jueves, 19 de noviembre de 2020

FASCINA- ANSIAS

 FASCINA- ANSIAS

 

         Despierto un poco turbada. El sol me toma por sorpresa y siento sus rayos como los enemigos del sueño, enemigos que no permiten desarrollar el potencial que hay en mi mente en las sagradas horas en las que me encuentro dentro de la cama. Pero así es la vida y hay que despertar, aunque lo odio.

         Tenía apenas cinco minutos sentada en aquella silla alta frente a la barra del restaurante. Usaba el vestido bermellón con zapatillas del mismo color. A pesar de la onda fría que azotaba la ciudad sentía calor y decidí no usar abrigo en la fría tarde. Llegué para ver a Luisa, es impuntual y seguramente la espera sería larga. Ordené un aperitivo.

         Los últimos días la vida parece aburrida y rutinaria. Siempre estoy en espera de sucesos fascinantes que despierten por completo mis sentidos que últimamente están dormidos. Quisiera tener el sexto sentido de los chamanes para conocer a las personas con el sólo hecho de tocar una fotografía o bien hallar al hombre de mi vida porque rocé su cabello casualmente en una cafetería y descubrí que su karma se compenetra de manera perfecta con el mío. Lo más extraño que me ha sucedido, y probablemente no sea creíble para muchos, fue cuando tenía trece años. Invariablemente trataba de averiguar quién era y para qué estaba en el mundo. Acostumbraba permanecer frente al espejo largas horas mirando mis ojos. Sentía un poco de miedo porque transcurría el tiempo y la mirada era cada vez más fija, pero no sobre otra persona sino sobre mí, era realmente extraño. Una ocasión sentí que me miraba desde fuera de mi cuerpo, era ver dos imágenes, una en el reflejo y otra frente al espejo. Apenas duró unos instantes y al volver a la conciencia concebí emociones ciertamente difíciles de expresar. La segunda vez que sucedió algo similar fue en un viaje. Miraba a través de la ventana del automóvil y cavilaba nuevamente las razones de mi existencia. Súbitamente me sentí fuera de mí y así, igual de inesperado, regresé para sorprenderme. A partir de ese momento ansié ser alguien más, probablemente una bruja. Era como si otra persona habitara dentro de mi cuerpo y realmente tenía ganas de conocerla. Nunca volvió a pasar nada similar. Aún sigo sentándome de vez en cuando frente al espejo, esperando sentir  nuevamente, por lo menos un segundo, esa sensación de verme de lejos.

         Sentí miradas sobre mí que me incomodaron. Frente a los cacahuates y mi trago, mi paciencia se agotaba en la espera de Luisa. A punto estaba de levantarme para emprender la huída cuando tu loción invadió mis sentidos y escuché detrás de mí un –buenas tardes-.

         Vaya, el cereal está más mojado de lo normal esta mañana, creo que malgasté los minutos leyendo una revista de espectáculos y perdí la noción del tiempo porque también noto que el café esta terriblemente frío y un extraño olor me desconcentra, trato de adivinar qué es pero sigo atendiendo los chismes de la revistucha, creo que el aburrimiento me absorbe y dejo a una lado el olor que bien podría ser la basura de los vecinos del departamento contiguo que no se distinguen por su pulcritud.

         Te miré como no creí saber mirar. Sólo atiné a responder con otro –buenas tardes- tan suave que apenas lo escuché yo misma. Te parecías a la visión que toda la infancia y la adolescencia soñé, nunca te había imaginado como en ese momento. Surgió la quimera de adorarte por lo menos unos minutos. Las paredes, el suelo y cualquier objeto a mí alrededor eran parte de un ensueño que no podía explicar… y tu olor, cómo olvidar ese enredo entre loción, jabón, cuerpo, crema de afeitar. Eras un pequeño universo de misterios en sólo dos palabras –buenas tardes-.

