermosa, sería como mirar un cuadro. Finalmente acepto y le doy las gracias. Al despedirme la mujer dice que le recuerdo a su abuela y me muestra una fotografía, - ¿es una broma?- pregunto, -claro que no- responde, no sé qué decir, ¡la abuela y yo somos idénticas!. No salgo de mi asombro, pero me despido nuevamente mientras salgo de la tienda y ella dice –tú siempre esperas por cosas apasionantes y la vida es apasionante, siente, huele, saborea, escucha, mira la tela y algo sorprendente puede suceder-.
Separaste tu mano de la mía, me observaste intensamente. Sabía que era momento de huir, de la despedida tal vez. La magia me permitió ver más de aquella mujer nueva que no temía equivocarse por la curiosidad o el desenfreno, me dejó ver al hombre que pedía que lo siguiera y ya podía oler la pasión en la calzada, pasión compuesta con el perfume diario de mis movimientos y tu aroma resultado de mezclas diarias de arreglo personal y sudor de peregrinaciones.
Entro al departamento y estoy mareada del olor que parece entrar por la ventana de la cocina por donde se puede espiar a los vecinos cuando no se tiene nada mejor que hacer. El olor ahora es claro para mí, es parecido al de las sábanas que gozan los amantes después de haber sudado gotas y gotas de éxtasis y deseo, no siempre amor. Por lo menos ahora puedo indagar algo más concreto como ropa o sábanas. Pero ¿de dónde proviene ese olor tan peculiar y por qué penetra hasta lo más profundo de mi nariz? ¿Por qué sólo lo huelo yo y nadie dice nada? ¿Por qué no puedo aclarar este misterio?. Todo el día ese olor, ahora es demasiado intenso, debe de oler por todo el edificio, aunque sé muy bien que cuando entré al condominio no olía a nada medianamente parecido.
Perdí la noción del espacio, no sé en donde estamos porque me siento fuera de mi misma y veo lienzos hermosos en el espejismo de pensarte dentro y fuera de mi cuerpo.
Resuelvo averiguar qué es lo que sucede. Empiezo a inspeccionar cuidadosamente rincón por rincón de la cocina que es lo más cercano a mis pies, me asomo por la ventana y no veo nada, todo vacío, no hay sábanas tendidas y tampoco hay ropa. Decido observar a través de la ventilla del baño, mi sorpresa es que el olor es igual de fuerte que en la cocina, observo, mis pies están de puntillas pero el resultado es el mismo. El olor debe estar dentro de la morada y no fuera como yo intento revelarlo. La intriga me mata, el olor es cada vez más fuerte, voy a la sala, sé que no habrá nada, es lógico, ¿quién cuelga sábanas y ropa en la sala?, además este fin de semana no estoy acompañada, mis compañeras de departamento salieron de la ciudad y es prácticamente imposible que aparezcan prendas que yo no he puesto. Me dirijo a una de las recámaras, toda está vacía, no hay nada, la ventana está cerrada. Queda el último lugar… mi recámara, pero estoy segura que no olía a nada similar cuando salí de ahí. Abro la puerta lentamente porque una sensación de cuidado me detiene y veo, sorprendiéndome por unos instantes, la tela de tres metros que me indica un camino hacía la cama, apenas percibo esa visión, dura menos de un segundo. La ventana está abierta, me inunda una luz y me ciega por completo. El olor es demasiado intenso y me marea, me marea, me marea. Siento como si me desmayara. Me desvanezco, durante medio segundo no sé qué ha pasado, cuando vuelvo en mí, sale de mi boca un último gemido de cansancio y placer, caigo rendida sobre las sábanas de seda, bordadas con hilos de oro llenas de éxtasis y deseo junto a él.
Confundida estoy después de sentir agolpadas en mi corazón y en mi cuerpo miles de emociones, alucinaciones y el placer, sin embargo, sé que algo fascinante y sorprendente sucedió hoy.