         Es fin de semana y pienso en lo que haré después de tomar una ducha. Probablemente salga por ahí a ver tiendas de ropa, ¡me encanta comprar ropa!, más que zapatos. Logro pasar horas y horas en las tiendas probándome lo  que vea a mi paso. Invariablemente acabo un poco tristona porque no puedo comprar todo lo que se me antoja, de ser así no podría ni probar el cereal mojado, hay que comprar comida también.

         Preguntaste mi nombre y mentí, pregunté el tuyo y seguramente mentiste. Había algo en ti que no me dejó ver más allá de tu cara y el resto de tu cuerpo. Tal vez Luisa entró y no me di cuenta. Esa tarde en la mesa, mi boca sólo habló de deseos y mentiras. No dije mi nombre, ni mi profesión, se me olvidó el nombre de mis padres y el de mis hermanos. Dejé de lado miedos de siempre y le di paso a nuevos temores, que lejos de alejarme de ti me impulsaban más a descubrirme a través de tus palabras. Aún no puedo creer que compartiéramos sentados más de tres horas y que no recuerde nada de lo que me detallaste de ti por breve que fue. Será que tu presencia era tan impactante que se robaron mi atención tus gestos, tu olor y ese sonido que escapó de tu boca. Sólo ojos, boca, piel, pero pocas y escasas palabras. Así mirándote te pregunté lo que deseaba saber y así mismo me respondiste.

         Empiezo a sentir ese calor tan delicioso del vapor al salir el agua caliente. Acomodo mi shampoo, mi gel limpiador y los jabones especiales para la  limpieza facial. No lo niego, soy vanidosa y procuro cuidar de mi piel y rostro, no quiero lucir como si un camión me hubiera arrollado pasados los 35 años de edad. Mi mejor amiga me regaló un  gel exfoliante riquísimo, deja la piel verdaderamente suave, pero lo mejor es el aroma a sandía. Cuando leí el envase la primera vez casi me muero de la risa frente a mi amiga – ¿aroma a sandía?- por favor, -¿quién hace estas cosas?- me pregunté, pero bueno lo usé para probar y ahora me encanta, es delicioso. También uso una crema para el cuerpo con olor a pera, sé que suena bastante frutal el asunto de mi arreglo personal, pero la crema además de que exalta mi sentido del olfato hace que entre en verdadero éxtasis, suele recordarme a la persona que me la obsequió. Cuando huelo la crema de peras recuerdo mucho aquella etapa de mi vida sentimental, me agrada porque fue extraordinaria.

         Es difícil descifrar la mujer que me invadía, tan ignorada y conocida a un mismo tiempo, la que se ocultó durante años. Esa tarde se abrió paso al conocerte, decidió dar fin a su desconfianza, su duda y su temor. No pude explicar la conmoción, cuando por un descuido, al apartar el cenicero, acariciaste mi mano, fue eléctrico y sutil, etéreo. -¿Qué demonios me pasa?-  me pregunté cuando un relámpago de claridad atravesó por mi mente, apenas empezaba a responderme cuando concluí bloquearme de nuevo para acorralarme en la extravagante idea de estar junto a ti.

         Creo que ya estoy lista para partir a las fabulosas tiendas, sólo hace falta peinar un poco mi cabello que ahora mismo es un desastre. No puedo comprender cómo me atreví a cortarlo tan pequeño, peinarlo es un experimento cada mañana, es como si mi cabellera fuese un ser independiente que quiere sacarme de mis casillas todos los días. En fin, uso un poco de fijador, agua, gel y todo lo humanamente utilizable para aplacarlo y logro dejarlo aceptable, pero como no puedo abandonar la coquetería, uso un listón en forma de diadema. Me falta el perfume. Ahora sí, estoy lista para partir.

         Eché un vistazo a mi reloj y la noche cae ya sobre nuestras mentiras y nuestros apetitos. La lluvia de la tarde abandonó a su paso el olor a tierra mojada y la gente desfilaba con chamarras y abrigos. Sin embargo el calor que me invadía era más fuerte que el  frío y fue la razón por la que no acepté el saco que tan amablemente me ofreciste, de ninguna manera te ofendiste porque, al igual que yo, tu calor corporal te ahogaba. En la conversación, que no recuerdo, existieron silencios largos y profundos que dejaban escuchar los pensamientos de cada uno de nosotros y de los ocupantes del lugar. Para ese entonces ya extrañaba tu mano cuando la alejabas para encender un cigarrillo.

         Abro la puerta para partir y la sorpresa es que no hay basura en el departamento de mis vecinos. También presto atención que el olor extraño desaparece, creo que hay una sustancia extraña y al mismo tiempo conocida dentro del departamento, porque si entro huele y si salgo desaparece, pero las tiendas no pueden esperar hoy, no me puedo detener a revisar todos los espacios de la vivienda, creo que lo haré al regresar. Tomo un taxi y le doy indicaciones al chofer  para que me lleve al centro comercial más importante de esta ciudad. Por fin estoy rodeada de tiendas y entro en la primera que llama mi curiosidad por la iluminación. Una mujer lo suficientemente singular para mi gusto, se asoma y me atiende de buena gana. Le pregunto por las telas tan hermosas que cuelgan en el aparador y su respuesta me mantiene absorta durante diez minutos. Son telas importadas de la India, elaboradas con seda y bordadas con hilos de oro, de color rojo que simboliza el ardor de la mujer apasionada. Estoy sorprendida y se me escapa una risita, a lo que la mujer extrañada me pregunta -¿Qué sucede, que te dio risa?- y yo digo – ¡han  de ser carísimas y realmente son hermosas!, si en estos momentos pudiera exprimir la tarjeta de crédito lo haría porque realmente me encantan- ambas nos reímos mucho y me deja perpleja cuando me dice que me regalará tres metros porque le caí bien y porque algo tienen mis ojos que le llama a ser amable conmigo. Me da un poco de desconfianza, pero no puedo resistir la oferta de poder mandarme a hacer un vestido con esa tela, pero luego reflexiono que no debo desperdiciar nada y que conociéndome bien puedo estar contemplando los tres metros cuando ando mortalmente aburrida, después de todo la tela es hermosa, sería como mirar un cuadro. Finalmente acepto y le doy las gracias. Al despedirme la mujer dice que le recuerdo a su abuela y me muestra una fotografía, - ¿es una broma?- pregunto, -claro que no- responde, no sé qué decir, ¡la abuela y yo somos idénticas!. No salgo de mi asombro, pero me despido nuevamente mientras salgo de la tienda y ella dice –tú siempre esperas por cosas apasionantes y la vida es apasionante, siente, huele, saborea, escucha, mira la tela y algo sorprendente puede suceder-.

         Separaste tu mano de la mía, me observaste intensamente. Sabía que era momento de huir, de la despedida tal vez. La magia me permitió ver más de aquella mujer nueva que no temía equivocarse por la curiosidad o el desenfreno, me dejó ver al hombre que pedía que lo siguiera y ya podía oler la pasión en la calzada, pasión compuesta con el perfume diario de mis movimientos y tu aroma resultado de mezclas diarias de arreglo personal y sudor de peregrinaciones.

         Entro al departamento y estoy mareada del olor que parece entrar por la ventana de la cocina por donde se puede espiar a los vecinos cuando no se tiene nada mejor que hacer. El olor ahora es claro para mí, es parecido al de las sábanas que gozan los amantes después de haber sudado gotas y gotas de éxtasis y deseo, no siempre amor. Por lo menos ahora puedo indagar algo más concreto como ropa o sábanas. Pero ¿de dónde proviene ese olor tan peculiar y por qué penetra hasta lo más profundo de mi nariz? ¿Por qué  sólo lo huelo yo y nadie dice nada? ¿Por qué no puedo aclarar este misterio?. Todo el día ese olor, ahora es demasiado intenso, debe de oler por todo el edificio, aunque sé muy bien que cuando entré al condominio no olía a nada medianamente parecido.

         Perdí la noción del espacio, no sé en donde estamos porque me siento fuera de mi misma y veo lienzos hermosos en el espejismo de pensarte dentro y fuera de mi cuerpo.

         Resuelvo averiguar qué es lo que sucede. Empiezo a inspeccionar cuidadosamente  rincón por rincón de la cocina que es lo más cercano a mis pies, me asomo por la ventana y no veo nada, todo vacío, no hay sábanas tendidas y tampoco hay ropa. Decido observar a través de la ventilla del baño, mi sorpresa es que el olor es igual de fuerte que en la cocina, observo, mis pies están de puntillas pero el resultado es el mismo. El olor debe estar dentro de la morada y no fuera como yo intento revelarlo. La intriga me mata, el olor es cada vez más fuerte, voy a la sala, sé que no habrá nada, es lógico, ¿quién cuelga sábanas y ropa en la sala?, además este fin de semana no estoy acompañada, mis compañeras de departamento salieron de la ciudad y es prácticamente imposible que aparezcan prendas que yo no he puesto. Me dirijo a una de las recámaras, toda está vacía, no hay nada, la ventana está cerrada. Queda el último lugar… mi recámara, pero estoy segura que no olía a nada similar cuando salí de ahí. Abro la puerta lentamente porque una sensación de cuidado  me detiene y veo, sorprendiéndome por unos instantes, la tela de tres metros que me indica un camino hacía la cama, apenas percibo esa visión, dura menos de un segundo. La ventana está abierta, me inunda una luz y me ciega por completo. El olor es demasiado intenso y me marea, me marea, me marea. Siento como si me desmayara. Me desvanezco, durante medio segundo no sé qué ha pasado, cuando vuelvo en mí, sale de mi boca un último gemido de cansancio y placer, caigo rendida sobre las sábanas de seda, bordadas con hilos de oro llenas de éxtasis y deseo junto a él.

         Confundida estoy después de sentir agolpadas en mi corazón y en mi cuerpo miles de emociones, alucinaciones y el placer, sin embargo, sé que algo fascinante y sorprendente sucedió hoy.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

El Úntimo Sueño

 

EL ÚLTIMO SUEÑO

Se quita el delantal rápidamente y toma el suéter color canela que dejó sobre una silla cuando llegó por la mañana. Es tarde y seguramente tendrá que correr para alcanzar el último autobús de la noche.

Se mira brevemente en el espejo colgado en la pared cercana al baño de mujeres y con un “buenas noches” sale apresurada del lugar. Quiere volar, el reloj ya marca las 10:25 p.m. y cuenta con tan sólo 5 minutos más para llegar a la parada de autobús.

Los zapatos altos color marrón se atoran en cada piedra, a cada paso y piensa en quitárselos para correr hacia la vía principal, pero es imposible, la lluvia ha logrado inundar la calle de lodo. “En fin”- piensa. A unos metros de la esquina ve el autobús y a un pasajero que está por abordarlo, corre ya sin importar como puedan quedar los zapatos, pero el camión comienza a avanzar y ella grita, el ruido del autobús es mayor que su débil voz cansada y cubre el silencio dejándola tirada y sin transporte. El autobús parte si ella.

Susana se levanta entre el enojo y la decepción, ahora tendrá que pagar un taxi para llegar a casa y eso significa menos pesos para esa “bonita” chamarra de mezclilla que vio en el centro: “no importa que me tarde un año en juntar el dinero, esa chamarra es para mí”. Piensa que no le sucede lo mismo todos los días “afortunadamente”, quizá mañana se presente con tenis al trabajo para correr más rápido en caso de ser necesario.

Ya en la esquina y llena de lodo un hombre la ve, la mira fijamente y ella siente miedo, esas miradas la asustan, no está acostumbrada a que la observen de esa manera. Su vida no ha sido fácil, abandonó su casa desde joven para irse a probar suerte lejos de su padre que la trataba peor que a un mueble viejo e inservible. Acaso ahora no es completamente feliz, pero se siente libre.

El hombre fuma y camina lentamente hacia Susana,  ella decide no darle importancia, pero no lo logra, cada vez lo siente más cerca y mira de reojo mientras disimula tener la vista sobre un folleto arrugado y sucio. El hombre tira toscamente la colilla del cigarro al suelo y la pisa con el pie, sigue caminando. Susana siente un nudo en el estómago y mira hacia la calle con la esperanza de ver un taxi. Las luces la ciegan y una luz roja en el parabrisas de un auto le indica que es el taxi que ella espera, rápidamente baja de la acera y hace la parada. El hombre que la mira le dice: “Hola”, ella voltea a verlo mientras sube al taxi llena de cansancio y temor.

Indica la dirección de destino al chofer y éste arranca velozmente mientras mira las piernas de su pasajera por el retrovisor. Siente alivio la pobre mujer, tal vez no alcanzar el camión haya sido bueno después de todo, va  cómodamente sentada, piensa en lo cansado y aburrido que estuvo el día. Sus ojos se cierran por unos segundos y sueña. Un claxon la despierta súbitamente y decide mirar la noche por la ventana.

Baja lentamente del auto y se despide con un “gracias”, el chofer responde sin dejar de mirarle las piernas y arranca para desaparecer en el frío callejón en donde se encuentra su departamento.

Susana tiene sueños y se regocija al desatar sus fantasías mientras no tiene nada mejor que hacer. Siempre imagina ser una importantísima diseñadora, sofisticada, con el cabello a la última moda, con ropa “bonita” y con miles de admiradores. Después de imaginar se ríe y busca algo dentro de su refrigerador que está prácticamente vacío. Toma un vaso y vierte leche en él, toma unas galletas y las engulle rápidamente, quiere dormir.

En la cama decide amarrar su cabello con un listón, ha escuchado en el restaurante en donde trabaja que amarrar el cabello por las noches ayuda a que crezca más rápido y ella desea, entre muchas otras cosas, una cabellara más larga.

Al día siguiente todo es igual, la misma rutina, la misma ropa: una blusa blanca de manga larga, una falda negra, zapatos altos color marrón y su suéter canela para el frío de la noche, nada especial.

En el restaurante  hace de todo, realmente la contrataron como mesera, pero igual friega pisos, cocina o limpia mesas. No pudo conseguir algo mejor, “ni modo”- pensó Susana, ahora se arrepiente de no haber terminado la secundaria.

Susana entra al baño y se mira nuevamente en el espejo, piensa que pasan los años y ella esta sola, se mira una mancha en la piel y se siente vieja aunque no lo es, se pregunta entonces si es bueno seguir soñando en ideas tan lejanas como ser diseñadora o si es preferible sólo soñar con la chamarra de mezclilla que es más cercana a la realidad. En su letargo mira por el espejo al hombre de la noche anterior parado en la puerta, pero sale tan velozmente que parece una alucinación. Susana cierra su bolso de prisa y corre hacia la puerta que le queda a casi nada de distancia, busca con la mirada al hombre, no ve a nadie, todo alrededor luce sin novedad.

Sale del baño y pregunta a su compañera si ha visto a un hombre abandonar el lugar apresuradamente y recibe una respuesta negativa, entonces piensa que se metió al baño de hombres y espera… nadie sale por lo que decide entrar, pero el baño esta completamente solo.

Piensa que no debe preocuparse más de lo debido, su imaginación es terrible y ese hombre le ha llamado la atención desde ayer en la noche, su voz tan gruesa la ha perturbado. Después de todo no es tan malo, puede ser el personaje de una película de las que le gusta ver en su diminuto televisor.

Un amigo del viejo vecindario de Susana entra casualmente a comer al lugar, se reconocen y se saludan afectuosamente. Ella le dice que tiene muchas ganas de platicar con él, sin embargo, en horario de trabajo es imposible, por lo que deciden que el muchacho regrese en la noche y de ahí se irán al departamento de Susana para recordar los viejos tiempos.

Llega la noche y se pinta los labios, no quiere lucir desarreglada, además ese uniforme la hace ver insignificante y sin chiste. Su amigo saluda de nueva cuenta, sólo que ahora le da un beso en la mejilla y Susana comienza a soñar como es su costumbre. Se suben al auto y se encaminan directo al lugar de ella. Discretamente y sin darse cuenta vuelve a su mente el hombre desconocido y voltea mientras esperan cruzar la esquina, al parecer no hay nadie, pero mientras pasa el camión que les impide el paso una mirada penetrante observa a Susana.

El pensamiento de aquel hombre se borra lánguidamente y pasa a formar parte de las quimeras de la chica. La conversación se torna cada vez más animada  y el hombre desaparece completamente de su mente.

Hay café y un pay de limón sobre la mesa. Susana sirve en pequeños platos, idénticos al tamaño de sus esperanzas de encontrar pareja, mientras tanto mira los ojos de su acompañante. Hacía tanto tiempo que no lo veía, ya no sabe lo que es platicar y reírse por las eventualidades diarias y la melancolía de los tiempos pasados.

El ambiente es perfecto y las risas inundan por completo la soledad de Susana, se quiere ahogar en ellas, pero su amigo tiene que partir porque es muy tarde. Ella lo acompaña a la puerta y le dice que está muy contenta de verlo, le pregunta si es posible que se encuentren después y él le responde que le daría mucho gusto porque la velada ha sido estupenda, pero tiene que regresar a casa pues está de viaje y su mujer lo espera. La sonrisa de Susana se desdibuja y queda apenas un esbozo de ella, ríe levemente mientras se despide con un beso en la mejilla y sus sueños se derrumban por milésima vez. Ni hablar, la vida continúa y seguramente no hay más de lo que se encuentra frente a sus narices.

Sale por la mañana como todos los días hacia su lugar de trabajo. Todo transcurre sin novedad y lo más emocionante es la invitación de uno de sus compañeros a una fiesta que darán mañana en un centro nocturno del centro. Ella está invitada y como tiene mucho tiempo que no sale de fiesta  se siente emocionada, pero eso no es todo, al finalizar la tarde Susana recibe un bono por su desempeño y está muy contenta, por fin podrá comprar la chamarra de mezclilla de la que está “enamorada”.

Nuevamente en la parada de autobús siente que alguien la mira, esta vez siente curiosidad, pero teme buscar insistentemente con la mirada. Va acompañada de una compañera del restaurante y camina confiada al observar disimuladamente los alrededores. No ve a quien la mira. Llega el autobús y su amiga sube antes que ella, al poner un pie dentro del camión escucha un “Adiós Susana” y es el hombre de las noches pasadas. Esta vez Susana lo mira fijamente a través de la ventana y observa el rostro que la escudriña desde afuera; pareciera que hay un imán porque ella no puede apartarle los ojos de encima, una opresión en el pecho le advierte que el miedo está ahí, entonces el autobús arranca después de subir a un último pasajero. La mirada la sigue hasta que se pierde en la periferia.

Susana llega a casa y se siente intranquila, procura dormir y la imagen de ese hombre vuelve a cada segundo, piensa el por qué sabe su nombre. Reflexiona que es mejor levantarse de la cama y distraerse, entonces busca entre su ropa lo que usará para la fiesta del día siguiente, su mente se distrae por momentos y finalmente es tan tarde que el sueño la vence por completo.

Por la mañana guarda en una mochila la ropa que escogió para la noche, ella y unas compañeras se irán directo a la fiesta al salir del restaurante. Decide salir una hora antes de lo habitual porque quiere pasar al centro a comprar la chamarra ese mismo día, será el complemento perfecto para su atuendo.

Llega a la tienda y no ve la chamarra, ya la han vendido, se demoró demasiado en ir, se siente tan frustrada, tan tonta. La señorita del establecimiento le dice que es probable que lleguen otras chamarras similares, pero que de ninguna manera iguales a la que le gustó y le muestra otros modelos. Susana, entre su tristeza ve una que le agrada, no como la otra, se la prueba y decide comprarla.

Ya de noche, Susana se siente radiante envuelta en un vestido color blanco que se le pega al cuerpo, todos sus compañeros la miran con curiosidad, nunca imaginaron la figura de Susana tan esbelta y bien formada, usa por su puesto su chamarra nueva.

También en la tarde llovió como la vez pasada, la calle tiene lodo y Susana se preocupa por su calzado que también es blanco como su vestido y se lo comunica a una amiga, ésta le dice que no importa pues antes de irse mojará un trapo para que al llegar a la parada del autobús puedan limpiar los zapatos.

Llega la hora de cerrar y todos salen emocionados, Susana lo está como el resto de sus compañeros. Unos metros antes de llegar a la parada Susana siente nuevamente la opresión en el pecho y teme encontrarse al hombre que lejos de curiosidad le causa miedo. Todos esperan entre risas y bromas el transporte y, los ojos de Susana, confiados por la presencia de sus compañeros, buscan desesperados sí el hombre está por algún rincón, pero no hay nada ni nadie, Susana se encuentra tranquila.

El centro nocturno es realmente fascinante, tantas luces marean a Susana y todos bailan eufóricos, es un momento muy corto de felicidad absoluta, todos se miran tan agradables tan honestos detrás del maquillaje y de la ropa “bonita”. Hace tiempo que ella no sale a divertirse y aprovecha al máximo.

La fiesta termina y Susana tiene que ir a casa, sólo un amigo de sus compañeros del restaurante lleva auto, y se ofrece a acercar a unos cuantos por el rumbo o a un lugar aceptable para tomar un taxi. Susana se sube al auto y viaja durante media hora entre conocidos y desconocidos por varias calles de la cuidad. Finalmente la dejan cerca de su casa, a unas cuantas cuadras.

Hace frío y Susana toma la chamarra nueva con ambas manos tratando de calentarse un poco. Es de madrugada y todo está en silencio. Su estado emocional es extraño para ella misma, siente sueño y prefiere seguir caminando antes de detenerse en cualquier lugar para especular sobre sus fantasías.

Un hombre detrás de ella le dice “Hola Susana”, esa voz es tan conocida para sus oídos, no la ha olvidado desde la primera vez que la escuchó. Su cabeza torna hacia atrás y es el hombre de la parada de autobús. Ella no sabe que hacer, queda pasmada por unos segundos, se le olvida el frío. El hombre nuevamente trae un cigarrillo y se acerca a ella caminando lentamente, Susana está como en otro mundo y lo mira fijamente, piensa que puede ser un sueño, la euforia de unas horas atrás la pudieron haber afectado. “Sí”, se dice hacia sus adentros, “es otro sueño”, pero el hombre finalmente llega hasta ella y la toma rudamente del brazo, Susana siente dolor y se da cuenta que es real, siente miedo y grita ¡“no”!, un no que se pierde lentamente entre las manos de aquel hombre. Susana no sabe por qué la conoce, quién es él, qué intenta.

El hombre lleva a Susana a un lugar apartado entre la noche, sus manos la retienen tan fuerte que Susana siente profundo dolor. Él la tumba sobre el suelo y la mira los ojos, Susana está aterrada pero no puede apartar la mirada de los ojos de aquel hombre. Él saca una navaja del bolsillo y dice tranquilamente “adiós Susana”, apartando sus manos de la boca de la chica. Ella grita desesperada ¡“no”!, y en su grito que se pierde, ella piensa que es mejor así, es una pesadilla, el último sueño. Después de todo, sus sueños nunca se hacen realidad.

El vestido de Susana está completamente sucio, lleno de lodo. La chamarra igualmente sucia y manchada de rojo, los curiosos se arremolinan en torno a Susana y observan morbosamente mientras un hombre la cubre con una sábana blanca.